River, mi abuela y yo

El del 2015 no fue un Agosto cualquiera. Entre lágrimas de dolor y alegría. Una noche de diluvio donde el fútbol es sinónimo de felicidad se mezcla con el adiós a un ser querido. Escribe Santiago Núñez.

Los entrecruzamientos entre el deporte y la vida son complejos. Pensar que el cúmulo de sensaciones que nos genera una pelota no tiene nada que ver con nuestras vivencias es ridículo. No obstante, igual de cierto es que es imposible poner en parámetros iguales lo que sucede dentro de una cancha con lo que pasa en la cotidianeidad. 

En tal caso, estar en un buen momento de la vida y traspasar una etapa deportiva negativa puede ocurrir con determinada frecuencia y razonabilidad. Ahora no pasa lo mismo cuando la cosa es al revés y uno transita uno de los mejores momentos deportivos de su historia (o de su “carrera como hincha”) al mismo tiempo que sostiene una de los peores situaciones de su vida. Yuxtaponer tales elementos resulta enigmático. Es allí donde se puede construir una historia.

..

2 de Agosto. 

En el Parque Los Andes era domingo de exposición. Los tambores terminaron cuando el atardecer se abría paso por encima de las copas de los árboles. Mis compañeros tenían, luego de la muestra, intenciones de seguirla.

-¿Vamos a tomar una birra?

-Yo esta vez paso

Mi negativa no tenía que ver con un disgusto para con el bebestible de malta. Prefería simplemente estar solo. 

Me acordé que la calle Oroño, que me permitía enfilar para la Plaza Irlanda, nacía del otro lado de la vía . Caminé por la Av. Newbery hasta el fondo entonces. Pasé por la puerta del cementerio de Chacarita, sin saber que solamente me faltaban tres semanas para entrar por ella. A veces uno quiere estar solo por tristeza, o por no querer bajarle el ánimo a los otros. 

No lo supe hasta mucho tiempo después, pero en el momento en el que yo caminaba pensando, a una distancia de alrededor de cincuenta cuadras, Marcelo Daniel Gallardo le decía a Fernando Cavenaghi que su partido despedida iba a ser una final de Copa Libertadores. Sin saberlo, también pensaba en River. Ese octavo mes del 2015 venía movido.

3 de Agosto

“¿Cómo será vivir solamente en un cuarto, sin poder moverse?”. No me acuerdo en qué momento de esa tarde de lunes lo pensé. Pero estoy seguro de que lo pensé. En ese dormitorio no entrábamos, pero mi abuela no podía moverse, y era ella la que vivía el aniversario número 87 de su natalicio. 

Por suerte charlamos y la jornada estuvo amena, hasta que la vieja se quiso a ir dormir. Ahí nos fuimos. De esa hora u hora y media no recuerdo mucho, solamente los problemas a los que ya nos habíamos acostumbrado en los meses últimos. En ningún momento de la jornada pensé (aunque lo sabía) que iba a ser el último cumpleaños de la abuela Angélica. Espero que ella tampoco lo haya pensado.

“Yo me acuerdo que eramos chicas con la Elsa, las dos llorábamos cuando lo vimos a Maradona”. El relato de en las vísperas del almuerzo dominguero, en San Martín (casa de mi madrina, hermana de mi abuela, y mi padrino) me sorprendió. “¿A mi abuela le gustaba el fútbol?”, pensé. No recuerdo el año exacto, será a fines de los 90. El asado ritual recurrente en mi niñez estaba a punto de empezar.

5 de Agosto

Sentí como nunca que años de frustraciones se ponían en juego en 90 minutos. ¿Frustraciones? ¿Campeonatos perdidos? ¿Algún descenso?. Palabra sueltas, como siempre discutibles, que intentan describir un sentimiento indescriptibles. 

Uno tiene a reducir los grandes episodios de la vida deportiva a momentos determinados, diseminados e incluso fragmentados en una memoria siempre selectiva. 

Una salida impresionante, estruendosa, con mas humo de bengalas que aire en el  espacio. Una lluvia interminable, de esas que hacen más épicas a a las noches por vivir. Un partido que arranca aburrido, tensionado. Un lateral izquierdo que decide que en lugar de rebolearla a dos minutos del final del primer tiempo mejor conviene hacer historia. Entonces elige dar media vuelta, tirar un caño y avanzar hasta que mandar el centro. El 9 mete la diagonal de adentro hacia afuera y toca la pelota con la cabeza como una caricia al alma que nos saca del lugar de perdedores, que le permite a una generación entera salir del grupo de los que tienen su última copa ganada en VHS. El festejo es eterno. Ganamos para siempre.

Lo demás estará de más. Un gol de penal y otro de córner (ésta vez sí fue córner). Un ídolo tiene su último partido cuando va a levantar la copa por primera vez, como solamente dos personas habían hecho antes. Un estadio se quiebra, se viene abajo. Una Copa gorda se levanta. Hay papeles en el viento. Llueve, siempre llueve. Un técnico dice una frase que en ese momento parecía protocolar pero que tiempo después tomará otro rigor: “Vamos por más”.

El volumen de lo que me enojé esa noche fue directamente proporcional a la felicidad de mi cuerpo. Cuando vi el reloj en el celular daba unos minutos después de las cuatro. Lo único que lamenté esa noche fue tener que poner el despertador a las 7, menos de tres horas después. Era Campeón de América por primera vez de verdad en mi vida pero al otro día había que ir a laburar.

17 de Agosto

Es lunes feriado y River sale caminando, luego de 12 días en los que ganó la Copa Libertadores y tuvo que viajar a Japón, ganar la “Suruga Bank” y volver. Barovero mostraba las copas. Perdimos contra los puntanos, no podíamos ni correr. El resultado me importó poco. Lo lindo era tener 90 minutos en los cuales no pensar en cosas malas. En cosas realmente malas.

El relator grita la “o” larga y si vos estás en silencio frente al televisor y no gritando como un desquiciado, solamente puede significar una cosa.

-Uy, gol. ¿De River?

La situación me dio entre bronca y risa. Me hubiera simplemente causado solamente gracia si en ese 2011 no hubiéramos estado peleando el descenso. Pensé una frase en la cabeza, que decía algo así como “no abuela, ¿no te das cuenta de que hicieron gol los de camiseta azul y que yo no estoy gritando nada?”. Pero decidí dejarlo en el cerebro.

-No abue. Gol de All Boys

-Ahhh

23 de Agosto
El fin de semana se cierra con River, en el cuarto. Estudiantes lo recibe y le hace el “corralito” de campeón de América, en un gesto admirable. River arranca tocando pero, de repente, el partido dejó de importar.

Mi vieja sale de su cuarto y por el ruido del cierre de puerta y el sonido de los primeros escalones ya sospeché lo que estaba pasando.

-¿Qué pasó?, pregunté, más como una formalidad que otra cosa

-Hay que internarla de vuelta, dijo mi mamá, en una respuesta esperable por la forma que había tomado su cara

“Vamos nosotros igual, San. Mejor vos quedate”. El nosotros eran ella y Luis, su compañero de vida durante ya más de dos décadas que no será mi papá biológico pero es una de las personas más importantes que he tenido. Me metí en la cama nomás, a disfrutar del toque de River, que arrancó ganando con gol de Lucho González. Pero de repente, Estudiantes hizo dos goles y perdimos. Que lastima. Solamente “que lástima”. 

24 de Agosto

La mezcla entre la nostalgia de los recuerdos y la tristeza de la situación con el justo alivio de la finalización del sufrimiento se terminaron aquel lunes 24, día en el que me tocó ser el último familiar que vio a mi abuela con vida. Mi viejo me mandó por Whatsapp, para que esté lo mejor posible, un video del gol del Pipa Alario a Tigres, que parecía había sido hace un lustro. Lamenté, ese día y los posteriores, no haber llorado. Pero cuando la cosa está mal hay que bancar, medio que no se llora. No se si esta bien o está mal. Es lo que aprendí (quizás incorrectamente) del deporte y la vida. En las malas mucho más.

“Venite a casa, así no cocinás que tenés que estudiar”. La frase era cierta en esa mañana dominguera de junio del 2012. Pero, ¿quién puede estudiar un día en el que se pone en juego si volvés o no a Primera División?. En mi mente sólo pasaban dos palabras. “Central” y “Chacarita”, que definían parte de mi vida en Arroyito. Si los rosarinos ganaban, nos pasaban. Teniendo en cuenta  que teníamos la misma cantidad de puntos que Instituto, hubiésemos llegado a la última fecha sin estar en zona de ascenso directo. Pero bueno, en todo ese cúmulo de sensaciones que iban desde aprenderme la revolución francesa hasta esperar que el Funebrero me de una alegría, unas milanesas no venían para nada mal.

Cuando salí de mi casa escuché un grito de gol. Seguí caminando. Pensé lo peor: “Es un bostero, seguro es un bostero que gritó el gol de Central, que ahora está 2 a 2 y lo gana al final. Nos quedamos en la B”. Cuando llegué a lo de mi abuela prendí la TV. Chacarita seguía ganando 2 a 1. “Seguro era un bobo jugando a la Play”, pensé, y cuando volví a mirar para arriba Chacarita metió el 3 a 1 y sentenció la historia. Fui a abrazar a mi abuela, que con una ternura inusitada y una inconciencia divina, me dijo: “No sabía que River estaba en la B”. 

15 de Agosto

“No te olvides de ir a pagarme el club”. Me reí cuando escuché esa frase de su voz. Me dio un poco de dulce ternura que piense en esa posibilidad, e incluso vi un atisbo de valentía en semejante optimismo sobre el futuro. Mi última conversación a solas con mi abuela fue un sábado, en el mismo escenario que ya formaba parte de nuestra rutina: sentarse a un costado de la cama con la frazada tapando las manchas del cáncer e intentando charlar lo más posible hasta que ella, cansada, se quede dormida.

“Poné lo que quieras”, me dijo, como si alguna vez en los años y años de relación ella hubiera tenido alguna vez el control de la televisión. Tome mate solo, pero de a dos. Mi abuela me dijo que tanto a mí como a mi mamá nos quería mucho. Curioso. Me había dado mucho afecto pero nunca me había vociferado textualmente esas palabras. Le dije, por supuesto, que nosotros también.

De fondo, en el cubo negro, daban un especial de los mejores veinticinco partidos de River en la historia de la Copa Libertadores.

Santiago Núñez

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