Nacido en Arabia Saudita, pero emiratí por elección, Omar Abdulrahman es uno de los jugadores más elegantes y talentosos que dieron esas tierras. Hoy es el aniversario de su primer gol en primera. Texto incluido en Los Otros Maradona. Escribe Juan Manuel D’Angelo.

En las últimas décadas, pocos jugadores despertaron tantas expectativas como el emiratí Omar Abdulrahman. Dueño de una zurda endiablada y una visión de juego poco usuales para futbolistas procedentes de esa región, estaba llamado a ser la primer gran estrella de Medio Oriente. Pero los caminos de Alá pueden ser contradictorios. Ya sea por designio del Supremo o simple mala suerte, el talento de Omar quedó encapsulado en un cuerpo incapaz de seguirle el ritmo. Durante toda su carrera sufrió el martirio que impone el alto rendimiento, aún en una liga relativamente tranquila como la de Emiratos Árabes Unidos (EAU). Desde muy joven, sus rodillas de cristal tuvieron que cargar con el peso de ser el mayor tesoro nacional de un país al que no le faltan riquezas. Su precoz ascenso dentro de la estructura del Al-Ain y sus consagratorias actuaciones con la selección de Emiratos en torneos internacionales lo catapultaron al estrellato dentro del mundo árabe y no tardaron en despertar el interés de los grandes equipos europeos, pero, por diversos motivos, su tan mentado desembarco en el Viejo Continente nunca ocurrió. Hoy, esos días de gloria parecen haber quedado en el pasado y Abdulrahman solo persiste como un recuerdo de lo que pudo haber sido y finalmente no ocurrió.

Nacido en Riad, capital de Arabia Saudita, el 20 de septiembre de 1991, Omar fue el menor de de seis hermanos. Sus padres llegaron al Reino procedente de Yemen, una de las naciones más pobres e inestables de Oriente Medio y que por esos días atravesaba un difícil proceso de reunificación después de años de enfrentamiento entre las facciones pro-occidente y aquellos que se referenciaban en la Unión Soviética. Para los Abdulrahman, una familia de clase obrera que intentaba progresar en un nuevo entorno no siempre amistoso con los extranjeros, el fútbol era más que un juego, era una tradición. El padre, Ahmed, había sido futbolista en sus años mozos y trasladó la pasión a sus hijos Ahmad, Khaled y Mohammed, quienes se la pasaban en las calles pateando una pelota durante gran parte del día. Una vez que Omar aprendió a valerse por sí mismo, el más pequeño de los hermanos se colgó de los pantalones de sus mayores y comenzó a acompañarlos a los picados improvisados. Fue en esos partidos contra niños más grandes que él en donde comenzaría a pulir sus habilidades.

Como suele sucederles a los pichones de cracks, al niño le hacía falta un descubridor y ese fue Abdulrahman Eissa, un scout muy conocido que trabajaba para el Al-Hilal, el equipo más importante de Arabia Saudita. Cuenta la leyenda que Eissa caminaba de casualidad por Al-Malaz, una zona residencial de Riad y, al cruzar por una plaza, se quedó observando un partido improvisado. No era que en ese día en particular el ojeador estuviese buscando talento. Simplemente fue una de esas casualidades que solo sirven para reafirmar la fe en el Todopoderoso. Entre los muchachos, algunos de ellos ya adolescentes, destacaba un pequeño de pelo enrulado que, con sus regates, humillaba a chicos del doble de su tamaño. Ese era Omar Abdulrahman. Al finalizar el picadito, el hombre del Al-Hilal se acercó al joven prodigio y le preguntó para qué club jugaba, con la secreta resignación de que esa joya seguro ya tenía dueño. Sin embargo, grande fue su sorpresa cuando el nene le contestó que no jugaba en ningún cuadro de la ciudad, solo en las calles. Inmediatamente, Eissa se puso en contacto con sus superiores y les informó sobre su nuevo descubrimiento.  Fue así que, a principios del nuevo milenio, el pequeño se unió a la academia del equipo conocido popularmente como el Al-Za’eem (El jefe). Para Amoory –tal es su apodo- fichar para el fútbol base del Hilal era un sueño hecho realidad, no solo por la perspectiva de una carrera como profesional sino porque este era el cuadro de sus amores. Pero la ilusión no duró…

A pesar de haber nacido en el país, el hecho de ser hijo de extranjeros era impedimento para conseguir la ciudadanía saudí completa. Por eso, cuando los directivos del Hilal contactaron a los Abdulrahman para llevarse al muchacho, el padre puso como condición sine qua non que la familia entera sea reconocida como ciudadanos del Reino. Pese a ser la institución deportiva más importante de la nación y el club de la familia real –fue el Rey Saud quien le cambió el nombre por el actual en 1958- había cosas que simplemente no se podían conseguir y solo podían garantizarle la ciudadanía al joven Omar. Finalmente, Ahmed Abdulrahman, se llevó a su hijo hacia otro destino, más precisamente a Emiratos Árabes Unidos (EAU).

Otra vez, el que hizo de nexo fue su descubridor, Abdulrahman Eissa, quien se comunicó con Nasser bin Thaloub, miembro honorífico de la directiva y suerte de cazatalentos en el Al-Ain. Tras oír las loas de Eissa para con Omar, Thaloub decidió comprobar con sus propios ojos si el joven hacía honor a la reputación que ya se había ganado sin siquiera haber debutado en primera. Solo le bastó unos instantes para comprobar que estaba ante un diamante en bruto. El acuerdo entre las partes se cerró rápidamente y, en 2006, los Abdulrahman –ahora ciudadanos de Emiratos- se mudaron a Abu Dabi. Para Omar y sus hermanos, Ahmad y Muhammed, empezaba una nueva etapa de su vida como futbolistas.

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El frustrado despegue

El Al-Ain es, por lejos, el club más importante de los Emiratos Árabes Unidos. Con sede en la ciudad homónima, desde su fundación este cuadro se transformó en el buque insignia del fútbol de su país y al día de hoy es el único en ganar la AFC Champions League, el torneo más importante del continente asiático. En el ámbito local, además de ser la escuadra con más títulos de liga y ganar varias copas, es una de las tres instituciones que nunca han perdido la categoría (los otros son el Al-Nasr Dubai FC y el Al-Wasl). Gran parte de su éxito reside en el apoyo constante del Emir Khalifa bin Zayed Al Nahyan, gobernante de Abu Dabi y presidente de los Emiratos desde el 2004. Ya en sus épocas de Príncipe Heredero del emirato, Al Nahyan se transformó en una suerte de mecenas para el club, donándole un edificio en donde establecer la sede definitiva y también una flota de vehículos. Este vínculo, sumado a los éxitos deportivos conseguidos, permitieron que el Al-Ain se expanda a otras actividades y hoy es una institución deportiva modelo en Medio Oriente, con equipos en distintas disciplinas (incluso llegaron a tener representantes en la Superleague Fórmula, una efímera competición automovilística con escuderías que representaban a distintos clubes de fútbol del mundo).  

En este nuevo entorno, Omar Abdulrahman pudo florecer. Pese a ser rápidamente sindicado como la futura estrella de la selección nacional y de la liga, al joven Omar no le pesó en lo absoluto esa condición. Su ascenso en la academia del club fue meteórico y, con tan solo 17 años, el entrenador Winfried Schäfer decidió subirlo al primer equipo después de verlo jugar en un torneo internacional sub-19. Tan buena fue su actuación en ese certamen juvenil que el Espanyol de Barcelona sondeó al club árabe para hacerse con la ficha del joven prodigio. 

El debut en el primer equipo llegó en enero de 2009, en un partido de la Copa de Liga, donde entró en los últimos minutos del match. Con el chileno José Valdivia como capitán y figura del equipo, durante esa primera temporada Omar fue uno de los habituales suplentes, aunque esto no impidió que viera acción en varios encuentros, principalmente en las copas locales (su primer gol lo convirtió el 11 mayo de ese año y fue ante el Al-Wasl). A la par de sus primeros pasos como jugador profesional, el enganche se consolidaba como uno de los referentes en la selección juvenil. Todo parecía encaminado para que el 2009 sea el año del despegue, pero sus frágiles rodillas tenían otros planes. En un amistoso internacional disputado en Suiza a mitad de año, Omar sufrió una rotura de ligamentos que lo marginaría de las canchas por varios meses. Sabiendo de su potencial, el Al-Ain dispuso que fuera operado en París por Bernard Moen, un prestigioso especialista que formaba parte del staff médico permanente de la FIFA. Tras una recuperación de 60 días en tierras galas, el futbolista retornó a Emiratos para la segunda etapa de su rehabilitación. En la temporada 2009/10 sus participaciones en el equipo titular serían a cuentagotas, mientras se ponía a punto jugando en reserva.

Una estrella ha nacido

Si hay algo que caracteriza al fútbol de Medio Oriente, es la rapidez con la que un club puede cambiar de entrenador. En un ambiente donde los petrodólares son el combustible que mueve la maquinaria de los clubes, pagar una millonaria recisión de contrato se vuelve apenas un mero trámite administrativo. Y el Al-Ain no es la excepción. Pese a haber conseguido la Copa Presidente, la Copa de Liga y la Supercopa de los Emiratos, el alemán Schäfer dejó su puesto en diciembre de 2009 debido a la imposibilidad de ganar la liga, un título que se le venía negando al club desde la temporada 2003/04. Su reemplazante fue el brasileño Toninho Cerezo -aquel futbolista que en los 80’s brillo en la liga italiana jugando para la Roma y la Sampdoria-, pero este tampoco duró mucho tiempo en el cargo y fue sucedido por Abdul Hameed Al Mistaki, director técnico de la academia del club. Pese a que los resultados tampoco lo acompañarían, su llegada al banquillo fue crucial para darle confianza y continuidad a Amoory. En la pretemporada,Omar heredó el dorsal número 10 que dejó vacante el chileno Valdivia y se transformó en titular indiscutido. Aunque el Al-Ain no cosechó ningún título, e incluso atravesó una difícil racha de doce partidos sin conocer la victoria, ese fue el momento que marcó el despegue de Abdulrahman. El joven de 19 años se cargó el equipo al hombro y fue, junto con el delantero argentino José Sand, uno de los puntos más altos de la escuadra.

Como era de esperarse, el llamado a la selección mayor no tardó en llegar. En noviembre de 2010, Omar fue uno de los jugadores convocados para disputar el certamen futbolístico sub-23 en los Juegos de Asia. Allí, Emiratos Árabes Unidos se quedó con la medalla de plata después de perder la final 1 a 0 frente a Japón y Abdulrahman dio muestras de ese talento que lo harían conocido en todo el continente asiático tiempo más tarde. El debut con la selección mayor finalmente se concretó meses después, más precisamente el 3 de enero de 2011 durante un amistoso contra Siria, preparatorio para la Copa de Asia 2011 la cual comenzaría a disputarse cinco días más tarde en Qatar. En el certamen continental, Abdulrahman fue el jugador más joven del torneo y el entrenador de Emiratos, el esloveno Srečko Katanec, apenas si lo utilizó como suplente en el primer y último partido del grupo. Posiblemente, esta decisión influyó para que EAU quede en la última ubicación de su zona.

Sin dudas el futuro lucía promisorio, pero sus rodillas volvieron a jugarle una mala pasada. Mientras se preparaba con el equipo nacional para afrontar la segunda ronda de las eliminatorias asiáticas para Brasil 2014, Abdulrahman sufrió nuevamente una rotura de ligamentos cruzados. Otra vez el joven llamado a ser la máxima estrella de Medio Oriente debía pasar por el quirófano y afrontar una larga recuperación.

A estas alturas, no eran pocos los que presagiaban que su carrera estaba terminada. Si una lesión de este tipo supone una dura prueba para cualquier futbolista, reincidir en menos de dos años prácticamente significaba un certificado de defunción para sus aspiraciones. Sin embargo, para enero de 2012, el jugador ya estaba otra vez entrenando con el primer equipo del Al-Ain. Aunque se perdió la primera parte del torneo, Omar pudo meterse en el equipo titular en las últimas jornadas y fue clave para que su club termine de asegurarse el título de liga, el primero en seis años. Una vez pasada la efervescencia por el tan ansiado logro, el enganche puso toda su atención en un solo objetivo: Los Juegos Olímpicos de Londres 2012.

Pese a que Emiratos Árabes Unidos terminó en el último lugar de su zona olímpica, el papel realizado en Londres fue mucho mejor que lo hecho en la Copa de Asia del año anterior. Frente a selecciones de nivel como Uruguay, Senegal y el combinado de Gran Bretaña, Omar Abdulrahman dio un recital de regates y asistencias. De repente, la prensa internacional comenzaba a prestarle atención es este joven de melena enrulada y que todavía exhibía las marcas del acné. Ante los uruguayos, Amoory tuvo una actuación tan impresionante que Luis Suarez, capitán charrúa y uno de los tres jugadores mayores convocados, le pidió intercambiar su camiseta una vez terminado el encuentro.

Inmediatamente después de su participación en los JJ.OO. 2012 –mismos juegos en donde también deslumbró el egipcio Mohamed Salah- Omar recibió múltiples invitaciones para entrenar por parte de distintos clubes europeos, pero el jugador terminó decantándose por el Manchester City, escuadra propiedad de Mansour bin Zayed Al Nahyan, quien no es otro que el medio hermano del Emir de Abu Dabi y presidente de Emiratos, Khalifa bin Zayed Al Nahyan. A principios de agosto, el joven arribó a Manchester y por espacio de dos semanas se puso bajo las órdenes del italiano Roberto Mancini. Según Brian Marwood, director de la academia del club, durante su estancia con los Ciudadanos Omar impresionó a todos y despertó alabanzas de jugadores como Yaya Toure o Sergio Agüero. Incluso fue retratado junto al presidente del club, Khaldoon Al Mubarak, viendo la victoria del City sobre Southampton.

¿Y qué pasó entonces? Aunque el club intentó ficharlo, la trasferencia no se hizo efectiva debido a que no se pudo gestionar el permiso de trabajo correspondiente. De acuerdo con las leyes laborales de la English Football Association, para obtenerlo Omar tendría que haber jugado el 75% de los partidos oficiales de su selección nacional en los últimos dos años. Además, también se requería que el país de origen estuviera dentro de los 70 equipos mejor posicionados dentro del ranking mundial de la FIFA. En ese momento, Emiratos ocupaba el puesto 121. Aunque el City tenía la chance de sortear la normativa y fichar al jugador de todas maneras –esto era comprándolo y luego cederlo a un equipo de otra liga europea- finalmente desistieron de la operación y Abdulrahman retornó a su país, agradecido por la oportunidad, pero sin desesperarse.

Gloria y ocaso

Aunque su desembarco en el Viejo Continente quedó trunco, el joven futbolista no sintió el impacto que esto podría suponer. En parte fue porque el mismo se tomaba con cierta tranquilidad esta posibilidad, pero también influyó mucho el trato que le ofreció el Al-Ain a su retorno de Inglaterra. En Emiratos, los partidos de fútbol no suelen congregar más que un puñado de miles de personas. Si bien algunos encuentros puntuales como los derbis o una final de copa pueden tener un número de público interesante, en otras ocasiones apenas si se llegan a juntar 1500 espectadores en las gradas. Ante esta situación, la perspectiva de perder a un jugador sensación como Omar Abdulrahman planteó un problema no solo para su club, sino para la liga entera. Su salida ponía en jaque a la competición frente al avance de la Qatar Stars League o la Super Liga China. Por este motivo, el club decidió ofrecerle una millonaria renovación de contrato. De buenas a primeras, Amoory se transformó en uno de los futbolistas mejores pagos de la liga y su rostro comenzó a aparecer en todas las publicidades. A partir de allí se inició el período más brillante de su carrera, una época en donde los clubes europeos lo sondeaban constantemente y él se daba el lujo de darles la espalda. Una época en donde, gracias a su inestimable aporte, el Al-Ain dominó el fútbol de su país y coqueteó con la gloria continental al quedar como subcampeón de la Champions League de Asia 2015/16 (perdió la final frente al Jeonbuk de Corea del Sur).

En la selección, su talento lo impuso como líder absoluto del vestuario y él pagó con trofeos. A principios de 2013, tuvo una actuación apoteótica en la Copa del Golfo y llevó a su equipo a ganar su segundo título en esta competencia, donde además fue elegido por la organización como el Mejor Jugador del Torneo. Después de este certamen, Benfica llamó a su puerta, pero él no respondió. Lo mismo sucedió en 2015 cuando Emiratos Árabes Unidos terminó en el tercer puesto de la Copa de Asia, su mejor actuación histórica, y Omar deslumbró a todo el mundo con su actuación individual. En los cuartos de final ante Japón –el vigente campeón- al prodigio emiratí no le tembló el pulso para tirar una “panenka” en el primer penal de la definición que sellaría el pase de su equipo a semifinales.

Galatasaray y Liverpool también lo buscaron, pero no hubo caso. El ya no tan joven Omar no daba muestras de interés alguno y aseguraba que no quería precipitar su decisión, una postura un tanto llamativa por tratarse de un jugador que apuntaba a ser un crack de nivel mundial. No son pocos los que opinan que, detrás de esta decisión, se escondía una clara ausencia de ambición, una falta total del “ojo de tigre” que separa a los buenos de los grandes jugadores. En Emiratos (y en el fútbol de Medio Oriente) el numero de 10 del Al-Ain era el astro en torno al cual giraban todos los planetas. Su cara aparecía en la portada del Pro Evolution Soccer 2016 junto a la de Neymar, su presencia era requerida en los eventos publicitarios más exclusivos, sus compañeros y sus rivales lo reverenciaban. Incluso se daba el lujo de compartir un partido de fútbol junto a su máximo ídolo, Zinedine Zidane. Mudarse a cualquier liga europea implicaba sacarlo de su zona confort, obligarlo a demostrar nuevamente que su reputación no era en vano. Y, por si fuera poco, también estaba la cuestión económica. Tras la Copa de Asia 2015, el Al-Ain decidió darle a su jugador franquicia el trato que solo se le da a una mega estrella del fútbol mundial y lo transformó en el mejor pago del continente asiático. Por esta razón, cualquier fichaje con un club de Europa implicaba si o si una reducción considerable de su sueldo.

En algún punto de nuestras vidas, todos somos rehenes de nuestras propias decisiones y Omar Abdulrahman no fue la excepción. El dicho popular asegura que “el tren solo pasa una vez”, pero en el caso del prodigio emiratí, fueron varias y en ninguna se subió a bordo. Cuando en 2018 finalmente quiso cambiar de aire, ningún equipo europeo llamó a su puerta. Es cierto que su nuevo destino fue un club grande del continente asiático como lo es el Al-Hilal Saudí –pagó 15 millones de US$ por un año de préstamo-, pero la certeza de todos era que el mejor momento de Omar ya había pasado. Para colmo de males, su rodilla de cristal volvió a romperse en su séptimo partido con el cuadro de Riad y nunca más pudo vestir esa camiseta. Tras su frustrada experiencia en Arabia, retornó a EAU para relanzar su carrera en el Al-Jazira, pero la pandemia del Covid-19 primero y las lesiones después le impidieron recuperar su mejor forma. En el camino, el otrora astro indiscutido del equipo nacional, quedó marginado por el entrenador italiano Alberto Zaccheroni del plantel que disputó la Copa de Asia 2019, que para colmo se jugaba en casa. Hoy, con 30 años de edad y varias operaciones de ligamentos a cuestas, Abdulrahman intenta infructuosamente tener minutos de juego en el Shabab Al Ahli. Sus detractores aseguran que su presencia en los campos de juego es solo un capricho nostálgico. Quienes lo idolatran se ilusionan con la posibilidad de que vuelva a recuperar el nivel de sus mejores épocas. Mientras tanto, Amoory sigue pateando la pelota con la misma tranquilidad y displicencia con la que se condujo a lo largo de toda su carrera.

Juan Manuel D’Angelo
Twitter: @futboltrotters

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