El Cazador, capítulo 25: la confesión

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“No quiero saber más nada con el club. Y creo que con el fútbol tampoco.”

El Perro Weber, charla posterior a F. S. M. 1 – San Miguel 6 (2009)

  La misma noche del partido, el Ferrocarril San Martín no existía más para mí. Lo único que me ataba era la decisión de ir el lunes a la mañana a buscar a Ezequiel a la puerta de la municipalidad. Lo recontra cagaría bien a trompadas. Y chau club.

  A eso de las ocho, con Totó ya de vuelta, le avisé que le dejaba dos milanesas en el microondas, me subí a la moto y me acerqué hasta “Ruta 88”, una sórdida panchería en el lado B del centro de Almafuerte en la que me solía refugiar cuando andaba perdido.

-Una hamburguesa completa y un cono de papas fritas.

-Dale, bombón. ¿Y para tomar?

-Eh… Una Fanta de litro.  

  Con la capucha hasta los ojos, las manos en los bolsillos del buzo canguro y los pies apoyados en los fierritos cruzados de la silla plegable, me dije que el papel del treintañero atormentado me sentaba bien. Me gusté. También me gustó la moza. Prendí un cigarro, hice un paneo del desatendido patio trasero, y volví a mis problemas mientras me disolvía entre la desidia oscura y silenciosa que me rodeaba.        

  Antes del primer bocado me di cuenta de que no tenía nada para reflexionar: lo de esa tarde había sido el punto final de mi historia con el Furgón. El enojo pasaría un poco, hasta niveles tolerables, y la furia que me había llevado a pensar en ponerme la camiseta del Atlético y a cagármeles de risa en la cara a los pibes cuando se enteraran de la venta del Andén, pronto quedaría atrás. Tenía que serenarme, volver a las escuelas de manera urgente y olvidar todo lo que había vivido durante ese verano. Chau Agrupación, chau Lozano, chau Paz, chau Sánchez Morando, chau Bebi, chau Andén. Chau todos. A la concha de su madre.

  La decadencia de la sociedad era irreversible. La podredumbre iba en aumento, cada generación se empobrecía culturalmente más que la anterior, la desigualdad económica se había tornado pornográfica, y contadas organizaciones e individuos movían el orto para modificar lo establecido, antes de ser deglutidos por ego, avaricia, pereza, soberbia, incapacidad o el implacable paso del tiempo.

-¿Un solo vaso o dos?

  Levanté el índice de manera seductora, si eso fuera posible, y volví a quedar solo con mi melancolía.   

  Nada mejor que el itinerario de la familia Solís para ejemplificar la rotunda decadencia. Amancio, fundador del club que le daba el nombre al estadio, fue un sindicalista ferroviario  que se deslomó para alcanzar el desarrollo íntegro de su comunidad, sin el cual no alcanzaría el de su familia. En lo cultural, deportivo y laboral fue un fuera de serie, un asturiano socialista con una visión utópica que nunca privilegió lo individual por sobre lo colectivo, y que hasta el último día mantuvo la costumbre de recorrer tanto la sede como la cancha para contar los chicos que el club barrial contenía. Ese era su orgullo: los quinientos pibes y pibas diarios. El Bebi, su hijo, se hizo cargo del club en el 1979, luego de que tres atados de cigarrillos diarios y una seguidilla de disgustos provocados por el Proceso se llevaran al viejo patriarca, que fue llorado por todo el barrio. Lo primero que hizo fue vender su casa y mudarse a una quinta de Lamarque. Lo segundo, desentenderse del fútbol y ocuparse exclusivamente de la sede social, en una época donde aún la Capital Federal quedaba muy lejos y las clases sociales superiores no se habían encapsulado en countries y barrios cerrados; ahí, como mandamás de la calle Ameghino junto a los Gianetti, se dedicó a trepar entre la crema de Almafuerte, que para mandar a sus hijos a hacer deporte entre la gente que ellos consideraban “bien”, tenía apenas dos opciones: nosotros o los chetos del Ciudad de Almafuerte. Crió tres hijos: Alejo, el más grande, le salió jugador de fútbol; Diego, un rapaz empresario gastronómico que así como la junta en pala se la toma; y Graciela, su producto más logrado, una abogada que se casó con un paparulo de Lamarque, le dio dos hijos, Thiago y María Paz, y luego pasó a desplumarlo. Thiago, ahora, estaba yendo por los terrenos que su bisabuelo y otros vecinos habían conseguido para el club después de veinte años de lucha colectiva, de movilizaciones, de peregrinar por infinitos despachos gubernamentales hasta alcanzar la cesión definitiva de Ferrocarriles Argentinos en 1973. Totó había estado presente. Los abuelos de Dardo, el abuelo materno de los Paz y los tíos del Gordo Leandro también. Para los vecinos fue un verdadero hito.

  Me di cuenta, picoteando las primeras papas fritas, que me había invadido la nostalgia de la despedida. Me estaba despidiendo del club, y eso me llevaba a recordar cosas que había olvidado, hechos que formaban una parte importante de mi vida y de la vida del barrio, ese pedazo de tierra que nos trascendía a todos. 

  Mi viejo, cuando le conté que me había ido a probar a escondidas al Furgón y había quedado, me confesó que luego de la firma de los terrenos el piberío de la zona había experimentado una fiebre furgonera que los llevó a probarse en banda; él fue de 2, le dijeron de mala manera que se dedicara a otra y quedó dolido, pero encontró consuelo más que nunca en el mejor San Lorenzo de todos los tiempos. Cuando nos tuvo a nosotros tres, delegó en Totó la pasión por el equipo del barrio, que le robó a corazón a Fabricio pero no tanto a mi hermana y a mí.

-Pero te digo, Flaco… –me había dicho mi viejo, tan orgulloso como incrédulo, como si acabara de descubrir que tenía un hijo que había desarrollado una facilidad para meter goles mientras él se partía el alma para darnos de comer–. Te juro que si llegás a jugar en el Furgón, así sea un partido de suplente en la Sexta, yo me hago el hincha número uno del club. Y tu mamá ni hablar. ¿Ya le dijiste?

-No, pá.

-Quiero verle la cara cuando se lo digas. Hoy pedimos pizza y le avisamos a los viejos. ¿Te va? –me preguntó, con su manota abierta para que se la chocara.   

  Tomé el último trago de Fanta, prendí un cigarro y me quedé mirando a la nada. No supe cómo había llegado a ese atardecer de quince años atrás, pero estaba ahí. De la bronca, el desencanto y la figura colosal de Amancio Solís había llegado a mi vieja, que cuando recibía una buena noticia se ponía colorada, abría los brazos y se ponía a gritar como una desquiciada. Suspiré, abatido, y reconocí la verdad: pensara en lo que pensara, la última terminal de mi cabeza eran mi viejo y mi vieja. Siempre. Y el Furgón en el medio.  

  La mayor felicidad que me había dado el club no habían sido ni los goles, ni los campeonatos ganados, ni las ovaciones, sino cuando les conté a mis viejos que me habían fichado.

  Pensé que me desintegraría por la tristeza que estaba sintiendo en ese momento. Apagué el cigarro y miré el teléfono. Las penumbras del roñoso patio se iluminaron como si hubiese pasado un cometa.   

  “Hola. Estás para ir a comer algo por ahí? Si no podés todo bien”.

  Con un gesto en el aire, le pedí la cuenta a la moza y me puse de pie como si Scaloni me hubiera convocado a la Selección Argentina: con el pecho inflado, una sonrisa deformándome la cara y el corazón borracho de felicidad, pero las rodillas tiritándome de cagazo por no saber si estaría a la altura.

  -Y… Muy bien no estuviste.

-¿No? ¿Por qué?

-Y, no. Ese agrandado se merecía un buen tortazo, alguien se lo iba a dar alguna vez. ¿Se lo dio tu hermano? Perfecto, un genio.  

-Pero no era el momento. A eso voy.

-Si esperás el momento nunca va a llegar. Y ellos te pasan por arriba.

-Es verdad eso, pero la idea era no levantar el perfil, ir de cayetanos. Lo que importan son las elecciones, no ver quién es más guapo.

-Tampoco la pavada de dejarse pisotear como siempre. ¿Es la primera vez que surten a un Solís, no? Me hubiera gustado estar ahí, a ese taradito no lo puedo ni ver.

-Te juro que yo tampoco, pero igual no era el

-Cancherito, se cree que el club es suyo… El club es de todos, idiota, ni tuyo ni mío ni de nadie en especial. De todos. ¿Tanto te cuesta entenderlo?

  Había vuelto a casa a los gomazos. Una ducha, un cambio de ropa y una trapeada a la Kawasaki para sacarle el olor a nafta y aceite. A las nueve y media golpeé las manos en su casa. Salió con un jeans oscuro, campera verde, el pelo planchado y los labios rojísimos, que en su pálida y achinada carita resaltaban mucho más. Me dijo que las motos no le daban miedo pero yo sí, y lo tomé como un elogio. Un ratito después pedíamos una pizza de jamón y una Stella de litro en una de las pizzerías más clásicas de Almafuerte. Comimos hablando de música (The Doors, Oasis, Vicentico, Iván Noble y Tambó Tambó, pero como buena chica suburbana nacida en los noventa, piojosa ante todo), de los recitales a los que no fui pero ella sí, de los boliches que no conocí pero ella sí, de la movida en el centro que no viví pero ella sí.

-¿Pero entonces qué hacías?

-Descansaba. De los quince a los veinticinco estuve entrenando y descansando.

-Qué aburrido.  

  En la segunda cerveza salió el tema del maquillaje. Dijo que si quería, llevaba a su casa a cualquier persona presente en la pizzería y la transformaba en otra en menos de una hora. Esperando por la tercera Stella Artois, luego de un silencio típico de primera salida, le pregunté por su relación con Ezequiel.

-Estuvimos nada. Meses. Ocho, nueve meses.

-¿Y qué onda?

-¿Qué onda? Es buena persona. Y tiene las cosas claras. Sabe lo que quiere. Éramos chicos y ya sabía lo que quería.

  La miré, moviendo la cabeza con ligereza para indicarle que siguiera.  

-Política. Llegar hasta donde lo dejen, hasta lo máximo. Vive para eso.

-¿Y por qué cortaron?

-No… No cortó nadie. Nos dejamos de llamar, de escribir. Te juro que fue así. Uno, dos, tres sábados yéndose a militar a la loma del orto, yendo acá, yendo allá. Para eso que cada uno haga la suya y listo. Éramos re chicos, no daba para andar tan de novios.

-Pero tenían más de veinte.

  Cabeceó un par de veces, con los labios entreabiertos. No supe qué decir, y me dediqué a tomar en silencio. Era categórica, decidida, de las personas que no consideraban la marcha atrás como una posibilidad. Tampoco le importaba mucho el pasado. Miraba para adelante como una mula, o eso intentaba.     

-Volviendo a lo de hoy –dijo, de la nada, y con un peligroso rencor en los ojos que jamás le había visto–, está perfecto que te abras del club. Ya está, dejalo atrás porque la vida sigue. ¿Vas a volver a jugar? No. Y bueno…  

  Me quedé duro ante lo intempestivo y brutal de su mensaje. Tuve la sensación de que había llegado al final de sus palabras con lo justo, como si le hubiese faltado el aire.

-¿Qué pasa, Jaz? –le pregunté, viendo cómo se le empapaban los ojos.

  Agachó la cabeza y me negó la respuesta. Acerqué mis manos al extremo de la mesa y las dejé ahí. No me animé a tocarla.

-Jaz. Jazmín. Tranquila, dale.

-Te tengo que contar algo –dijo, por fin, recobrando algo de serenidad.   

  Retiré las manos para prender un cigarro. Ella se secó los ojos con ligereza, se llevó el vaso de cerveza a la boca para mojarse los labios y miró hacia la vereda de enfrente, a su izquierda, colmada de gente que se me antojó distante, superficial, ajena, como si estuviéramos en dos planetas distintos.

-Decime.

-No se lo podés decir a nadie. Ni a tu hermano.

-Bueno. Te lo prometo.

  Tomó aire. Me olvidé del cigarro que se estaba consumiendo en el cenicero y me preparé para escucharla con la horrible sensación de sentirme atrapado en una telaraña tan implacable como perpetua. En nuestra mesa ya no había espacio para las sonrisas, el desahogo o la fugaz felicidad de los sábados a la noche.  

-La policía mintió, Valentín. Nos mintieron en la cara. Los supuestos ladrones no rompieron la puerta del patio con una barreta. Eso es mentira –se frenó, para ver mi reacción, pero me mantuve imperturbable–. Cuando cambiamos la puerta, mi viejo llamó a un primo de mi vieja que arregla de todo, hace cerrajería, herrería, lo que es gas… Y cuando vio la puerta se dio cuenta que a la puerta la habían roto pero desde adentro, no desde afuera. Desde adentro. Esto lo saben mis viejos, yo y él, porque no se lo conté ni a una amiga. No me sale contarlo.

  Internamente, me debatía si contarle la verdad o no. Aproveché la cercanía de la moza para pagarle. Terminé mi vaso y lo dejé a un costado.    

-¿Están seguros?

-Cien por ciento. O sea que Dardo les abrió la puerta porque los conocía. Los conocía, Valentín. Y no le podés decir a tu hermano ni a nadie porque estoy casi segura que fue Santopietro. Él y alguien más.

  Sus palabras tuvieron la onda expansiva de una bomba nuclear.

-Mi hermano le debía plata. Mucha plata. Cuatro mil quinientos dólares.

-No sabés lo que estás hablando.

-Sí que sé. Mi viejo fue a hablar con él al bar y le dijo que

-Tu viejo es un pelotudo si piensa eso. 

  Me fulminó con la mirada. Le correspondí el odio. Se me cruzó por la cabeza ponerme de pie y empezar a correr, no detenerme nunca más en mi vida, pero una poderosa fuerza me tenía atado a la silla.

-Santopietro le dijo que no quería volver a hablar del tema –siguió, y le sonreí con sarcasmo–. El problema es que Dardo se hizo el re pelotudo, ese el problema. Le pidió la plata que le estaba faltando para ir al Mundial de Rusia, y cuando volvió el dólar se había ido a la mierda. No tenía para devolvérsela, se lo dijo, y Santopietro se calentó. Con toda la razón del mundo se calentó, mal.

-Nunca me enteré de esto.  

-Nadie te lo iba a decir. Si sos un débil del orto, boludo. Las cagadas se las mandan otros y después te terminan afectando a vos.

-No los conocés. Ni a tu hermano, ni a Manu ni a nadie.

-Valentín: mi propio hermano –dijo, llevándose una mano al pecho– es un cagador. Lo recontra cagó al amigo, se hizo el boludo y dijo “no le pago”. Eso fue lo que pasó, y yo lo acepté, y todavía lo estoy digiriendo con todo el dolor del mundo. Aceptalo, Dardo no era perfecto. Y Santopietro tampoco es perfecto. Mi viejo fue a dar la cara al bar y le dijo que no había nada más para hablar. Textual, le dijo: “Su hijo está muerto. Y agradezca que no voy a meterle un tiro en la cabeza”. Eso le dijo.

  Esta vez largué una carcajada. Era un huracán de nervios.

-Ahora confirmo que tu viejo es ultra pelotudo, no pelotudo. Manu siempre fue exagerado para hablar.

  Iba a decir que el Santo no era capaz de matar a nadie, pero me frené. El Santo era capaz. Me había acompañado desde el primer momento. Se había burlado de mí, me había tratado de Sherlock Holmes cuando le confesé mis sospechas contra la gente del club. Pero lo del audio lo había convencido. Y algo más: lo había dejado pálido.

-¿Qué te pasa, Valentín?       

-Nada.

  Las cámaras. El Santo estaba obsesionado con las cámaras. Y con Paz había hecho un trabajo perfecto. Lo de Dardo también había salido perfecto.

-Che…

  ¿A quién se le iba a ocurrir seguirnos durante la tarde del crimen de Paz? La respuesta era obvia. A nadie. Si yo no le había dicho nada a nadie, tenía que ser el Santo. Se me revolvió el estómago. El Santo había querido matarlo en el zanjón. El Santo había llevado el arma sin decírmelo. El Santo. No me había convencido de que la culpa la tenía Paz, pero sí me había embalado. A mí, un idiota muy irregular, muy impulsivo, muy desprolijo, que hoy le caía con la certeza de Lozano, mañana con la de la Sociedad Anónima y pasado con la venta de los terrenos. A todo me había dicho que sí, pero la decisión de acelerar la había tomado él. Y cuando me planté para continuar, y salí a la calle para volver al ruedo, lo primero que hice fue ir al bar. El Viejo Bustos. El Viejo había aparecido a los quince minutos. ¿Quién le había dicho al que yo había ido al bar? ¿Y por qué me había disparado a centímetros, si en teoría yo no había hecho nada malo? Para sacarme del medio, para que me dejara de romper las pelotas de una vez, para que no se me ocurriera cambiar el curso de la investigación. El Viejo Bustos también trabajaba para el Santo. Habían hecho borrón y cuenta nueva. Lo había acompañado a lo de Dardo, nos había seguido en lo de Paz y me había amenazado para que la cortara ahí.

-¿Qué le dijo específicamente Manuel a tu viejo?

-Se enteró que mi hermano fue al bar, como si nada. Llamó a mi casa y le dijo a mi vieja que Dardo no solo era un cagador sino un maleducado, un irrespetuoso, le dijo de todo. Y te lo repito: tenía toda la razón del mundo. Hasta ahí nadie sabía del préstamo, solo ellos dos. A mí me llamó la atención que Dardo hubiera juntado tanta plata de golpe para viajar a Rusia.

-Tenía la espina de no haber ido al de Brasil –acoté, mareado por la confusión–. ¿Cuándo fue lo del bar? ¿En diciembre, no?

  Jazmín cabeceó.

-Cuando se juntó conmigo. ¿Y ahí tu viejo qué hizo?

-¿Qué iba a hacer? Lo que haría cualquiera, supongo. Se amargó, lo reputeó a Dardo y fue al bar para hacerse cargo de la deuda. Santopietro ni lo quiso atender, solo le dijo eso, que agradeciera lo del tiro, y que él no tenía nada que ver, que era un problema de ellos dos pero que al menos quería que mi vieja se enterara del pelotudo que había criado. Yo no sé si Dardo no le iba a pagar, pero no estaba haciendo nada, ni un gesto para decir “bueno, vamos a sentarnos para arreglar esto”, ¿entendés? Se lo tomaba en joda, el boludo, ¿no viste que él nunca tuvo un peso? Y Santopietro tiene hijas, no es una boludez que un amigo te deba tanta plata.  

-¿Ustedes hablaron con alguien más de esto, Jazmín?

-No. Porque a la vez es Santopietro, lo conocemos. Mis viejos están más dispuestos a hacer algo, a ampliar la declaración y que la fiscalía lo investigue, pero soy yo la que los está frenando, que esperen un tiempo… Yo también quiero esperar un tiempo. Porque estamos rotos, Valentín, yo estoy hecha mierda, no puedo más con todo esto. No sé si estamos pensando bien, ¿me explico lo que quiero decir? 

-Sí, perfectamente.

-Además… Cuando pasó, uno de los primeros en aparecer en casa esa madrugada fue él. Vino con el Gordo y con tu primo. Y yo creo que ellos no sabían nada de la plata. Nada. Y cuando Santopietro habló con mi viejo le pidió disculpas, hablaron a un costadito en el velorio y le dijo que se olvide de todo porque él ya se había olvidado, que mala suerte, que un error lo podía tener cualquiera. Mi viejo hay días que le cree y a veces no. Yo también, a veces le creo y a veces no. El otro día lo vi en el cumpleaños de Sonia y me pareció como muy serio, como que está preocupado y no es el mismo jodón de siempre. ¿Vos no lo ves raro? 

  Me había invitado para que yo le sacara las dudas. Solo por eso. Me dio asco y furia. Me estaba usando. Todos me estaban usando. Dardo, los de la Agrupación, el Santo, ella. Todos.

-¿Vos qué decís? –me volvió a preguntar–. Depende lo que digas vos, dejamos todo como está o vamos a fondo.

  Traté de serenarme. Esa misma mañana habría puesto las manos en el fuego por el Santo, por ella y por la gente del barrio. Desde enero que venía poniendo no las manos sino el orto en el fuego por todos ellos. Ahora me enteraba de que Dardo lo había cagado al Santo, de que este lo había amenazado y no me había dicho absolutamente nada, y de que Jazmín no sentía un carajo por mí. Por primera vez en treinta y cuatro años, no le vi el sentido a la vida y sentí que estaba de más; muchas veces creía haberlo sentido, pero no tenía idea, me había equivocado: eso era sentir que la vida no tenía sentido. No tenía un lugar adonde ir.

  Me agarró miedo, mucho miedo, y la única manera de sacármelo era compartiéndolo. Por hija de puta y por haberme usado, por hacerme sentir un pelotudo, busqué aterrarla.

-Ahora yo te voy a contar un secreto a vos.

  Le conté lo que había pasado desde la escucha del audio hasta el descubrimiento de la venta de los terrenos. Omití la parte de Paz y todo lo que yo había hecho posteriormente. Me mostré seguro, confiado en la inocencia del Santo, pero por dentro, mientras repasaba los hechos, me iba convenciendo cada vez más de lo contrario. Hablaba de una cosa y pensaba en la otra.   

-¿Entonces qué están buscando?

-Creo, estoy casi seguro, que la quiebra del club. Generar una deuda imposible de pagar, que intervenga la justicia y se haga cargo un órgano fiduciario, alguien que evalúe los activos y pasivos y que diga “esta deuda se va a pagar así”. Eso es lo que están buscando. Quebrar el club para vender la cancha.

-¿Pero vos decís que Dardo se enteró de eso?

-No, no creo. Porque se hubieran enterado todos, y los pibes a esto no lo saben.

-¿Y vos cómo te enteraste?

-Averiguando. Hablando con la gente acá, allá.

  Hizo un breve silencio y me pidió un cigarrillo. Le señalé el atado con el mentón.

-¿Y por qué fueron a buscarlo a mi casa?

-Por rompepelotas. Tu hermano… –evité nombrarlo, porque me hacía mal– Tu hermano era capaz de encadenarse a la Casa Rosada si le vendían el Andén. Así como te lo digo. Es imposible vender la cancha con él estando vivo. Imposible. Iba a decir algo bueno de él, pero dejalo.

-Decilo.

  Sonreí con amargura. Me llené el vaso y lo vacié en segundos.

-Iba a decir que Dardo era como el pegamento del grupo, el que lo hacía funcionar… El que se preocupaba por unirlos. La vez que estuve acá no me di cuenta que estaban con quilombos de plata tan graves. No me di cuenta de nada. Para mí era el único que se llevaba perfecto con todos, no bien, no muy bien… Perfecto. Incluso, este tiempo… –busqué las palabras– Nada, sentí eso: que el grupo no era el mismo sin Dardo, que se notaba que faltaba él como nadie, pero bueno… Me entero de esto por vos. Y no lo puedo creer. Te juro que no lo puedo creer –remarqué, más por el Santo que por su hermano.

  Estaba obligado a encararlo. No podía ser posible que fuera tan hijo de puta, frío y calculador. Las dos apariciones del Viejo Bustos en el bar, tal como habían ocurrido, eran una genialidad o una casualidad. Si Manuel lo había pensado así, su plan para sacarme del medio era una genialidad. Las dos balas del Viejo me habían dejado derrumbado sobre el piso, llorando, y sin ganas de hablar por varios días. Además me había impedido acercarme ya no solo a Lozano, sino a los barras, lo que era prácticamente dejar todo como estaba. Manuel, lo primero que hizo luego de haberme manejado como una pieza de ajedrez humana, fue convidarme un cigarro para que me tranquilizara. Y lo segundo que hizo, mientras tomábamos aquellas Heineken de tres semanas atrás, fue convencerme para que nos dejáramos de joder porque íbamos a terminar con un tiro en la cabeza. 

  Jazmín seguía hablando. Ante una pregunta, me acordé de que estaba ahí.

-¿Qué?         

-¿Que por qué no le dijiste nada a nadie? Los chicos tienen que saber esto, Valentín.

-No.

-Lo de Santopietro es… Nada, un error. No tengo dudas de que es un error, y yo misma se lo voy a explicar en la cara. Le voy a pedir perdón en la cara y a explicarle que en casa estuvimos confundidos, pasándola muy mal por todo. Vos no hagás nada, y olvidate lo que te dije. Olvidate, por favor. Pero esto de la cancha lo tenés que hablar –levantó el tono, como si fuera una orden–. ¿Por qué te lo estás guardando?

  Sentí que estaba a punto de soltar las últimas palabras de mi vida referidas al Ferrocarril San Martín.

-Yo ya estoy afuera de todo. Estoy harto, hartísimo. Ya está. Hoy dije “ya está”, y me estoy haciendo a la idea de aceptar la derrota, de saber que la cancha no va a existir más y que en un par de años ahí va a haber torres. Es así esto. Es cruel, es triste, es una mierda. Pero es así, ya no se puede hacer nada.

-Yo algo tengo que hacer. No me pienso quedar quieta, te aviso.

  Sonreí.

-Volvés a hacerme esa sonrisita y te parto el vaso en la cabeza.

-¿Y qué vas a hacer?

-No sé. Algo. Me estás diciendo que mataron a mi hermano y que van a vender la cancha, no, no… –se frenó, estallando en una repentina crisis que llamó la atención del resto de las mesas que ocupaban el ancho de la vereda.

-Calmate.

-Me voy a mi casa –me respondió con una voz apenas audible, guardando el teléfono en la cartera y ya de pie.

-Te llevo.

-No te quiero ver más en mi vida, ¿sos pelotudo, Valentín?

-Pero pará, Jazmín.  

-No me hablés –fue lo último que dijo en la vereda, poniendo un pie en la calle para cruzarla.

  Manoteé el atado de cigarros y comencé a trotar. La alcancé a los veinte metros. No había mundo alrededor, estábamos solos en el universo pero rodeados de personas que tomaban una cerveza artesanal de mierda, comían unas hamburguesas espantosas y se sacaban una selfie detrás de la otra. Lo único digno en esa vereda era un suave jazz cantado por Ella Fitzgerald y Louis Amstrong, pero la sensación era horrible.

  Nos alejamos unos metros más, hasta la puerta de un local vacío en donde meses atrás habían muerto los sueños de una vendedora de ropa para bebés. Quedamos a oscuras, desesperados y nerviosos. 

-Explicame qué te hice. No se puede inventar nada, ya está, aceptalo como me pediste que yo acepte lo del Santo y la plata y la reconcha bien de mi vieja. Me acabás de destrozar el alma con lo que me contaste, y yo ahora no sé

-En tres minutos viene un Uber.

-Me importa un carajo. Te estoy diciendo que… No sé, que vengo de que todo el mundo me haga concha, y vos me decís lo del Santo, que es mi hermano. Y ahora no sé. ¿Y si fue él? Me hacés verga y me dejás solo. ¿Qué hago?

-Matate, pelotudo.

-Dale, forra. Me usaste, me decís que salgamos pero para otra cosa, para ver si yo sé algo de alguien que ahora no sé ni quién carajo es.

-Jodete.

-Quedate tranquilo que me jodí. Me jodiste, boluda. Pero explicame qué hice de malo, ya sé que no nos vamos a ver más. Ya está, mala leche… ¿Se fue todo a la garcha? Bueno, no te preocupes que estoy acostumbrado. Pero explicame eso y me voy.

-Sos poco hombre, ese es tu problema. Te pegaron un cachetazo y desapareciste diez años. Viene un taradito de mierda y te echa del buffet y vos le das la razón. Ahora van a vender el club, la cancha, y vos como si nada. Como si nada, ofendido porque te dijeron que sos un cagón de mierda. “No, Jadmíd –me imitó, con tono socarrón y contorsionando los hombros–. Ez tizte, ez cued, ez una mieda pero no zé qué coza”. Cagón. Ya mataron a dos conocidos tuyos, pueden matar a tu hermano, a tu primo, y no te importa. Nada te importa. Nada. Ahora fush, ya te expliqué. Borrate.

  No me enojé. No me salía enojarme. Así me dijera las peores cosas, yo me alegraba con solo escucharla, con saber que me estaba hablando a mí y no a otro, con saber que al menos podía generar en ella algo muy parecido al amor: el odio.

  Me di cuenta de que estaba enamorado de ella. Ese aniñado “fush” me había matado. Haría cualquier cosa para no perderla. Cualquier cosa.

-Jazmín.

-¿Qué querés?

  Era un salto al vacío. Le acaricié los bordes de la cara con la mirada, mientras el saxo del jazz que venía desde la cercana cervecería se deslizaba con una belleza señorial en el aire de la vereda. Habíamos actuado como un tornado por una razón: estábamos escandalosamente vivos.    

-Yo estuve metido en lo de Matías Paz. Era un traidor. Un traidor hijo de puta –repetí, con la mandíbula temblando de los nervios–. Y yo no soy ningún cagón.                             

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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