El miércoles pasado ocurrió en una cancha aquello por lo que amamos el fútbol: lo imprevisible. Eso que nos deja con la boca abierta por minutos. Joaquín Roffé, cronista de viajes, estuvo en el Bernabéu y cuenta todo lo que no vimos en la televisión.

Madrid se muestra gris y el cielo amenaza con llover. Hace frío. La gente camina pesada por la Puerta del Sol, plaza céntrica de la capital española. En el metro nadie habla, casi todos tienen cara de preocupación. A varios les cuesta respirar y otros se agarran la panza, como si todo el vagón hubiese comido la misma tortilla en mal estado. Las agujas del reloj, contagiadas por el ambiente cansino, se arrastran suplicantes para mostrar que son las 17:30 horas. Estamos llegando a la estación Santiago Bernabéu.

Faltan tres horas y media para el partido, pero las afueras del estadio ya están repletas. Con el correr de los minutos y la fundamental ayuda del tapeo y las cervezas, muchos se van relajando. Finalmente, arrancan las canciones que van desde “Somos los reyes de Europa” hasta “Puta PSG” (sí, el machismo en Europa también se consigue). El clima por suerte ya no amenaza con llover. Algunos revendedores ofrecen los últimos tickets a mil euros.

“Hoy lo ganamos, tío. No se cómo, pero tengo mucha fe. Hoy ganamos”, dice un hincha del Real Madrid a mi lado. Realmente no hay motivos para confiar, más que la mística que tiene un club tan grande como este. El Paris Saint Germain no solo viene de ganar 1-0 el partido de ida; es también uno de los clubes más poderosos del mundo gracias a su presidente Nasser Al-Khelaïfiel, empresario qatarí multimillonario. El PSG cuenta con la mejor delantera del mundo. El francés Kylian Mbappe fue campeón del mundial de Rusia 2018 con diecinueve años y es uno de los mejores futbolistas del mundo –si no el mejor-. Ya marcó un golazo en el partido de ida. La prensa española señala que es hincha del Real Madrid y que pronto se pondrá dicha camiseta, por lo cual el debate de estos últimos días fue si debe ser aplaudido o no. Como condimento adicional, también será la vuelta de Messi al Bernabéu después de mucho tiempo. Un estadio donde es odiado, pero también un lugar donde supo divertirse incontables veces.

Falta una hora y media para el partido y ya empieza a entrar la gente al Santiago Bernabéu. Salen a calentar ambos equipos y de repente cada metro cuadrado de césped se riega de perfección. En un área Courtois practica saques largos con el pie con la precisión de un francotirador: todas las pelotas caen donde está parado su entrenador, a sesenta metros. En el área de enfrente entran en calor Messi, Mbappé, Neymar y Di María.  Patean al arco mientras los madridistas sentados a mi alrededor solo pueden levantar las cejas y decir “hoostia” y “joooder”. En el círculo central practican pases Modric, Kroos y Valverde, entre otros mediocampistas. Le pegan con un efecto y velocidad que convierte a la escena en algo magnético que no se puede dejar de mirar. Ninguno falla, todo está aceitado. Me recuerda a un cambio de guardia del Palacio de Buckingham en Londres.

La voz del estadio nombra a los jugadores y Messi es abucheado hasta por el pibe que vende agua mineral en la platea. Mbappé, en cambio, es aplaudido por casi todo el estadio. No recuerdo haber visto algo así en mi vida: aplaudir a tu probable verdugo. “Así quizás falla, los sentimientos pueden jugarle en contra” dice un hombre a mi lado. Suena el himno de Real Madrid y todos gritan bien fuerte “Hala Madrid y nada más”, una frase icónica.

Ahora sí, salen los futbolistas al terreno de juego mientras suena el himno de la Champions League. Me es imposible no emocionarme ya que desde chico soñaba con escuchar esta canción en vivo. No solo es la estampa del torneo a nivel clubes más importante del mundo –es decir, la debilidad de cualquier futbolero-. Es, además, una pieza musical bellísima inspirada en “Zadok el sacerdote” de Georg Friedrich Händel.

Todo luce perfecto; el campo de juego es tan verde que brilla y no se ve un asiento vacío. Hay estufas en los techos, por lo cual pese a ser una noche de invierno al aire libre, no hace frío. Me encuentro detrás del arco, en la famosa tribuna “popular”. Todos están sentados. Intento sacar unas fotos antes del pitido inicial, pero escucho que me gritan “coño, siéntate”. Me doy vuelta y veo que se trata de un viejo encorvado que está tres filas arriba. Parece estar atornillado a ese asiento desde hace cien años.

Arranca el partido y parece venir la golpiza del siglo. Solo tiene la pelota el PSG. Nadie canta. Un hombre a mis espaldas dice “cuidao con el enano”, cada vez que Messi agarra la pelota. Es decir, cinco veces por minuto. Luego, se suma “cuidao con la tortuga” por el parecido de Mbappé con las tortugas ninja. El partido es un monólogo del joven francés. La tira larga y corre, corre y corre. Ver Formula 1 no debe distar demasiado de ver a Mbappé en vivo.  Finalmente, la tortuga anota. Lo anula el VAR. Cinco minutos después vuelve a convertir. Esta vez sí vale.

En el entretiempo hay olor a goleada ya que el equipo local casi no pisa el área rival. De repente comienza a sonar música por los altoparlantes y distingo rápidamente el acento: es L Gante. Pocas veces en la historia habrá pasado que un músico argentino suene en un partido tan importante. Mientras pienso eso, se escucha el silbato para dar comienzo al segundo tiempo.

Pasan ocho minutos y Mbappé convierte un gol de otro mundo. Varios hinchas aplauden. El VAR lo anula por offside. Van tres goles de Kylian, sólo uno válido. Esto desmorona al PSG y rápidamente llega el empate del Real Madrid luego de un error grosero del arquero italiano Donnarumma. Presión y gol de Benzema. La moral y la confianza del equipo parisino se tiraron de palomita desde el último piso de un rascacielos. Los jugadores del PSG ya no acertaban un pase. Pocas veces en mi vida vi tantos errores tremendos seguidos. Y no estoy hablando únicamente de futbol de primerísimo nivel. En canchas del ascenso argentino es difícil que los jugadores den todos los pases mal. La presión del Real Madrid fue tremenda, habían recuperado la fuerza, absorbieron toda la energía que previamente pertenecía a los rivales. El croata Luka Modrić se puso al equipo al hombro con sus treinta y seis añitos.

Entonces llegó el segundo. Presión, recuperación, gol. Otra vez Benzema. Ahora sí, serie empatada. Otra noche mágica de Champions, pensaba, mientras en la tribuna todos se abrazaban con todos. Pero el árbitro debía esperar la confirmación desde el VAR. Tras unos pocos y eternos segundos, cobró finalmente gol. Nuevamente se gritó y nuevamente hubo abrazos. Y entonces ocurrió lo increíble: en plena efusividad donde aún costaba creer que iba 2-1, bajé la vista justo para ver como Benzema definía con un efecto perfecto, pegadito al poste, tan solo diez segundos después de que el PSG sacara del medio. Presión, recuperación y gol. Arte. No podía ser posible. Absolutamente todos en el estadio se agarraban la cabeza mientras negaban sonrientes. Increíble, coño, increíble.

Terminó el partido y seguíamos todos diciendo esa palabra en voz alta: increíble. Acaba de ocurrir algo histórico, el Bernabéu se comió entre dos pancitos un bocata de PSG. Una pareja baja las escaleras rumbo a la salida. El hombre le dice a la mujer que con dinero no se puede comprar mística. Ella asiente mientras lo abraza. Ambos llevan puesta la camiseta de Benzema.

Joaquín Roffé
Periodista y escritor de El pasado que vuelve (crónicas de viaje por Europa del Este).
Instagram: @joaquinroffe

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