Hoy despedimos Crónicas Maradonianas a pocas cuadras del estadio Diego Armando Maradona. En este texto se cuenta la historia de Diego en Argentinos Juniors a través del fuego, el aire, el agua y la tierra. Escribe Juan Stanisci.

El comienzo es la tierra. Los descampados de Fiorito y un viejo que se roba un pedazo de la cancha de Argentinos Juniors. Después el agua. Las lágrimas de un Diego adolescente cuando se entera que va a quedar afuera del Mundial 78. Y también el agua del mar, ese que la familia Maradona conoció en Uruguay en 1978 y que acompañó a Diego la tarde en que conoció a Pelé. Después está el aire. La materia prima del fútbol. Las pelotas están llenas de aire y es el mismo elemento el que se usa para gritar goles. Por último el fuego. El combustible de Diego. La bronca. Ese que le encendía los ojos y le inflaba el pecho.

Un Dios Linyera crea el semillero del mundo. Como Viracocha, el Dios Inca que ordenaba el caos teniendo el control del fuego, el aire, el agua y la tierra, los primeros años de Diego en el fútbol profesional fueron una conquista de los cuatro elementos.

Tierra

De tan seca parecía polvo. Cuando el viento venía fuerte del río, como barriendo con todo, tenían que achinar los párpados para que no se les metiera en los ojos. Al atardecer la tierra seca que parecía polvo armaba una película en el aire con los rayos del sol. A veces se levantaba por el viento pero, en la mayoría de las ocasiones, por los pibes y las pibas que se pasaban tardes enteras pateando.

Un gran terreno baldío. Con más charcos que pasto y más piedras que árboles. Las Siete Canchitas de Villa Fiorito fueron testigo de infinitas historias. La mayoría las conocen unos pocos. Algunas lograron salir del barrio y cruzar el Riachuelo. Esa tierra seca y agrietada sintió las pisadas de Héctor Yazalde, Claudio García y Diego Armando Maradona. Sobre esa tierra Diego ensayó gambetas que luego verían algunos privilegiados de La Paternal, después se transmitirían en color desde La Boca y más adelante aparecerían en todas las pantallas del mundo desde Barcelona, Nápoles o México.

La tierra estuvo ahí desde el principio. Metiéndosele en las zapatillas de lona, embadurnándole la cara. Alguna vez tras una patada habrá tragado esa tierra. Pero nunca se sabe cuando las historias terminan. Un día sin darse cuenta Diego jugó su último partido en Fiorito. La tierra seca y las suelas de sus zapatillas ya no se juntarían más.

En la casa de un viejo socio de Argentinos Juniors reposa un pedazo de otra tierra. Es el metro cuadrado donde Diego tiró su primer caño. Minutos antes Juan Carlos Montes le había preguntado con la mirada si estaba para jugar. Con los ojos fijos en el entrenador rosarino el pibe de Villa Fiorito le dijo que sí. Antes de soltar a la fiera, le dio un consejo. “Juegue como sabe y si puede tire un caño”.

La primera vez que Diego hizo pasar una pelota entre las piernas de un rival en Primera División, escuchó su primer “ole” coordinado por miles de personas y sus primeras puteadas. “Pendejo de mierda, maleducado”, le dijo Juan Domingo Cabrera, su primera víctima. El Pelusa mostró personalidad para jugar y contestar desde el principio. “Al fútbol se juega como interpreto jugar al fútbol yo, no como jugás vos, vos pegás patadas, no pateás un tiro al arco”, le respondió con el pico tan encendido como la zurda.

Con la complicidad del canchero o a escondidas, alguien entró a la cancha. Llevaba un balde y una pala. Se acercó al punto que había marcado con la mirada durante el partido contra Talleres. Antes de clavar la pala y levantar el primer pedazo, cerró los ojos. Volvió a verlo como si estuviera pasando. El pibito debutante de quince años que amaga. El rival que se come el engaño. La pelota que pasa entre las piernas del engañado. El hombre entierra la pala y siente cómo las raíces se van quebrando. Tira la tierra en el balde. Repite el movimiento hasta cubrir toda la superficie donde se ejecutó el caño. El hombre no lo sabe, pero se está llevando un pedazo de historia.

Este texto forma parte de nuestro primer libro: Crónicas Maradonianas. Conseguilo acá.

Agua

Los ojos se le inundan. Brota el líquido como si tuviera las cataratas del Iguazú en los párpados. Se le empapan las mejillas, el pecho y la ropa. Diego es un mar de llanto del que Leopoldo Jacinto Luque trata de sacarlo para que no se ahogue. “Vas a ser campeón del mundo dos o tres veces”, le dice el Pulpo al oído. Intenta que sus palabras sean un salvavidas. Pero no hay caso, parece que Diego está dispuesto a inundar el predio donde Menotti acaba de decir que él no disputará el mundial. O como si quisiera inundar el mundo entero. La furia del Pelusa de 17 años puede ahogar un mundo si no lo detienen. Le ofrecieron quedarse con el plantel. Él dijo que no. Prefiere curar sus penas de la única manera que conoce. Jugando a la pelota.

La bronca era un dique rompiéndose a cada rato. Logró contener el agua que brotaba de sus ojos pensando en los mundiales por venir. “Les voy a tapar la boca”, se decía. Para eso había abandonado la quinta donde concentraba la selección. Volvía a su casa para dos días después jugar con Argentinos Juniors y empezar a reconstruirse. Pero la imagen que vio al cruzar la puerta de entrada lo devolvió al mar de llanto.

“Parecía un velorio. Lloraba mi vieja, lloraba mi viejo, lloraban mis hermanos y mis hermanas”. Otra vez no pudo contenerse. El peso del mundo que había sabido sostener hasta ese momento se derrumbó cuando Menotti dijo su nombre. Todavía lo escuchaba. “Bravo, Bottaniz y Maradona”, la voz grave del Flaco le venía una y otra vez.

Diego sabía que no iba a quedar. La tarde anterior a quedar definitivamente afuera del Mundial, lo fue a visitar Francis Cornejo, el técnico de los Cebollitas. Lo encontró solo en su habitación llorando. “Me la veía venir”. Esperar un dolor no es lo mismo que sentirlo. Y a Diego le dolía en cada parte del cuerpo. Fue por esos días que le dijo a Jorge Cyterszpiler que quería dejar el fútbol. “¡No! ¿Cómo vas a dejar el fútbol?”, le contestó su amigo. Para Diego no había futuro.

 Con el tiempo entendió que no todas las aguas son sinónimo de tristeza. Hay aguas que traen dolor y otras que traen paz. También están aquellas que traen la felicidad de un momento esperado toda la vida. Seis meses después de quedar afuera del Mundial 78, Diego jugó su primer torneo oficial con el seleccionado argentino. No fue, como él esperaba, con la selección mayor.

Entre el 12 y el 31 de enero de 1979 se jugó en Uruguay el campeonato Sudamericano Sub 20. El torneo clasificaba a tres selecciones al mundial de la misma categoría. Las plazas fueron para Uruguay, Argentina y Paraguay. Diego viajó acompañado de su familia. Cuando terminó la competencia aprovechó para cumplir “un sueño, tal vez el más importante”, como dijo en su autobiografía. Conocer el mar.

La familia Maradona conoció el mar en el Balneario Atlántida, al sur del Departamento de Canelones. No estar pensando en las cámaras o en tener que jugar al día siguiente, le permitió a Diego centrarse en él y su familia.

Durante las vacaciones soñadas, Diego tomó la decisión de poner en marcha una segunda idea. Una tarde caminando al costado de mar con Don Diego lo encaró. “Le pedí por favor al viejo algo muy especial: que dejara de laburar. Ya tenía cincuenta años, ya había hecho bastante por nosotros. Ahora me tocaba a mí.”

“Me muero de ganas por conocerlo a Pelé”. La frase explotó en los oídos del periodista Guillermo Blanco. Dejó de estar en Atlántida con la familia Maradona y Jorge Cyterszpiler para volver a su oficio. Se imaginó en la redacción de El Gráfico presentando una nota. Juntar a Diego y a Pelé.

Durante meses lo persiguió anunciando que Pelé estaba libre. Del otro lado la respuesta siempre era la misma. “No puedo”. “Tanta ansiedad que tenía para esto”, pensaba Blanco. Pasaron tres meses hasta que los tiempos de Diego y Pelé tuvieron el mismo espacio libre.

Fue el nueve de abril de 1979. “Me conformo con cinco, diez minutos. Sé que es un hombre ocupado. Te juro, que sean diez minutos nomás y soy Gardel”, le decía Diego a Blanco. A las once de la mañana el mar de Copacabana fue testigo del encuentro.

Dos potencias se saludaron. Primero Edson Arantes Do Nascimento abrazo a Don Diego. “Hola Papá”, dijo el brasileño. Pelé tenía acordada una reunión porque pensaba que Diego no iría. “Me gustaría quedarme a almorzar con ustedes”, dijo. Como una premonición hablaron de un gol con la mano que Diego le había hecho a Newell’s. “No te preocupes, es problema de los árbitros”, lo aconsejó Pelé. No fue el único. También le recomendó que cuidara la única herramienta de trabajo que tiene un futbolista: su cuerpo. “Hay tiempo para salir, tomar una copa, fumar un cigarrillo o acostarse tarde. Pero todo en equilibrio”. “Acepta los aplausos pero no vivas de aplausos”. Los consejos le llovían. Diego estaba maravillado. El fotógrafo Ricardo Alfieri se olvidaba de sacar fotos mirando el momento.

Pelé le regaló una remera, una pelota y un reloj. “No es bueno, no puede entrar al agua”, aclaró. También le dio la medalla de su partido despedida en el Cosmos. Don Diego de fondo lloraba. Ricardo Alfieri despertó y los llevó al balcón para hacer las últimas fotos. Diego, Pelé y el mar de Río de Janeiro. Todo había comenzado frente al agua de Atlántida y terminaba en las playas de Copacabana.

Aire

Flotaba. La fuerza de gravedad no era la misma cuando encaraba. Ahí se volvía ligero. La masa corporal en vez de chocar contra lo que había a su alrededor, parecía acompañar. Cuando Diego empezaba a apilar rivales, iba en el aire. Diego corría en el aire. Era parte del aire.

Es un elemento fundamental en el fútbol: las pelotas se inflan con él; los goles se gritan con su roce en las cuerdas vocales. Y el fútbol es eso. Y si el fútbol es eso, entonces lo que hizo Diego durante sus años en Argentinos Juniors fue fútbol, fútbol y más fútbol. Ciento dieciséis veces una pelota empujada por él terminó en la red. Sería imposible contar la cantidad de cuerdas vocales que vibraron, se rompieron o se resquebrajaron gracias a él. Tan difícil como contar la cantidad de aire que hizo expulsar a rivales, hinchas o compañeros, en suspiros, alientos, asombros o insultos.

Tal era el domino que tenía sobre el único elemento invisible, que la mayoría de las veces, directamente los dejaba sin aire. A algunos por intentar correrlo una y mil veces. Y nunca poder agarrarlo. Otras por la sorpresa de lo que hacía. Porque inventaba una gambeta, sacaba un taco donde no había nada o salía de entre varios rivales como si fuera de goma. Dentro de la cancha lo dominó instantáneamente. Sin darse cuenta. Cuando todavía era el Pelusa, un pibe de Fiorito.

Pero afuera era otra cosa. Lo ahogaban. No lo dejaban respirar en paz. Cada cosa que hacía, decía, no hacía o no decía, era tema de conversación. Los medios de comunicación estuvieron ahí desde el principio. Puede vérselo desde niño haciendo jueguitos. Cómo si su vida hubiera sido un Reality Show. Cuando todavía era adolescente tuvo que aprender a vivir con la falta de aire cuando no estaba jugando. “Desde que jugué esos minutos contra Hungría, están todos encima de mí. Las revistas, la televisión, los diarios, todos preguntándome lo mismo. Eso me cansa”.

Que si era el nuevo Pelé. Que si se había olvidado del barrio. Que si tenía amantes. Que cómo era Claudia. Que si el Barcelona. Que si Boca. Que si River. Que cuál era su auto nuevo. Que cuánto ganaba. Que la fama.

Fue la falta de aire la que hizo que Diego invente a Maradona, esa coraza que le permitía aguantar los embates del exterior. A los 19 años viajó con Argentinos Juniors a Chile para jugar un amistoso contra Colo-Colo. En la entrevista que le hicieron en el aeropuerto siempre se refirió a sí mismo en tercera persona. No era yo. No era Diego. Era Maradona. “¿Mañana espera demostrar lo que vale?”, le pregunta el periodista. “Yo no, todo Argentinos Juniors y Maradona juega en Argentinos Juniors”, responde Diego como si hablara de alguien más. “Usted rechazó una oferta del Barcelona”, dice el periodista. “Fue Argentinos Juniors, Maradona nunca habló con los dirigentes de Barcelona”, vuelve a separarse Diego.

El otro, el mismo. Diego era uno, Maradona otro.  “Yo aprendí que uno era Diego y otro era Maradona. Diego era un chico que tenía inseguridades y un pibe maravilloso. Maradona era el personaje que se tuvo que inventar para estar a la altura de las exigencias del negocio del fútbol y de los medios de comunicación”, teorizó Fernando Signorini, una de las personas que mejor lo conoció.

Durante sus primeros años de carrera Diego amenazó varias veces con dejar el fútbol profesional. La primera fue después de quedar afuera de la lista para el Mundial 78. La segunda antes de cumplir veinte años. “No soportaba la presión. No quería saber más nada”. El ahogo era insoportable, pero las ganas de seguir pudieron más. Aunque la idea volvía cada tanto. “Quiero que la gente se olvide de Maradona, que los diarios no hablen más”, le dijo una vez a Guillermo Blanco.

Lo que hizo que Diego aguantara fue lo que pasaba adentro de la cancha. Todo el aire que le robaban afuera, lo respiraba adentro. No importaba que lo marquen de a varios, que le peguen, que lo presionen, el siempre encontraba el espacio. Y en el espacio encontraba aire. A partir de ahí su vida fue eso. Ahogarse y respirar. Ahogarse y respirar. Lo complejo fue encontrar el equilibrio para que el aire nunca falte.

Fuego

Era sábado a la noche. Miguel Ángel López cerró el Diario La Razón. Se levantó de la mesa y caminó por entre los jugadores de Argentinos Juniors. En la mano derecha apretaba el diario. Llegó hasta donde Diego cenaba y le mostró la tapa. “Mire lo que dijo Gatti de usted”. En la portada del Diario estaban las declaraciones del arquero de Boca, Hugo Orlando Gatti. “Maradona va a ser un gordito”, decía el título tomado de una entrevista en el Diario El Litoral de Santa Fe. “Mañana demuéstrele que usted no es ningún gordito y hágale algún gol”. “Le voy a hacer cuatro”, fue la respuesta.

Desde sus inicios Diego supo que la bronca era su alimento. Enojarse le combustionaba adentro. Le hervían las manos, el pecho, las piernas, las sienes, los pies y sobre todo el corazón. El fuego crecía y Diego jugaba mejor. Para ser el mejor de todos necesitó crearse enemigos efímeros que le permitieran sacar su mejor versión.

La anécdota sobre Gatti tiene varias versiones. Según los años Diego fue variando. En su autobiografía dijo que el diario se lo mostró Jorge Cyterspiller. En cambio en La noche del 10 que fue Miguel Ángel López. También cambiaba el contenido de los dichos de Gatti: que iba a ser un gordito; que era un gordito; que estaba inflado por la prensa. La cuestión no fueron las palabras exactas del arquero sino su efecto en Diego.

Antes de comenzar el partido en la cancha de Vélez Gatti se acercó a Diego para explicarle que él no había dicho eso. No hubo caso. La máquina ya estaba encendida.

El encuentro entre Argentinos Juniors y Boca por el Nacional 80 es uno de los más recordados de su carrera en el Bicho. Es también uno de los últimos partidos oficiales de Diego con esa camiseta. Faltaban menos de cuatro meses para que fueran compañeros en Boca.

Tres de los veintidós futbolistas que salieron a la cancha serían campeones mundiales seis años después. Dos jugaban en Argentinos Juniors: Diego y Pedro Pablo Pasculli. Ruggeri, el otro.

Hubo cinco goles en el primer tiempo. Todos de pelota parada. A los 20’ Ribolzi de penal. Tres minutos después empató Diego de la misma manera, luego de tirar una rabona y que la pelota pegara en la mano de Hugo Álvez. A los 26’ Espíndola lo dio vuelta para el bicho de tiro libre. Por la misma vía Zanabria empató a los 32’. Y a los 42’, Diego puso el tercero.

“Pegale que está boludeando”. Diego estaba tirado en el piso recuperándose de una patada cuando escuchó esas cuatro palabras. Como si tuviera un resorte saltó y sin tomar carrera pateó al arco. Gatti estaba acomodando la barrera. La pelota se suspendió en el aire y el tiempo. El ángulo era muy cerrado para patear al arco. Casi en el banderín del córner derecho. Pero el empeine se había clavado entre la pelota y el pasto. El efecto la mandó directo al segundo palo. Imposible para Gatti. A los pocos días, Diego paseaba por La Paternal. Entró en un negocio y se puso a hablar con un socio de Argentinos Juniors. “Un tipo en la tribuna me dijo que le pegue”, explicó el Pelusa. “Era yo”, respondió riendo el socio. “Entonces ese gol lo hicimos los dos. Cincuenta y cincuenta”.

El segundo tiempo fue un festival de Diego. “No sé cómo pararlo”, decía Antonio Ubaldo Rattín, el técnico de Boca. A los seis minutos hizo el cuarto, tercero en su cuenta. Le tiraron la pelota al borde del área, controló con el pecho y en el mismo movimiento definió cruzado.

Esa tarde Diego tiró todo su repertorio. Armó paredes. Apiló jugadores de Boca como si no existieran. Tiró tacos, sombreros, rabonas, caños. Voló. Nadie sabía que ese partido era su carta de presentación oficial a su próximo club.

Como una profecía el cuarto gol llegó faltando quince minutos. Arrancó con una pared entre Diego y Pasculli. Pelusa se fue por el medio del área y Abel Álvez lo bajó adentro de ella. El árbitro cobró afuera. No importó. Diego tomó carrera y la clavó en el ángulo de Gatti que se quedó parado. Resignado a cumplir el designio que le habían escrito.

Quedó tiempo para que Ricardo Gareca descontara. Poco importó, más allá de lo exótico del resultado: 5 a 3. La tribuna visitante, se fue cantándole a su verdugo. Como un presagio, bajó por primera vez de las tribunas xeneizes el apellido coreado: “Maradooo, Maradooo”.

El fuego no es solo la capacidad de Diego para alimentarse de la bronca. Es también la relación que generó en cada cancha, en cada tribuna. Las hinchadas lo tomaron como propio. Logró trascender los colores y convertirse en símbolo del fútbol argentino antes de los veinte años. Para bien y para mal. La máquina de hacer feliz estaba encendida. Pero los años felices habían quedado atrás.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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