La primera vez que fui al Bar de los Pájaros

Séptima entrega de la serie del Bar de los Pájaros. Escribe el futbolista y poeta uruguayo Agustín Lucas.

Estoy sentada contra la ventana de un bar al que no había venido nunca. La lluvia paró. El sol entra como una lupa. Afuera una joven y una viejecita se miran en la ventana donde estoy sentada, como si el vidrio fuera un espejo. Se sonríen, se peinan. Es extraño estar adentro de un espejo. Ver cómo la gente hace muecas mientras se acomoda el pelo que en realidad queda casi igual a como estaba.  Frente a mí el Baraja hace anotaciones con una lapicera que le pidió al mozo. Tiene un traje ajado el Baraja. Parece que se lo hubiera puesto una vez para no sacárselo nunca ¿Desde cuándo tenés puesto ese traje Baraja? Desde que te conocí en el avión, dice.

“Es acá”, dice la viejita que viene agarrada de mi brazo hace unas cuadras. Tiene unos aros puestos que bailan. Miro los pájaros pintados en la pared del bar que es el destino de la señora que acompaño. Frenamos en la ventana. Entre el sepia del polvo en el reflejo, ambas nos peinamos, nos reímos de nosotras. Con ella, conmigo. En la puerta la ayudo con el escalón y ya se suelta. Queda un segundo mirando la televisión, pregunta cómo va el partido y le pide prestada una lapicera al mozo. Miro el teléfono, te respondo un mensaje con la última canción que estaba escuchando antes de encontrarme a la señora,  “The bug collector”. La señora me pide el número para anotarlo en un pedazo de una caja de remedios junto a mi nombre, Amelia. Me pregunta si va con hache.

Observo a las dos mujeres entrar al bar. La puerta cruje, casi como los cuellos de los hombres para ver quien llega. Hay uno que se parece a un pájaro que me resulta conocido. La más joven agarra el teléfono mientras la veterana relojea el partido y habla por lo bajo con el mozo, que nos mira. El mozo se acerca, le pide al Baraja la lapicera que le había prestado y le dice que debe tener otra, que ahora la busca y que Jorge ya viene. El Baraja lo nombra Raúl. Raúl, le lleva la birome a la viejecita que anota algo en un cartón que arranca de una caja de remedios. Cuando se acomoda el pelo tiene una cicatriz en la frente. Me alegra no ser la única mujer en el bar de los pájaros. O al menos así lo llamó el Baraja, aunque en la puerta diga otra cosa. Observo a la joven que desliza el índice por el teléfono. Tiene un gorro rojo de lana o de hilo y un tapado ocre del color del techo.  Cuando piensa se muerde los pellejos del mismo dedo. Levanta la mirada de repente y me sorprendo, miro hacia la ventana unos segundos, y vuelvo. Ella me sigue mirando. Levanta la mano lentamente. Cierra y abre la palma. Parece un semáforo de los nuevos. Levanto mi mano también y la sostengo. No sé por qué pero de repente tengo piscinitas en los párpados.

Hay una mujer mirándome. Lo siento mientras te mando la canción que estaba escuchando y busco otra que se me vino a la cabeza aunque no me doy cuenta cuál es. Siento que hay una mujer mirándome. Levanto la vista y en efecto hay una mujer mirándome. Ella corre la vista hacia la ventana donde recién nos peinamos y nos reímos con la viejita. La viejita devuelve la lapicera y guarda el pedacito de cartón en la cartera. Pienso si me llamará algún día. La mujer de la ventana vuelve a mirarme. Está junto a un hombre de traje ajado a quien le llevan la lapicera que escribió recién mi nombre. El mozo vuelve y busca entre papeles alguna cosa. Levanto la palma de la mano y saludo a la mujer que tiene un buzo rojo junto a la ventana. La mujer de buzo rojo también levanta su mano. Pienso en los semáforos nuevos que tienen manitos. Me ajusto el pelo con horquillas ¿Otra vez te estás peinando? Me dice la viejita. Le doy un beso y un abrazo. Me pongo los auriculares nuevos, iguales a los que había perdido y pongo otra canción al final. Una de Juana Molina que se llama “Cálculos y Oráculos”, que estaba entre las últimas escuchadas. No sé bien por qué pero tengo una emoción puesta en el entrecejo. Donde me hacían mimos con el dedo cuando era una gurisa, para que me calmara.

Sostengo la palma abierta de mi mano, saludando a la muchacha del gorro del mismo color que mi buzo y el tapado ocre que se parece al techo, que se descascara como pergaminos sin escribir. Es como si los ojos se le cayeran por el entrecejo. Hay un muchacho en la barra que piensa que el saludo es para él. Levanta la mano muy parecido a como lo hizo la muchacha, que se acomoda el pelo, se calza los auriculares y se va, después de darle un beso y un abrazo a la señora. La puerta cruje. La viejecita se cuelga con el partido. Miro al muchacho. Nos quedamos ahí unos segundos. Bajamos las manos, él vuelve la mirada a la televisión. Yo a la ventana. El Baraja también se distrae. Piden penal.

“Es la primera vez que vengo a este bar, y a la vez siento que lo conozco de siempre. El espejo, el techo ocre pergamino, el estaño, los cristales, la gente querida, sobre todo eso. Todo me habla. Nos habla. Hace rato que estoy sentada en esta mesa del fondo, a espaldas de la tele, porque distrae. Hay manos viejas atrapando vasos y limpiando el estaño, y hay otras, más jóvenes, que me miran. La palma hacia arriba, como un colchón donde tirarse y hundirse, rodeada de objetos, de ocio y de ternura. Afuera paró la lluvia, la tormenta sigue. El Baraja pide una lapicera y anota cosas al lado mío. Pienso en pedírsela y dejarte algo escrito a vos, en algún corner del baño, aunque después alguien lo limpie, o no. Pero llegan una viejecita y una muchacha que me ganan de mano, y la lapicera se va a otra mesa. Mis ojos se cruzan con los tuyos y nos quedamos colgados ahí, reconociéndonos”.

Eso escribí después que Raúl, el mozo, le alcanzó al Baraja otra lapicera que parecía la misma. Se la pedí antes que la hunda en su libreta. También le pedí una hoja. “Estoy planificando un viaje”, dice el Baraja. Que quizás entonces consiga otro traje, algo más eficaz, sostiene, sonríe. También le sonríe al muchacho que está con el codo contra el estaño con una Patricia. Escribo, doblo la hoja, me equivoco de baño y se la dejo al muchacho enganchada en la puerta que separa el wáter del mingitorio. Qué palabra rara mingitorio. Vuelvo con una especie de vergüenza y ansiedad. Afuera cae la noche. Busco al muchacho como para que vea en mis ojos que lo quiero, aunque no lo conozca, no sé por qué pero eso siento. Que sepa que esa carta es para él, aunque no la descubra. Que esa mirada es para siempre. Para siempre. Para siempre. Y que quizás sea solo eso el futuro, una mirada, una tarde. Como dice una canción de Rosario.

El muchacho no está. Siento una desazón implacable. Pienso en volver a quitar esa epístola de ahí. Pero lo veo afuera, fumando. Él no me ve, no se ve para adentro en el bar de los pájaros. Me quedo mirándolo con el humo. Hay dos personas amándose contra la persiana del almacén cerrado de enfrente.

Miro el reloj que también es rojo. Abrazo al Baraja porque tengo que irme. Le digo que le invito la copa y voy hasta el mostrador donde estaba el muchacho que ahora fuma afuera. Hay tres personas que atienden. Raúl y los Jorges, de los que me habló el Baraja. Algo de Miramar me dijo pero no sé bien qué es Miramar. Voy a llegar tarde al ensayo. Estoy llegando tarde a todos lados. El muchacho entra y se recuesta cerca, de espaldas, mirando el partido. Siento que en un momento se da vuelta y creo sentir en la nuca su respiración. Pero puede que sea el viento que chifla por las rendijas. Le pago a uno de los señores que no es Raúl. Lo llamo Jorge, como si lo conociera, aunque no lo había visto nunca. Se sonríe y redondea los números. Miro a la viejecita. Cruzamos la mirada, la boca le hace una curvita. Eso me recuerda a la abuela. Recibo el cambio de Jorge. Tras él, en el espejo, hay una foto de una niña de buzo rojo llevándose el índice a la boca. Me veo en el reflejo, estoy haciendo un gesto parecido.

Agustín Lucas

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