El Cazador, capítulo 16: el andén

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“Y seguir de modo cruel, la costumbre del delito, hacer del Andén un garito… Y en eso llegó Figún… ¡Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar! ¡Se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar!”

Canción clandestina del grupo de Miguelo Díaz y el Negro Ramírez (2006)

  -Le sacamos dos bondio al Bola y comemos en casa, viejo. Ni ganas de cocinar.

-Si es por mí no como, eh.

-Dejá de vender humo… No empecés.

-Pero es la verdad, flaco.

-Bueno, bueno.

-¿Y entonces para qué me atacás?

  No nos habíamos agarrado en todo el viaje, pero no éramos nosotros si no lo hacíamos.

-¿Agarrás la Irigoyen? –preguntó, con tono de bandera blanca.

-Sí.

  Habíamos entrado a Almafuerte por la Panamericana. Pasé por el Café Plaza, para ver si veía algo interesante, y doblé en la avenida que nos llevaba al barrio.

-¿Hay fútbol hoy, flaco?

-Creo que arranca el Sudamericano Sub 20.  

  Tres cuadras antes de doblar en Juan Manuel de Rosas, la de casa, puse el giro y me mandé por la famosa cortada que daba a lo que había sido la tribuna visitante del Andén.

-Salen lindos partidos ahí.

  Al llegar a la esquina nos llevamos una sorpresa: el Bola no estaba en su puesto.

-Este se fue de vacaciones –tiró el viejo, con vista de lince a pesar de que la ventanilla estaba polarizada en extremo.

  Bajé su ventanilla para ver mejor. 

-No, no… Me dijo que no llegaba. Qué raro, che –comenté, con la mano derecha apoyada en el cabezal de su asiento y la Kangoo todavía en marcha.

-Pedimos una pizza.

-No, no –repetí en susurros, prestándole atención a la escena: el tambor no estaba junto al sauce. Tampoco las vigas. Recordé que el Bola me había dicho, el mismo día que volví al barrio, que quizás se iría unos días a pescar pero recién en febrero.

  Abrí la puerta y caminé rumbo al sauce, cacheteado de golpe por el espantoso calor que hacía fuera de la cabina acondicionada de la Kangoo. Del otro lado del paredón, escuché los inconfundibles sonidos propios de un entrenamiento y sentí que se me hacían agua las piernas.

-¡La concha de la lora! –puteé, sintiendo dolor en distintas partes del tobillo derecho debido a que no lo había apoyado en el piso por casi cinco horas.

  Traté de reconocer la voz de Miguelo, sin éxito. Y llegué al sauce.

  Daba la impresión de que el Bola jamás había trabajado ahí como lo hizo durante casi veinte años. No estaban las vigas, el tambor, ni la Rural Falcon. Ni siquiera había rastros de cenizas. Nada. Prendí un Chesterfield y me quedé ahí, sin saber muy bien qué hacer, mirando en dirección a las vías.

-¿Pero qué onda, la concha de la madre?

  Escuché el ruido del tren que iba mano a Retiro y lo miré como un idiota, desde que frenó hasta su partida. Lo que llamaba la atención era la ausencia de las vigas, extendidas paralelamente a unos metros del sauce, y que jamás habían sido movidas de ahí, ni siquiera cuando el Bola se iba de vacaciones en años más prósperos.

  Moví la cabeza con ganas, mirando hacia todos lados para ver si lo encontraba, o al menos para distinguir alguna columna de humo en los alrededores, pero nada. El Bola no estaba. Terminé de fumar y di media vuelta para volver a la chata.

-¡¡La pueden abrir para las bandas, carajo!! ¡No la volvás a meter al quilombo si la acabamos de sacar, Chicho! –gritó Miguelo del otro lado del paredón.

-¡Dejá de mentirle a la gente, Díaz! –grité, y cuando estaba a punto de sonreír creí ver que Totó no estaba donde lo había dejado. Apuré el paso, porque debía estar más o menos a altura del arco del otro lado, y cuando empecé a trotar, y luego a correr, sabía que lo hacía en vano. El viejo había desaparecido.

  Avancé hasta superar el paredón, que me impedía ver la calle que bordeaba la cancha, e inmediatamente miré hacia mi derecha. A cien y pico de metros, en el medio de la desolada Arribeños al 1300, ubiqué al viejo hijo de puta que tenía de abuelo, enfilando derechito y a paso de tortuga rumbo a la entrada principal del Andén.

-¡Tomás! ¡¡Viejo la concha tuya!! –traté de impedirle el ingreso, pero ni se mosqueó. Y si algo no tenía eran problemas de sordera– ¡Hacete el pelotudo!

  Entré con furia a la Kangoo, arranqué y giré en u, mientras un hormigueo repentino comenzaba a asaltarme el cuerpo.

-Sos cabeza dura… –lo reté a cuenta, con los ojos muy abiertos y los dientes apretados, preocupado por mil cosas a la vez. Habíamos hecho doscientos kilómetros con los dos fierros sin ningún tipo de problema, y a cinco cuadras de casa me lo complicaba todo, metiéndose al único lugar en el que no quería que me vieran.

  Pensé si era seguro entrar con la chata del Santo al estacionamiento, y en el mientras tanto decidí acelerar para ver si llegaba a alcanzarlo en el playón, y así no tener que bajar. Puse la Kangoo al mango, bajé la velocidad antes de encarar el portón de acceso, con toda la fe de que no se me escaparía, y volví a entrar al Andén después de dos años y medio.

  En el playón había siete, a lo sumo ocho autos, y una docena de motos. También estaban los pinos de siempre, dos en cada punta, y la rústica casilla de la boletería, despintada y con aspecto de haber sufrido el impacto de una bomba nuclear. Pero Totó no. No estaba por ninguna parte.

  Estacioné la Kangoo entre dos autos y me bajé. Aspiré el aire inconfundible del Andén; dejé que me entraran los sonidos del entrenamiento, atomizados y potentes, que venían del otro lado del doble alambrado que había en ese sector; sentí bajo las zapatillas el piso de tierra manchado por la resina de los pinos; miré con deleite y melancolía una pelota surcando el cielo del barrio, y al perderla de vista me la imaginé cayendo como un meteorito en la arena de nuestro coliseo de madera y cemento sin revocar.

  Me permití diez segundos para disfrutar, que pasaron muy rápido. Tenía que encontrar al viejo.

  A mi derecha, la puerta del pasillo que llevaba tanto a los vestuarios como al codo para dirigentes y allegados visitantes, pegado al portón de acceso al playón y al estadio, estaba abierta. Pero decidí encarar para mi izquierda y hacer el recorrido que hacían los hinchas locales. Crucé el estacionamiento, bordeé la pared exterior de ambos vestuarios, pasando a unos metros de los baños y del lugar donde Docabo me había apretado, y al doblar a mi derecha me asomé al sector neurálgico del estadio Amancio Solís: a mi izquierda, la oficinita de maestranza, pegado a esta el buffet que me tapaba el córner, y paralela a la línea lateral las borrosas plateas; a mi derecha la entrada al vestuario para los jugadores locales; y de frente, a unos diez metros de donde me encontraba parado, el campo de juego, verde y resplandeciente, y una pelota gastada boyando en la medialuna del arco de allá, llamándome como una novia perdida.

-Mirá vos –murmuré.

  El Pupi, otro ex de la Agrupación que se había convertido en lacayo de Cuco y era el encargado de abrir y cerrar el estadio, y un pibe de Las Tunas que no reconocí pero más o menos tenía de vista, estaban acodados en un ala del buffet. Cuando me vieron dejaron de hablar. El Pupi me miró con estupor, con la boca abierta, y el otro sonrió imperceptiblemente pero con asco.

-¿No vieron pasar recién a un viejo?

  El de Las Tunas se rascó un cachete, con la cabeza medio ladeada y sosteniendo la mueca de desprecio. El Pupi miró para todos lados de manera aparatosa, e incluso levantó los pies, como si estuviera comprobando que no tenía a mi abuelo debajo.        

-No, Caza –fue lo único que dijo.

  Volví para la entrada, dando pasos largos y puteando en voz alta. A los pocos segundos ya estaba recorriendo el pasillo por donde ingresaban los jugadores visitantes. Desde ahí podía ver el entrenamiento casi como si formara parte, y estaba acercándome a mi arco preferido, pero en esos metros solo tenía ojos para encontrar al viejo turro de Totó. Antes de abrir la puerta de chapa y llegar a la zona mixta de los vestuarios, hice un paneo general. Los jugadores estaban haciendo una práctica de fútbol formal, con Miguelo parado en la mitad de la cancha, de pechera roja, silbato y visera dada vuelta. En la otra punta del estadio, la vieja popular visitante y actual local estaba vacía, lo mismo que la vieja popu local, a mi derecha, clausurada y cubierta por unos yuyos de tres metros de altura. Donde sí había movimiento era en la platea local, paralela a la línea de juego lateral y a las vías del tren que había del otro lado del paredón: ahí había un puñado de personas, desperdigadas en varios grupos. Vi al de Las Tunas que acababa de cruzar en el buffet, aproximándose a paso rápido rumbo a uno de los grupos. Debían ser unos quince y de su barrio. Me di cuenta de que nunca había tenido tantas ganas de recagar a trompadas a mi abuelo.  

  Empujé la puerta. A mi izquierda, cerca de la puerta del vestuario visitante, dos pibitos con ropa del club que parecían Jean Claude Van Damme y Sylvester Stallone, y un flaco canoso que tenía pinta de ser preparador físico, estaban tomando tereré. Y más allá, al lado de la puerta del vestuario local, sentado en una silla de lona bajo la sombra de un pequeño limonero que había sido plantado por el primer Solís, y hablando como si nada con el utilero Pichi, estaba Totó.

-Buenas, muchachos –saludé a los tres del tereré.

-Buenas.

  Vi un movimiento en la platea que me erizó la piel: quince muchachos, a la altura de la mitad de la cancha, venían caminando desde la platea hacia los vestuarios.

-Viejo, pero la concha de la lora –refunfuñé, mientras me acercaba para saludar a Pichi, quien me esperaba con un cabeceo y una sonrisa algo triste.

-Pará –se defendió Totó, con un mate en la mano–, que acá el Pichi dice que andan buscando un nueve.

-Pichi querido…

-¿Cómo andás, hermanito? ¿Todo bien, pichi?

  Nos abrazamos como si nunca me hubiera retirado. Para el Pichi, sus jugadores nunca se retiraban y siempre podían necesitar una mano de su parte. 

-Bien, bien –respondí con apuro–. Acá renegando con este viejo, se me escapó de la chata.

-¡Callate! Si me dejaste al rayo del sol como media hora.

  El Pichi se rió con ganas, con una mano sobre la espalda de mi abuelo. Había heredado la función de utilero de su padre, el Pichi original, que había sido un gran amigo de Totó.

-¿Cómo lo ves para que entre quince minutos, Pichi? –preguntó mi abuelo, cabeceando en dirección al campo de juego.

-Vamos, viejo –le ordené, metiéndole una mano en el sobaco–. Parate, dale.  

-¿Al Cazador? –dijo el Pichi, mirándome con cierta pena– Lo meto ya.

-Ahí está, hablá con Miguelo, flaco, aprovechá y jugá un ratito –me alentó Totó, como si estuviéramos en una placita y yo tuviera seis años.

-¡¿Eu, qué pasa ahí, viejo?!           

  Un grito pendenciero cortó el reencuentro de cuajo. Creí reconocer de quién era esa voz. Una endeble pared de dos metros y una puerta de alambre cubierta con lonas nos separaban del grupo, pero por un resquicio alcancé a ver a un guachín en cuero, shorcito y chancletas, que no debía tener más de quince años, agitando los brazos como si estuviera a punto de pudrirla. 

-¡¡Dale, gato, dale!! –aulló, mirándome por el mismo resquicio.   

  En medio de un griterío inexplicable, con algunos pegándole piñas a las paredes y otros asomándose trepados a la pared, alguien con una mano muy poderosa le pegó un manotazo a la puerta y la dejó tiritando. Con el Pichi nos miramos.

-¿Qué pasó, che? –preguntó Totó.

-¡¡¡Eh, Pichi, abrí que soy yo!!! –volvió a gritar el que parecía al mando. Había acertado en mi pálpito: era el Mocoso.

-Pará, viejo, quedate ahí –le ordené a mi abuelo.

  El Pichi caminó tres pasos y fui tras él. Por el rabillo del ojo percibí que Miguelo había frenado la práctica. 

-¿Qué pasa, flaco? –me preguntó el que parecía el PF. Abrí las palmas de las manos y levanté los hombros.

  El Pichi corrió el pasador y abrió la puerta. Me di vuelta y vi el panorama de lo que me esperaba: en primera fila el Mocoso, un fornido mestizo que tenía tatuado desde el cuello hasta los talones, y detrás suyo una banda de guachines que parecían salidos de un cuadro de Berni: algunos con huellas de una infancia desnutrida, lampiños y delgados; otros taciturnos; un par de gorditos con cara de buenos; todos más o menos sacados y a los hombrazos para estar lo más cerca posible del bondi que se podía armar. 

-¿Qué onda, Pichi, que estamos haciendo? –preguntó el Mocoso de mala manera, haciendo montoncito con la mano y evitando mi mirada.

-¿Haciendo qué, Moco? Se le escapó el abuelo y entró a buscarlo.

-Mocoso –saludé, inclinando levemente la cabeza.

-Ah, Caza, ¿qué hacés? –saludó, levantando levemente el mentón.

  Caminé un par de pasos, sonriendo, y le ofrecí una mano abierta para saludarlo.

-A ver, guacho –movió a un par de moscas con su brazo derecho–. ¿Cómo va, animal?

-Acá andamos, ¿vos? –respondí, contento porque el Mocoso me había devuelto la sonrisa y el saludo.

-Eh, ¿pero qué onda con este bigote? –la agitó el de las chancletas, acercándose al marco de la puerta donde estábamos parados.

-Cerrá el orto, guacho, qué bigote –lo retó el Mocoso, y con un carpeteo general silenció los murmullos del contingente que lo secundaba.  

-Aguantá, loro, que cerrá el orto si este salame 

-Callate, nene –le pidió el Pichi.

-¿Qué onda, chimpa, te escapaste del zoológico y no sabés cómo volver? –le pregunté.

-Cerrá los panes, la concha de tu mamá.    

-¿Pero qué la concha de tu mamá, pedazo de atrevido? –se cansó el Mocoso, encarándolo, y lo sacó de la escena con un empujón que se llevó a varios con él.

-Ya fue, Mocoso, ya me rajo.

-No, sí, está todo bien… Vinimos a ver a los muchachos, Caza, pero estos guachos se ponen re gedes ¿viste? –movió la cabeza, sin saber cómo actuar–. Vayan para allá, toquen, dale, da –les ordenó a los cinco pibitos que todavía quedaban junto a él.

  Me dio algo de pena, porque si Lozano se enteraba de que yo me había mandado a los vestuarios, sin que él, el de mayor jerarquía en ese momento, haya hecho algo, vaya uno a saber qué, se podía comer una cagada a pedos por no haberme marcado el territorio. Era un buen tipo el Mocoso. Jamás, ni siquiera dado vuelta y en malos momentos del equipo, se había pasado de vivo con un jugador.

-¿Pero qué pasa con el Cazador? –dijo Miguelo a mis espaldas, aferrado al alambrado desde el campo de juego– Siempre haciendo quilombo, mono.

-¿Qué hacés, Miguel? No, boludo… –ya era ridícula la explicación– Pasa que estábamos acá a la vuelta y el viejo choto de mi abuelo se me escapó y se mandó a la cancha.

-¡Jaja! ¿Cómo anda, don?

-¿Cómo le va, pibe? –le devolvió Totó, que no se había movido de la silla.

-Acá, moviendo un poco al perraje.

-Poff. Ustedes sí que eran un equipo, madre mía…

-Olvidate.  

-Sííí, pero no me haga acordar que me largo a llorar –dijo Miguelo–. Lo que éramos acá con el cofla… Una cosa de locos.

-Y con el Chinito Suárez haciendo juego atrás –añadió el Pichi.

-No… Una cosa de locos, te digo.  

-Subimos por vos, Migue, no te hagás el humilde, hijo de puta… –le reconocí– Te dejo entrenar tranquilo, disculpá el barullo.

-Sí, dale, no pasa nada. Pasate cuando quieras que acá tenés las puertas abiertas –me mintió sin necesidad–. Pero lo… –intentó armar una aclaración, tan insatisfecho como yo con el comentario anterior, pero no pudo porque lo interrumpió un griterío que venía de la platea.

  El que me había puteado se había agarrado con uno de los gorditos, bastante más alto que él.

-Mocoso, andá a controlar a esos pendejos que son un bardo, hay familias ahí –lo mandó el Pichi, visiblemente agotado.   

-Lo voy a matar a ese guachín –se enojó el Mocoso, arrancando al trote para la platea.

  La pelea, desarrollada a unos cincuenta metros, parecía muy despareja: el proyecto de barrilete le estaba dando sin asco al otro.

-Ese negrito… –murmuró Miguelo– Rajo, Valentín. Chau, don.

-Chau, pibe, chau.   

-Chau, Migue –lo despedí, sin sacar la mirada de la pelea, y le pregunté al Pichi quién era ese pibe.

-Maxi. Un atrevido, un maleducado… No sabés lo que es, pichi.

-Paso al baño, Pichi –avisó Totó, ya casi adentro del vestuario.

-Veo, veo –dije impresionado, viendo cómo le agarraba la cabeza al otro y se la reventaba contra el paredón del cual salía el alambrado.  

-No, pero putea a todos, todos los días se viene armando quilombo y siempre está él dando la nota… Es bravísimo, pichi, el padre está preso y este se ve que salió a él.

-Ah, ya está jugado…

  El Mocoso había llegado al sector y los había separado, pero al parecer a Maxi no le había gustado y parecía retobado, sacándose las manos de encima como si fuera un potrillo salvaje.  

-Pero anda calzado, escuchame –continuó el Pichi–. Yo le dije al Cuco las otras veces… Cuco: mirá que el pendejo anda enfierrado y cae dado vuelta, eh, se va a mandar una cagada en cualquier momento.

-Qué desastre.

-Es lo que se viene, pichi. Por eso al pibe mío… –negó con la cabeza varias veces– Lejos de acá lo quiero. Lo lamento en el alma pero no lo puedo decir otra cosa.

-Y no, al pedo. Imaginate tratar con este guacho en un par de años.

-No llega. Lo matan o termina en cana en un par de años. Ahí va, mirá…

  El Mocoso lo había echado a empujones. Venía caminando pegado al alambrado, con todas las ganas de continuar el show.

-¿Por qué no te vas a fijar el auto, pichi, a ver si encima este malparido te lo raya o algo?

-Sí, me rajo.

-Yo lo acompaño a Tomás, andá y fijate.

-Sí –dije nervioso, saludándolo, ya no tan convencido de tener que cruzármelo en el playón.

  Di media vuelta y volví a arrancar una vez más al trote, en lo que ya era un mediodía endiablado. Cerca del final del pasillo me frené y caminé con normalidad, y al salir al estacionamiento lo vi venir de frente. Puteé en voz baja, encarando para la chata, porque si ninguno de los dos frenábamos o modificábamos nuestro rumbo, pasaríamos muy cerca uno del otro.

  Lo miré a los ojos y recibí una oleada de odio ordinario, salvaje, todavía impreciso pero definitivo. No sabía si se iba a animar a decirme algo, pero por dentro rogaba para que no lo hiciera: al ver sus ojos me olvidé del club y salió el docente de Historia que se lleva bien con todos sus estudiantes, pero mejor con los delincuentes del fondo.    

-¿Qué me mirás, gato podrido? –me atacó, sin detenerse, a unos dos metros.

-El ojo –le respondí. Había recibido una tremenda mano que le dejó hinchado el ojo izquierdo.

-Mejor mirame la chota, bigote de leche –respondió, y amagó a tirarme una piña con la que luego se acomodó el pelo, mientras yo me atajaba por reflejo–. Eh, pero no te asustés, amigo –festejó, riéndose con ganas, sin dejar de caminar.

-No me asusto, papi –le respondí como un idiota, levantando la voz como si estuviera en el pasillo de una escuela–. Pero no podés 

  Se dio vuelta y se agarró los huevos, caminando para atrás.

-¡Entones vení, mami, y chupame bien la pija como se la chupaste a Docabo!  

 Lo primero que se me cruzó por la cabeza fue correr a la camioneta a buscar el 38 y meterle dos tiros por hijo de mil puta. Lo pensé de verdad, como una posibilidad real, como también pensé en correr, alcanzarlo y quebrarle la espalda con una patada voladora.  

  Prendí un cigarro y comencé a caminar ido hacia la Kangoo, enajenado, con un pitido cruzándome la sien. Arranqué y di marcha atrás sin ver si había alguien atrás. Puse primera. Y salí arando.

  Tenía ganas de pegarle un sillazo en la cabeza a medio Almafuerte, pero a nadie como a Totó. Lo vi en el portón, agarrado al brazo del Pichi, y arrimé la Kangoo. Me despedí del utilero con una sonrisa, para no mostrar la hilacha, pero por dentro estaba prendido fuego. Y por fin salí del Andén, lentamente, a paso de hombre, tratando de respirar profundo para serenarme.  

-¿Cómo lo viste al club, flaco?

-¡La reconcha de tu madre, viejo! No me hablés.

-Eh… ¿Y ahora qué te hice, loco de mierda?

-Cerrá el orto.

-Pero, neurasténico de mierda.

-¡¡Callate!!

  Llegué a la esquina y encaré para retomar la Irigoyen, con el objetivo de sacarle dos hamburguesas completas al Santo.

-Infeliz de mierda, te hacés el taura conmigo.

-¿Pero vos te podés callar o no? ¡Callate, te dije, no te quiero escuchar!

-Si es verdad. Si te dicen algo, vas y te cagás a trompadas y listo, qué tanto quilombo… Si encima tenés un lomo bárbar

-¡¡Callate porque te bajo acá!! ¡¡¡¡Callate!!!! ¿Viene algo de ahí?

-No, metelo nomás.

  Escuché el chirrido de unos frenos y una explosión de plásticos y vidrios en la punta derecha de la camioneta.

-¡¿Pero qué hace este boludo?! –se preguntó Totó.

  Me bajé para no tener que cagarlo a trompadas.

-La puta que me parió, la puta que me parió… ¡la puta que me remil reparió!  

  A primera vista, gracias a los reflejos del que venía manejando el Corsa que se había estrolado contra la Kangoo, no parecía demasiado grave: una óptica de mi lado y una abolladura en la camioneta del Santo, y el lado izquierdo de la trompa con óptica incluida del otro.

-¡Pero qué hacés, la concha de tu madre! –arrancó el Gordo Corsa, estupefacto y enloquecido, colorado de calentura, apenas puso un pie en el hirviente asfalto. Me miró, con un pedazo de plástico roto de su auto en la mano, y volvió a mirar de cerca el chupón que se habían dado los dos vehículos.

-No te vi, loco, disculpame de corazón, no

-¡¿Qué corazón, la concha de tu madre?! ¿Qué disculpame qué? –siguió, y tuve la impresión de que burbujeaba de la calentura. Era un gordo macizo, petisón, blanquito, pelado, demasiado enérgico, que empezó a buscar desesperadamente por dónde pasar para decírmelo más cerca.

-Te está pidiendo disculpas, flaco, no te vio venir –le dijo Totó, mientras intentaba abrir la puerta, pero el Gordo Corsa se lo impidió con violencia.

-¡Callate, viejo pelotudo!

  Comenzó a rodear la Kangoo sin dejar de putearme. Y el centro del eje que recién estaba acomodando se me volvió a zafar.

-¡¿Aquiénledecísviejopelotudolaconchadetumadre?! –me atropellé para hablar, y arranqué como una tromba para la culata de la camioneta.

  Sin saber dónde se encontraba, vi su sombra aparecer pegada a la de la camioneta, con lo cual supe que estaba a unos dos metros de aparecer enfrente mío, y suavicé mis pasos para esperarlo en la esquina de la caja trasera. Él seguía gritando, pero yo había hecho silencio, y cuando intuí que aparecería tiré un derechazo al tuntún que le rozó un parietal y lo hizo retroceder.

  Nos empezamos a putear con odio, poniéndonos en guardia, ya más cómodos y alejados de la camioneta.

-Dale, gato, vení.

-Voy, la concha bien de tu madre.

  Estábamos en la esquina del taller del Gabi Ferrarola, que había salido junto a tres o cuatro muchachos a ver qué había pasado. También creí ver a un par de viejos, a Totó y a dos chicas. Nadie decía nada a excepción de nosotros.

  Nos acercamos con cautela. El Gordo Corsa amagó a venirse, retrocedió después de tirar una mano para medir la distancia, y yo lo imité en el primer amague, pero cuando di un paso para fingir el retroceso, el Gordo se me vino, pero yo ya te le tenía armado otro derechazo. Esta vez sí le acerté en el medio del buche, entre la nariz y la boca, pero recibí una poderosa mano en la oreja izquierda que me hizo tambalear un par de pasos y me dejó aturdido. No esperamos más: salimos a atropellarnos, en éxtasis, y en el tremendo palo y palo de cinco o seis manos, rodillazos y patadas que nos tiramos salí ganando, porque definitivamente le terminé de partir la boca y le corté la nariz. Los ojos se le pusieron en blanco y retrocedió como si le hubieran sacado el piso debajo de sus pies. Yo, mientras tanto, me había comido un gancho asesino en la pera, que me sentó de culo en cuestión de segundos y me durmió automáticamente toda la cara, de los ojos para abajo.

  Todavía acomodándome en la esquina, parpadeando los ojos y preocupado porque no me respondían las piernas para erguirme por si continuaba el combate, y con grandes dificultades para entender lo que había sido una victoria por un punto en las tarjetas, por fin lo ubiqué a unos metros, apoyado contra el capot de un Renault 21 celeste. La nariz le goteaba como si fuera una canilla, pero no desde las fosas sino desde la parte superior del tabique. También tenía sangre en la boca, en la remera y en las manos.

  Me puse de pie y caminé con dificultad un par de pasos.

-¡Dale, ¿querés más, logi de mierda?! –le pregunté, bastante asentado en tierra firme, pero el Gordo Corsa ni atinó a levantar la vista. Un cuarentón que trabajaba en el taller de los Ferrarola le había alcanzado un pañuelo y se acercó a frenarme.

-Ya está, flaco, ya está.

  Cabeceé, bastante mareado e irreal, como si de golpe me hubiera transformado en un dibujito animado, y me dejé llevar por el Gabi Ferrarola, un vecino que se había criado con nosotros pero del que nos habíamos distanciado porque no le gustaba el fútbol, pero más que nada porque era un ortiba, uno de esos boludos desclasados que ya de chico era forro y de grande se la pasaba escuchando a Baby Etchecopar y a Eduardo Feinmann.

-Fue, loco, sacá la chata del Manu y andá.

-Encima la cagada te la mandaste vos, boludazo –saltó otro viejo, cercano al Gordo Corsa al igual que Totó, que debía estar ahí más para verduguear al caído que para asistirlo.

  Me frené y me di vuelta.

-Ya sé, papá. Pero si lo paga el seguro, es un tarado el gordo este.

-El hombre pidió perdón –la siguió Totó contra el viejo defensor de pobres, mientras me agarraba de un hombro y me envolvía en un abrazo como si fuera el Maestro Miyagi–. Ya está, flaco, vamos.  

  Miré el escenario y me acordé de los fierros. Dos vehículos chocados, diez jubilados al pedo, un par de buchones, una pendeja filmando todo con su teléfono, una vieja asomada por la ventana de su casa que seguramente se la pasaba mirando TN y un gordo cara de opa sangrando como un chancho carneado. Tenía que rajar de manera urgente.

-Te paso lo del seguro, Gabi, ¿se lo alcanzás? –dije, con medio cuerpo adentro de la chata y la lengua dormida, mientras le pasaba el plástico– Subí, Totó.

-¡Ya te voy a volver a cruzar, la concha de tu madre! –dijo el Gordo Corsa, de pie, a unos diez metros, rodeado por un puñado de jubilados. Yo tenía los míos también, entre los que reconocí al quinielero Fontana, que levantaron un coro de burlas y murmullos.  

-¡Pedazo de imbécil!

  La pera me dolía cada vez más, me había costado devolverle el insulto, pero seguía con la sangre hirviendo. Traté de arrancar para volver a sacudirlo, pero entre el Gabi Ferrarola y otro mecánico me frenaron con extrema facilidad.

-Bueno, fue, me voy –mentí para que me soltaran, mientras escuchaba las puteadas ya no solo del Gordo Corsa sino que también de su improvisada hinchada.

  Cuando me zafé de las tenazas, hice una corrida en dirección contraria, rodeé la Kangoo y me metí en la cabina del Corsa con una patada voladora que le reventó la ventanilla del acompañante. Ciego, sin darme cuenta de que me había cortado la mano izquierda en el aterrizaje, salí con ganas de prendérselo fuego, de romperle otra ventanilla, pero el Gabi Ferrarola me alejó del auto con un violento empujón.

-¡Basta porque te vas a tener que cagar a trompadas conmigo! Basta, tomatelás, chabón. ¡Tomatelás de acá! –me gritó, y le hice caso porque estaba muy cansado y no tenía ganas de cobrar más.    

-Disculpame, disculpame.

-No, tomatelás. ¿No ves que te vas a comer una denuncia?

  Sentí un frío repentino en la mano y la miré. Tenía un tajo de diez centímetros del que no paraba de salir sangre. El griterío era mayúsculo, porque al Gordo Corsa no lo podían parar y encima Totó se había bajado para agarrarse con el viejo que no me paraba de putear.

-¡Totó! ¡Vamos! Traemeló, por favor –le pedí al mismo mecánico cuarentón que me había calmado un minuto atrás.

  Me subí a la Kangoo, que había quedado con el motor prendido. Vi que Totó venía a paso ligero. Hice marcha atrás con suavidad, desenganché el quilombo sin poder evitar más ruidos a plástico roto, y esperé al viejo, que se subió de un salto. Apreté la mano izquierda contra el shorcito que tenía puesto y abandoné la esquina de Arribeños y Humboldt manejando y haciendo los cambios con la mano derecha, que me dolía más que la otra.

-Esto es culpa tuya, eh. Sos un hijo de puta.

-Da, no hagás bandera, dale.

-¿No hagás bandera? Mirá qué quilombo.

-¿Qué quilombo? ¿Un par de piñas? Sabés cuántas tengo yo de estas…  

-No, sí, si vos sos el mejor de todos. Eras Bonavena, seguro.

-No, Bonavena no, pero iba al frente. Así, como vos, bien, bien –comentó y se empezó a reír–. Cómo le quedó la trucha al boludo ese… “Dabuelo” me decía, “Dabuedo, da cupa fue de udedes”. ¿Ah, viste, boludo? ¿Para qué te hacés el hombre? No, bien, muy bien los dos, fueron al frente… El otro se la aguantaba también, eh, te metió un par lindas…

  Estaba mareado del dolor. Me dolía todo: el tobillo derecho, las piernas, la mano cortada, la mano que había chocado contra los huesos del otro, el mentón, la lengua, dos dientes de abajo, una oreja, el hombro derecho y la cabeza. Sobre todo me dolía la cabeza.  

-Hubo una, que le pusiste al final… Esa definió todo. ¿No viste que se quedó sentado de ojete, reculando para atrás para ver dónde tumbarse? No se podía mantener en pie, el bolas tristes.  

  Tenía el short rojo de sangre. Las cuadras que me separaban de casa se me hacían confusas, como si hubiera caído en un borroso laberinto. Junté un líquido de la boca, que me dolía de una manera insoportable, y escupí una bola de saliva sanguinolenta por la ventanilla para que no se me ensuciara el cigarro que me quería prender.

  Pero no podía ni fumar por el dolor, por el mareo, por la confusión. Tendría que dejar la camioneta en la casa de Totó e ir a la salita del barrio en remís. Estaba como borracho, y la poca lucidez que me quedaba la tenía dedicada a guardar la camioneta sin atropellar a nadie.

-Ahora, para qué le rompés el vidrio, vos también sos hijo de puta… Qué tipo vengativo, la puta madre… Al pedo le rompés el coche, al pedo… -seguía hablando solo.

  No pensaba dirigirle la palabra por varios meses. 

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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