Cuando la belleza anda por los penales

La clasificación de Colón a la final de la Copa Sudamericana vino de la mano con una definición por penales de alto vuelo Grandes definiciones, una corajeada que dio vuelta el espíritu de la serie y una obra de arte en los pies del increíble Pulga. Escribe Juan Stanisci.

El 20 de junio de 1976 Checoslovaquia enfrentaba en la final de la Eurocopa a Alemania Federal, campeona del mundo dos años antes. El partido terminó dos a dos, pero lo más importante quedaría para la última jugada en la definición por penales. Los primeros siete fueron adentro. Le llegó el turno al alemán Hoeness y la tiró por arriba del travesaño. En los pies de Antonin Panenka quedaba la llave a la primera copa en la historia de Checoslovaquia. Tomó una larga carrera. Cuando estaba llegando al disparo, notó que el arquero se inclinaba hacia su izquierda. Entonces decidió, como quien escribe un poema, quedar en la historia.

Cuando Panenka decidió poner el botín en punta debajo de la pelota y levantar como si estuviera empalando un pedazo de tierra, Emanuel Olivera todavía no era ni una idea ni un proyecto. Faltaban catorce años para su nacimiento en Laferrere. Difícilmente se le habrá cruzado a Olivera la imagen del checoslovaco en la final de Eurocopa del 76, antes de patear el cuarto penal de la serie contra Atlético Mineiro en el estadio Mineirao. Es mucho más probable que se le hayan venido a la mente las canchas que recorrió jugando para Almirante Brown después de quedar libre en Vélez; ahí era difícil patear un penal: de local o visitante.

Por eso él no se sorprendió cuando la pelota se fue acostando con suavidad en la red. Quiénes mirábamos la definición por penales por un lugar en la final de la Copa Sudamericana sí nos quedamos helados. Su equipo pierde la serie de penales desde el primer remate. El penal anterior lo pateó Franco Di Santo al ángulo, como diciendo, “no jugué más de diez años en Europa al pedo”. La hinchada visitante, aunque no llenó el estadio, está que hierve y cada vez que un jugador de Colón va a patear se le viene encima un huracán de silbidos. Y en eso va Olivera; la número seis en la espalda; el pasado en el ascenso, las canchas sin espacio entre el área y el alambrado local. Va Olivera en modo Negro Jefe diciendo “¿Sabés dónde jugué yo, pibe? ¿Qué me va a asustar este estadio con butacas?”. Va Olivera y pone el botín casi en punta debajo de la pelota y la levanta como si estuviera juntando un poco de tierra en una calle en Laferrere. Gol de Colón y la serie empatada.

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También en junio pero un 27 de 2009 el Chino Maidana peleaba por el título mundial contra Víctor Ortiz en Los Ángeles. El santafecino hincha de Colón, venía como punto. La noche estaba preparada para una fiesta del mexicano Ortiz. A los dos minutos del primer round Maidana cayó por primera vez. Pero fue nomás al levantarse que el Chino le puso los puntos al mexicano y lo mandó también a la lona. El segundo round fue una pesadilla para el argentino: dos veces conectó Ortiz y dos veces le contaron hasta diez. Pero el chino siguió. Sabía que necesitaba una mano bien puesta para mostrarse y mostrarles a todos que estaba para campeón. La mano llegó en el quinto round. Faltando un minuto diez para el toque de campana, el Chino abrió la zurda. A Ortíz le entró de lleno y su ceja derecha empezó a sangrar. El golpe fue físico y anímico. Al round siguiente Maidana lograría derribar al mexicano que lo tiró tres veces a la lona.

El mismo efecto tuvo el penal de Olivera. Con todo en contra. Sabiendo que si erraba la serie quedaba servida para Atlético Minero fue y la picó como si estuviera pateando en el patio de la casa. Automáticamente abrazó a Burián como diciendo: “dale que se puede”.

Al igual que Víctor Ortiz, Atlético Mineiro sintió el golpe de la corajeada de Olivera. El cuarto penal estaba a cargo de Réver que definió con un tiro suave a la izquierda de Burián y éste contuvo sin problemas.

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Era el turno de él. Del que había dado vuelta el partido de ida a los 85 minutos. Del que había llevado la definición a los penales con un gol a los 82 en la vuelta. Del que había perdido a su viejo unos días antes. De La Pulga. Si Di Santo había pateado mostrando sus años en Europa, La Pulga definió como en los campeonatos de penales en su Simoca natal. Esos campeonatos que le enseñaron a patear a Ortigoza, a Garrafa Sánchez o a él mismo. Esos campeonatos donde lo que estaba en juego no era una copa sino la guita para poder tirar toda una semana. La Pulga agarró la pelota, la puso en el punto penal y dijo: “también se puede disfrutar una serie de penales y hacer una obra de arte”. Despacito se acercó a la pelota siempre mirando al arquero. El 1 de Mineiro amagó que iba para la izquierda, después para la derecha, pero al final se quedó en el medio. La Pulga con amor tocó la pelota suavemente al palo izquierdo. Antes de que entre ya estaba sonriendo mientras iba a abrazar a Burián. La sonrisa de La Pulga antes de que la pelota toque la red es la mejor descripción de su penal.

Todo se definiría entre Burián y Juanito Cazares. Entre quienes mirábamos el partido ya se había hablado de la debilidad de Juanito, ex River y Banfield, en los partidos decisivos. Durante toda su carrera en el taladro la rompía en los partidos normales, pero en los importantes desaparecía. Hacerlo patear el quinto penal de una serie tan importante no era la mejor idea. Y no lo fue. Con displicencia y a media altura pateó a la derecha de Burián que atajó.

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Los jugadores de Colón estaban abrazados en la mitad de la cancha. Cuando la pelota tocó los guantes de Burián salieron disparados a abrazarlo. Pero el arquero no festejaba. Estaba parado como esperando. No pensaba todavía en su hermano fallecido un mes atrás. Fue el único que se dio cuenta que tenían que chequear el penal con el VAR. Mientras sus compañeros lo abrazaban el trataba de decirles que esperaran, que todavía no había pasado nada.

Se escuchó un silbatazo entre el silencio de los hinchas de Mineiro y la locura de los sabaleros que habían llegado hasta Brasil. El árbitro marcaba el final del partido. Colón reventaba la historia en mil pedazos clasificando a la final.

2555 kilómetros separan Santa Fe de Belo Horizonte. 31 horas en micro. ¿Pero que son 31 horas y 2555 kilómetros si esperaste más de setenta años para esto? Setenta años de ascensos y descensos. De ver a tu estadio pasar de ser cuatro alambrados con una platea a uno de los más lindos del país. Setenta años esperando para ser campeón. Te subís al micro. Cuando despiertes en Brasil será tu cumpleaños número setenta y ocho. Sufrís todo el partido hasta que llega Burián y ataja el último penal. EFcSMvSXsAArvv7¿Qué cara vas a poner? Y sí, la única posible. Imaginaste este momento por lo menos un millón de veces. Gritando como loco; saltando; abrazando a tu hijo; abrazando a tu nieta. Pero nunca imaginaste que en la cara se te dibujaría la expresión de haber visto a Dios. Pero no, esa no es cara de haber visto a Dios. Es la cara de un hombre de setenta y ocho años, que en el día de su cumpleaños, después de haber estado 31 horas arriba de un micro, ve a Colón entrando en la historia.

 

Juan Stanisci

 

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