¡El tiburón carajo!

Es muy difícil ver un partido de fútbol sin tomar partido por uno de los equipos que lo están jugando. Pero Juan, el compañero de trabajo del protagonista de este cuento, lleva eso al extremo. Escribe Ariel Feller.

Con Juan compartimos sector en la empresa durante años. Pegamos onda porque ambos éramos hinchas de clubes que el resto de los futboleros de la oficina denominaban chicos. Los lunes, por ejemplo, quedábamos afuera de la lectura del suplemento deportivo que Ferrantelli dejaba en la mesita donde estaban la cafetera y los pocillos mugrientos que habían quedado sin lavar desde el viernes.

En ese preciso momento los muchachos nos deliraban de lo lindo. A Ferrantelli porque no le gustaba el fútbol, o no lo entendía, o porque prefería dibujar en una libreta en lugar de discutir cual fue el mejor gol de la fecha. Y a nosotros dos porque ni Quilmes ni el Porve figuraban en la tabla de posiciones de primera. Entonces Juan se enfurecía y, quedando al borde de un pico de presión, les gritaba que él había estado en Arroyito cuando el cervecero salió campeón en el 78 y que tenía la entrada guardada pero que no la iba a traer para que cinco pelotudos se la rompieran o se la garabateen toda. Al escuchar esa expresión Ferrantelli siempre levantaba la cabeza y lo miraba con la vista un tanto nublada.

Un día ya harto de escuchar las clonadas gastadas, la rabieta de Juan y su típica aclaración – “¡lo de pelotudos garabateando lo digo por ellos, no por vos!”- para Ferrantelli, le propuse que nos quedáramos, durante ese tiempo que un grupo de giles jugaban a ser panelistas deportivos de tv, chamuyando cerca de la cafetera. En esa horita que nos tomábamos todos los lunes conocí un poco más a Juancito. Descubrí así a un tipo muy pasional tanto para contar las historias como para salivar el café de los que se pasaban de vivos en las cargadas.

Cada inicio de semana nos dedicábamos a chicanearnos pero también a contarnos anécdotas. Juan me decía que nunca tuvimos un jugador como el Indio Gómez y yo le devolvía que descubrieron el fútbol cuando le mandamos al Beto Pascutti. Hasta lo pinchaba diciéndole que no traía la entrada de aquél Quilmes campeón 78 porque en realidad no había ido hasta Rosario, que no me venga a mí con el versito del cagazo a que se la rompan en una joda pesada. Eso sí, por las dudas, le decía que no me sirviera café.

Creo que fue en un gol que le anularon a Casas jugando para el Betis que de la bronca estrelló un vaso contra el piso. Lógicamente le pregunté qué mierda le pasaba.

Pero el aspecto más interesante en la personalidad de Juan no lo descubrí en ese rinconcito de la oficina sino en los almuerzos en el bodegón de la esquina del laburo. Muchas veces coincidía el horario del morfi con el de las transmisiones de algún partido, europeo más que nada, entonces lo veía colgándose a mirar los encuentros como si fuera fana del Cagliari  o del Valladolid. Creo que fue en un gol que le anularon a Casas jugando para el Betis que de la bronca estrelló un vaso contra el piso. Lógicamente le pregunté qué mierda le pasaba. Casi entre lágrimas me contestó que no podía ver ningún partido de fútbol sin, valga la redundancia, tomar partido por uno de los dos clubes.

Por supuesto que abandonamos las salidas para ir a comer y empezamos a llevarnos comida para almorzar en los escritorios. Por otra parte, los lunes le sacaba cualquier tema para no hablarle de fútbol. Para ello, los domingos a la noche me preparaba algún material. Me estudiaba alguna receta o leía sobre la vida de algún músico o actor famoso.  Con eso la piloteábamos bastante bien hasta que la empresa tomó una decisión de lo más contraproducente cuando pasó a Juancito del sector de facturación al de ventas y lo designó como vendedor viajante. Eso fue soltar un lobo hambriento en el corral. Fue despertar a una fiera enjaulada.

En el segundo viaje, caliente por un par de fallos arbitrales, incendió un patrullero junto a unos hinchas de Independiente de Trelew.

Ya en el primer viaje de negocios terminó internado con lesiones graves en el hospital de Junín al prenderse en una gresca entre las barras de Rivadavia y Villa Belgrano. En el segundo viaje, caliente por un par de fallos arbitrales, incendió un patrullero junto a unos hinchas de Independiente de Trelew. Ya en el tercero no pudo zafar de tocar el pianito en la comisaría, había amenazado de muerte al técnico del Club General Roca de Río Negro tras un 0 – 5 de local.

En un intento de poner paños fríos a lo que estaba pasando le propuse al gerente que le dé a Juan unos días de descanso. Que quizás meter un freno a tanto viaje le podía venir bien. El buen hombre no sólo aceptó la idea, también le prestó una casa en Mar del Plata para que viaje con toda la familia. Todos coincidíamos que sus hijas y su mujer podrían ser una buena contención para que Juancito bajara un cambio. Lamentablemente no fue como lo pensamos ya que Juan nos tenía preparada una sorpresita más. En medio de la playa popular ensartó con una sombrilla, y al grito de “¡Aguante el torito!”, a un tipo de camiseta de Aldosivi que iba al trotecito hacia el mar.

La verdad es que por más que le dé vueltas en mi cabeza no puedo comprender a Juan. Ya no puedo. Y no lo digo porque terminó en la cárcel de Batán por semejante boludez. ¡Lo digo porque se sabe que en Mar del Plata el verdadero capo es Aldosivi! ¡Que es esa pelotudez de tirar por Alvarado! ¡Aldosivi papá! ¡El Tiburón carajo!

Ariel Feller

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