Lamadrí, el hecho maldito del relato futbolero

En su biografía “Lamadrí el renacido. Gloria, caída y resurrección de un trabajador del fútbol”, Hugo Lamadrid desnuda qué hay detrás del éxito. Deudas, lesiones mal tratadas, presidentes millonarios y jugadores pobres. Y a la vez muestra al futbolista como alguien privilegiado que logró cumplir su sueño. Escribe Juan Stanisci.

La historia la escriben los que ganan. Si buceamos en los libros autobiográficos editados en los últimos años, nos encontramos con que todos tienen por protagonistas a campeones del mundo o multi ganadores con sus clubes. Pero a la vez la gran mayoría de los futbolistas que debutan en primera y se mantienen, tanto en nuestro país, en el exterior y en el ascenso, no tienen ese palmarés. Las historias que se suelen mostrar como el “ejemplo del futbolista”, tienen poco que ver con lo que sucede durante la carrera de muchos jugadores. A los obreros de la pelota viene a reivindicar el libro “Lamadrí el renacido. Gloria, caída y resurrección de un trabajador del fútbol” editado en plena pandemia por Ediciones Al Arco.

El fútbol es una mierda

Cuando rajés los tamangos

Buscando ese mango

Que te haga morfar

La indiferencia del mundo

Que es sordo y es mudo

Por fin sentirás

“Yira Yira” de Enrique Santos Discépolo

Lamadrid tenía la pierna rota. Más precisamente la tibia astillada. Con yeso y fecha de operación. El Coco Basile técnico de Racing, lo llamó para decirle que lo necesitaba. “Me creía Superman”, repite una y otra vez durante la primera parte. Jugó seis partidos con la pierna rota. Antes de los partidos lo infiltraban para que aguantara el dolor. En varios fue la figura. Prometió que si pasaban los octavos de final de la Copa Libertadores pararía para operarse. En el último partido que jugó durante la copa, un error suyo derivó en el gol de la eliminación. En el vestuario nadie se acercó a preguntarle cómo estaba la pierna, lo dejaron solo.

Jugar con un hueso astillado puede traer graves consecuencias. Para colmo durante la recuperación intentaron apurarlo por un presunto interés del Atlético de Madrid. Lamadrid nunca volvió a caminar igual que antes de la rotura. La manera en que apoyaba el pie durante los partidos que jugó lesionado, le generó un pinzamiento en las vértebras que le dormía la rodilla. La vuelta fue lenta y dolorosa. Más le dolieron los murmullos de la tribuna durante los partidos en los que intentaba agarrar ritmo. Pasado el interés español nadie de la dirigencia volvió a llamarlo.

Llevaba un atraso en el contrato de un año y medio cuando empezó a levantar su nivel. Juan Destéfano presidente de Racing, lo llamó para renovar contrato. Lamadrid quiso hacer valer todo lo que había dejado por Racing. Quería que lo reconocieran. La segunda vez que se sentaron a negociar su contrato lo esperó con dos guardaespaldas. Cuando Lamadrid se iba entre insultos sin renovar el contrato, el presidente le dijo que no iba a jugar más.

Al día siguiente el utilero le comunicó que no había ropa para él. Que la orden venía de arriba. Para colmo cuando otros clubes lo buscaban, el primero fue Boca, hicieron correr el rumor de que lo dejaban libre por estar roto. Además retrasaron los papeles, para que cuando quedara con el pase en su poder, el mercado de pases ya estuviera cerrado. “Haceme juicio” fueron las palabras de Destéfano cuando Lamadrid le reclamó la deuda que el club tenía con él.

¿Qué pasa cuando el sueño se convierte en pesadilla? Hugo Lamadrid era el volante central del mejor Racing desde la Copa Intercontinental del Chango Cárdenas, Juan José Pizzuti, Basile, Perfumo y Maschio. Lo seguían de la selección. Cuando el éxito le fue esquivo se encontró llorando solo rodeado de gente que miraba hacia otro lado en un vestuario. Lamadrid desnuda lo peor del fútbol. En su biografía cuenta, sin echarle la culpa al resto, haciéndose cargo de sus decisiones, la trastienda del éxito. Nadie le había dicho que dentro de las posibilidades de un futbolista que llega a primera, también está que no te vaya tan bien. O que directamente te vaya mal.

Después de Racing vino un breve paso por la Universidad Católica de Chile. Lo vendieron como enganche goleador. Jugó dos partidos. Regresó al país sin que nadie lo sepa, pidiéndole plata prestada al tipo que le vendió el pasaje en el aeropuerto. Solo volvió a Primera cuando estuvo en Mandiyú. El resto de su carrera la hizo en clubes del ascenso: Quilmes, Douglas Haig, San Martín de San Juan, Juventud Antoniana y Aldosivi. No es inocente que el segundo prólogo del libro lo escriba Éber Ludueña, el mítico personaje interpretado por Luis Rubio.

Se retiró en Douglas Haig. El fútbol le guardaba una última jugada. Para pagarle la deuda, el club de Pergamino, le dio unas rifas para que las vendiera. La rifa nunca se sorteó.

Después del retiro se sintió incómodo en su casa. Puso una panadería para palear la crisis del 2001. Se enojaba cuando lo reconocían. Dormía dos horas por día. Era una bomba con la mecha cada vez más corta. Hasta que varias situaciones lo hicieron replantearse su vida y la mirada que tenía para con su pasado.

El humor y las redes sociales lo ayudaron a salir adelante. La política de Racing, en aquel entonces gerenciado por Blanquiceleste SA, lo hizo volver al fútbol. Ahora como hincha-militante. Contar su historia puede ayudar a muchos futbolistas a entender que lo normal es ser un laburante del fútbol, que el éxito es una circunstancia muchas veces esquiva. Y a quiénes lo miramos de afuera a ver que el fútbol es más espinas que rosas.

El jugador de fútbol pudo cumplir su sueño

Vas a ver qué lindo

Cuándo allá en la cancha

Mis goles aplaudan

Seré un triunfador

“El sueño del pibe” de Reinaldo Yiso

¿Cuántas veces fuimos seleccionados para algo? ¿Cuándo nos eligieron por nuestras aptitudes? ¿Cuántas veces alguien creyó en nuestras cualidades? ¿Cuántas veces, no te digo en un club, sino en un equipo cualquiera, con nuestros amigos o nuestras amigas, nos eligieron primero o primera? ¿Cuántas veces salimos campeones o campeonas?

“El jugador de fútbol pudo cumplir su sueño”, dice Lamadrid, “no sé cuantos pueden haber tenido la misma fortuna”. No importa que ese jugador nunca llegue a jugar en un “equipo grande” o en Europa. El que juega en primera llegó. Cumplió su sueño. Después de superar una incontable cantidad de filtros; que van desde la primera prueba en un club; hasta el descarte que se hace antes de saltar de la reserva al primer equipo; el futbolista logró algo que la mayoría de los mortales no logramos. Ser bueno en algo que le gusta.

Y no es solo llegar. Muchos de esos futbolistas anónimos que nunca salieron campeones, que quizás solo vivieron peleando descensos, se fueron ovacionados de una cancha. Una o dos veces. Para las personas que no somos futbolistas es difícil hacernos a la idea de que cien, quinientas, mil o diez mil personas se pongan de acuerdo para gritar nuestro nombre como si la vida humana dependiera de eso. O tal vez no lleguen a escuchar su nombre bajando de las tribunas, pero sí habrán sido aplaudidos después de un caño, un amague o un cruce para salvar una contra rival. Ni hablar de hacer un gol. Gritar de cara a la hinchada, colgarse del alambrado o acordarse de la familia. Son privilegios que están vedados a la mayoría de los mortales, pero que no son ajenos a la mayoría de los futbolistas.

El libro de Lamadrid puede ser útil al futbolista y al espectador. Al primero porque puede abrirle los ojos a disfrutar un poco más de aquellas pequeñas cosas que le brinda su profesión. Al espectador a valorar y entender que no todo son vueltas olímpicas, ni es un fracasado el que erra un pase.

Juan Stanisci

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