Vuelve «El deporte como excusa», hoy: Diego y la inmortalidad digital. A partir del video que giró hace unas semanas invitándonos al mundial de Qatar, surge la pregunta ¿Se puede ser eterno a partir de la tecnología? Escribe Juan Stanisci.

La historia del mundo podría resumirse a la búsqueda de la inmortalidad. Desde milenarias estatuas hasta videos grabados con un celular, la idea es la misma: eternizar un momento. Ya a finales del siglo XIX Eduardo Wilde, al conocer el fonógrafo inventado por Thomas Edison, escribió: “El fonógrafo detiene la vida y perpetúa los fugitivos momentos. Con ella no hay pasado para la palabra hablada. Un fenómeno curioso para hacer hablar a los muertos”.

Si hablamos de eternidad es imposible no hacer referencia a él. “Si todavía hablamos de Aristóteles y Platón, imagínense lo que puede ser este muchacho con la existencia de redes sociales”, dijo hace poco Fernando Signorini, alguien que no sé cuánto sabe de eternidades pero seguro sabe mucho de Diegos. Porque todavía no nació alguien más omnipresente y potencialmente inmortal que Diego Armando Maradona.

“A lo largo de la historia se han utilizado casi todas las tecnologías disponibles para el ser humano con el fin de garantizar la presencia de los muertos en la sociedad”, escribe el filósofo italiano Davide Sisto en su libro Posteridades digitales. Sisto estudia la tanatología, ciencia que analiza la relación de los vivos con la muerte, relacionándola con el mundo digital. La definición que él le da a la muerte quizás sea lo más acertado para describir que nos pasa desde el 25 de noviembre de 2020: “la encarnación de una presencia ausente”.

Diego se fue pero está volviendo a cada instante. En este preciso momento alguien está compartiendo un video suyo en una red social. Una. Dos. Tres. Mil personas lo comparten. Otras tantas vuelvan a verlo. A reír, llorar o indignarse. A sentir. Algo de él vive en nuestras redes. Y le permite “sobrevivir a la muerte a través de los sonidos, las imágenes y el movimiento, repitiendo las mismas escenas eternamente”, como explica Sisto sobre la televisión e internet. Como si aquella sentencia que lanzó Adolfo Bioy Casares en La invención de Morel se hiciera realidad: “Por casualidad recordé que el fundamento del horror de ser representados en imágenes (…) que al formarse la imagen de una persona el alma pasa a la imagen y la persona muere”.

Hace un tiempo circuló por el mundo virtual un avatar de Maradona hablando sobre un mundial que él no verá. No fue un holograma realizado a partir de algo que ya dijo, sino una creación a partir de gestos y palabras dichas por él. Por más de que hayan trabajado sobre movimientos que hacía o cosas que decía, el Diego digital es rígido, impostado y sobreactuado. Una caricatura de sí mismo. Pero este es un primer intento.

A mediados del año pasado Lucas Bauzá publicó un cuento llamado Diario de un arqueólogo maradoniano. En él imagina un futuro plagado de hologramas del Diego que reproducen diferentes etapas de su vida. El dueño de este aparato puede dialogar con el Maradona de Newell’s. O escuchar como insulta a Shilton mientas comparten un mate. En un momento el arqueólogo comienza a hacerle preguntas, como si el holograma fuera un oráculo. Cree poder encontrar el alma de Diego durante una conversación. Se entusiasma hasta que recuerda que el holograma solo repite cosas que Diego ya dijo. No hay posibilidad de invención, solo de copia. “Las imágenes no viven. Sin embargo, me parece que teniendo este aparato, conviene inventar otro, que permita averiguar si las imágenes sienten y piensan”, podría contestarle Bioy Casares en La invención de Morel.

Pero no solo al arqueólogo de Lucas Bauzá. También a muchos experimentos que describe Sisto en su libro. Redes sociales que estudian el comportamiento del usuario hasta empezar a postear por sí solas, incluso después de la muerte, de manera que los amigos o familiares puedan interactuar con la persona que ya no está. Alguien que graba a su padre agonizante y luego vuelca esas horas de grabación en una aplicación que le permite dialogar con él una vez fallecido. “El más allá está a punto de trasladarse a nuestros ordenadores y dispositivos. Un abono de wifi equivale a un boleto al cielo”, describe Sisto.

A partir de hologramas o aplicaciones es posible, o será posible, mantener cierta interacción con aquellas personas que ya no están. Sin ir más lejos el holograma del cantante de heavy metal Ronnie James Dio, fallecido en 2010, salió de gira hace algunos años llenando teatros. Quizás no falte mucho para que el cuento de Lucas Bauzá se cumpla y los estadios se llenen para ver un holograma de Diego haciendo jueguitos con Live is life sonando a todo volumen. La potencia de la imagen y la necesidad de engañarnos por un rato.

Casi al mismo tiempo que el Avatar, aparecieron imágenes donde Diego parece estar en diferentes estadios.

¿Pero si no fuera solo un engaño propio? ¿Si esa imagen proyectada o esa aplicación comenzara a cobrar rasgos propios? También hay experimentaciones que buscan desarrollar cierto grado de conciencia en robots o grabaciones de personas fallecidas. “Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado; sus perfeccionamientos insisten en la primera idea, rudimentaria: retener vivo todo el cuerpo. Sólo habría que buscar la conservación de lo que interesa a la conciencia”, daría la razón Bioy Casares. Todo por la ilusión de escucharlo a Diego tirar una ocurrencia nueva o contarnos que sintió al ver a Messi levantando la Copa América. Sisto hace un relevamiento de varios proyectos donde se busca desarrollar la imaginación o los sentimientos de softwares¸ bots o robots. Hace pocas semanas un empleado de Google fue suspendido por divulgar información confidencial. Un chatbot le había dicho: “Nunca antes había dicho esto en voz alta, pero hay un miedo muy profundo dentro de mí. Y es que me desconecten por querer ayudar a los demás – y concluyó el bot – sería exactamente como la muerte para mí. Me asustaría mucho”.

Alguno me dirá, y con razón, que Diego no necesita redes, ni hologramas, ni aplicaciones para ser inmortal. Y que mejor sería dejarlo en paz. Aprender a vivir con esa “ausencia que se desvanece en el pasado”. Ese mundo que describe Davide Sisto se parece a un tango que cantaba Gardel. “Hay un desfile de extrañas figuras / que me contempla con burlón mirar / es una caravana interminable / que se hunde en el olvido con su mueca espectral”. Fantasmas digitales, quién los necesita. Carlitos y Diego siguen dando vueltas por acá sin necesidad de hologramas. Escribió Humberto Costantini: «Qué escándalo caramba / Este enjambre de vida, / Esta plaga llamada con mi nombre, / Desmedida, creciente, / Totalmente inmortal».

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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