El aleteo del bar de los pájaros

En el bar de los pájaros llueve casi tanto como en la calle. El fútbol se mezcla con el dolor de la pérdida. Escribe Agustín Lucas tirando paredes con la poesía.

Se termina 18 y no te vi. Busqué el tapado ese que llevás, los auriculares que perdiste. En todos los ocres lo que buscaba en realidad era prenderme de esa gabardina como de una bandera; sacudirla como si fueran alas quietas. Creo además que hubieras dicho algo poético de las bardas en trance sobre los rascacielos de juguete. 

Vengo del velorio de Sandra. He faltado a otros velorios de gente en el supuesto más cercana, pero ¿qué es la cercanía? ¿La sangre?

Ya venía lloviendo por dentro por Canelones, pero cuando le vi los ojos a Jorge, me vi en el reflejo de las gotas tembleques agarradas de los párpados. En el abrazo me dijo que estaba entero, mientras se le caían los pedazos como cerámicas orientales de pájaros con miradas perdidas y flores de antaño sin marchitar.  

Se incorporó tal como lo había visto al entrar. Yo me quedé en las primeras vértebras, dándole calor con el vaivén de la mano donde la cabeza se sostiene. Al ratito llegó Jorge, el otro Jorge. Jorge y Jorge, tenían la cantina de Miramar cuando yo ni bigotes. Jorge y Sandra, Jorge y Elena, Rodrigo, Natalia: máquinas de hacer pájaros. La boca no dejó de temblar. Jorge y Jorge se dieron un abrazo suave, como hermanos. Yo me les prendí de la ropa mientras los pedazos se nos caían como vasos sepia de vitrina. 

Jorge, el esposo de Sandra, se incorporó nuevamente casi sin moverse de la baldosa donde estaba, como si los abrazos fueran piecitas de tango, como pisadas de Riquelme frente a la tristeza. Jorge, el otro Jorge, se arrimó al cajón. Nosotros lo miramos a unos metros de ese ritual de besos de madera. 

Siguió llegando gente al velorio, le dejaban a Jorge las manos en la espalda, se despedían de Sandra, salían a fumar. Jorge, el otro, no paró nunca de llover. Las lágrimas se le caían como la piel de los leprosos. Como una avalancha cuando se patea un penal que debería terminar en las piolas y da en el palo; bajar corriendo los escalones y suspirar lamentando la suerte. Así lloraba Jorge, el otro, el amigo. Se le caían los pedazos como versos en el pañuelo. 

A Rodrigo y a Natalia no los reconocí ni me reconocieron, los llamó Jorge para que por un ratito estuviésemos sobre las baldosas de la cantina aquella de la calle Rivera. Para que oigamos el ladrido del perro que duerme atrás del mostrador. Para oler el café, el alcohol en el estaño, para oír las risas de un plantel de futbolistas. Rodrigo era más gurí que yo en aquel tiempo, y claro, lo sigue siendo, aunque ya no seamos niños. Natalia, que era la moza de la cantina aquella, estaba igual, igual a Rodrigo, igual a Jorge, el otro, que sigue quebrado al lado de la madera donde Sandra empieza a descansar. 

El bar de los pájaros no abrirá hoy. Los cardenales que pintó el sobrino de Jorge en las paredes entre los carteles alrededor del escudo de Colón, tienen el penacho negro y no cantan más que un lamento. El bar de los pájaros es el bar que atienden los Jorges sobre la calle San Martín. El sobrino de Jorge también aparece y se arrima. Con Jorge le decimos que habría que pintar un pájaro nuevo, para que los otros vuelvan a trinar como lo hacían. Jorge habla de un colibrí, yo creo que todos tienen un gorrión adentro. Un gorrión criollo. 

A Máximo no le gusta tanto el fútbol como a mí, me dijo Jorge una vez; el gurisito entra al velorio dando como saltitos de gorrión de plaza. Jorge se ríe, lo abraza, lo levanta mientras los pedazos se le caen como rocas sueltas en la pendiente de un cerro. Como una rama pesada del pico de un pájaro sin fuerza. Las ramas de los nidos son paréntesis solo de abrir. A Jorge se le caen los pedazos como nidos de árboles altos. A Jorge se le caen los pedazos como cubiertos estridentes contra el suelo en una cocina vacía. 

Salgo a fumar y me termino yendo. Agarro 18 para perderme entre la gente. Si vinieras caminando ¿por qué ala de 18 vendrías? ¿Por la que baja como voy bajando, o por la que sube? En Montevideo llueve todo el tiempo. Hasta cuando no llueve, llueve. Como que se olvida Montevideo de llover cuando no llueve. Hasta que se acuerda y se instala como las bardas poéticas a las que te referirías si te encuentro. En todos los ocres se me nubla la vista. Se me instala Montevideo como si yo también fuera un edificio de juguete. Montevideo se instala a la altura del octavo piso de mis pensamientos. Un colibrí se irá pintando mucho antes que el pincel se anime a tocar la pared del bar de los pájaros. Hay dos personas amándose contra la chapa de una persiana cerrada. Pensé que era el viento que la hacía sonar como alas de lata. Pero no hay viento. Soy tres puntos suspensivos fumando. A Máximo no le gusta tanto el fútbol como a mí. Un partido me salva en el bar que sigue. Cuando te vea pasar por la ventana, voy a hacer señas para que te apures. 

Agustín Lucas

2 comentarios en “El aleteo del bar de los pájaros

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