Breves apuntes sobre lo que se cree posible y lo que no ¿Qué se necesita para hacer cosas imposibles? Escribe Juan Stanisci.

Los amores, los odios, las grandes victorias, las alegrías, las revoluciones, esos momentos donde parece que le hicimos un gol a la vida, tienen en común un componente: lo imposible. Eso que rompe con el hecho de que la vida sea un simple trámite burocrático. Una sucesión de fotos más o menos ordenadas que lleva de A hasta Z. Para cambiar lo que parece establecido y consumado, es necesario hacer cosas imposibles. Darse la cabeza contra la pared hasta que se rompa.

No es que lo posible este mal. Vivir al límite de lo imposible es para poca gente. Los imprescindibles de los que hablaba Bertolt Bretch. El resto de los mortales pasamos la vida entre posibles y, solo de vez en cuando, metemos algún que otro batacazo.

Imposible es, por ejemplo, no patear al arco en dos superclásicos seguidos (Zambrano cabeceó, no pateó). Posible, en cambio, es adaptarse a tener un jugador menos y dar por hecho que no le vas a ver la cara al arquero rival. Imposible, por otro lado, es el bombazo de Julián Álvarez. Posible era comerse una goleada y, en consecuencia, hacer cambios que nada cambien. Imposible, y termino con los ejemplos, fueron el tercer gol de Independiente y el empate de Vélez.

El fútbol argentino, repetimos hasta quitarle el sentido, está en decadencia. Parte de ese diagnóstico está en un síntoma: la falta de sorpresa. Son pocos los jugadores que se animan a gambetear, a clavarla en el ángulo desde un lugar recóndito, a quebrar la cintura, a dejar boquiabierto a quien mira. A hacer algo fuera de lo común, en suma. A lo imposible.

Hay que ser un poco inconsciente, es cierto. Y perderle el miedo al ridículo. Sino no hay manera de tirar una rabona en el área propia, probar al arco sin ángulo o salir de una presión sabiendo que lo más probable es perderla. Para eso, imagino, debe ser necesario perder la noción de lo que se está haciendo. Darle una patada al miedo como Lita de Lázzari. Mandar a la mierda a la normalidad. Abrazar por un rato un arrebato de locura. Y, finalmente, encajarle un cross derecho a la monotonía y la vida burocrática. 

Lo imposible no es algo tan descabellado, aunque parezca una contradicción. A veces es simplemente pedir la pelota e intentar hacer eso que nadie hace. Aaron Molinas hoy buscó ese camino. Después de más de setenta minutos donde no hubo un compañero que se saliera del guión, su ingreso modificó un poco el escenario. Microrevoluciones, le llaman. La pidió. Se asoció. Amagó. Gambeteó. Con el cuerpo dijo que iba para un lado pero la pelota fue para el otro. Nada para el resultado final. Mucho en contraste con los otros quince jugadores que vistieron la camiseta de boca.

“Yo quiero hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado”, cantaba Silvio Rodríguez. Como un nene que cree que la magia existe, uno pasa noventa minutos frente a un televisor sabiendo todo lo que va a pasar. O en realidad, que nada va a cambiar. Porque la ilusión, como los amores, los odios o la revolución, tiene su raíz en lo imposible.

Juan Stanisci

Twitter: @juanstanisci

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