363 noches soñando con la libertad

Recuerdos sobre River y la B Nacional. Escribe Santiago Núñez.

16 de Agosto del 2011.El cielo y las nubes no se diferencian. Hacia arriba todo está gris. Pero no cualquier gris, sino de esos grises que son feos de verdad. “Vamos abajo, a la Centenario, así no nos mojamos”, Más vale inteligencia que falso coraje. Llueve a cántaros. Es martes. Dos días atrás la fórmula Cristina Fernández de Kirchner- Amado Boudou se impone en las PASO, pero hoy la noticia es otra. Vuelven los que no jugaron el otro domingo. Vuelven, antes que nada, lo que quieren y juegan para volver. Volvemos.

El equipo sale con Cavenaghi a la cabeza, con la cinta de capitán. Me acuerdo de la que (creo) es última vez que jugamos contra Chacarita: Un 4 a 3, con un golazo de Ortega. 11 jugadores de River pisan el mismo césped de siempre en el estadio Monumental, pero se levanta el telón de un mundo nuevo. Suena el silbato. Juan Manuel Díaz es el primer jugador de River en tocar la pelota y en hacer un gol con River en la segunda división desde 1908. Al Chori lo aplauden hasta que las palmas quedan rojas cada vez que va a patear un córner. Es figura, y eso que algunos dicen que no está para jugar en la B. Ganamos 1 a 0. Más que suficiente. Nos empezamos a acostumbrar a jugar en el ocaso.

El año en que estuvimos en ninguna parte

River se encontró durante 363 días en una suerte extraña de dimensión paralela, observado por absolutamente todos los ojos del mundo y a la vez no visto por nadie. No jugaba los domingos, no tuvo su fixture de Primera División sorteado, no disputó un superclásico, no jugaba contra los otros 3 “grandes”, no peleó la punta, no clasificó a las copas. Pero salía siempre en la tapa del diario. River entre el 26 de junio del 2011  y el 23 del mismo mes del 2012 vivió en un limbo mucho más asemejado al infierno que al purgatorio, y seguro muy disímil que el paraíso.


Consumado su descenso, del cual se cumplen 9 años, River parecía un caos. Un golpe enorme, que se fue disipando de a poco, con un cúmulo de medios de comunicación que hacían cada vez más rating a partir de tal destrozo. Las imágenes de los diarios mostraban el llanto. Un periodista llegó a decir el aire el lunes siguiente al descenso, en las puertas de la cancha de River, que “se habla de una sanción de más de 20 puntos” y entonces River “seguiría descendiendo a la B Metropolitana”. 

Todo eso fue quedando atrás con el paso de los días, pero la aureola de dramatismo y el marco casi poético de la angustia, hicieron del pasaje de River por el Nacional un calvario, un sufrimiento eterno del que fuimos esclavos.


Pero, con aquella inevitable entrega al dolor, también salió, por el otro lado, la pasión, inmensa, en todos los lugares del país. De Jujuy a Madryn. De la tribuna Sívori a llenar una montaña en Catamarca. Todo para ver a River. Los buzos y las remeras de la banda se multiplicaron. La angustia vino con el aliciente de la perseverancia. La cultura de bancar los trapos y la filosofía del “en las malas mucho más” se hicieron eco para avanzar.

Es cierto, también, que más de uno quiso lucrar con eso. Los canales de televisión que alargaban una hora su programación de lunes para hablar de River, la continuidad del “escudito” en la paleta de equipos de primera que tiene el matutino deportivo más importante del país, fueron una forma de seguir vendiendo. Pero todo a partir del corazón  herido, que por momentos se detuvo, pero por otros latía más y más y como nunca.


El fútbol pasó por varios niveles, nunca exentos de una realidad que oscilaba entre la tristeza y el peligro a no triunfar. La impronta de Almeyda le dio a River cierta regularidad en los primeros partidos, con el “gula” Aguirre como volante mixto eje, dos buenos volantes por los costados (Sánchez y Ocampos), el toque fino de Domínguez y la astucia goleadora de Cavenaghi. Por el dramatismo y el “fútbol-taquicardia”, sobre todo en la segunda parte del certamen, le dieron a River una irregularidad enorme. Esto, sumado a la incomodidad táctica de la llegada de Trezeguet (de aporte sustancioso al River de la B) que impedía el 4-4-2 más clásico de Almeyda, llevaron a River a un final infartante y a ganar solamente por un puñado de puntos. 


El acto de amor indudable del Chori Domínguez y Fernando Cavenaghi, acompañados en su gesto por el propio Almeyda y por Leonardo Ponzio, fueron el primer ladrillo de una reconstrucción absolutamente festejable. Los jugadores debieron estar siempre entre el mérito y la obligación: los esperaba la condena eterna sino ascendían, no ganaron tanto reconocimiento por hacerlo. Superar esa prueba, en la que ellos y 17 millones de hinchas tuvieron que pelear durante 363 días para volver a ser libres, es uno de los logros más grandes que ha tenido River. Guste o no guste. 


El equipo de Almeyda terminó primero raspando. Vale la apreciación: el Millonario “terminó primero”, pero no “salió campeón”. Solamente se encontró con la “B” más linda de todas. Esa que es corta. La V de Volver. Volver a primera. Volver a ser. 

10 de junio de 2012. “No se puede sufrir tanto”. Nunca mi viejo me había dicho algo así pero cuando salimos del asfalto de la tribuna luego del abrazo por el gol de Ocampos a menos de 15 minutos para hacerle el 1 a 0 a Boca Unidos de local, la frase es contundente. El sufrimiento es total. Y eso que, como dice la gente, “no jugamos contra nadie”. Pero los nadie nos tiran un pelotazo cerca del minuto cuarenta. Ponzio juega con el pantalón con sangre. La pelota no cae nunca. Un cabezazo. Dos cabezazos. De repente sin saber cómo, ni por qué, ni cuándo ni dónde, uno de ellos estaba mano a mano con nuestro arquero. El Indio Vega sale mal. Gol. Tragedia. Perdemos contra nadie y nadie es la Historia entera. Empatamos pero perdemos. El fútbol-taquicardia sigue. Pelotazo. Trezeguet la baja de cabeza para atrás. Da un pase con la nuca. La pelota le queda a Funes Mori que la empalma como si fuera Romario. El Gato Sessa hace vista y la red se infla. Algún corazón salió. Los cardiólogos se pueden hacer un festín. El partido termina. Venimos de una locura que va a seguir. Pero por cinco minutos, sólo por cinco, todo se detiene. Por un tiempo acotado resuena en mis oídos la más maravillosa música. Los trapos se revolean. Ohh. Yo te quiero. No me importa nada. Te vengo a alentar. Una lágrima sincera vale más que todo.


El Chori,  Cavenaghi y Santiago Bernabéu

Quince años separan las dos veces que Alejandro Domínguez y Fernando Ezequiel Cavenaghi estuvieron juntos en el el estadio del Real Madrid (Santiago Bernabéu). La primera fue en Septiembre del 2003, en un amistoso en homenaje a Alfredo Distéfano. Fueron los dos puntas elegidos por Manuel Pellegrini para enfrentar al conjunto “merengue” en el amistoso. River perdió 3 a 1. A los pocos meses, el Chori se fue con destino ruso y no volvió más. Cavenaghi emigraría recién un año después. 

No jugaron juntos por un tiempo hasta que a alguno de los dos (no sabemos bien a cuál) le sonó el teléfono. “¿Volvemos?”, fue la pregunta, de respuesta rápida. No había terminado el día en el que River descendió a la B cuando los dos amigos tenían ya una decisión tomada. A los pocos días lo comunicaron, acordaron lo que había que acordar y entraron. 


Fue la demostración más grande que algún jugador de River haya hecho por su club hasta hoy. Incluso con ambivalencias en Europa (Chori) y en Brasil (Cavenaghi), quedarse cobrando euros, dólares o reales sentado en un banco hubiera sido un mejor y más cómodo plan. No tenían la responsabilidad de hacerlo, nadie se los hubiera reprochado si no lo hacían. El cielo es de ellos.

En cuanto al juego, lo que prevaleció fue el talento distintivo de Domínguez quien, vale recordar, 22 meses antes de su debut en la B con River había sacado a bailar con el Rubin Kazan ruso al Barcelona de Messi y Guardiola. Convivió con algunos inconvenientes anímicos y la irregularidad propia de un club que no estuvo estable en ningún momento de su trayecto por el ascenso. Apareció, desde el inicio, en momentos claves. Cavenaghi, por su parte, fue el goleador con 19 tantos y pieza fundamental aportando oficio y cuota de eficacia. La cinta de capitán lo hizo jugar bien también fuera de la cancha.

La despreciable dirigencia de River los echó en el momento en el que merecían el bronce. El chori deambuló por España y Grecia y se retiró olvidado.  Cavenaghi volvió, fue figura y  dejó de serlo. Pero las circunstancias y su trabajo incansable lo terminaron de poner en el lugar justo y en el momento indicado: logró retirarse de River siendo titular y levantando, junto con Marcelo Barovero la Copa Libertadores del 2015.


Como fieles amigos, se siguieron juntando. Una vez les tocó volver al Bernabéu con River, pero en calidad de hinchas. Gritaron, saltaron, se emocionaron. Era 9 de diciembre del 2018. Vieron el gol del Pity de cerca. Estaban fuera de la cancha, pero eran parte: nada de lo que pasó en el ciclo Gallardo hubiera sido posible sin ellos, sin el ascenso. Es fácil comer caviar sin haber pasado por la mortadela. Sin Chori y Cavenaghi no había Madrid. 


16 de junio de 2012. En el auto, un comentarista dice que hoy puede ser nuestro día. La primera jugada del partido contra Patronato en Santa Fe nos dice lo contrario: gol estilo primer tanto de Alemania contra Argentina en el 2010, luego de un tiro libre desde el costado. Arrancamos mal. Seguimos mal porque llegamos y no hacemos goles. Me acuerdo de la vez que fuimos a Santa fe en 2008 y estábamos jodidos y el burrito se mandó una genialidad para el gol de Villagra. El partido empieza a entrar en su etapa final. Penal para River. Por un segundo me hago católico y realizo la señal de la cruz. Ni el Espíritu Santo nos salva. Ataja Bértoli, que en la nota pos-partido casi llora porque dice que es de River y que desea que ascienda. Andate a la mierda, forro. El Chori llora, desconsolado. Nuestra vida es llorar.


17 de junio de 2012. “Venite a casa, así no cocinás que tenés que estudiar”. El plan de mi querida abuela me parece brillante. Los apuntes del parcial de Historia pueden aguantar unas ricas milangas. Pero, en realidad, la Revolución Francesa y no sé qué otra cosa me importan lo mismo que la epistemología de la danza clásica. En mi mente sólo pasan dos palabras. “Central” y “Chacarita”, que definían parte de mi vida en Arroyito. Si los rosarinos ganan, nos pasan por lo cual, teniendo en cuenta  que tenemos la misma cantidad de puntos que Instituto, llegaríamos a la última fecha sin estar en zona de ascenso directo. 

Cometo el error de prender la tele que no quería prender para poder estudiar. Veo que Chaca va ganando. No lo puedo creer. Bueno basta. Estudiá. No. No puedo. Prendo de nuevo. Chaca gana pero ahora 2 a 1. Intento estudiar. Cuando el partido está por terminar es hora de ir ya para lo de la abuela. Cuando salgo de mi casa escucho un grito de gol. Sigo caminando. Pienso lo peor: “Es un bostero, seguro es un bostero que gritó el gol de Central, que ahora está 2 a 2 y lo gana al final. Nos quedamos en la B”. Cuando llego a lo de mi abuela prendo la TV. Chacarita sigue ganando 2 a 1. Seguro era un bobo jugando a la Play. Viene una contra. Chaca mete el primer “y va el tercero y va el tercero” de nuestra vida porque aún no conocemos el otro. Nos hace felices. Grito. Abrazo a mi abuela, que con una ternura inusitada y una inconciencia divina, me dice: “No sabía que River estaba en la B”. 

23 de Junio de 2012. Ya no sé si es un nudo o que es lo que hay en la garganta. Pero afloja, un poco, cuando veo algo que nunca vi. El de los molinetes, con la pechera amarilla, canta. Ese que estaba en el medio entre mi persona y uno de los lugares más lindos de nuestra vida, alienta. No podemos perder. En la tribuna juega la radio: Hay que escuchar tres partidos a la vez. Hay como 7 aparte porque también está el descenso a la metro: qué terrible lo que digo. River sale y  hace la ronda en el campo lo que llena de épica pero también de nerviosismo todo el ambiente. Pitazo inicial. No pasa nada. Sólo corazones laten. El contador Vega cabecea y tapa nuestro Vega, el Indio. Trezeguet se come un gol abajo del arco. Desamparados ayuda contra Central. El Pupi Salmerón, con Ferro, hace lo propio contra Instituto. Entretiempo. 

Entra el mellizo. Empieza todo igual. Todo. Viene un pelotazo del Funes Mori defensor para el Funes Mori delantero que por alguna razón que no se entiende le llega a Trezeguet, que tira una pared de cabeza, tipo el “Cocacola” con el joven que se la devuelve. La pelota le queda picando al francés que mira el arco y empalma con baile de gacela incluido la pelota con el alma, la vida, la historia y la eternidad, y la pelota se coloca en el rincón de los sueños imposibles, lugar en el que la angustia le deja la posta al desahogo. La red se infla, como si estuviera acomodando los tantos. Un gol más importante que el que definió la Eurocopa del 2000. Parece que esta vez sí. Encima nos cobran un penal. Trezeguet lo erra, como antes el Chori y Cavenaghi. “Lo empezamos así y así lo vamos a terminar”. Viene otro pelotazo. Funes Mori, que hoy parece Crespo y Francescoli juntos, gana en cuerpo y mete el pase a Trezeguet que la empuja. El gol no se grita. Se llora. Se viene abajo y se quiebra el estadio. Hay festejo, tibio. River sale primero pero no campeón. Nunca campeón de eso. El día que me muera. Yo quiero mi cajón. Pintado rojo y blanco. Como mi corazón. Volvemos. Fueron 363 noches soñando con la libertad. Mi primer razonamiento como hincha de un club de primera es que mañana voy a poder comprar el diario y ver fútbol tranquilo. 

Yo soy de la B

Nunca me pude poner de acuerdo conmigo mismo acerca de si “ser de la B” es una circunstancia, una sensación, un estado temporal, una filosofía de vida. Posiblemente no sea ninguna pero, por más extraño que parezca, el descenso implica una cosmovisión de mundo nueva, una novedosa manera de ver el fútbol, la vida y el mundo. Posiblemente sea políticamente incorrecto decir esto, pero hay una parte de mí que agradece, alguna vez, haberse ido a la B. Es una manera que ayuda a afrontar, a ir al frente a pelear. Porque en definitiva descender es ponerse de frente, pelearla de abajo. 


Comparar al fútbol con las circunstancias de la vida es a veces inexacto (incluso por momentos puede llegar a ser una locura), pero la filosofía de bancar la parada sirve para todo. Para volver a primera. Para afrontar momentos difíciles que a uno le da la vida. Para estudiar. Para militar y buscar tirar este mundo de mierda abajo y construir uno mejor. Nunca bajar los brazos en tal sentido es fundamental. Es algo que pasa en las buenas. Y en las malas mucho más.

Santiago Núñez

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