“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá.

“¿Sabés qué nunca les envidié a los nueve, no? Que sean tan forros adentro de la cancha. El año pasado, Rodríguez, el gol que le hace Matos a Boca sobre la hora, el uno a cero… Te equivocás como se equivocó el pibito con un nueve así enfrente y cagaste, no te perdonan, te pueden arruinar una carrera y salen cagándose de risa en todas las fotos… No, son bravos, eh… Vos lo ves a Matos cómo se le escondió atrás del zaguero y decís Pero qué turro ese muchacho, qué pedazo de hijo de puta.”

Antonio Romero, charla previa a un entrenamiento (2016)

  En la libreta, que me llevé oculta en las bolas, había varias cosas de interés y una serie de datos que me dieron, por fin, algo definitivo. Primero, se veía la progresiva ilusión de Dardo para que yo encabezara la lista, con mi nombre en varios esquemas, al principio entre signos de pregunta y con letra pequeña, y luego ya al frente de las diversas listas, en letras grandes, tras una charla con Juan que se había dado unos días antes de la nuestra. Esa ilusión rota en el bar del Santo también estaba plasmada en la libreta: al lado de mi apodo, en uno de los últimos mapas conceptuales, lleno de tachaduras, nombres y escuditos del club, aparecía un “cagón hijo de puta”, seguramente escrito en el mismo bar luego de habernos visto por última vez. Otra cosa interesante era que Dardo no confiaba en el Chelo ni un tantito así, algo que me servía para no cometer el error de la duda con respecto a ese reverendo sorete mal cagado.

  El primer dato de importancia estaba relacionado con los hermanos Paz: Matías, que en la votación interna de la Agrupación había estado a favor del ingreso del grupo empresarial encabezado por Sánchez Morando y había asistido al velorio, y Román, que había votado en contra del semi gerenciamiento, a favor de las elecciones de Fútbol como Vocal Titular de la Comisión Directiva, pero no había ido a despedir a Dardo. Yo tenía la sensación, por tantos años compartidos, de que Román, el más grande de los dos, era más frontal que Matías; quizás aquel, me dije, viendo su nombre en una columna que ya tenía hecha en mi cuadernito Gloria, oponiéndose al ingreso de Tute Morando, sabía o sospechaba que su hermano había traicionado al club, a los pibes del barrio, y por eso había preferido correrse a un costado. Trabajaba para Don Gianetti, espada del Bebi Solís y, por lo tanto, rival directo de Lozano, con lo cual era más que probable que en su caso sí estuviera bastante cerca de la verdad.

-Entonces Matías sí, Román no. O Román no sé.

  Por lo que se podía ver en la libreta, Dardo desconfiaba de ambos. La mayoría de las veces que escribía el nombre de Matías lo hacía entre signos de pregunta, y a Román directamente lo había tachado, aunque no supe qué podía significar eso: si lo había considerado ya perdido, como un vendido irrecuperable, o si lo había visto como lo estaba haciendo yo, un tipo abrumado y culposo que había preferido dar un paso al costado antes que ser testigo o cómplice de la traición de su hermano.

-Bueno ¿y?

  De lo de Jazmín había ido directamente a mi pieza. Ya me había fumado una pila de cigarros, y todavía me faltaba revisar la última parte de la libreta y repasar las páginas iniciales, en busca de algún detalle que se me pudiera haber escapado en el primer tanteo, tan voraz como desprolijo.  

  Fui a la cocina a poner la pava para unos mates. Crucé dos palabras con Totó, que estaba viendo un programa repetido de su amado Planeta Gol, armé el mate, cargué el termo y me volví a la covacha.

  Seguí leyendo, con menos apuro, y a los pocos minutos, en un rincón de una página repleta de direcciones de la zona, seguramente relacionadas con su trabajo como diariero, encontré un cuadrito, de dos columnas, cuya suerte de título decía “Voto Caz”: de un lado estaban apilados los nombres de Dardo, Juan, Mosca, Leandro y Fabricio, y del otro los de Matías y Ezequiel. Di vueltas alrededor de ese esquema durante tres o cuatro Chesterfields y medio termo de agua, hasta que me rendí.

-Gordo. Soy Valen, ¿podés hablar?

-¿Qué hacés, cabeza? Sí, decime –respondió Leandro, que por lo que pude escuchar estaba manejando.

-Nada, es una boludez. Pero quería saber algo: ¿vos te acordás si votaron entre ustedes para ver qué hacían conmigo? Antes de que Dardo venga a tirarme la idea te estoy hablando.

-Ah, sí… Creo que sí. Sí… pero más bien fue un… Qué sé yo. “Che ¿Qué hacem

-Nada formal.

-Mmno, no. Así por arriba nomás.

-¿Y quién se opuso?

-Ah, ahí me mataste, cabeza.

-¿Cómo que te maté? Fue hace menos de un mes.

-No, ni idea. Yo te banqué, pero los demás ni idea. Llamalo a Juan, él seguro se acuerda. 

-Debe estar laburando, me caga a trompadas si lo llamo por esta boludez.

-Bueno, fijate. ¿Hablaste con el Chelo?

-Sí.

-¿Y?

-Ya aclaré todo, por las dudas. Te dejo, Gordo.

-Me rompés el corazón si me dejás, cabeza.

  No me quedaba otra que intentar con Fabricio. Juan debía estar ordenando los últimos quilombos de su trabajo antes de rajarse para la Costa.

-¿Andás cazando traidores? Empezá por mirarte al espejo y después si querés hablamos.

-Dale, boludo, decime quién dijo que sí y quién no.

-¿Pero qué estás, escribiendo tus memorias? Mirá que no te las va a leer ni el loro.

-La mamá luchona que te andás comiendo me dijo que sí.

-Sí, justo te va a leer a vos que es del Atlético… Justo.

-¿Posta? ¿Andás con una anguilera? ¿No te podías enganch

-Anotá, Borges: los que dijimos que no fuimos el Gordo, el Mati Paz y yo.

  Me sorprendí, tanto que hice silencio durante algunos segundos y me incliné levemente para atrás.

-Me chamuyó el Gordo, miralo vos… O sea que… Juan, Dardo y el Mosca sí.

-Ajá.

-¿Cómo te habrá dolido la del Mosca, no? Lo que lo habrás rosqueado para

-Así le pagaste después al pobre Mosca.  

  Me sequé la transpiración de la frente con el antebrazo. Tenía razón, yo no estaba en condiciones de correr a nadie.

-Ahí puede ser que tengas razón –acepté, con la voz apichonada y dejando entrever que pedía clemencia.   

-Che, Razón: te olvidaste del Equi.

-¿Eh? ¿No era que ese lagarto no votaba?

-No, ¿quién te dijo eso? Al principio sí, por ahí no, pero ya está hace una banda y fue, es uno más.

-Ah.

-Yo lo quiero de presidente.

  Casi me devoro el teléfono, pero pensé la respuesta con calma antes de decirla.

-No seas verde, Fabri…

-¿Qué verde?, si vos sos tremendo garca.

-Dale… Me estás jodiendo. ¿Ese boludo querés poner?

-¿Pero a quién te comiste ahora, Van Basten?

  Rezongué, con los dientes apretados y un puño cerrado.    

-Chau, boludazo.

-¡Andate a la concha de tu hermana! Y si no te gusta el Equi vení vos, ¡forro!

  Tiré el teléfono a un costado, arrepentido por haberlo hecho enojar a Fabri.

-¡Pero la puta que me parió! –grité, pegándole piñas al colchón porque no me las podía pegar a mí.

  Cuando me calmé, luego de una breve manguereada en el patio, volví al cuadrito de nombres, ya con el diario del lunes debajo del sobaco: lo de Dardo había sido un cálculo previo a tirar mi nombre arriba de la mesa. Los resultados no fueron los esperados por él, y a decir verdad tampoco por mí, pero había algo en lo que Dardo sí había acertado: que Matías Paz se opondría a mi candidatura. Y era lógico, porque si Lozano tenía un soldado detrás de las líneas de los Solís, también lo podía tener entre los pibes. Y esa votación lo había puesto blanco sobre negro: Ezequiel estaba con nosotros y Matías con ellos. El sexto sentido de Dardo “para olfatear a los cagadores”, como él mismo me había dicho, no había fallado: Matías Paz era un traidor.

-Ya está. Ya está, chabón –me repetí convencido.

  Para más adelante, quedaba despejar la incógnita de Román, un muchacho más o menos de mi edad, duro y parco pero de buena madera, que no era ni chupaculo de los jugadores ni pedante con los hinchas y simpatizantes de a pie, los que por ahí solo aparecían en los partidos de local.

  Y pronto, tan pronto como pudiera, tenía que buscar la oportunidad para que Matías me confirmara personalmente lo que había hecho, porque acababa de decidir que sería el primero en cruzar.

  Miré su nombre en la libreta. Durante un buen rato lo miré.

  Un par de buenos roscazos y una apurada que no olvidaría en su vida… Quizás con eso sería suficiente.

  Conociéndome como me conocía, debía arrancar de menos a más, acostumbrarme de a poco a convivir con esa adrenalina y ese miedo que si ya estaba sintiendo en la soledad de mi pieza, solo por haber decidido que tenía que ir a cagar a trompadas a un pobre pancho, pronto se me harían más difíciles de manejar.

  Agitado, con las manos empapadas de transpiración, encerré su nombre con un círculo de tinta negra.

-Vos, pete –susurré, con la lapicera en la boca.  

  Tratando de respirar profundo para serenarme, volví a revisar la libreta. Matías, pensaba mientras pasaba las páginas con indiferencia, como si estuviera leyendo la Pronto, era flaquito, no llegaba al metro ochenta y no estaba entre los más picantes. Ahí le sacaba ventaja. Pero él debía tener sus cuatro o cinco entreveros en la popular, como todos, y en cambio yo jamás había peleado en mi vida, sacando un triste mano a mano en octavo grado con el Huevo Cepeda que no pasó de un par de manotazos entre amigos.  

  La pelea podría llegar a ser pareja. Pero yo no podía perder. No podía perder de ninguna manera porque si no el Chelo se enteraría de que yo andaba moviéndome a espaldas suyas, siguiéndole el rastro. Tenía que ir a buscar a Paz y arrebatarlo de una, ganar o ganar, romperlo todo hasta el punto de que me tuviera más miedo a mí que a los que lo habían mandado a darse vuelta.

-¿Cuánto es, chabón?

  Traté de hacer algunos números, olvidándome de él. Calculé que rematar el Furgón equivalía a seis, siete millones de pesos. Quizás ocho o nueve. Nueve palos en danza, en una Argentina que a cada minuto se empobrecía más. Si Lozano se llegaba a enterar de lo que estaba haciendo, de los cabos que ya había atado, no duraría en pegarme un tiro en la frente.

  Con cualquiera de los pesados, pero me estaba quedando clarísimo que también con Matías Paz, no era cuestión de salir y rogar por buenos resultados. Era ganar o ganar. Con Aníbal Docabo, el Toti Gauna y el Viejo Bustos enfrente, más los de la segunda línea parados a los costados del Chelo como una jauría de rottweilers, si salía a la calle era para ganar o morir.

  Tenía que armarme de manera urgente, conseguir un fierro, aprender a tirar.  

-El Santo. El Santo está más loco que yo, si se lo planteo así me va a entender –traté de explicarme en voz alta lo que acababa de comprender de una manera salvaje.  

  Me acosté un rato con intenciones de frenar la cabeza, que se me empezó a ir hacia lugares horribles, pero fue imposible. Apagué la luz, la volví a prender, fumé, agarré la libreta, la dejé a un costado a los pocos segundos, volví a agarrarla, puse la radio, prendí otro cigarro con la colilla del anterior.

  Me quedé mirando al techo.  

  Los pensamientos que se me cruzaban por la cabeza eran siniestros, y no encontraba la manera de correrlos a un costado y hacer de cuenta que no pasaba nada. Me costaba respirar, tenía el pulso alterado y transpiraba el mismo sudor frío que había largado a chorros cuando me enteré de lo que había pasado en la popular del Furgón en febrero del 2010.

  Manoteé el teléfono con desesperación, como si fuera un salvavidas, y rogué que hubiera alguien del otro lado.  

-Negra. Soy yo, Valentín, negra –murmuré, con el tono débil de un náufrago que llegó a la playa de casualidad.    

-Sí, pendejo, ya sé. ¿Cómo andás? –escuché la vigorosa voz de mi hermana Rosario desde Barcelona, la única voz en el mundo que se parecía a la de mi vieja.

  Lo único que me salía eran preguntas para poder escucharla. Enseguida comencé a tranquilizarme, relativizando lo que se venía.  

  Saber de sus alegrías, producto de haber podido salir adelante luego de haberla pasado tan mal al llegar, y sus pequeños bajones, más que nada por el desarraigo; pasarle el teléfono a Totó para que hablaran un largo rato, y escuchar el día a día de mi sobrino Leíto, contándome de sus videos en Tik Tok, de sus compañeros de escuela y de Lionel Messi, que gracias a su manera de ser, su zurda y su nacionalidad lo había ayudado a la adaptación en el colegio, me devolvió la serenidad que se me había extraviado por enésima vez en la última semana.  

-Te paso con mamá, tío.

-Dale, enano. Un abrazo grande.

  Esperé algunos segundos.

-Val. ¿Y, todo bien? Lo encontraste con ganas de hablar al marcianito.  

-Sí, una masa el enano.

-Ayer también me llamó Fabri. ¿Qué les pasa que de golpe me extrañan tanto?

-Qué sé yo. ¿Te contó que anda con una de la contra?

-No me dijo que anda de novio.

-No, de novio no. Debe estar saliendo.

-Ah. No, no me dijo nada.

  Me cebé un mate. Miré los papeles, ya con ganas de continuar.  

-Bueno… Mandale saludos al viejo, ¿sigue ahí?

-Sí, sí, está ahí viendo la tele. Saludos al gallego.

-Dale. Un beso, cuidate. Si no pasa nada raro, en diciembre ando por ahí.

-Joya, Ro. Ustedes también, que anden bien.  

  Era una tranquilidad tener a mi hermana y su familia lejos. Si en una de esas nos venían a reventar a casa, éramos tres y no valíamos ni mierda: Totó, Mal Llevado y yo.  

-Somos una lágrima, chabón –observé, con una carcajada que hizo de punto y aparte contra el feo vértigo que había sentido un ratito atrás.

  Volví a lo mío, con las palpitaciones en parámetros medianamente normales: en las últimas páginas de la libreta encontré una pila de números y nombres que estaban relacionados con el fútbol del club. Un rato después, comprendí que eran los datos que Dardo tenía del gerenciamiento de Tute Sánchez Morando, pero no encontré nada interesante porque era un quilombo que solo Dardo podía entender.

  Antes de terminar, en el rincón de una página abarrotada de números y escrito con tinta de otro color, encontré un asterisco puesto sobre un número negativo que era millonario, exactamente “-8.845.745”. Los números estaban en azul, el asterisco en rojo. Cuando di vuelta la página, expectante ante la posibilidad de encontrar algo fuerte, me encontré con una hoja casi en blanco y dos nombres escritos en verde: “Gabriel Sánchez Morando / Yerno de Driscoll”.

  Hasta ahí había llegado. No sabía quiénes eran ni ese Gabriel ni tampoco el familiar de los Driscoll, que encima eran dos mellizos, Ignacio y Guillermo. Pero había alguien que me podía ayudar, aunque antes tenía que sacarme una duda.

-Pelu –dije, quizás por memoria emotiva, porque era viernes y tenía más ganas de escabiar que de seguir sumergido entre papeles.   

  Le mandé un mensaje a Andrés Peluffo, un profesor de Historia de África con el que había hecho una gran amistad en las aulas que luego trasladamos a los bares, y conocedor de la rosca de la UNLO como nadie.

  “Qué onda Ezequiel Cóceres, Andrés? Se puede confiar en él?”, fue el mensaje que le mandé luego de los saludos de rigor.

  “Sí, podés confiar en él”.

-Joya.

  Era la segunda sorpresa en el día con respecto al enigmático burócrata, ya metido hasta el caracú en el interior de la Agrupación.        

  “Abrazo, Andrés. Suerte ahí y gracias”.

  Tenía que reunirme con Ezequiel de manera urgente. Necesitaba saber de primera mano quién era quién en la política de Almafuerte y cuál era la conexión entre los Sánchez Morando y los Driscoll. Me llegó un nuevo mensaje de Andrés.

  “Ya pasó un minuto, Valentín. Ahora te aconsejo que no, que no confíes”.

-Pero la puta que te parió.

  Miré el cuaderno. Lo abrí y comencé a volcar en un nuevo esquema todo lo que sabía.

  El cacique del PRO era Ignacio Driscoll, intendente del partido desde el 2007 hasta el 2015, y luego funcionario de segunda línea en Nación. Su hermano Guillermo se había quedado con la Secretaría de Obras Públicas del municipio para acompañar a Mateo Casares, delfín de Ignacio y actual intendente en busca de la reelección.

  Del PJ no sabía mucho más: Osvaldito Rendo había ganado las internas del partido pero perdido dos elecciones generales, las del 2011 y las del 2015; Lozano y el Beto Pérez, jefe de Ezequiel, corrían de atrás, y un pendejo de La Cámpora, Emiliano Trujillo, venía tomando carrera desde los barrios más postergados del municipio, concentrados en su mayoría en Almafuerte Sur. También estaba el Cabezón Estrada, puntero del cual desconocía su verdadero líder, si es que lo tenía.

  Lo último que sabía más o menos bien era el lugar de los vigilantes: Silva, Secretario de Seguridad, tenía puesta la camiseta de los Driscoll por una cuestión obvia; y Quique Vera, subordinado a la UFI de San Martín que estaba a cargo de la investigación y posiblemente metido hasta la pija en el narcotráfico que dirigían los Tello desde Lourdes, era un lozanista de paladar negro. 

  Eso era todo. Y la realidad es que no era demasiado.

  Cuando decidí qué hacer, ya había anochecido. Tirado en el colchón, con una jarra de agua vacía a mi lado y el ventilador removiendo el aire caliente de la pieza, comprobé en el teléfono que había estado ahí durante casi cuatro horas y que necesitaba darme una ducha de manera urgente.

  Los de la banda me habían invitado a jugar unos trucos en el bar. Miré el teléfono para ver si tenía otro convite y así evitar tener que ir a morir a lo del Santo.

  Tenía un audio de Manuel y un mensaje de Jazmín.

  El corazón me empezó a latir con fuerza y me enderecé en la cama de un salto, ya pensando en las pilchas más presentables que tenía disponibles.  

  “Che, tragasable. Ya estamos acá. ¿Vas a venir o no?”.

-Pará, Santo, la concha de tu madre.

  Abrí el mensaje de Jazmín, espantado tras haber visto hecha un bollo la única remera que más o menos zafaba.

  “¿Puede ser que te hayas llevado sin querer la libreta de mi hermano?”.  

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

El próximo martes, el capítulo 10.

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