El tesoro de los inocentes: Veintitrés minutos del primer tiempo

“Hay veces que el hombre tiene que hacer su cosa.
A lo mejor es una sola vez en la vida.
Como si de golpe Dios te pasara la pelota y te batiera: tuya, jugala.”
Humberto Costantini

Los no iluminados, que somos solamente mayoría, necesitamos de esos 60 segundos. Ese minuto donde en plena final del mundo uno de los nuestros nos vengue a todos. Si no fuera por la obstinada ilusión que nos condena – que se dio aquella vez- los inocentes nos quedaríamos sin tesoros.

Alguna vez tenía que pasar. Mierda. Alguna vez la taba tenía que caer del otro lado y no tienen que perder siempre los mismos.  Alguna vez los centros se le meten a los arqueros, los pobres gastan en sueños,  el amor se da sin objeciones o las resacas duelen menos.

Si no fuera porque alguna vez se tenía que dar, no se hubiera dado. En pleno estadio Azteca, en la final del Mundial, a los 23 minutos del primer tiempo, ¿cómo vas a ir a cabecear creyendo que esa máquina perfecta que era el arquero alemán se podía equivocar? ¿Cómo se te ocurre empujar a Maradona para poner tu cabeza? Vos que venias de quedar libre en Español, vos que “jugabas porque Pasarella no podía”, vos que tenías que aguantar las críticas constantes ¿Cómo se te ocurre que podías ser héroe para siempre? ¡Justo vos!

¿Y cómo con el hombro roto vas a  quedarte en la cancha? Cuando podías salir con el deber cumplido y con creces ¿Cómo se te ocurre cagarte así en la lógica, la medicina, y hasta en  la física solo para ser feliz y hacer feliz a otros? ¿Cómo se te ocurre que podías?

José Luis Brown se crio en el hogar-escuela Virgencita de Luján- ya que sus padres trabajaban todo el día  “Me levantaba a las 5.20 de la mañana.  De ahí iba al club y después a trabajar hasta las 10 de la noche, así fue hasta que debuté en la primera de Estudiantes a los 18 años”,  solía contar.

Fue artífice fundamental de los campeonatos de Estudiantes de La Plata del 82 y 83. Tuvo un mal paso  por Boca en 1985 donde  fue resistido a pesar de un buen comienzo. Pasó a Deportivo Español donde quedó libre 3 meses antes de México 86.

Llegó al Mundial siendo muy criticado por la prensa (decían que estaba porque le cebaba mates a Bilardo) y sin club. Cuando un guiño del destino lo tiró a la cancha: “La imposibilidad  de Pasarella me encontró de buenas a primeras con la posibilidad de jugar el Mundial entero. Eso que había estado esperando de por vida, no lo iba  a desaprovechar”, comentó en una entrevista.

Pasados los 20 minutos un centro de Burruchaga encontró su cabeza  para poner el 1 a 0 en el partido más importante en la historia del futbol argentino: La final del Campeonato del mundo de 1986 contra Alemania el 29 de junio de 1986.

No menos heroico fue cuando en ese mismo partido el hombro le jugó una mala pasada. Se salió de lugar y lo obligaba a salir. “Ni se te ocurra sacarme, yo no salgo ni muerto” le dijo al médico, y se quedó en la cancha sosteniendo el brazo con dos agujeros en la camiseta.

“Tata” fue la bandera del esfuerzo y del sacrifico. Es la esperanza de los derrotados que no se rinden.

Los vencidos cada tanto le hacemos trampa al mundo y su orden terrible y  letal para poner todo patas para arriba. Y vamos a buscar ese centro con la vieja ilusión de que hoy sí la tierra sea la prometida.

Y alguna distracción del universo hace que a veces pase.  Por eso hay que hacer como el Tata y quedarte en la cancha hasta mutilado. Nadie sabe cuándo puede ser ese minuto que haga tambalear las estructuras y tu salto encuentre la gloria en lugar del sueñp. Hagamos como el Tata, no nos rindamos, que el tesoro puede ser de los inocentes.

Gabriel Dávila

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