El cazador, capítulo 5: la tumba

Dardo, fanático del Ferrocarril San Martín, aparece asesinado en su casa. Su ídolo, Valentín “El Cazador” Rodríguez, decide regresar al barrio donde fue héroe y villano para investigar el crimen y saldar viejas cuentas. Cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá.

“No te dejés tocar el culo, Rodríguez. El Nene te verduguea porque jugó en las inferiores de Español y te ve medio tierno, con cero vestuario. Vos parale el carro antes que se agrande porque si no te comen crudo, mirá que acá das medio metro y te pasan por arriba, eh. Condiciones tenés… Pero empezá a poner las pelotas arriba de la mesa porque esto es AFA, nene, ya no estás jugando en el patio de la escuela.”

Fito Vargas, DT de Quinta División, pretemporada de invierno (2003)

-Pegale una lavada y te va a quedar como nuevo, flaco.

  Transpirado como un pollo al spiedo a pesar de que apenas me cubría con un short del Furgón, con las manos, el pecho y la cara cubiertos de tierra y grasa, solo atiné a levantar las cejas. El Fiat 128 era modelo ´73 y estaba a nada de cumplir medio siglo de trajín.

-¿Vos decís, viejito?

-Pero por supuesto, hombre.

  El patio de Totó se había convertido en un improvisado y precario boxes, ya que habíamos pasado la mañana poniendo a punto el auto que yo había dejado tirado en su galpón dos años atrás. En un par de horas le cambiamos filtros y aceite, limpiamos carburador y bujías, engrasamos diez o doce cruces de fierros sensibles, cargamos la batería e inflamos las cubiertas. A eso de las diez le di arranque: primero tosió como un tuberculoso, después corcoveó como un caballo moribundo, dio a entender que ya no quería más lola, pero en el cuarto intento, dopándolo con un chorrito de nafta en el carburador que horas atrás estaba tapado de telarañas, el Super Europa bordó se puso en marcha como quien se despereza de una noche de resaca. Ronco, entrecortado y humeante, pero se despertó.

-Es leal el guacho –festejó el viejo, con unas palmadas cariñosas en el lomo de chapa–. Ahora dejameló que lo acelero desde acá –agregó, dando pasos cortos para volver a sumergir su cabeza blanca en el motor del auto.

  Sentí el tironeo en el pedal del acelerador y salí de la cabina. Aproveché para fumarme un cigarro a la sombra y mojarme la cabeza. Cuando pegué la espalda a la fría pared de la casa sentí que volvía a vivir. Mal Llevado, echado a mi lado, ladró un par de veces porque lo salpiqué.

-Bueno, bueno –me disculpé, mirando la hora en el teléfono. 

-¿Ya te vas? –me preguntó Totó.

-Me baño y toco –grité.

  Totó soltó el acelerador y en apenas tres segundos el Fiat se apagó. 

-¿Venís a comer?

-Diez veces te dije.

-No me dijiste, alunado.

-Como acá a la noche.

-A la noche viene el borracho con los amigos.

-Ya sé. Si ya hablamos, no te hagás el desmemoriado.

-No me hago, boludo, ¡no me acuerdo! ¿Al perro qué le doy de comer?

-Milanesas con papas fritas.

-Hacete el canchero, infeliz. Le tiro un hueso entonces.

-Sí, tirale cualquier cosa.

-Al pelo. A este dejameló diez minutos que queme la nafta podrida y estamos.

-Joya, viejito. Gracias. ¿Querés agua?

-No, me gusta sufrir. Che, no te olvidés de cargarle Infinia, eh. Ponele mil pesos así va sacando la mugre.

  Me reí. El viejo se metió en la cabina y lo volvió a arrancar.

-¡¿De dónde querés que saque una luca para nafta?! Con doscientos ando todo el día –dije para mí, porque Totó ya no me escuchaba.

  Tenía pensado un periplo corto: buscar al Santo por el bar, ir al cementerio municipal de Hernandarias donde estaba enterrado Dardo, pasar por la casa de los Balmaceda para saludarlos, devolver al Santo al boliche y comer en la parrilla del Bola, a metros del Andén.

A las once y monedas ya íbamos con el Santo rumbo al cementerio.

-Esta poronga da lástima, boludo. ¿Seguro que llegamos? Mirá que doce y media me vienen los de Quilmes.

-Dejá de romper las pelotas, Santo.

-¿Y la Kawa?

-La dejé allá.

-“La dejé allá”, dice el vago. ¿Y la casa, tus cosas?

-Quedó todo allá, Santo. Pagué el alquiler por adelantado y un vecino me la va a mirar. Tampoco es tanta historia.

-En febrero te volvés.

-Seguro. El 18 tengo la primera mesa.

-Ah, más de un mes. Te alcanza el tiempo entonces.

-¿Para qué me alcanza?

-Eso es lo que te quiero preguntar, chabón. ¿A qué viniste?

  Frenamos en un semáforo, a metros de la ruta 8. Un pibe con la casaca suplente del Deportivo Hernandarias se abalanzó sobre el parabrisas y lo mojó con un chorro de agua enjabonada.

-¿Y a vos qué te parece, Santo? –murmuré, resoplando, mientras buscaba algún billete chico.

-A mí me parece que viste muchas películas. O que te pasaste en la ingesta de hongos patagónicos, una de dos.

  El semáforo se puso en verde. Con el Pibe Hernandarias todavía enjabonando la luneta trasera, desde los autos de atrás empezaron a putearnos entre bocinazos. El Pibe se acercó con un trote a extirparme el billete y me dio vía libre para meter el 128 en la caliente ruta 8. El infradotado de atrás no paraba de tocar la bocina y se ganó un chirlo en la puerta que el Pibe le propinó al pasar.

-¡Pero la concha de su madre con la bocina! –grité.

  El blanquito con cara de tololo de atrás pasó a nuestro lado en un Gol Country haciéndonos el gesto de que éramos dos chupapijas.

-¿Pero a dónde va tan apurado el boludo este?

-Qué sé yo, están todos relocos acá, Santo.

-Correlo, capaz que en Corrientes lo alcanzamos –la seguía el Santo contra el 128.

  En silencio, concentrado porque era consciente de la peligrosa verga que estaba manejando, en las siguientes cuadras me dediqué a reconocer el ritmo de la ruta, atestada de autos y camiones, de humo, de lúmpenes, con un semáforo cada doscientos metros.

-Che, ¿pero me vas a decir qué estás flasheando? Así veo qué películas estuviste mirando.

-No flasheo nada.

-Detective suelto en Hollywood, Django sin cadenas… No sé, la de Brad Pitt y el negro que buscan al asesino serial que primero mata al gordo pedorro ese.

-¿No los ves como para hacer algo así?

-Sí que los veo, no soy boludo –dijo, más serio, aceptando mi carril de conversación–. Al que no veo es a vos tratando de ver no sé qué onda.

  Frenamos, con lo justo, en otro semáforo. El Santo se sacó la remera. Lo imité.

-Y además, ponele –continuó–, ponele que yo ahora vengo y te digo “Fueron tal y tal”. Fueron, no sé… El Zurdo Dani y el Dengue. O el Toti Gauna. Ahí va, fue el Toti Gauna. Y tengo la certeza. “Che, Valentín: fue el Toti Gauna”. ¿Vos qué hacés?

  Puse primera, con algo de dificultad, y arranqué.

-Busco la manera… Me tomo mi tiempo para no mandarme ninguna cagada… Y se la pongo. Te juro que lo hago concha.

  El pelotudo lanzó una carcajada y le dio un manotazo a la guantera polvorienta del auto.

-¿De qué te reís, pancho? Hablo en serio.

-Andá a cagar –alcanzó a balbucear, ahogado por la risa.

  Siguió en lo suyo, que era genuino, y manejé un rato en silencio. La ruta estaba un poco más despejada. El reloj del tablero marcaba el aumento sostenido de la temperatura. La pausa mientras estuviéramos en el cementerio le vendría bien al motor para no comenzar a hervir como una olla a presión. 

  Al llegar al cruce con la ruta 23, el Santo, ya más sereno, me tocó una rodilla.

-Dale, Valentín. ¿Me estás hablando en serio?

-Sí, la reputa que te parió.

  Largó una risa nerviosa.

-Qué hijo de puta… –murmuró, mirando por su ventanilla– Te voy a contar algo que nunca te iba a contar, pero creo que vale la pena… Para que veas la boludez que estás hablando. Vos igual ya lo sabés, pero no sabías que yo lo sabía.

-¿Doblo en esta mejor, no?

-Sí, sí, metete en esta y estamos al toque.

-Contame lo que me ibas a contar –murmuré, ya más sereno por haber salido del infierno de la ruta.

-Sí, sí –dijo, prendiendo un cigarro y alcanzándome otro–. ¿Vos sabés que hay dos personas que cuando me llevan en la silla clavan los frenos de golpe?

-No te entiendo.

-Pará, marmota. ¿Viste que hace bocha que no me arrastran? Yo ya me arreglo piola, pero cada tanto alguno me empuja la silla.

-Sí.

-Bueno. Hay dos tipos que me clavan las guampas de golpe, como si estuvieran por atropellar a un ciego del orto y frenaran para no hacerlo. Uno es Marito, obvio.

-Ah.

-Y el otro sos vos, cabeza de pija. Frenan la silla de ruedas de la nada, no importa si el pobre Santo se rompe la trucha contra el piso, no, no les importa un carajo. Los hijos de puta frenan o manejan en zigzag para no pisar hormigas. ¿Me equivoco o tiro la posta? No sé cómo las verán de ahí atrás, ¿pero miento?

-No.

-Ah, ¿viste? O sea que literalmente vos no matarías ni a una hormiga. Pero al Bebi, al Chelo o al Zurdo Daniel, sí. A tipos de carne y hueso sí. Al Toti Gauna sí, dijiste, y yo creo que solo de compartir el mismo lugar que el Toti, de escucharlo geder, de sentir que te mira, ya hace que te tiemblen las piernas.

  Lo del Toti Gauna, segundo de Docabo, era cierto. Su sola presencia daba pánico. Imaginármelo enfrente en una disputa a muerte, provocó que se me aflojaran las piernas como si fueran de gelatina.

-Dardo venía viendo cosas medio raras cuando hablamos –cambié de tema a medias, para no aceptar que con lo del Toti tenía razón–. No sé, me dijo que los Paz por ahí andaban en alguna jugada medio mugrienta.

  El Santo cabeceó ligeramente.

-Los vio raros –murmuró. Asentí, atento a esquivar los pozos de esa calle que parecía bombardeada–.  ¿Y qué mierda tienen que ver los Paz? Te estoy diciendo que no te da la nafta ni para empezar, te nombré al Toti y te pusiste nervioso… No rompás las pelotas y quedate muzza, Valentín.

-Tema mío –dije, acorralado y sin saber qué decir.

-Tema tuyo no, cornudo. Entendé que no estamos para eso, vos laburás con nenes de doce años. Si se arma baile no te vas a animar a nada, sos buen pibe.

-Dejá de hablar giladas, Manuel.

-¡Vos estás hablando giladas, bobo! ¿Querés terminar preso, muerto, qué querés?

-Nada, loco. Saber qué pasó.

-¿Qué querés, suicidarte? Ahí está, suicídate y fue. ¿Por qué no te suicidás? Si no querés vivir más, parece.

-Suicidate vos.

-Pero, boludo… –murmuró, en tono de lamento–.

  Por fin llegamos al cementerio. Entré por el portón abierto a medias del estacionamiento, crucé el playón desierto y dejé el 128 bajo la sombra de unos paraísos. Al apagarlo, rogué por dentro para que volviera a arrancar.

-Venías tan bien, Valen… –agregó, para darme la estocada final, mientras yo agarraba un trapo del asiento trasero y me secaba el mar de transpiración que se me había formado de la cintura para arriba– Ya le vamos a encontrar la vuelta, chabón, por ahí aparece una mina y te acomoda el balero en un par de salidas.

-Cerrá el orto, Manuel.

-No, pero en serio te hablo. Volvete a Almafuerte y listo. Quedate definitivo. Si allá no anduvo, no anduvo y a la concha de su madre, no le tenés que explicar nada a nadie, que te chupe la pija lo que piensen los demás.

  Terminé de secarme. Abrí la puerta y lo miré.

-¿Bajás?

-El problema sos vos, no Dardo ni ninguno del club.

-¿Vas a bajar, Manuel? –insistí, ya fuera del auto, con la mira puesta en un viejito vestido de blanco que tenía una conservadora a su lado.

-No vas a arreglar nada haciéndote el V de Vendetta, el Gokú. ¿Sabés qué va a pasar? Ni siquiera te van a pegar un tiro, no… Te vas a comer alto puntazo en la panza por pelotudo.

-¿Bajás o no?

-Bajo, bajo. Alcanzame el trono. 

-No me hablés más, Manuel –dije, a sus espaldas, mientras le sacaba la silla del baúl.

-La concha de tu hermana, Valentín.

  Ya con la remera puesta, quizás por respeto aunque no había nadie, crucé el estacionamiento para comprar dos latas de Coca.

-Vacío ¿no, don?

-Sí, pibe –farfulló el viejo, mientras hacía un pase de magia con su billetera y el cien que le acababa de dar–. ¿Justo no tenés, no?

-No.

-Te debo veinte para la próxima. Si aparece alguno te los alcanzo cuando salgas –agregó, mirando en dirección a la puerta. Yo le creí.

  Volví con el Santo y le pasé una lata. La tumba de Dardo se ubicaba a unos cien metros del estacionamiento, trayecto que hicimos en silencio y separados. Al llegar, me senté a un costado de la tierra removida, abrí la Coca y prendí un Chester. Cuando el Santo me alcanzó, me pidió fuego con un gesto y colocó su silla a mi izquierda.

-¿Vas a jurar venganza en voz alta, De Niro?

-Cortala porque te volvés a pata.

-Ah, ¿te hacés el pillo, mamerto?

-Fue una manera de decir, pelotudo. Respetá al pibe.

-Respetalo vos. No pensés más locuras.

  Más que en lo que tenía enfrente, paseé la mirada por el resto del cementerio. Estábamos en un sector a cielo abierto, con una tumba cada metro y medio. A lo lejos, como una balsa inmutable y perdida en el medio de un mar calmo, protegida de los potentes rayos de sol por un paraguas, había una señora de pie frente a sus recuerdos; a nuestra derecha, una chica joven y cabizbaja se acercaba con un nene de la mano; en la otra punta, lejano y minúsculo, paralelo a la ligustrina que separaba al cementerio de la calle, un muchacho pedaleaba una bicicleta con una pala en los hombros. Eso era todo. No había nadie más.

  Pensé, aturdido, que ese era un lugar demasiado desolador para Dardo, ya que a esa hora debía estar en su silla de lona leyendo los diarios en el puesto de sus padres y no ahí, enterrado y oculto a varios metros de la superficie. Irracionalmente, tenía ganas de pedirle la pala al chabón de la bicicleta, comenzar a cavar y sacar el cuerpo, revivirlo para que volviera con nosotros en el 128 y se dejara de romper las pelotas con ese silencio, con esa ausencia.

  Recién ahí, frente a la imagen que estaba viendo, caí en la realidad de que habíamos ido a ver a Dardo pero que Dardo no estaba, que él se quedaría ahí y solo volveríamos nosotros dos. Rotos volveríamos. En pedazos.

  Cuando la chica y el nene pasaron junto a nosotros, me puse de pie. Con dificultad, algo mareado, me mantuve así por unos segundos. Se me había hecho un hueco en el pecho que nada tenía que ver con lo que había sentido un día atrás en Bariloche. Volví a sentarme, o mejor dicho me derrumbé mientras no paraba de llorar: así, quebrado y sin filtro mental alguno, fogonazo a fogonazo comprendía más y más lo que habían hecho esos hijos de puta. Los viejos odios quedaban de lado, eran inexistentes; lo que había sentido el día anterior en relación a una revancha por lo que me habían hecho me daba una profunda vergüenza, parecía una estupidez gigantesca.

  Lo único que importaba ahí, porque era definitivo, era él, lo que habían hecho con Dardo, con la familia de Dardo.

  El Santo me contuvo. Durante un largo rato me contuvo. Ya lo había hecho unos años atrás, en el mismo lugar, a unos centenares de metros de donde estábamos. Aunque esto era distinto a lo de mi viejo. Muy distinto.

-Hay un loco, un escritor… –comencé a monologar, ya recuperado del ataque de angustia pero como si estuviera borracho de tanto dolor y tanta bronca que sentía– Chester Himes. Un negro que escribía policial negro, Manu. Chester Himes, alto escritor… En un libro del loco un personaje tira que no es para nada difícil matar a un chabón. Para nada. Solo cuestión de esperarlo calzado en alguna oscuridad y ponérsela de una, sin titubear, darle un balazo o rajarle el pecho a navajazos y tomarte el palo. Chau. Así de corta.

-¿Había cámaras como ahora en esa novela? O no sabés que esto es 1984 de Orwell, paspado.

-¿Qué cámara vio a los que entraron a la casa de Dardo? La casa está a cincuenta metros de la avenida Irigoyen.

-No, ninguna.

-Te lo pregunto porque ayer me dijiste que estaban esperando no sé qué poronga de la fiscalía.

-Bueno, dales tiempo. No pasó mucho, no significa un carajo lo que estás diciendo.

-Sí, significa que alguien va a mirar para otro lado. Si los chabones no aparecen en ningún puto video, la gorra, la fiscalía o no sé quién pija está metido. Acá hay alguna movida pesada, Santo. 

-Puede ser.

-Y la única movida pesada que se podría conectar con Dardo viene del lado del club. De su lugar en la Comisión, de su proyección como dirigente… No sé, pero la jugarreta viene por ahí. No tenía quilombos de minas, de plata, ni de un porongo. Vivía para el Ferrocarril. Entonces el vuelto viene de ahí, chabón. Viene de ahí. Tiene que venir de ahí.

-Puede ser, Sherlock –observó, viendo que yo ya estaba mejor–. Vas bien encaminado.

-Me inflaste la verga, chabón.

  Con gusto, sacándome una mochila cuyo peso me había vencido en menos de veinticuatro horas, le resumí lo del audio. Lo del timbre sonando en la casa de Dardo.

  La cara del Santo se transformó. Sus manos, de tanto ir y venir, comenzaron a sacarle chispas al apoyabrazos de su silla de ruedas.

-¿Cuánto es dos más dos, Manuel?

-Dos más dos da cuatro, Valentín. No da ni Lozano ni Docabo esa cuenta, eh. Por ahora da cuatro, la concha tuya.

-Por ahora.

-¿Y si da Docabo? ¿O el Toti? Recién se te mojó la tanga cuando te tiré la del Toti. ¿Y si fue uno de esos nenes? ¿Si fue el Toti qué onda?

-Veremos, chabón. Veremos qué onda y ojalá que sea uno menos picante. Ojalá que esté metido Cuco –lo tenté.

-Ojalá, mientras no sea el Toti cualquiera. Porque mirá que no sos el personaje ese, el negro no sé qué. Si te mandás alguna te va a caber porque así les pasa a los giles como nosotros. Somos dos perejiles, no nacimos para esto, loco. 

-¿Y para qué nacimos, Santo? ¿Para dejar meternos el dedo en el orto? ¿Para ver que gente de afuera se nos mete al barrio y nos baja a un guachin?

-Nacimos para ver qué onda –me tajeó la argumentación con fiereza–. Vamos a ver qué onda y sobre la marcha lo vamos hablando. ¿Te parece?

  Cabeceé con suavidad un par de veces, me mordí los labios y le busqué los ojos con sed de locura. La encontré. El Santo me estaba mirando como nunca lo había hecho y por un momento me asusté. Era como si ya nos conociéramos de otra vida, estuviéramos de paso en esta y tuviéramos la certeza de que la seguiríamos codo a codo en la siguiente. 

-Dale –acepté.

-Dale. Vamos a ver a los viejos, aprovechemos que estamos acá.

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

El próximo martes estará disponible el sexto capítulo.

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