Vi a Messi

Créanme que lo vi. Una hora había pasado de la medianoche y cubría la panza de una embarazada, pintado en una remera vestido de celeste y blanco y señalando al cielo. Viajaba en colectivo por el Conurbano boanerense y en cada giro la embarazada sostenía su panza con una mano, lo sostenía. El aire tenso del ambiente se respiraba, de noche en los bondis todos desconfiamos de todos. Ella cada vez que sentía miedo se acariciaba la remera y en tocarlo obtenía seguridad y tranquilidad.

Créanme que lo vi. Estaba con su número 10 blaugrana vistiendo a un niño de 7 años que aún no sabe sumar, restar, los colores ni qué carajo es la ley del off side. Pero lo conoce tanto que pidió que le regalen su camiseta para Navidad. Lo vi en los ojos de todos los niños del mundo. Lo vi en la rabia de los adultos que perdieron la alegría infante y la cambiaron por odio hecho rutina. Lo vi colgado del brazo de su padre cuando aún trabajaba en la fábrica Acindar en Rosario yendo a un jugar un torneo de papi para Newell´s.

Créanme que lo vi. Con sus compañeros del Barcelona cubría la remera de un albañil que llevaba fiambre y una gaseosa para el almuerzo sentado en la obra. Lucía manchado, gastado, cansado. Pero orgulloso como quien exhibe la remera de su club de vacaciones a kilómetros de distancia de su barrio.

Créanme que lo vi. Vestía la celeste y blanca con la 10 y apoyaba la cabeza en el vidrio del 128 rumbo a Valentín Alsina. La ventana del colectivo era su mejor almohada. Con la mirada perdida soñaba quizás lo que soñamos todos cada noche desde que lo vimos llorar y descubrimos que nos gusta más que el rock.

Créanme que lo sentí. Era el tema de conversación central de 2 personas en una librería mientras revisaban los saldos. “¿Vos viste el pase que le dio a Membelé, o Dembelé, como se llame? Lo ve todo, juega a otro juego. Está jugando con el juego.” Dijo el primero con la voz enamorada. “Ojalá haga lo mismo en un mundial”, retrucó el segundo cansado de tantas frustraciones. “Es lo que pido cada mañana”, respondió el otro y se fue por la puerta.

Hace una semana que lo vengo viendo. Cuidando a una embarazada, en la alegría de los niños, en la ilusión del laburante, en la nostalgia del que vuelve al barrio y en cada conversación que mezcle fútbol y sueños.

Es tan perfecto que asusta pero créanme que lo vi. Pensé que era un sueño pero no. En el jardín de mis convicciones lo vi festejando llevado en andas por sus compañeros. Lo vi con la barba inundada en llanto en esos momentos únicos de la vida en los que la lágrima coincide con la risa.

Lo vi y lo sentí. Quizás no sea este año que andamos penando para ganarle a Qatar y pasar de ronda. Pero algún día, alguna vez vamos a salir campeones y te amaré hasta el fin de los tiempos.

Lucas Jiménez

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