Un clásico de barrio y una novela de la adolescencia: la guerra de los botones. Cruzar de vereda a veces puede verse como una traición, pero también es una oportunidad para mirar el mismo hecho con otros ojos. Al fin y al cabo, tan distintos no somos. Escribe Lucas Bauzá.

Muchas familias, antes de la llegada de Zuckerberg el Destructor, tenían un libro de carácter sagrado y mítico, un libro que leían los mayores y que provocaba algo –misterio, curiosidad– en los más chicos. Para derrumbar la solemnidad de inmediato, porque acá estamos hablando entre sabandijas que le huyen a la pomposidad, el libro mítico de mi familia era La guerra de los botones, de Louis Pergaud, en una de esas ediciones magníficas de la colección Mis Libros, y los dos mayores que se desarmaban a carcajadas eran mi viejo Ismael, un carnicero de los pesados, que apenas terminó de ver Pandillas de Nueva York dijo que le hubiera encantado cruzarse con Bill “The Butcher” Cutting para arreglar un par de asuntos, y mi hermano Gustavo, que debía andar por los diez años y no dudaba en dejarme a gamba con mis soldaditos y la pelota porque acababa de cruzar el umbral de la lectura. Por ellos, y porque mi vieja siempre me empujó con fe ciega a todo lo que pudiera llevarme para el lado del estudio, empecé a leer. La primera novela que leí en mi vida fue, precisamente, La guerra de los botones.

 El argumento de la novela es simple –y por eso eterno–: hay dos pueblos de la Francia profunda, Longeverne y Velrans, enfrentados desde tiempos inmemoriales, y los chicos longevernos y velranos se citan en el Matorral Grande, a mitad de camino de ambos pueblos, para darse murra una y otra y otra vez. El título de la obra se explica porque a los capturados en batalla, luego de la ineludible tortura, se los despojaba de todos sus botones, hebillas, corchetes, cuerdas, cordones y tirantes, con lo cual la humillación y la golpiza era doble: primero a manos de los enemigos, y luego, y peor, en casa.

 La tropa de Longeverne, al igual que la banda de la 5° de Juventud Unida, de la cual fui mascota, hincha número 1 y sparring, allá por los años 2003, 2004 y 2005, podría ser definida como única, compacta e indestructible: el carismático líder Pacho, el lugarteniente Pardillo, la segunda línea compuesta por Tintín, Grillín, Botijo, Granclac (que tenía un hermano, Chiquiclac), y después el resto de la tropa. Los odiosos velranos, comandados por El Azteca de los Vados, Jetatorcida, el Paticojo y Guiñaluna, también tenían lo suyo, pero de ellos se sabía poco, porque la historia estaba contada desde el punto de vista de los pibes de Longeverne.  

 Habrá sido en la cuarta, quinta o sexta relectura, habrá influido mi edad, pero un día llegué a la conclusión de que la novela cambiaría radicalmente si fuese contada desde el otro lado del Matorral Grande. Al fin y al cabo, los seguidores de El Azteca de los Vados, ante un revés en la batalla que había terminado con el líder completamente en pelotas y con el culo morado a causa de dos rondas de cuarenta varillazos, habían mostrado la misma hidalguía y compañerismo que los longevernos. Haber entendido esto, me hizo crecer. Uno puede ver Paso a Paso y disfrutar como un chancho si entiende esto. Uno se ve a sí mismo del otro lado del alambrado, y entiende que en las trincheras de allá están sintiendo lo mismo que en la propia.     

 Pasaron los años, mi viejo ya no está, La guerra de los botones se vino conmigo tras un acuerdo tácito –pero no la radio a válvula, ni el cuervo de madera que mueve sus alas si tirás de un hilo que le sale de la panza, tampoco la musculosa desteñida XXL de San Lorenzo–, y una mañana del último julio, después de ver correr tanta agua y mierda y lágrimas y cervezas debajo del puente, casi sin querer, bajo una rechifla general, crucé mi Matorral Grande. Fui al campamento de los velranos, un entrenamiento de las divisiones inferiores del club Muñiz, para continuar con mi formación como director técnico, y una hora y media después estaba siendo presentado como ayudante de campo de la 4°, 5° y 6° división. A mí, a un longeverno, a un longeverno que lo primero que dijo al llegar fue que era longeverno, que había peleado para Longeverne, que desde los tablones les había gritado cual soldado de Pacho “¡Velranos, marranos, agárrenmela con la mano!”, que mi abuelo, mi viejo y mis hermanos eran longevernos, es un sentimiento no puedo parar, el bicampeonato del 98, Nachito Martínez, Basconcelo y Steimbach, diez años y ya pegado al alambrado cantando Cómo me voy a olvidar de aquella tarde con Sacachispas, fue lo mejor que me pasó en la vida…

 Bueno, me olvidé de aquella tarde con Sacachispas, y de otras tantas tardes más. Vi que los velranos, los muchachos de Muñiz, tenían los mismos sueños que nosotros, las mismas herramientas que nosotros, las mismas ganas de ganarnos que nosotros a ellos. Así de simple y de rotundo. “Es fútbol, chabón. Es un juego”, me decía, viendo a lo lejos, con nostalgia y confusión, las hogueras del campamento que me había parido. “Encima fútbol jugado por chicos”, me repetía, para creérmelo.  

 Y me lo creí. Una semana después, pisando un vestuario de AFA tras haberlo extrañado cada noche durante quince años, conocía nombres, conocía caras, conocía historias de vida. Y quería que ganara Muñiz. Por supuesto que quería que ganara Muñiz. Porque quería que ganaran los pibes, mis pibes. Y ni hablar cuando pasaron los meses y me hice amigo de aquellas caras a las que apenas les empezaba a poner nombres. Pero también quería que ganaran los pibes de Juventud Unida, porque en Longeverne había tiempos de cambio, porque no jugaban contra Muñiz –pero para la fecha 5 faltaba poco– y porque sí, porque desde que tengo uso de razón quiero que Juventud Unida gane. Fui en esos días, y lo voy a seguir siendo hasta que los pibes de Muñiz que ahora están en la 9° división se retiren, una especie de Cachito Vigil anónimo y de clase z, hincha de Longeverne y de Velrans, hincha del Lobo Rojo e hincha de Nico Ávila, de Tomy “Mbappé”, de Bobadilla, de Rodri, del Masca y de Enzo, de Nicolás Godoy, de Franquito Miño, de Luquitas, de los pibes que tuve a cargo en esa corta temporada en la silla eléctrica que me dejó con mil dudas y un puñado de certezas.

 Esa fecha 5 llegó, y la mañana del 14 de agosto me encontró en el Matorral Grande con la ropa de Velrans, separado de los longevernos por un alambrado perimetral y un cana. Por supuesto que no me acordé del libro de Pergaud, que murió el 8 de abril de 1915, con apenas 33 años, en una trinchera francesa mientras se desarrollaba la Primera Guerra Mundial. Pero si hubiera tenido espacio en la cabeza, desbordada de posibles jugadas y del retroceso de los dos volantes centrales que habíamos ensayado la mañana anterior, me habría acordado con una sonrisa de este pasaje: “En este dichoso terreno, situado a la misma distancia de los dos pueblos, era donde, año tras año, generaciones enteras de longevernos y velranos se habían vapuleado, fustigado y apedreado a placer, porque la historia volvía a empezar eternamente cada nuevo otoño y cada nuevo invierno”

 Me muero de ganas de volver a Longeverne. Ojalá lo haga. Y si me toca, cuando vea a un velrano enfrente, no voy a ver a un enemigo y tampoco lo harán los pibes que tenga a cargo. Porque ahí sí me voy a acordar de algo dicho por Louis Pergaud, que no está en su novela, sino en una carta que le mandó desde el frente a su amigo Lucien Descaves: “Ya sabés cómo odio la guerra; pero, en realidad, no somos nosotros los agresores y tenemos que defendernos… Siento una furia terrible contra los miserables que han preparado la inmunda carnicería que se nos viene encima”. Los enemigos, en las divisiones inferiores de la AFA, no son los velranos, se llamen como se llamen. Los enemigos son los que mandan a los pibes a la guerra, cuando solo se trata de un partido de fútbol. A esos, como diría el Diego, está para tirarles una anchoa en el desierto. Y después, que Pacho, El Azteca de los Vados y el resto de los muchachos hagan lo suyo.   

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

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