Hoy se cumplen 40 años de la muerte de Bob Marley. El símbolo del reggae a nivel mundial dejó este mundo a los 36 años y fue enterrado en su Jamaica natal junto a su guitarra y una pelota de fútbol. Sus grandes pasiones que lo acompañaron hasta el final. Escribe Joaquín Doldan.

Nadie podía detenerlo. Bob Marley corría por la banda con el balón pegado a los pies. Los jugadores contrarios se tiraban al cruce, trataban de acorralarlo, lo perseguían desesperados, pero el músico y jugador de fútbol, como si de una canción de reggae se tratase, los hacía bailar a su ritmo. Al borde del área un defensa trató de trancar su trayectoria pero apartó el balón con un leve toque de la punta de su pie. Entonces sintió por primera vez aquel extraño dolor. El rival, impotente, lo pisó, Bob cayó, pero lejos de las modas imbéciles del fútbol moderno de apostar por el penal, se puso de pie hábilmente y ante la mirada atónita de todo el campo, cruzó un zurdazo que clavó el balón en el ángulo.

La pequeña herida en su dedo gordo no terminaba de curarse. Semanas después, luego de un concierto, volvió a sentir el ardor de la pequeña lesión que atribuía a esa jugada. Cuando por fin fue al médico supo la verdad. Tenía cáncer. Un melanoma acral lentiginoso. Pero Bob tenía mucho trabajo, conciertos cerrados, una gira por Europa y una enorme comunidad que mantener. Por eso decidió posponer su tratamiento.

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Cuatro años después, durante una gira europea, su estado empeoró. Tenía metástasis extendidas por todo el cuerpo. En Alemania decidió volver a su tierra. Durante el viaje en avión, cruzando el Atlántico su estado se puso crítico. Bob Marley supo que iba a morir. Sintió como fallaban todos sus órganos, pero con su último aliento decidió que si tenía que dejar este mundo, iba a hacerlo a su forma, y en Jamaica. Pero estaba tan grave que el avión que lo llevaba tuvo que aterrizar en Miami donde apenas duró dos días.

La muerte intentó atraparlo pero no podía detenerlo. Bob Marley corría por la banda con el balón pegado a los pies. La muerte se tiraba al cruce, trataba de acorralarlo, lo perseguía desesperada, pero el músico y jugador de fútbol, como si de una canción de reggae se tratase, la hacía bailar a su ritmo. Al borde del área trató de trancar su trayectoria pero se apartó con un leve toque de la punta de su pie. El rival, impotente, lo pisó, Bob cayó, pero lejos de las modas imbéciles del fútbol moderno de apostar por el penal, se puso de pie hábilmente y ante la mirada atónita de todo el campo, cruzó un zurdazo que clavó el balón en el ángulo. Miró el cielo de su país desde la ambulancia que lo llevaba al hospital. Sintió el abrazo de su gente en Jamaica festejando su último gol.

Joaquín Doldan

Twitter: @joadoldan

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