Hoy cumple 117 años Belgrano de Córdoba. La primera camiseta que vistió Diego después ganar el mundial en el 86 fue la del Pirata en un amistoso contra Vélez en el viejo Chateau Carreras. Te contamos la historia en esta crónica. Escribe Juan Stanisci.

Martín Araya entra en el Registro de la Propiedad de la Ciudad de Córdoba. Trabaja ahí. Se acerca a una de las fotocopiadoras libres. Saca un papel de su bolsillo con la firma de Diego Maradona y la mete adentro. Hace una copia. Después otra. Y otra. Las corta y las acomoda dentro de la máquina una vez más. Ahora sale una plancha entera llena de reproducciones del original. Hace más de una. Las corta con precisión y las guarda dentro de un folio. En tiempos donde la viralización todavía no existe, Araya reparte las firmas de Diego fotocopiadas entre sus amigos.

En abril de 1986 Belgrano había ganado el campeonato regional con cuarenta partidos invicto. En la segunda parte del año los Piratas serían parte de la primera edición de la B Nacional. Martín Araya, el encargado de repartir las firmas de Maradona, era el utilero del equipo.

El 10 de julio de 1986, once días después de levantar la Copa del Mundo, Diego Armando Maradona volvió a pisar una cancha de fútbol. Su primer partido como campeón y mejor jugador del mundo indiscutido no fue rodeado de grandes estrellas. No hay ningún video del partido. Solo quedan algunas fotos y los testimonios de quienes compartieron algunas horas con él.  

Juan Manuel del Campillo tenía once años esa noche. Hoy es dueño de una librería, colecciona camisetas e integra la agrupación Belgrano Cultura. “Es un misterio como se gestó. Con el tiempo me enteré que la idea fue del Gallego Vázquez, que había sido jugador de Boca y en ese momento jugaba en Belgrano. Parece que habló con un dirigente y le dijo ‘¿Querés que lo llame a la casa a ver si se prende?’ y Diego le dijo ‘Sí dale, voy’. Pero no se sabía.”, cuenta Juan Manuel.

Pablo Kratina era delantero. Comenzó su carrera en Belgrano a principio de la década del 80. Jugó en varios clubes de Córdoba, en Perú y en México. Integraba el plantel de Belgrano que había salido campeón invicto cuatro meses antes. Estuvo en el vestuario esa noche pero finalmente quedó afuera del banco de suplentes. “Para mí fue una idea del Negro Jota Jota López. Me acuerdo que Diego se fue a sentar al lado de él. Se quedaron charlando y contándose anécdotas”.

La noticia empezó como un rumor. El domingo anterior en la sección deportiva de La Voz del Interior, entre las noticias con posibles traspasos, nuevos refuerzos o amistosos de los equipos de la ciudad, un recuadro llamaba la atención. Maradona podría llegar a Córdoba para jugar un partido a beneficio con la camiseta de Belgrano.

Abel Blasón es uno de los máximos goleadores de la historia de Belgrano. También jugó en Talleres de Córdoba. Aquella noche fue titular. “Nosotros nos enteramos el lunes. Jugamos un jueves. La copa del mundo la habían ganado el domingo anterior y nosotros nos enteramos el lunes a la tardecita”, Pablo Kratina concuerda con él. José Luis Villarreal, volante de Belgrano titular en el partido, comentó en una entrevista con Cadena 3 que se enteró el mismo día.

Ariel Ramonda era delantero. Lo apodaban El Tanque. Aquella noche no jugó por estar lesionado. Pero no se perdió la chance de estar en el vestuario: “Nos enteramos por el sponsor de él que estaba en la camiseta, que venía a jugar un partido contra Vélez en el Chateau Carreras”.

Los días se iban quemando. El rumor crecía pero nadie se animaba a confirmarlo. La presencia de Diego era una incógnita. Las entradas se vendían con lentitud. “El partido fue un jueves y las entradas se habrán empezado a vender el miércoles o ese mismo jueves. No se sabía si venía o no. No era firme. Con Diego no se sabía hasta último momento”, recuerda  Juan Manuel del Campillo.

Lo que empezó como un rumor, se acercaba cada vez más a una certeza. El mejor jugador del mundo jugaría un amistoso benéfico contra Vélez. En el equipo de Liniers estaba otro campeón del mundo: José Luis Cucciufo, uno de los dos cordobeses integrantes del plantel de México. Era la oportunidad para homenajear a los campeones: la figura y al hijo de la ciudad.

En la mañana del 10 de julio el rumor se hace noticia. «La afición de Belgrano se dará el lujo de contar en sus filas, aunque tan sólo por 90 minutos, al mejor jugador del mundo», dice La Voz del Interior. Los noticieros solo hablan de Diego. Maradona aterriza en Córdoba esa misma mañana. Es llevado a la legislatura de la ciudad donde le entregan una plaqueta. Políticos, periodistas y empleados administrativos, todos quieren acercarse al ídolo nacional. Los hinchas de todos los clubes se entusiasman. Con Diego en la ciudad las entradas para el partido de esa noche contra Vélez se empiezan a vender con mayor rapidez. 

El plantel de Belgrano está concentrado en el hotel del Automóvil Club Argentino. La Avenida Sabatini, donde se hospedan, es una de los ingresos a Córdoba. Los jugadores esperan. Les dijeron que Diego iría a merendar con ellos. Luego partirían juntos hacia el estadio. Pero Maradona no aparece. Algunos dudan. Otros directamente mantienen su certeza: Diego no viene. Salen solos hacia el estadio. Saben que está en la ciudad, pero ignoran cómo y cuándo será el encuentro

Diego Maradona abre la puerta y entra al vestuario local del Chateau Carreras. Lleva un par de botines abajo del brazo, como si faltara uno para el picado y lo hubieran llamado de urgencia. Los jugadores Belgrano dejan de hablar o vestirse. Diego va armando un semicírculo imaginario de izquierda a derecha. Se acerca uno por uno y saluda a sus ocasionales compañeros, al utilero, a los chusmas y a los periodistas. Al finalizar la ronda lo ve a Juan José López. “Me quedo acá, me quedo acá”, dice. Y empieza a vendarse los pies. “Él quedó entre Jota Jota y yo. Me cambié al lado de él”, cuenta Abel Blasón

Mientras los jugadores se visten, el lugar va llenándose de curiosos, fotógrafos, periodistas y dirigentes. “Toda la gente que había dentro del vestuario quería sacarse fotos. Quería estar con él. Demoraba en cambiarse por ese mismo tema. En un momento se acerca a buscar una botella de agua, fui con el utilero y nos sacamos una foto”, cuenta Ariel Ramonda. Además de la foto el utilero le pide que le firme en un papel. El original de las fotocopias.

Ariel Ramonda estaba lesionado pero igual estuvo en el vestuario y se pudo fotografiar con Diego. Foto del Archivo de Ramonda.

 “En ese momento no le di la importancia que tenía. Uno cuando es protagonista de esas cosas no se da cuenta de lo que está viviendo. El futbolista siempre piensa en el próximo partido, en la próxima concentración, entonces cuesta darle valor a las cosas en el momento. Lo mismo me pasa con el campeonato que ganamos ese año. Sabía que estaba frente al mejor del mundo, pero no le di la magnitud que tenía”, cuenta Pablo Kratina.

José Luis La Chacha Villagra es uno de los máximos ídolos de la historia de Belgrano de Córdoba. Uno de los jugadores más talentosos en vestir esa camiseta sin dudas. Muchos hinchas piratas se quedaron con las ganas de verlo tirando paredes con Diego. Esa noche La Chacha estaba lesionado. Eso no lo privó de estar en el vestuario y poder sacarse una foto con Diego. Esa imagen fue parte de su living durante muchos años. “¿Quién es ese que está al lado tuyo, Chacha?”, le decían algunos amigos.

Diego intenta cambiarse mientras le piden fotos y autógrafos. Alguien se acerca y le dice que no se apure. José Luis Cucciufo, el otro agasajado de la noche, tiene que viajar desde Bariloche y su avión está retrasado. Y con él todo el partido.

“Yo siempre tuve conciencia de lo que era. Pero no me imaginé que era tanto así. Vos tenés la dimensión de que viene Diego, el mejor jugador del mundial, en el esplendor de su carrera a jugar a Belgrano. Pero yo no me imaginé nunca la movilización que hubo una vez que llegó”, recuerda Abel Blasón.

Muchas de las imágenes que circulan fueron tomadas dentro del vestuario. La mayoría son las individuales que sus compañeros le pedían. Hay una de Diego sacándose la camiseta que no usaría, pero que sí vistieron sus compañeros. Porque Maradona esa noche, como si hiciera falta para distinguirlo, usó una camiseta diferente. Por cuestiones contractuales se puso una camiseta con sponsor diferente. Los jugadores de Belgrano estrenaron la marca Georgalos. Hay una foto de Diego con esa camiseta con el resto de los jugadores. En ella cruza el brazo por sobre su pecho para tapar el logo. En su lugar utilizó una que decía Atlantic Travel Tour. “La camiseta se la armó utilería a último momento. Era una camiseta de Sportlandia vieja que encima de la marca le pusieron el escudo de Belgrano”, explica Juan Manuel del Campillo.

Salen del vestuario hacia la cancha de básquet del Chateau. Van a hacer la entrada en calor. Algunos jugadores no pueden salir del vestuario por la cantidad de periodistas y fotógrafos. Diego, acostumbrado a caminar entre multitudes, logra pasar. “¿Este tipo estará acostumbrado?”, le dice Abel Blasón a Ramonda. Se ríen nerviosos. Van llegando a la cancha. Futbolistas, periodistas, fotógrafos y dirigentes lo miran como si fuera algo más que un ser humano. Con los cordones de los botines sin atar Diego juega a embocarle al aro de básquet. No erra ningún tiro.

 En el vestuario visitante suenan los aplausos tras la aparición de José Luis Cucciufo. La cantidad de gente, en relación al otro vestuario, hace parecer que se está en dos estadios diferentes. “Nosotros con el Turquito (García) llegamos a Vélez y a los días llega él (Cucciufo), campeón del mundo. Un ser humano extraordinario, una humildad impresionante y un fenómeno de jugador. Era un placer jugar con él, una enorme garantía”, recuerda Claudio Cabrera compañero en Vélez y titular esa noche.

A las 21:22 las luces del Estadio Chateau Carreras se apagan y el público se enciende. Retumban en los descampados los fuegos artificiales. Ingresan los equipos. “¡Vamos a jugar que me quiero divertir, eh!”, grita Diego. Sabe que la presencia de Maradona no es igual que la del resto de los mortales. Pero en ese momento no es Maradona. Es Diego, un pibe de Fiorito que quiere jugar al fútbol en una cancha de Córdoba.

El campo de juego está lleno de gente. Fotógrafos, dirigentes, allegados, chusmas, periodistas y, entre ellos, los jugadores. A Diego y a Cucciufo les entregan plaquetas en homenaje por el título conseguido diez días antes. Es el momento de la foto histórica. La que todos guardarán para siempre.

“Ustedes nos sacan la foto con el equipo. Les doy treinta segundos para que saquen la foto y después me dejan de hinchas las bolas”, les grita Diego a los fotógrafos. Maradona sale a defender al Diego que quiere jugar. Pasan los segundos y los fotógrafos siguen ahí. “Ya les dije que eran treinta segundos, no quiero saber más nada. Déjenme en paz, déjenme divertirme. Váyanse”, ordena.

“Cuando salimos a la cancha y nos sacamos la foto del equipo somos diez, faltaba uno”, recuerda Abel Blasón. En el apuro de Diego por sacarse de encima a los fotógrafos, se olvidó un compañero. Pasan los treinta segundos que les dio pero los fotógrafos siguen ahí. Lo persiguen haciendo jueguitos. Se acercan cuando saluda al público. Harto pide un par de pelotas más. Las levanta y les empieza a tirar pelotazos para que se vayan. Los jugadores de Belgrano lo miran espantando fotógrafos y se ríen.

El partido se juega como el amistoso que es. Igualmente Diego muestra que la electricidad de México seguía en sus venas. Cada vez que empieza a encarar, esa electricidad se traslada a las tribunas. Intenta varias apiladas. “Me acuerdo del murmullo que se sentía en la cancha cuando él arrancaba con la pelota y empezaba a apilar gente. Las veces que Diego encaraba se sentía un murmullo muy particular”, cuenta Juan Manuel del Campillo.

A los 23 minutos Adrián Bianchi pone a Vélez arriba. A los cinco del segundo tiempo lo tocan a Gustavo Parmigiani adentro del área. Penal. “¿Quién lo patea?”, pregunta Diego. Él, le responden señalando a Abel Blasón. “Tomá, patealo”, le dice. “No Diego, patealo vos”, le responde. Diego insiste. “No no maestro, patealo vos”, se mantiene firme Blasón. “¡Ni en pedo lo iba a patear yo!”, recuerda Blasón.

Bartero, el arquero de Vélez, va para un lado y la pelota hacia el otro. El murmullo eléctrico vuelve a crecer. El palo la devuelve como se rechaza un amor olvidado, pero la pelota, fiel, cae a los pies de Diego que la empuja hacia la red. “¿Por qué no lo grita?”, se preguntan en la tribuna. En aquella época había una regla que decía que la jugada terminaba si la pelota daba en los palos o la atajaba el arquero. “Yo que tenía once años no entendía por qué se lo habían anulado, después alguien en la tribuna me explicó”, cuenta Juan Manuel del Campillo.

A los 23 del segundo tiempo Gustavo Parmigiani empata el partido. El resultado no vuelve a moverse. El pueblo Pirata vio a Diego con su camiseta, pero no pudo gritar su gol. “Los que tuvimos la suerte de jugar esa noche guardamos un montón de alegrías en el corazón, un recuerdo bárbaro. Fue para mí lo mejor que me pasó en la vida como profesional. Creo que estuvo un poco más arriba que el campeonato regional que ganamos con Belgrano. Porque jugó para Belgrano, con nosotros. El estadio lleno y no era fácil que, semejante personaje como lo es Diego, se haya puesto la Celeste y nos haya dado la alegría de divertirnos los 90 minutos esa noche. Fue maravilloso desde que llegó hasta que se fue. Inolvidable e indeleble”, dice Abel Blasón.

Toda una camada de jugadores que habían hecho historia unos meses antes, mantiene vivo el recuerdo de esa noche en el Chateau Carreras. “Fue mágico. Fue inolvidable. Conocerlo fue impactante”, cuenta Ariel Ramonda. “Cada vez que me acuerdo me posesiono mucho, me da mucha cosa de adentro. Uno lo extraña con amor, mucho amor. Es lo máximo para mí”, dice Abel Blasón. ¿Cómo se vive la noche posterior a compartir el vestuario con Maradona?  Ramonda no tiene la respuesta pero sí la experiencia. “No pude dormir la noche anterior y menos que menos esa noche”.

Diego abrirá la puerta de ese vestuario cada vez que Ramonda, Blasón o Kratina cierren los ojos. Juan Manuel del Campillo continúa buscando la camiseta que usó aquella noche. Y en más de una casa de Córdoba habrá un portarretratos o un cuadrito con una firma fotocopiada de Diego.

Este texto forma parte de Crónicas Maradonianas, nuestro primer libro. Podés conseguirlo acá.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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