Anoche en el Estadio Mario Alberto Kempes, en Córdoba, Estefanía Banini volvió a la selección después de casi tres años. Su historia buscando club en el fútbol mendocino y la alegría de volver a verla con la celeste y blanca. Escribe Juan Stanisci.

A los cinco años Estefanía Banini entró a su casa, en Mendoza, juntó a sus padres y les dijo: “quiero jugar al fútbol”. Pensaron que le duraría un par de semanas. Intentaron llevarla a practicar otros deportes. No hubo caso. La pequeña Banini ya había decidido que su futuro tenía que pasarse entre gambetas, caños y goles.

“Era la mejor de mi grupo de amigos”, recuerda su hermano Hernán. Cuando jugaban contra otro equipo trataban de convencerlos de que Estefanía era mala jugando, que solo la incluían para que no se quedara sola. Dejaban al otro equipo hacer uno o dos goles. Entonces la Estefanía empezaba a jugar. Ganaban siempre.

Pasaban los meses y Banini seguía con el mismo pedido: jugar a la pelota. La madre se decidió a buscarle un club. Creyó que sería lo mismo que con los otros deportes. Al poco tiempo entendió que no. Ningún club quería tomar una chica para que juegue con varones. Banini era rechazada sin siquiera tener una prueba. El último intento fue el club cerca de su casa: Cementista de Las Heras.

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Parece el juego de “El piso es lava”. La línea que tiene delante marca que ahí no se puede pisar. Que no hay ansiedad, ni nervios, ni ganas de gritar que valgan. Hay que esperar. Si espero casi tres años, como no va a aguantar un par de segundos hasta Jaimes patee y así poder descargarse. Tres minutos pasaron desde que arrancó el partido. Recibió por izquierda. Habilitó. Volvió a pedir la pelota. Juntó una, dos, tres y descargó. Medio sucio, pero descargó al fin. Y en el barullo de las piernas una mano. La referee que cobra penal. Y acá está. Esperando que vuelva a sonar el silbato. Del otro lado de una línea imaginaria que divide lo que sí y lo que no. Ella está más a la izquierda que todas. Suena el silbato. La delantera y la arquera chilena eligen el mismo palo. La mayoría mira. Ella ya está adentro del área cuando la pelota rebota en los aguantes de la arquera. Viene hacia ella. Pero a veces las ganas complican todo: un arrebato de Jaimes por enmendar el penal errado termina en saque de arco.

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Cuando entraron, los chicos estaban practicando futsal. La madre de Estefanía se acercó a quien dirigía la práctica y le preguntó si su hija se podía sumar. Eduardo ‘Perico’ Pérez no dudó, la respuesta fue sí. Al día de hoy, no encuentra motivos para que chicos y chicas no puedan jugar entre sí.

Los primeros dos partidos no hubo problemas. Al tercero, ‘Perico’ Pérez se encontró con que Cementistas podía jugar, Estefanía no. Eran el único club con una piba en el equipo y los organizadores decidieron sacarla del torneo. Una chica no podía andar pateando con los varones. La madre y el padre de Banini se quejaron. “Pasaban los partidos y no entendía por qué no podía jugar” contó. Banini entendió el peso de la discriminación sin tener que abrir un diccionario para buscar su significado.

Finalmente consiguieron que la dejaran participar del torneo. Para eso, los padres tenían que firmar un poder donde se hacían cargo si ella se lesionaba. No sería la última vez que le pusieran una traba para poder jugar a la pelota.

“Contra los equipos que nos enfrentábamos no éramos Cementistas, éramos el Equipo de la Chica”, recuerda Banini. No sabían que esa forma despectiva de referirse al club, terminaría siendo una realidad. Hoy Estefanía Banini es la máxima referente de Cementistas, la jugadora más importante de su historia y cuando se refiere al club lo hace llamándolo “el patio de mi casa”.

Foto: José Luis García

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Hay un secreto dentro del fútbol que pocos y pocas conocen. Un pequeño detalle que marca diferencias enormes. Ese secreto consiste en golpear a la pelota con la fuerza necesaria para tenerla siempre en órbita. Es decir, llevarla con toques cortos. Eso permite, entre otras cosas, repentinos cambios de ritmo, velocidad o dirección, gambetas en el último instante. El tiempo y el espacio juegan más a favor de quien tiene la pelota si se la lleva pegada al pie. Banini, conoce el secreto. Y no es que solo lo sabe: también lo ejecuta. Y mientras lo lleva a cabo, levanta la cabeza y sabe donde están sus compañeras. Gambetea. Juega en corto. Juega pases largos. Aguanta cuando hay que hacerlo. Y todo lo hace con un alto nivel de estética y efectividad. Belleza al servicio del equipo.

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Tenía 16 años y nunca había salido de los cuarenta metros por veinte de una cancha de futsal. Para poder dedicarse al fútbol, necesitaba pasar a la cancha de once. Silvana ‘Colo’ Villalobos era la técnica de Las Pumas, un equipo pionero en fútbol femenino a nivel provincial y nacional. Le habían hablado bien de una chica que jugaba con varones en Cementista. Fue a verla. “Era la única nena entre todos varones y su juego era asombroso”, relata Villalobos.

Al principio le costó adaptarse, conocer las posiciones y la forma de moverse en la cancha. Seguía corriendo para todos lados, como hacía en Cementistas. Villalobos le fue explicando cómo tenía que moverse una número 10. Todas sus compañeras eran adultas. Jugaban y trabajaban. O mejor dicho, primero trabajaban y después jugaban. Entrenaban a partir de las diez y media de la noche, para que todas pudieran estar. A veces terminaban a la una de la mañana.

Para quienes no acostumbran leer o conocer las historias de las jugadoras, puede resultar llamativo que una adolescente comparta cancha con adultas. Pero no es la excepción sino la norma. Como los clubes no suelen tener divisiones inferiores, algo que se fue mejorando en los últimos años, terminan jugando chicas de 13 con mujeres de treinta. Los procesos se aceleran y la formación no es la adecuada. Por eso es habitual ver jugadoras con quince o dieciséis años en los equipos de primera división.

Con Las Pumas, Estefanía Banini fue campeona provincial y empezó a jugar los llamados Nacionales, donde se enfrentaban los equipos campeones de todas las provincias. Estos torneos eran seguidos por el cuerpo técnico de la selección argentina. La vieron y la convocaron.

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Arranca por la derecha por primera vez en el partido. El equipo rival quedó partido en dos. Seis delante de la línea de la pelota y cinco detrás. Pelota, que dicho sea de paso, ahora tiene en su botín derecho y está empujando hacia la línea que divide la cancha en dos. Como si fuera un imán con dos polos, hay un grupo de rivales que se esfuerza por acercarse a ella y otra que se aleja. Repele y atrae a la vez. Corta camino en diagonal. Potencialmente son cuatro contra cuatro. Ella lleva la pelota y es hipnótica. La lateral derecha, en vez de quedarse con su marca se cierra. En cualquier otro caso estaría mal lo que hace. No en este. Frena la marcha y deja que dos perseguidoras se acerquen. Las cuatro defensoras casi no tienen lugar para continuar alejándose. Cuando logra tener tres rivales en su órbita, descarga a la izquierda. A ese resquicio dejado por aquella lateral que no sabía si acompañar a su marca o cerrarse con sus compañeras. Abre a la izquierda y va a buscar el cabezazo. Se mete entre aquellas que antes se alejaban. Y espera lo natural: que la pelota venga a buscarla.

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Las citaciones no eran como las de la selección masculina. Estefanía tenía que viajar a Buenos Aires para pasar pruebas. Viajaba los lunes por la noche durante dieciséis horas hasta llegar a la Capital. Jugaba y le decían si quedaba o no para la próxima instancia. Finalmente fue citada para jugar un torneo preparatorio para el Sudamericano en Chile. Era la primera vez que salía del país para jugar al fútbol. Banini no sabía que ese viaje significaría su alejamiento definitivo del fútbol argentino.

La selección argentina le permitió dedicarse al fútbol. En Chile la vieron de Colo-Colo, uno de los clubes de Sudamérica con mejor desarrollo en fútbol femenino. Le ofrecieron un sueldo, casa y poder estudiar. A pesar de tener ofertas de Buenos Aires, Estefanía no dudó. Aunque el país fuera otro, estaría más cerca de Mendoza.

En Colo- Colo conoció una utopía llamada profesionalismo. Fue campeona de la Copa Libertadores y de nueve títulos nacionales. En 2015 cumplió su segundo sueño: viajar a la mejor liga de fútbol femenino, la de Estados Unidos. Llegó al Washington Spirits, pero a las pocas semanas se lesionó la rodilla derecha. En algún punto, la falta de preparación en la etapa formativa pasa factura cuando se salta al fútbol profesional.

Volvió y fue elegida la mejor jugadora del mes en julio de 2016. Pasó al Valencia español. Volvió a Washington. Se fue al Levante. En el medio la locura de la clasificación a Francia 2019 y la pelea con Carlos Borrello, el ex técnico de la selección, le valieron tres años afuera del seleccionado. Fue por algo de lo que no se habla tanto cuando se hace referencia al fútbol femenino: el juego. Banini junto a otras jugadoras le reclamó al entrenador abandonar los planteos defensivos y buscar más el arco contrario. Borrello se fue. Llegó Germán Portanova pero ella seguía sin ser convocada.

En julio de 2021 la compró el Atlético de Madrid. Fue elegida dentro del equipo ideal de Sudamérica en la década 2011-2020. En enero una votación en FIFPRO la puso dentro del once ideal del 2021. Pero de la selección, nada.

El 28 de marzo pasado la justicia apareció en forma de noticia: Banini volvió a ser citada a la selección argentina. Anoche volvió a ponerse la celeste y blanca. Fue en un amistoso contra Chile, justamente el país que le dio la posibilidad de profesionalizarse. El próximo domingo habrá otro amistoso contra la misma selección, pensando en la preparación para la próxima Copa América en Colombia. A pesar de la derrota por 1 a 0, el retorno de Banini tuvo un gran nivel. Si hay Banini, hay magia.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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