Una promesa gigante. El otro 19 de diciembre

Rosario Central se había traído de Brasil un 4 a 0 contra Atlético Mineiro. Miles de promesas se escucharon en Rosario. Fontanarrosa escribió Plegarias a la virgen. Alejandro Horacio Oviedo nos trae la historia de la noche que el Canalla contra todos los pronósticos salió campeón de la Copa Conmebol.

Dicen que fue un 19 de diciembre de 1995, justo 24 años después de la Palomita inolvidable que partió la ciudad al medio. Dos hombres pasan la noche en una cancha, en el campo de juego. Se acompañan con una linterna y una radio; la linterna los salva de la oscuridad (el canchero ya apagó todo y seguro está festejando), la radio les trae la noticia del nuevo día: el Rosario Central es campeón. Afuera la ciudad salta de alegría y se embandera en dos colores, los de Arroyito, no los del Parque, que  ya tuvieron lo suyo por demasiado tiempo. Eduardo y Pablo se recuestan en el  césped húmedo y fresco como si fuera la misma noche. Podrían estar celebrando pero están cumpliendo una promesa.

No parece la promesa más valiente del mundo, y hasta puede sonar ridícula, pero no  puede decirse que no tenga un poco de locura y otro tanto de poesía. Al loco Eduardo le dicen “El Chacho”, al poeta Pablo, “Vitamina”. Así les dicen en la cancha sus compañeros, cuando les piden la pelota, y también cuando los putean; porque para jugar al futbol y ganar cosas también hay que tener un buen apodo. Si es por eso, sus amigos, el resto del equipo, no les van en saga: “El Cuis”, “Pastilla”, “Petaco”, “El Polillita”, “El Tito” que va al arco, y “El Negro”, que no es aquel Uruguayo del 50 pero que también es el  jefe. ¿El técnico? “Don Ángel”, que también tiene su nombre de guerra, conforme a su condición de héroe.
Y ya está, ya ganaron, ahora todo el partido cabe en una anécdota; es un puñado de recuerdos, más lejos o más cerca del área 18, que se llenó de júbilo las 4 veces que  vieron cómo los brazucas la iban a buscar adentro. En las redacciones ya deben estar ensayando lo titulares del día siguiente: HISTÓRICO, HAZAÑA, INCREÍBLE, UN EQUIPO CON ÁNGEL.  Que la cuenten como quieran, Vita y El Chacho saben que la victoria no cabe en las fotos de la primera plana (ni siquiera en las de Buenos Aires), ni en las vitrinas del club. La única victoria está en los pechos todavía conmovidos, y  se disfruta en las piernas agotadas.
Así que se ponen a conversar, para pasar la noche, a ver si se la terminan de creer. Y se acuerdan que el Chacho fue el único que estaba convencido ya en el viaje de vuelta desde Brasil. “Lo damos vuelta, muchachos”, les decía. ¿Y los hinchas? La bandada de gente que llenó el estadio esa noche, ¿qué carajo pensaban?, ¿que lo daban vuelta? “En el fondo ni vos te lo crecías, Chacho”, “¿Y vos cagón que cuando vinieron los penales Don Ángel se dio cuenta del miedito que tenías y te sacó de la lista?” Y ahora se cagan los dos, pero de risa, porque jugaron al fútbol y lo empataron, porque les pesan las piernas, que todavía se imaginan la pelota.
Y todos los apodos se les cruzan por la mente y por la lengua en algún momento. El Negro, que puso la voz de mando como siempre, El Petaco que metió el cuarto sobre el final y se colgó del alambrado hasta acalambrarse. Dos hizo el Petaco, que también se ocupó de apurarlo feo (junto con Pastilla) al puntero de ellos, que allá los había vuelto locos. Pero también hubo rosca, después del segundo gol, y ahí lo rajaron al Colorado, que por suerte también se llevó al mejor de ellos. Y al toque vino el tercero del Chapulín, porque ellos movieron del medio y la perdieron al toque. (“Estaban cagados, Vita”) Y todavía les faltaba El Cuis, que vino del banco y metió la zancadilla quirúrgica para que el negro ese no llegara a la marca antes del último gol.
Gol fue lo que gritaron los de las camisetas rayadas, en las tribunas y en la platea, pero todavía faltaba. Por si fuera poco encima había que patear penales. Y ahí fue el quilombo de armar la lista, de medir la fuerza de los calambres, y de ver mirar para abajo a los más inseguros. Fue cuando el Chiri, uno de lo más pendejos, se animó y dijo que él pateaba.  Los otros no fallaban seguro: “el Negro es pura experiencia” dijeron en la platea y lo metió; “El Petaco lo mata como siempre” se entusiasmaron en la tribuna, y le rompió el arco; todos dudaron cuando Marito, el flaco grandote que iba arriba solo para cabecear, la agarro para pegarle, pero sus compañeros sabían que era un especialista en el tema. Y cuando el Chiri fue para el arco ellos ya había errado dos, así que lo podía definir, justo el pibe. Pero el Cuis se mandó la cagada.
“Asegurala pibe, no la cancheriés”. Y le armó un lio en el marote, porque de la idea de picarla, pasó al impulso de darle fuerte al medio y la regaló sin problemas para el arquero. Ahí el Cuis aprendió que a veces al cancherito hay que dejarlo que la juegue de cancherito. Y el Vita que se había sacado los botines para que no se los afanaran en el festejo se hizo un pique hasta el banco a buscarlos, porque capaz que le tocaba definir. Quedaba el Polilla (siempre hay un “¡Uruguayo, Uruguayo!”), sino a seguir definiendo con los más burros. Y fue el Yorugua nomás, y los botines del Vita fueron parar a la mierda, o mejor dicho, a la casa de algún Canalla de ley.
“¿Cómo hicimos Chacho”? ¿Será porque somos todos hinchas de esta camiseta además de jugadores? Si hasta vos que venís de otro lado…” Pero el loco Chacho pensaba, o tal vez se dormía. Invocaba al sueño, como forma privilegiada de la memoria: se vio viajando como la mierda para poder jugar esa copa que también tenía un nombre horrible, pagándose la comida y durmiendo en los aeropuertos, con tres sueldos adentro y sin premios. El único premio iba a ser la apuesta que tenía que pagarle un dirigente del club, en el caso que ganaran como él estaba convencido. Si se la pagaban, porque de esos bichos sin palabra, ya estaban hartos.
“A mí me quedaba esperanza por lo muchos que habíamos sufrido”, les había dicho Don Ángel con su voz aguardentosa. Y aplacando el sufrimiento (aunque sea por un rato) se iba la noche, cuando Vitamina se acordó en voz alta que todavía le faltaba cumplir con su promesa personal: ir caminado a la Catedral primero, y después hasta La Parroquia del PIlar. “A la vuelta me tomo un taxi, basta de joda”, dijo mientras apagaba la linterna y semblanteaba a su amigo que estaba ausente hacía rato. El loco, por su parte, miró el cielo y entrevió las últimas estrellas sacudido por una carcajada: “Lo único que te falta, boludo, es que el taxista sea de Newell’s y te rompa el culo con la cuenta”.
Alejandro Horacio Oviedo

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