Un 8 de mayo se dio una de las reuniones clave para que Defensa y Justicia se afilie a la AFA en 1977. Fue el comienzo del viaje del Halcón. Un cuento sobre un viaje a Florencio Varela. Escribe Nicolás Trabatto.

-¿Ésa es la original?

-Ojalá, amigo. Está como cinco lucas la original.

Hay indumentaria cuyo carácter de imitación pasa desapercibido delante de una mirada de mediana atención; y hay otra que rápidamente salta a la vista. La camiseta a la que refería Julián era de éste último tipo, y eso lo demostraba el faltante de letras en carteles publicitarios, el desteñido de la tela, y los hilos salientes serpenteando hacia los costados. Esto Julián lo sabía, pero fue la primera observación que encontró a mano para iniciar el diálogo allí en el tren que se disponía a partir.

Hacía pocos minutos que se conocían. Julián había abordado a Ramiro en el puesto de comidas, en el momento en que una lata hacía la vertical sobre su cara. Cuando verificó que ya no le quedaba más cerveza, se le acercó.

-Soy periodista. Me vendría bien hablar con vos para hacer una nota.

A Ramiro se le dibujó la desconfianza en la cara y frunció el ceño mientras recorría la figura del desconocido con su mirada. Sólo después de unos segundos despegó sus labios:

-¿Me hice famoso de golpe o vos sos policía?

-Ninguna de las dos. Tampoco creo que te ganes demasiada fama a partir de esta nota, pero creo que te podría interesar.

Julián sacó una revista de su mochila y la apoyó sobre la barra, sin importar las migas que había generado el almuerzo de su interlocutor. Le preguntó si la conocía.

-Claro que la conozco- respondió Ramiro.

El muchacho que se había presentado como periodista volvió a tomar la revista con sus manos, la abrió y comenzó a buscar una página en particular. Una vez hallada se la mostró a Ramiro, que pudo verificar mediante la foto que acompañaba la firma de un artículo que la persona que tenía frente suyo efectivamente trabajaba para esa conocida revista. Lo mismo en una de las radios más escuchadas, lo cual comprobó con la imagen publicitaria que le mostró desde el celular.

Ahora están parados dentro del tren que salió hacia el sur. Ambos se sujetan del caño dispuesto en horizontal sobre la cabeza de los pasajeros, cada uno con una mano. Una mano morena y callosa, otra con dedos largos y blancos.

-¿Cómo fue que te hiciste hincha de Defensa y Justicia?  -lanzó Julián.

-Y, vivo en Varela…

-¿Sos de Varela? ¿Tu familia siempre vivió ahí?

-El que vino primero fue mi abuelo. De Corrientes vino. No le gustaba el fútbol a él, tocaba el acordeón. Allá trabajaba en la cosecha y acá empezó de peón de albañil. -Ramiro hablaba con frases cortas, y miraba por la ventanilla del tren como buscando ayuda para elaborar sus respuestas-. Mi viejo era de Boca. Y yo de los dos, de Boca y de Defensa.

-¿Y tus hijos? ¿Tenés hijos?

-Dos nenes tengo. ¿Y sabés que los dos son más de Defensa…? Ahora que me lo hacés pensar, ni son de Boca ya, no les interesa.

Julián tomó el celular de su bolsillo, miró la hora y verificó que no tenía mensajes pendientes por leer. Lo apagó y lo volvió a guardar. Todo con la naturalidad de un movimiento que hace repetidas veces, casi como un tic nervioso. Luego sacó el pequeño pulverizador que llevaba en el costado de su mochila y roció sus manos de alcohol. Ramiro hizo lo mismo, excepto lo del alcohol. Así fue casi todo el viaje: una charla tranquila con breves interrupciones de ese tipo. La conversación no estaba siendo grabada porque el periodista así lo consideró. Julián estaba contento con lo que iba saliendo y ya imaginaba su columna escrita: todo lo que genera un equipo tradicionalmente ligado al ascenso, ubicado allá en el fondo del conurbano, a partir de una buena campaña y de ganar una copa continental. Sabía que la nota iba a gustar, tanto en la revista como en la radio. Sólo esperaba que nada raro se interpusiera entre la idea y su nota terminada. Lo que no cabía en su imaginación era que aquel día se encontraría con otra información periodística.

Ramiro tenía sus ojos entrecerrados y la mirada clavada en un punto fijo, como habiéndose detenido en alguno de esos momentos de la historia familiar. ¿Estará recordando a su abuelo, a su abuela? ¿Acaso el patio grande de aquella casa donde jugaban toda la tarde con sus vecinos? Lo cierto es que el tren se detuvo en Lanús y fueron muchas las personas que bajaron, dejando sus asientos a disposición. Ellos se sentaron y Julián respiró aliviado, no por el cambio de postura sino porque Ramiro se acababa de acomodar el barbijo por primera vez. El periodista calculó que fueron unos quince minutos de viaje en los que contuvo la incomodidad de quien se cuida, frente a quien sólo lo hace esporádicamente aunque convencido de su compromiso por su salud y la del resto de la comunidad. Pero el periodista se mantuvo incólumne, preservando a su entrevistado por sobre todas las cosas. Recién a esa altura del recorrido se dio cuenta de que no había tenido ninguna atención hacia la persona que gentilmente aceptó su invitación. No dudó entonces en chistarle a quien venía por el pasillo vociferando el más antiguo de los pregones de la era moderna: “¡Hay aguamineral, cerveza, cocaaa!”. Mientras el vendedor se acercaba, Julián, hombre de letras, advirtió la capacidad pronunciativa del sujeto que cargaba una pesada caja de telgopor remendada con mucha cinta adhesiva: con un leve movimiento coordinado de labios y mentón desplazados hacia un lado, lograba que la última “a” vaya mutando en “e”, lo que terminaba siendo, por sonoridad, una nueva vocal. La bebida del país del norte escondía una nueva vocal que el periodista acababa de descubrir en una latitud equidistante entre Remedios de Escalada y Banfield. “Hay aguamineral, cerveza, cocae”.

Julián volvió a sacar el pulverizador de su mochila, roció la tapa de su botellita de agua antes de abrirla, y se lo extendió a Ramiro.

-¡Ah, pero vos me querés poner en pedo! ¿Más alcohol?

Julián bebió un sorbo de agua. Ramiro dejó la lata de cerveza por la mitad de dos tragos. Julián preguntó:

-¿Tu mujer trabaja?

Ramiro respondió:

-Está vendiendo Avón. Hace dos meses que está con eso. Yo le dije que no trabaje, no lo necesita. Yo ahora estoy trabajando; ella se puede encargar de la casa y de los chicos.

-¿Ella también es de Defensa y Justicia?

-Naa. Ella es mujer, amigo. Demasiado logré con que a los nenes les gustara jugar a la pelota y sigan al Halcón.

El artículo iba tomando forma en la cabeza de Julián: una pastilla socio-cultural con un trasfondo deportivo como excusa, que sin dudas traerá aire fresco a su columna semanal. Le reconforta saber que aquello que escriba para la revista lo podrá replicar en el programa de radio. Lo que más le estaba llamando la atención era cómo un equipo chico entre los chicos está logrando, en estos días, engrosar su afición haciendo que una generación entera de pibes se inclinara definitivamente por el club de su barrio. Aquello que hasta hace pocos años atrás era de lo más común (ser de un equipo grande y de Defensa) deja de ser la norma para ir convirtiéndose en la excepción. Un equipo de nombre compuesto, poco común dentro del mainstream del fútbol argentino; equipo de un municipio con nombre que le cabe sólo a un partido de la zona sur del conurbano bonaerense, cuya procedencia biográfica es prácticamente desconocida, ¿o acaso alguien sabe quién fue Florencio Varela? Cuando llegaba a sus oídos “Florencio Varela”, el propio Julián no imaginaba otra cosa que un contorno suburbano difuso ubicado en una región habitada por ninguna gente que el periodista haya conocido jamás. De allí salió un nuevo campeón, se colocó en la vidriera del fútbol grande y se convirtió en la envidia de los hinchas de otros clubes.

Antes de llegar a Lomas de Zamora ingresa al vagón un nuevo vendedor ambulante que, en pos de amplificar su voz -o al menos de no menguar su potencia-, había bajado su barbijo hasta el cuello. Julián escuchaba a su entrevistado, pero no podía dejar de pensar en las gotas de saliva que expulsaba esa boca que ofrecía auriculares, fundas para celulares y cargadores. “Es impresionante cómo fue cambiando la variedad de productos que se venden en la vía pública”, reflexionaba el periodista en su interior. Muy atrás en el tiempo quedó la soledad en que deambulaban golosinas y bebidas en los medios de transporte. Por multiplicidad de razones y de las más variadas maneras, se llegó a lo que ofrece este señor que suda sobre un barbijo sufriente: elementos de tecnología informática; después de las golosinas, y antes de la informática, de todo: herramientas, aceites vegetales, bijouterí, útiles escolares…

Ramiro siguió hablando para redondear una idea, terminó de pronunciar la última oración y tomó su celular. En ese momento el periodista desprendió su mente de la situación de entrevista y fue llevado a otro lugar, a la redacción de la revista, una oficina que hacía montaña de meses que no pisaba. Quien sí apoyaba la suela de su calzado sobre ese piso de Palermo era su editor en jefe, con quien mantuvo la última charla telefónica del día. Mientras sus ojos se detenían en la diversidad de cables que revoleaba el vendedor en su afán de llamar la atención y generar la necesidad de compra, Julián caía en la cuenta de cuál era el elemento distintivo, qué era aquello que el editor le reclamó horas atrás sin ser del todo explícito. Después de mucho tiempo Julián estaba edificando una nota periodística sin usar internet. Simplemente eso: no googleaba, ni hurgaba entre noticias que la red ofrece ya masticadas. El distanciamiento social que surgió con la fuerza de la obligatoriedad lo había perpetuado en un encierro que al periodista –hombre de lectura y escritura solitarias- lo reconfortaba. De este modo, fue ritualizando una manera de proceder: surgía como noticia un hecho protagonizado por una persona conocida; Julián indagaba en internet y en las redes cuanto podía sobre la persona en cuestión, y en función de la información recabada escribía una historia.

“Tus columnas se están quedando mucho”, fue lo más concreto que le expresó el editor, y le pidió “un poco más”. Eran las tres y media cuando terminó aquella comunicación, y quizás fue el instinto de supervivencia periodístico que lo llevó a tomar su mochila y salir de su departamento. No era allí donde encontraría la información, ni el punto de partida para su próxima nota. Llamó al ascensor pero cuando llegó dio media vuelta y encaró en dirección a la escalera. Bajar los ocho pisos sacudiendo sus huesos le haría bien, pensó. Si la sangre comenzara a correr y no ya caminar por sus venas, sería más factible que nuevas ideas asciendan a su cabeza. No esperaba que se le presente algo original, ni mucho menos rupturista, pero sí una idea que revista cierto carácter de novedad para su columna semanal. Unió a pie los metros que separan a su edificio de la Avenida Santa Fe y continuó su andar por esa vía. No transcurrieron dos minutos hasta que divisó una persona que se distinguía entre los transeúntes: vestía jean y zapatillas, y resaltaba por el color amarillo de su remera. Julián se frenó sobre sus pasos y rascó su cabeza con la misma mano que sostenía un cigarrillo que había encendido innecesariamente porque no estaba fumando en las últimas semanas. Una ocurrencia lo estaba terminando de convencer, cuando el muchacho de amarillo era deglutido por la boca del subte. El periodista aplastó raudo el cigarrillo que era mitad tabaco mitad ceniza y fue tras él.

El olor a hamburguesa y choripán se sintió especialmente en Lomas de Zamora, como si el humo de las planchetas de estación se hubiera dirigido directamente al asiento de Julián, entrando por la ventanilla como niebla de madrugada.  “Me comería otro pati”, suspiró Ramiro, y  continuó hablando por primera vez sin esperar una pregunta que marcara el interés del periodista. Lo que tenía ganas de expresar el joven albañil era que extrañaba ir a la cancha.

-Éste es uno de los olores que más me hace acordar a la cancha. Está cuando vas llegando, lo sentís cuando estás en la tribuna, y cuando te vas que ya no das más del hambre. También hay otros olores y otros humos eh, pero acá no se sintieron jajaja.

Se disponía el periodista a preguntarle a Ramiro con quién solía ir a la cancha, pero el entrevistado no le dio tiempo porque ni bien cortó su risa continuó:

-Qué lindo ir a la cancha con los pibes…

Por un instante una sonrisa cómplice se dibujó en Julián, pero se fue desarmando en la medida en que comenzaba a confundir los términos de Ramiro. ¿Con quiénes iba realmente a la cancha? Eligió no preguntar y quedarse masticando el sentido de esa última palabra que mencionó el hincha de Defensa casi mirando al suelo y moviendo su cabeza.

Dejar atrás Temperley le significaba a Julián cruzar una frontera: ése era el punto máximo metropolitano que se había alejado de la Capital en sentido suroeste. Tomó su lapicera por vez primera para anotar algo, y nada tenía que ver con la nota que lo estaba transportando hasta allí. Era un gusto que se podía dar como periodista con buena memoria. Sobre una hoja de su cuaderno garabateó velozmente una estrofa tanguera, de esas que solía escribir esperando que su hermano músico la hiciera canción:

El tren siguió sobre el acero

aquella tarde soleada

José Mármol y Calzada

se sintieron atractivas

localidades observadas

con ojos de turista

por un gilún que pasaba

Conforme el tren iba reduciendo la velocidad para estacionarse en Claypole, que es la estación en la que termina el recorrido y donde yacen los sueños de quienes viven más lejos aún, Julián se iba convenciendo de que era momento de pegar la vuelta. Consideraba que había reunido información suficiente en función de la columna que se había propuesto escribir. No sólo información: sensaciones, aromas, sonidos. Después de mucho tiempo volvía a ser un periodista en movimiento, que instaba a su sangre a circular como un torrente, haciendo fluir ideas hacia su cabeza, y poniendo a su cuerpo en ambulante búsqueda de la noticia como vivencia que se convierte en texto para convidar a lectores y oyentes. Pero  nunca pensó en que había lugar para algo más, que aquella jornada de febrero no comenzaba a retirarse aún de su vida.

En un momento Ramiro se dio cuenta de que Julián había decidido finalizar allí su viaje. Era una definición que no necesitaba ser expresada en palabras porque se evidenciaba en su rostro. Si bien el mismo tren era más territorio del albañil que del periodista, estando en Claypole Ramiro sentía que era definitivamente local, y una vez en tierra firme, caminando por el andén, quebró un silencio que llevaba cinco minutos.

-¿No me digas que ya te volvés?

-Y, creo que es suficiente –respondió Julián mientras sopesaba el tiempo y la energía que le insumía a la gente que hacía todo ese recorrido para ir a trabajar. “¿Cómo puede ser que la gente haga semejante viaje todos los días, ida y vuelta, subte, otro subte, tren?” Sabía que de aquí en adelante vería con otros ojos esas imágenes de noticiero que muestran las estaciones de la Capital como verdaderos hormigueros que estallan saturados de hormigas que son en realidad gente de carne y hueso que trabaja y viene de lejos, gente con historias, gente con familia, con un pasado a cuesta y un futuro mayormente incierto.

-Hermano, recién llegaste a Claypole. A mí todavía me falta un colectivo. Veníte a Varela conmigo, vení a conocer la tierra del campeón.

Julián vivió su infancia y adolescencia con todos los miembros de su familia en la misma casa, sin experimentar mudanza alguna, ni separaciones conflictivas. A la escuela iba y venía a pie porque quedaba a pocas cuadras de su vivienda. Cuando iba a tercer grado, entró un compañero nuevo del que se hizo muy amigo. Martín –así se llamaba- pasaba muchas tardes en casa de Julián, jugando a la pelota y disfrutando de pomposas meriendas. Al escuchar a Ramiro, recordó la primera vez que Martín lo invitó a jugar a su casa. A Martín lo habían anotado en esa escuela cuando su mamá consiguió trabajo como empleada doméstica en un departamento de esa zona de la ciudad. Desde entonces ambos, madre e hijo, viajaban de Munro a Palermo en colectivo. Por una vez Martín quería que su amigo de Palermo fuera a jugar y a tomar la leche a su casa. Los ojos de Ramiro, el albañil sobre el andén, eran los ojos de aquel Martín. Julián accedió y, como aquella vez que fue a Munro con Martín, ahí fueron ambos, albañil y periodista, a colocarse en la fila.

-Por suerte no hay tanta gente -dijo Ramiro.

-Es que todavía no es hora pico -respondió Julián con precisión periodística, más allá de que pensaba lo contrario al ver la fila reptar por casi media cuadra con personas apenas separadas por unos simbólicos treinta centímetros que burlaban toda disposición oficial.

Dos colectivos absorbieron pasajeros hasta poder ellos acceder a un lugar. “Desde que abrieron la construcción las obras arrancan más temprano y nos vamos antes”, explicó Ramiro a Julián que ahora escuchaba sentado del lado de la ventanilla recibiendo en su cara el aire que secaba la transpiración de un verano que hervía asfaltos. Allí ubicado podía también apreciar en primera fila el paisaje suburbano que ofrecía parte de eso que muchos llaman “tercer cordón”. Lo que más llamó su atención fueron los innumerables locales comerciales improvisados, pero con empeño, en los portales de las viviendas. El periodista imaginó laboriosas amas de casa que montaban multiplicidad de kioscos para complementar ingresos familiares de maridos que volaban en trenes por trabajos lejanos; o bien gente agotada de tanto viaje sin placer que logró afincarse en un emprendimiento hogareño. Ése local, el más logrado de la avenida, debe ser de un tipo que pudo ahorrar bien, o que cobró una indemnización y ahora no se mueve de su casa más que para ir al mayorista un par de veces por semana. Chau, ése no pisa más la Capital. Partir de una imagen y fantasear con toda una historia detrás era un ejercicio habitual en Julián.

-Bienvenido a Varela, amigo –irrumpió Ramiro cuando el colectivo hacía un rodeo por una calle céntrica.

-¡Qué viajecito, eh! –dijo Julián desperezándose.

-Todavía falta un tironcito para llegar al barrio –advirtió el joven albañil-. Mirá, por acá se juntó la gente a festejar. Se festejó lindo esa noche.

Diez minutos después bajaron del colectivo. Al periodista le venía bien conocer ese terreno sin mediación alguna; él y todos sus sentidos dispuestos para percibir la zona; éste barrio y éste hincha como botones que muestran todos los barrios de Varela y a cada uno de los simpatizantes de Defensa y Justicia. Esta nueva expectativa periodística podría haber sido colmada, si no fuese porque se encontraron con aquel auto.

Desde la parada en la que bajaron caminaron una cuadra sobre la tierra de la calle y al llegar a la esquina vieron esas chapas ordenadas sobre cuatro ruedas y debajo de una sirena. Un patrullero allí detenido venía a significar un quiebre en la historia, y quizás el comienzo de otra. Ramiro se detuvo de súbito. Julián lo miró. Se hizo evidente que el móvil policial estaba estacionado en la casa de Ramiro. El albañil era todo nervios, pero lo que transmitía su cara no era temor ante un eventual siniestro en su casa. Los ojos se le perdieron girando con la luz azul, sus brazos caían mudos hasta que sus manos se hicieron puños e inflaron sus venas. Julián advirtió que la persona que estaba a su lado no era ya la misma que charló con él las últimas horas. El cuerpo de Ramiro sulfuraba en silencio, se adelantó un paso y habló sin dejar de mirar aquel auto azul.

-Quedáte acá –instó a Julián el muchacho que ya no era el simpático albañil hincha de Defensa y Justicia.

Ramiro aceleró el paso, y Julián se estacó en el suelo. Eligió quedarse, el instinto periodístico le indicaba que debía permanecer allí, al mismo tiempo que la nota que venía escribiendo en su mente se le derrumbaba como se derrumban en la arena los castillos antes de ser castillos. El hombre de remera amarilla entraba en aquella vivienda acompañado, y desaparecía ante sus ojos como había sucedido horas atrás en la boca del subte. Julián empezó a caminar en esa dirección,  se fue acercando con sigilo por la vereda de enfrente y se detuvo ante un hombre que regaba sus plantas con la camisa desabrochada. Si bien le pareció demasiado concentrado en su tarea como para no estar disperso ante el resto del mundo, se le acercó.

-¿Sabe qué pasó?

-¿Usté quién es? –inquirió aquel hombre con tono localista y sin desatender con la mirada un rosal prolijamente podado.

-Disculpe, mi nombre es Julián. Soy periodista y venía entrevist-

-¡Ah! -el hombre colocó sus ojos en los ojos del visitante- Usted eees…. Trabaja en la radio coonn…

-Exactamente. -Julián interrumpió sonriente al ser su voz reconocida por aquel vecino de Florencio Varela.

– Mire, evidentemente no la trataba bien.

-Le debe haber puesto la perimetral –intervino una mujer joven saliendo de la misma casa. Parecía ser la hija del ocasional jardinero.

-¿De qué hablan? ¿De la mujer de Ramiro? –preguntó Julián, extrañado pero ya entrado en tema.

-¿Usted lo conoce al muchacho? –indagó el hombre.

-Es lo que intentaba decirle -Julián levantó su mano para cubrirse del sol que  caía detrás del tejado, y contó brevemente cómo fue que llegó hasta allí, navegando sobre una inquietud propia de su oficio.

-¿Vos querés una nota periodística? –volvió a hablar la joven- Vamos acá a cinco cuadras y tenés una nota periodística.

La mujer entró a la casa, y salió a los pocos segundos con su rostro cubierto por un barbijo de color violeta. “Vamos”, propuso a Julián que no pudo rechazar la propuesta, y comenzaron a andar hacia el lado en que periodista y albañil se habían separado pocos minutos  atrás.

-¿Cómo se llama tu papá? Es tu papá, ¿no?

-Pedro.  

-¡Chau, Pedro! Gracias –saludó Julián. Bebió las últimas gotas de agua casi tibia que quedaba en su botella y se dispuso a seguir los pasos de

-¿Y vos? ¿Cuál es tu nombre?

-Camila.

En el camino Camila reveló a Julián que ella no era amiga de la mujer de Ramiro, que no las une mayor relación que la de ser vecinas, que en ocasión de encontrarse en un negocio a la espera de ser atendidas conversaron de nada relevante, pero oír su voz y mirar sus ojos le fueron suficientes para empezar a saber por dónde venía la mano en la casa de enfrente. Ramiro era, a todas luces, un hombre violento, maltratador. “Hizo la denuncia y se fue a lo de su vieja, estoy segura. Agarró a los nenes y se fue a lo de su vieja”. Camila hablaba con la convicción de quien sabe del tema. Julián escuchaba como quien no, y caminaron lo que a fin de cuentas fueron ocho cuadras. No fue únicamente aquel encuentro furtivo lo que otorgó a Camila los indicios para su hipótesis; la mujer respondió lo que el periodista expresó como inquietud, como duda del recién llegado. “Es acá”. Camila señaló una casa moviendo su cabeza. Se acercó a la reja y golpeó las manos. Los atendió una mujer joven, Camila explicó quién era el muchacho que la acompañaba y pasaron. Atravesaron la casa; en el comedor una señora alistaba a dos niños y salían rumbo a la calle. Ellos continuaron rumbo al patio. Allí alrededor de una mesa estaban sentadas tres mujeres. 

-Podés creer que justo él venía entrevistando a Ramiro –Ayelén, cuñada del albañil, retornaba a la mesa con las visitas. Se mantiene de pie, se ceba un mate y lo toma de un sorbo.

-¿Entrevista de qué? –Consultó la señora que parecía ser la dueña de casa, la suegra de Ramiro. Julián respondió breve, diciendo qué lo movió a hacer una nota de color para la revista en torno al campeonato logrado por el equipo de Varela.

-¡¿Por Defensa y Justicia?! ¡Si es de Boca esa basura! –Ayelén comenzaba a entrar en cólera-. Yo juego en Defensa, ¿no te contó eso?

-Le pregunté por su familia –señaló Julián.

-¿Y a quién te nombró? –continuó Ayelén.

-Habló de su abuelo, de su viejo, de los nenes…

-¡¿Ves?! ¡¿Te das cuenta lo que te vengo diciendo, mamá?! Ése chabón es una mierda. ¿Acaso no tiene mamá, no tuvo abuela, no tiene esposa? ¿No somos nosotras parte de su familia? Para él nunca lo fuimos. Nunca fuimos su familia. Mejor, mirá.

En aquella mesa larga bajo el tinglado del patio había dos jóvenes más. Fácilmente pudo notar Julián que la de pelo lacio era la esposa de su reciente entrevistado. Estaba cabizbaja, con la mirada perdida y triste. Venía de hablar, de soltar lengua en oficinas. Hablar, poner en palabras, sacar de adentro, decir, contar, narrar. Venía de denunciar a su conviviente. Tenía los hombros encogidos y sus brazos delgados pegados al torso. Sobre todas las cosas, tenía miedo, algo que hacía saber a través de su cuerpo. Un miedo atenuado por la presencia de su madre que está a su lado como lo estuvo siempre que la necesitó; un miedo atenuado por la efervescencia de Ayelén, su hermana mayor, siempre consejera, ahora defensora; un miedo atenuado por Camila, la vecina de amor joven y dispuesto hacia mujeres como Cecilia; un miedo atenuado también por  la presencia de esa otra mujer que estaba en la mesa, de edad intermedia entre Cecilia y su madre, de pelo corto y enrulado, vestida con pantalón deportivo y una remera del club del barrio.

El perro de la casa se acercó tardíamente a Julián, olfateó sus pantalones sin disimulo y se volvió a acostar sobre unos cartones dispuestos en el suelo del patio. Al ver a esa otra mujer con la camiseta amarilla, el periodista volvió a considerar la viabilidad de sostener la nota original que venía elaborando. ¿Por qué abandonarla ahora? ¿Acaso esa situación con la que se encontró invalidaba el trabajo que hizo a lo largo del día? La columna la podía escribir, “total es en base a un personaje anónimo, que puede vivir en cualquiera de estas casas de este barrio, y adoptar otro nombre”, reflexionaba Julián renovando el entusiasmo que había perdido.

-Ese chabón nunca fue de Defensa y Justicia. Se empezó a juntar con unos pibes que están en la barra, le gustó eso: entrar gratis, escabiar gratis. –Ayelén encontraba uno y más motivos para continuar abofeteando la reputación del muchacho que en esos momentos recibía instrucciones policiales de cómo debería comportarse para evitar empeorar su situación.

-Pero, ¿albañil es, o eso también es mentira? –preguntó Julián mirando, no sin desconcierto, a todas las mujeres de aquella mesa.

-Ponéle –continuó la hermana de Cecilia-. Hace un mes está en una obra. Adicto al trabajo digamos que no es.

-¿Por eso es que ella empezó a vender Avón? –inquirió el periodista.

-Un poco por la vagancia de su marido, y otro poco para ir teniendo un ingreso propio –respondió la madre-.

-Mirá –volvió enérgica Ayelén-, yo estoy segura de que mi abuela no se separó porque dependía absolutamente de mi abuelo. Si ella hubiera tenido algo de guita, se separaba. Estoy segura. Por eso yo le venía diciendo “Ceci, ¿por qué no empezás con algo? Al menos intentar.”

Julián continuaba de pie, ahora apoyado sobre la pared que daba a la cocina. Escuchaba y se prometía no volver a burlarse de ningún trabajo de ninguna mujer. Y volvía a retroceder respecto de qué hacer con su columna. ¿Y si intentaba hacer lo mismo pero narrado desde otro ángulo? Para hacerlo necesitaría tiempo. Roció sus manos con alcohol, tomó el celular y escribió en el grupo de sus amigos: HOY NO LLEGO. ME BAJO. Reacomodó su barbijo y se acercó a la mujer de pelo corto enrulado y le preguntó:

-¿Vos cómo te llamás?

-Mónica.

-Mónica, ¿esa camiseta es la original?

-Sí, ésta es la original. Nos la dio el club, yo soy compañera de Ayelén.

Nicolás Trabatto

Mural de portada por Roberto Brandán.

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1 Comment

  1. Si hay algo que me gusta del cuento es la multiplicidad de historias posibles que se desprenden del texto, como si fueran los ramales que se van abriendo a medida que pasan las estaciones de un tren que viaja por algún lugar del conurbano. La desconfianza justa que hay que tener cuando se recorre un cuento y una atención equilibrada en las palabras que por momentos se pierde por la maravillosa capacidad de describir momentos en los que se aprecia la virtud de observador que posee Nicolás.
    Me pregunté varias veces por el qué, preso de cierta vertiginosidad contemporánea, hasta que fue descubriendo el cómo, que creo es la mayor virtud del relato. La mirada del otro, sus palabras, acciones y silencios. Lo otro que no se distingue de lo propio y que cuando lo hace muestra la ingenuidad y naturalidad del observador y el observado.
    Las pausas que el relato propone obligan al lector acelerado a parar la pelota en momentos del juego literario donde todo parece desencadenarse abruptamente. Allí Nicolás propone pausas que obligan a la relectura de frases, al estilo de un docente que se toma un momento para reflexionar sobre lo que escucha en el aula y relacionarlo con algo que considera importante.
    En ese sentido, hay una búsqueda pedagógica, pero no en el mal sentido. No se busca enseñar nada ni mostrar la capacidad de escritura del narrador con oraciones que evidencien su perspicacia o su inteligencia. No, no parece importar demasiado -al mejor estilo de Saer- qué piensa de quien escribe quien está leyendo.
    Me quedo con esas pausas adentro de un tren en movimiento, el tiempo congelado cuando todo alrededor se mueve y ver qué de lo que se mueve vale la pena enfocar.

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