Que un gol puede ser más que un gol, es algo que se sabe en todas las tribunas. Que Garrafa Sánchez era más que un futbolista, es algo que se sabe en todo el fútbol argentino. Escribe Sergio Cherco Smietniansky.

La historia que les voy a contar sucedió el 19 de Mayo del año 15 después del gol de Maradona a los ingleses, año 2002, según el otro calendario.

Ese día se jugaba la última fecha del Torneo Clausura de la Primera División del Fútbol Argentino. El campeonato ya estaba resuelto, los descensos y uno de los lugares en la promoción también. Es decir que lo único que restaba definir era el segundo cupo de la tan temida promoción, que obligaba a revalidar la permanencia en la máxima categoría en un cruce idea y vuelta frente a un conjunto del Nacional B.

Dos equipos caminaban por la cornisa, uno era Banfield y el otro Lanús, es decir los históricos rivales del Clásico del Sur.

Los papeles del fixture favorecían claramente a Lanús, ya que enfrentaba al ya descendido Argentinos Juniors. Banfield en cambio, recibía en su estadio a Independiente, que si bien venía haciendo una pésima campaña, no dejaba de formar parte de esa élite de 5 equipos a los que se suele denominar como “grandes”. Banfield tenía a su favor que si ganaba no dependía de otros resultados.

La 10 del Taladro la vestía José Luis “Garrafa” Sánchez,  un  alquimista de nuevo tipo que había descubierto en un potrero los elementos constitutivos del universo.

Las cosas -como eran previsibles- arrancaron mal para el Taladro. Mientras que Lanús antes de finalizar el primer tiempo ya iba ganado su partido con suma tranquilidad, Banfield andaba a los tumbos y comenzado el segundo tiempo se encontraba con  un 0-1 abajo en el marcador.

Todo era incertidumbre en el estadio Florencio Sola,  hasta ese preciso instante en que pasó lo que pasó. Una jugada de ataque de Banfield fue cortada con una brusca infracción a unos dos metros del área del Rojo;  el referí no dudó y cobró el tiro libre.

La 10 del Taladro la vestía José Luis “Garrafa” Sánchez,  un  alquimista de nuevo tipo que había descubierto en un potrero los elementos constitutivos del universo.

A diferencia de los viejos hechiceros de la alquimia  que aspiraban a convertir  la materia en oro, Garrafa utilizaba sus artes esotéricas para transformar la pelota en gol.

Por ende los conocedores de su magia  sabíamos que si había un tiro libre lo pateaba Garrafa y si lo pateaba Garrafa era gol.

Mientras el arquero de Independiente armaba una extensa barrera y se ubicaba en las proximidades de su palo derecho, Garrafa luego de  acomodar la pelota, hizo un gesto premonitorio. Extendió su brazo derecho en dirección al arco rival y señaló un punto en el horizonte con su dedo índice, como queriéndonos mostrar el lugar exacto donde se encuentra el infinito. Luego hizo un trote corto y suave de esos que cualquier cronista deportivo carente de sensibilidad artística lo describiría como  “en cámara lenta”.

Pero fue mucho más que eso,  ya que en realidad lo que hizo fue comenzar a suspender el transcurso del tiempo. Su zurda mágica acarició a una pelota que emprendía viaje hacia un destino inevitable. En ese instante dio la sensación que el mundo se detuvo, como si ese esférico no fuese una pelota sino el mismísimo Aleph del que hablaba Jorge Luis Borges. Sí, el Aleph; ese punto que concentra todos los puntos y que al mirarlo se puede ver en un instante la totalidad del universo.

A veces un gol es un Aleph,  es decir un instante de eternidad.

Quienes estuvimos ahí  contemplamos en un segundo, todos los segundos de la historia, o mejor dicho todos los segundos de nuestra historia, ya sea en pasado, presente o futuro. 

Supimos que esa tarde ganábamos el partido, que nos quedábamos en Primera  y condenábamos al Grana a jugar la promoción. Nos vimos clasificando a Copas Internacionales y  también  arruinando los festejos del título vecino bajo un diluvio de goles. Y por sobre todas las cosas, traspasamos todos los límites de la felicidad al reconocernos un 13 de diciembre de 2009 dando la vuelta olímpica en la mismísima Bombonera. Lo vimos todo, lo vivimos todo, lo sentimos todo. Fuimos eternos por un segundo y nos siguió sobrando tiempo.

En eso estábamos cuando el universo y la pelota recobraron movimiento. La esfera de cuero cocido se coló en el ángulo derecho del arco,  inflando la red hasta ese infinito que acabábamos de ver.

La hinchada estallaba de emoción envuelta en el más ensordecedor de todos los gritos sagrados, el grito de gol.

Garrafa miró a la tribuna sonriente, sabiendo que a veces un gol es un Aleph,  es decir un instante de eternidad.

Con el tiempo, supimos que no habíamos visto todo, sino tan solo casi todo.

Siempre tuve la duda de porque Garrafa hizo eso, si él no era de guardarse nada. Tal vez fue para no entristecernos por su anticipada partida o para confirmarnos que el futuro no está escrito y que la muerte es tan solo  una circunstancia inevitable, pero incapaz de hacer olvidar ciertas vidas infinitas.

Sergio Cherco Smietniansky

Mural de Ferrocarril Sur

Nota publicada orignialmente en Fogón y Mate.

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