San Juan, fuegos que se encienden y apagan

En el 24 de junio coinciden las fogatas con las muertes de Gardel y Rodrigo; el nacimiento de Fangio, Riquelme y Messi; el gol de Caniggia a Brasil. Una llama que quema e ilumina. El día de la cultura popular argentina. Escribe Juan Stanisci.

Es 24 de junio de 1935 y el barco está a punto de atracar en el muelle de Buenos Aires. Mi abuela, junto con otros parientes, pisarán tierra luego de más de dos meses. Vienen de la lejana Porto Recanati. Del suelo que los recibe, solo conocen el nombre. Argentina. Desconocen el idioma, a dónde irán a vivir y que será de su futuro. Lo que sí saben es que esa noche es San Juan.

La fiesta de San Juan es una de las más antiguas de la humanidad. Se celebra en Europa y América desde hace miles de años. En el hemisferio norte coincidía con la llegada del verano y el comienzo de la decadencia solar: a partir de esa noche el sol morirá cada vez más temprano. Con el advenimiento del cristianismo en el imperio romano, los ritos considerados paganos fueron perseguidos. Para poder seguir realizando esta festividad, tendría que pasar de hacerse los 21 de junio a los 24 y sería llamada San Juan. En América la celebración estaba destinada al Dios Sol, como agradecimiento por la buena cosecha.

En 1885 se institucionalizó la fiesta de San Juan en la República Argentina. En la Ciudad de Buenos Aires, las fogatas se realizaban en todos los barrios acompañadas de mate cosido, tortas fritas y bailes alrededor del fuego. Como el carnaval la fiesta se fue alejando del ideal cristiano para acercarse a la cultura popular.

Fuegos que se apagan

Cincuenta años más tarde la fogata se realizaba de forma normal, como todos los años. La noche del 23 de junio al caer el sol las barriadas se iluminaron hasta el amanecer del 24. Lo que nadie sabía es que mientras los fuegos se extinguían y el sol empezaba a barrer las sombras porteñas, en Medellín se accidentaba la avioneta que trasladaba a Carlos Gardel. La tristeza estaba a punto de adueñarse de todo un país como nunca antes.

El 24 de junio de 1935 la noticia llegó a través de los cables internacionales. Mientras el avión F31 de la empresa SACO intentaba despegar, chocó contra otra aeronave causando la muerte de catorce tripulantes. Entre ellos Carlos Gardel y Alfredo Lepera.

Mientras el país lloraba a lágrima viva la muerte del Zorzal Criollo, el puerto de Buenos Aires recibía día tras días cientos y miles de personas que escapaban de una Europa al borde de otra gran guerra. ¿Qué habrán sentido aquellos inmigrantes que nada entendían de castellano al ver semejante conmoción? Mi abuela por aquel entonces tenía meses. Arribó al puerto de Buenos Aires en la tarde de aquel 24 de junio, junto con su madre, su hermano y su abuela. No hablaban castellano y a duras penas entendían el italiano de Roma y el norte. No necesitaron conocer más que su dialecto de Ancona para entender que algo extraño estaba sucediendo en aquella ciudad gigante y desconocida. Y sentir el dolor que estaba en el aire de Buenos Aires.

Sesenta y cinco años después del accidente que terminó con la vida de Gardel a los cuarenta y cinco años, Argentina volvía a tener un 24 de junio envuelto en lágrimas. Las fogatas de San Juan ya no tenían la popularidad que décadas atrás, pero en muchas ciudades se seguían celebrando. Ese año habían caído viernes, lo que daba la posibilidad de quedarse alrededor del fuego hasta la madrugada. Muchos no llegaron a acostarse. Otros se despertaron con algún familiar llorando mientras les decía sentado al borde de la cama: “Se mató Rodrigo.”

El cantante cordobés había tenido que irse de su ciudad natal para salir de la sombra de La Mona Jiménez. En Buenos Aires la ciudad donde Dios atiende, alcanzó una popularidad nacional que pocos músicos conocieron. La noche del 23 de junio, mientras los barrios se iluminaban, él viajaba de La Plata a Buenos Aires cuando su camioneta rozó otro vehículo, se estrelló contra una barrera de contención, rodó. El Potro salió despedido a través del parabrisas. Tenía 27 años, un número que tiene una simbología muy particular en la música. Su muerte conmocionó al país. Hoy en día, el lugar del accidente en Berazategui es un santuario donde mucha gente se acerca a rezarle y pedirle favores.

Fuegos que se encienden

La cultura popular argentina no solo está marcada por las tragedias en los 24 de junio. Incluso son más las buenas que las malas. Veamos: en 1911 nacen Fangio y Sabato; en una jugada tan épica como memorable Diego Maradona acumula brasileños como un imán y descarga para Caniggia que convierte uno de los goles más gritados de nuestro fútbol en un mundial.

Si algo identifica al fútbol argentino es el enganche. Durante buena parte de nuestra historia el 10 del equipo fue la piedra angular. Hoy que los sistemas tácticos priorizan otras posiciones para los habilidosos, el enganche produce nostalgia. Un 24 de junio de 1978, mientras Brasil e Italia disputaban el partido por el tercer puesto del Mundial en el Monumental, un día antes de la primera consagración de nuestra selección, llegaba al mundo en San Fernando: Juan Román Riquelme.

La carrera de Román estuvo marcada por los espacios, las ausencias y los vacíos. Dentro de la cancha fue el mejor lector de espacios; aprovechando los vacíos por donde una pelota podía pasar para habilitar a un compañero; veía jugadores dónde el resto de los mortales solo encontrábamos ausencias. Pero fuera de las mismas son recordadas sus ausencias en los mundiales 2002 y 2010; y queda en el recuerdo su renuncia después de perder una final con Boca bajo el argumento de que estaba vacío.

Riquelme es sin dudas uno de los mejores jugadores de las últimas décadas en brotar de nuestro suelo. Pero además, es el representante de un fútbol que ya no existe. El de los enganches en todos los equipos. Hoy en día, como el tango que cantaba Gardel, Román es el símbolo de la nostalgia por la figura del creativo encargado de hacer jugar al equipo.

No le hicieron falta títulos con la selección nacional. Su forma de moverse adentro de la cancha y de entender su geometría, quedó clavada en la memoria colectiva futbolera.

367 días después de la mano de Dios y el Gol del Siglo, a 7109 km de México DF nacía Lionel Andrés Messi Cuccittini.

382 años antes Alonso Quijano, alias Don Quijote un hidalgo pobre oriundo de La Mancha, se propuso, entre otras cosas, pelear contra unos molinos de viento. Messi sin proponérselo, tendría que batirse, esto no lo digo yo lo dice Valdano, contra el mito maradoniano.

De la mano de Messi, y un gran plantel comandado por Sabella, toda una generación supo lo que era jugar una final del mundo. Todos y todas las que crecimos con el relato de Victor Hugo, con los penales de Goyco y con el doping en Boston a nuestras espaldas. Que vimos a nuestros viejos putear con la expulsión de Ortega; llorar con Bati en la madrugada del 2002; que supimos que algo andaba mal cuando el cartel decía que Riquelme salía y entraba Cambiasso; que vimos a Diego recibir las cuatro trompadas alemanas a lo Tyson. Para nosotros Messi es nuestra propia épica.

Algunos dirán que todas las finales se perdieron. Y es cierto. Pero una final es, además de un partido de fútbol, saber que existe la felicidad. Conocer esa felicidad permite levantarse siempre para volver a buscarla. Los mismos que dicen que estos jugadores, con Messi como símbolo y capitán, no sienten la camiseta, no ven o no quieren ver, que en 2018 contra Francia, con una estrategia delirante, casi le empatan un partido también delirante al campeón del mundo y le hicieron tres goles. A puro empuje. Si eso no es amor a la camiseta, entonces hay que replantear varios pilares de nuestro fútbol.

En 2014, 2015 y 2016 sus lágrimas fueron las nuestras. Muchas veces quisimos que argentina gane, no por nosotros mismos sino por él. Y aún así sabemos que tampoco alcanzaría. Creo que en ese punto lo más sensato es lo que dice el periodista brasileño Juka Kfouri: “¿Messi no ganó un mundial? Que se jodan los mundiales.”

Por distintas razones el 24 de junio terminó conjugando la muerte y el nacimiento. A través de los milenios viajaron las fogatas hasta mezclarse con una de las figuras más importantes de la religión hegemónica de occidente. Pasaron más siglos hasta llegar a la fundación de una nación en el ocaso del continente más joven (según quienes escribieron la historia) y esas fogatas también se encendieron en ese país, ya sea por tradición andina o porque las trajeron los europeos en los barcos.

No hay otra fecha en la historia Argentina que conjugue tantas alegrías y tristezas. Provenientes de distintos aspectos culturales como la música, la literatura o el deporte. Por eso sería prudente nombrar a esta fecha como El Día de la Cultura Popular Argentina.

Este año por la pandemia los fuegos no arderán incendiando muñecos para purgar el pasado ni tampoco iluminarán la noche para darle fuerzas al sol. Pero sí podemos mantener viva la llama de la memoria, recordando a quienes nos llenaron la cara de sonrisas y los ojos de lágrimas.

Juan Stanisci

La pintura es de Benito Quinquela Martín

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