Llegó el final. El Cazador se enfrenta al ideólogo del asesinato de Dardo. Roto por dentro y por fuera, busca algún tipo de redención. Escribe Lucas Bauzá.

  Atado a una silla, con una toalla mojada en la cabeza y la boca amordazada, estaba Tute Sánchez Morando. Donde antes tenía la cara, ahora había una masa de carne sanguinolenta, morada y deforme. Se me revolvió el estómago.

-Hacela cortita, Rodríguez –me ordenó el Viejo, mientras le sacaba el trapo que silenciaba al falso titiritero–. Si en diez minutos no le metés un corchazo, se lo meto yo. Y vos, trolo –le habló al otro–, contestá todas las preguntas que te haga el muchacho, porque hoy vino el curioso de la casa. Y hacele un resumen, porque mirá que si no este te pregunta hasta cómo se llamaba tu maestra de segundo grado. Cortita y al pie, mirá que es franela. Y no sé si puto también, no sé…

  Prendí un cigarro. Apoyé una mano sobre el borde de una mesa, para sostenerme y descansar el cuerpo.

-¿Quién dijo de matarlo? –lancé, con la voz borrosa.

  El Viejo lo miró.

-Contestá, zángano. El hombre te hizo una pregunta.

  Lo que quedaba de Sánchez Morando se largó a llorar, formando una mucosidad sanguinolenta, blanca y burbujeante. Busqué una silla con la mirada, pero no la encontré.

-Dale, Tutti Frutti. Largá y que termine todo de una vez, dale… –insistió el Viejo, mirando su reloj de reojo.

-Estaba en Italia, Viejo –murmuré. 

-Ya sé que estaba en Italia, bobina. Pero ahora está acá, enfrente tuyo. Y parece que está tímido, no tiene ganas de hablar.

-¿Quién lo mató a Dardo, la concha de tu madre?

-Flaco –me ladró el Viejo, con el llanto de Sánchez Morando de fondo–, no estás en una película, no lo insultés, ¿o no ves que está por morir? Hacé una cosa. Subí y tomate un whiskicito, aflojá que estás más pálido que la mierda. Subí, que yo en dos minutos te lo preparo y te lo dejo listo como un locutor. Andá.

  Le hice caso. Subí hasta el living, en la barra me preparé un whisky que primero me llenó los ojos de lágrimas, después me removió el estómago mientras lo quemaba todo, y finalmente explotó, dejándome la panza como un volcán a punto de ebullición. Vomité lo que no había vomitado la madrugada anterior. Vomité la alfombra, una silla y una pila de boletas de Lozano.

  Me lavé la cara, sin reconocerme en el espejo: lloroso, sangriento y transpirado, con una camiseta roja y amarilla rasgada, gastada y sucia. Era un fantasma infinitamente agotado. Bajé decidido a terminar con todo.

-Vení, boludo, que ya se le pasó el miedo escénico a este… ¿Quién lo mató a Dardo?

  Los miré. Sánchez Morando había recibido tres o cuatro trompadas más.

-Docabo y el Dengue.

  Contuve la respiración.

-Docabo y el Dengue –repetí, con suavidad.

-¿Qué más? –habló el Viejo.

-¿Quién dijo de matarlo?

-Lo decidimos con Thiago. Más de Thiago fue.

-Linda parentela la del Bebi –comentó el Viejo, con desgano–. Seguí, flaco.

-¿A quién se le ocurrió primero? ¿Y por qué?

-A mí se me vino… –comenzó a explicar Sánchez Morando, pero el Viejo no lo dejó.

-El mundo abajo se te vino, Morandito. La idea fue de él, Rodríguez, ¿o no te lo dijo el Chelo en la muni?

-Sí –respondí, y volví a concentrarme en el otro–. ¿Pero ahí a quién fuiste a hablar?

-Hablá, nene.

-Tres puntas. Mi suegro. Primero Thiago, que habló con el abuelo. Yo a la vez hablé con mi suegro. Y recién ahí hablamos con la gente de La Plata. Yo tenía una conocida metida, una conocida. Estaba mi hermano. Y cuando conseguimos el ok, Thiago se reunió con Docabo.

-Leal, Docabito –ironizó el Viejo.

-¿Hablás de tu hermano el que labura en Capital?

-Ch, ch –me frenó el Viejo–. Hasta ahí nomás ese tema. El hermano es pareja de una de las pibas de Driscoll, dejalo ahí.

  Me acordé de la libreta que tenía Dardo. Una hoja casi en blanco, dos nombres escritos en verde: “Gabriel Sánchez Morando / Yerno de Driscoll”. Era un único nombre, Gabriel Sánchez Morando, el yerno de Driscoll. 

-Dardo se dio cuenta de todo –hablé, pero la voz parecía de otro–. Dardo se enteró.

-Nos vio hablando la madrugada del primero en la puerta de la cancha.

-¿A quién?

-Y a los días, dos o tres días, nos enteramos que vos ibas a ir de presidente. No nos daban los tiempos.

-¿A quién los vio hablando?

  Me miró con desprecio, desde abajo, y creí ver algo similar a una sonrisa.

-Chupame la verga, Cazador.

  Hice un paso pero el Viejo me frenó. Me estaba apuntando con una pistola negra, opaca y pequeña.

-Pillo ahí, Rodríguez. Andá terminando. Y vos –le habló a Sánchez Morando, empujándole la nuca con el caño del arma–, contestá y quedate calladito la boca. ¿Qué vio el pibe?

-Nos vio hablando con mi hermano en la cancha. Salimos de una fiesta y pasamos. Nos frenamos, estábamos pasados de vueltas. Y este pasó justo, estaba en bicicleta.

-¿Y qué les dijo?

-Nada.

-¿Nada?

  Hizo un silencio de algunos segundos.

-Fue la manera en que nos miró… A uno íbamos a tener que hacer cagar. Era él. O eras vos. Thiago quería darle a tu hermano. Pero bueno, fue él. Teníamos que acelerar. Docabo también, quería metérsela a tu hermano.

-Vayan cerrando –pidió el Viejo, moviendo la muñeca donde tenía el reloj.

-Pero no entiendo.

-Me importa un carajo.

-¿Y el Dengue? ¿Qué tenía que ver el Dengue?

-Contestale clarito –habló el Viejo.

-El Dengue… Eso era otra cosa. Driscoll me dijo que haga lo que quiera, pero con cuidado. Y de paso ver si podía embarrarle la cancha a Lozano, porque la elección iba a estar disputada. Sumamos al Dengue por Docabo. Docabo, pero Driscoll también, querían partirle los barrios en dos a Lozano. Por eso vino el Dengue.

-Dengue estaba a diez puntas, Rodríguez –me clarificó el Viejo.

-¿Entonces, pedazo de hijo de puta, mandaste a matar a Dardo porque te vio hablando en la cancha?

-Lo matamos por idiota –me respondió con frialdad–. Por gil. Demasiado fanático, podía hacer una chiquilinada. Yo apenas lo conocía, esto fue más por Thiago.

-La reconcha de tu madre.

-Andá a buscarlo a él.

-No, quedate tranquilo que este no va a buscar a nadie –aclaró el Viejo.  

-No –confirmé, con lo último que me quedaba de voz–. Con vos me alcanza.

-Ahí nomás, Rodríguez, que me tengo que ir –dijo el Viejo, mientras colocaba dos balas con parsimonia–. ¿Te convenció? ¿Le das vos?

-No me maten, por favor… Tengo plata.

-No… No sé.

-¿Vas a poder dormir hoy a la noche? Mirá que por ahí prendés la tele y aparece la madre llorando…

-No me maten. No me maten.

-Decime vos, yo pongo la música bien alta y en dos segundos terminamos la cosa.  

  Retrocedí dos pasos, hasta sentir la pared contra mi espalda. Lo miré a Sánchez Morando. Ponerle el pecho a un puñado de cucarachas que querían hacer un negocio millonario pasando por encima de sus sentimientos, para ese hijo de puta, era una chiquilinada. Apreté los puños. O mejor dicho, me di cuenta de que tenía los puños apretados, los dientes apretados, el corazón apretado. Me acordé de la última vez que lo vi a Dardo con vida. Me acordé del último audio, de sus últimas palabras, de su vida entregada al Furgón, de sus locuras para que el club volviera a nuestras manos…

  Le habíamos cumplido solo a medias. Pero los pibes volvieron al club. Y pudimos salvar al Andén. Suficiente.  

-Hacelo cagar vos, Bustos –hablé, dándole la espalda a la escena–. Yo me voy caminando.

-No, por favor… –escuché hablar al muerto.

-Está bien –aceptó el Viejo–. Andá nomás. Y que te garúe finito, Cazador.

  Subí las escaleras rengueando, con los ojos llenos de lágrimas. El Viejo puso un bolero a alto volumen. Aceleré el paso, asustado, con el pecho roto de tristeza. Y por fin salí de la casa.

  Caminé. Caminé mucho. Crucé Almafuerte caminando. Sabía dónde encontrarlo. Desde el día de mi vuelta lo sabía.

  Atravesé el tapial oxidado de la entrada e ingresé al humilde predio de la parte más abandonada de Almafuerte, donde las reglas eran otras a las que imperaban en el fútbol argentino. Nada de insultos ni de hipocresías. Todo de frente, mirándose a los ojos. Sin envidia, sin miedo y sin maldad, como le dijeron una vez a Bob Dylan y como él le decía a cada grupo de chicos y chicas. En el Almafuerte Sport, de la ignota liga lujanense, el fútbol era un juego donde los chicos aprendían a hacerse hombres. Hombres y mujeres leales, sinceros y solidarios con el compañero de al lado.      

  Con pasos lentos y las manos escondidas en los bolsillos, crucé una cancha de tierra donde entrenaba un grupo de arqueritos. Hicieron silencio. Me hice visera con la mano para verlos mejor.

-¿Fito?

-Hola. En la cancha del fondo, don –me contestó un flaquito con cara de velociraptor.

-Gracias, nene.

  En algún momento de la caminata, había dejado de llorar, pero cuando lo nombré, terminé de romperme por dentro. No sabía si llegaría de pie hasta estar frente suyo. No daba más. Pero di un paso, luego otro, y otro más. Hasta que lo divisé, de pie en la mitad de la cancha, y me olvidé de todo.

  Tenía una remera blanca, un silbato en el pecho y llevaba puestos los botines negros de siempre. Le estaba dando una indicación al volante central; por los gestos, intuí que le estaba enseñando que no pidiera la pelota de espaldas en la salida desde el fondo.

  Cuando me vio parado al borde de la cancha, dejó de hablar. Creó que dudó. Pero finalmente me hizo una seña para que entrara. Cabizbajo, crucé la cancha.     

  Me frené a dos metros, con los chicos corriendo a nuestro alrededor. Fito Vargas, mi maestro, mi segundo padre, no sonrió. Solo me miró de pies a la cabeza, con un gesto de desaprobación.

-Te estoy esperando hace un año, Valentín. ¿Por qué no venías?

-Porque soy un boludo.

  Sonrió, pero solo con los ojos.

-No. No sos un boludo… Pero se ve que aprendiste algunas mañas en este tiempo, ¿no?

  Cabeceé, porque no me salían las palabras.

-¿Valió la pena?

-No. La verdad que no, Fito.

-Bueno. Ahora ya está. Ya está –repitió, sacando un chupetín de un bolsillo y alcanzándomelo–. ¿Te vas a quedar a acompañarme? Ya arrancan los chiquitos, los dos mil diez y dos mil once.

-Sí, me quiero quedar –le respondí, agarrando el chupetín de naranja.

-Al pelo. Y las mañas andá sacándotelas, porque a mí no me gustan y a los pibes no les interesa. ¿Estamos?

-Estamos.

-¿Seguro?

-Sí. Seguro, Fito. Gracias.

-No hay por qué. Andá a limpiarte un poco, Valentín. Y volvé que ya empezamos.

  Me di vuelta. Ubiqué la canilla, junto a una pila de troncos y un par de bicicletas, y caminé como si hubiera despertado de una pesadilla feroz. El sol me daba de lleno en la cara, pero ya no me molestaba. Sería mi compañero durante todo el verano, el testigo indiferente de un trabajo silencioso, anónimo y noble encabezado por Fito Vargas, que como no pudo ganarle a tanta mierda, se alejó y arrancó de cero en otro lado, lejos de las luces, lejos de los flashes, lejos de los ruidos. Cerca de los pibes de ojos brillosos y soñadores. En el barro. En la gloria.         

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

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