Francia pasó a Polonia al trote. La capacidad de Les Bleus para quebrar una defensa en cinco pases o tener transiciones para generar espacios para la carrera de sus puntas con tres o cuatro pases de primera minimizan a cualquier rival. Escribe Nicolás Moretti.

Uno de los problemas más difíciles de mirar a la cara es el de la autoestima. Quererse y creerse poco son sensaciones que solo conducen a que esos pensamientos tomen cuerpo, se vuelvan tangibles y lleguen al encuentro de quien los padece en forma de actos, hechos y realidades, producidas por el propio accionar de quien se boicotea. Hay momentos en los que existe la inferioridad de condiciones, claro que sí. El asunto radica en cómo se los transita.

Mbappé, Griezmann, Giroud, Dembelé, Varane, Lloris… fueron mucho para Polonia. Son mucho para cualquiera. Un equipo que quiebra en no más de cinco pases a un sistema pulidamente construido, que finaliza las jugadas con relevos perfectos y que hace sus transiciones para generar espacios para la carrera de sus puntas con tres o cuatro pases de primera minimizan a cualquier rival. Pero más aún, a un rival que se permita pensar así de sí mismo, que aunque se sepa menos que su oponente no pueda ver que también tiene virtudes y grandes fortalezas que otros no (Lewandowski, claro) y que no se sienta capaz, aún en aquellos breves momentos en los que realmente estuvo jugando de igual a igual.

Polonia jugó bien en el primer tiempo. Bastante bien. Se paró tácticamente igual que en los tres partidos de la zona, pero esta vez no despreció la oportunidad de intentar aprovechar a su 9 y a los huecos que entrega a sus compañeros con sus movimientos. Atacó y fue atacado, complicó al campeón del mundo y por unos pocos y sorprendentes minutos, realmente lo puso contra las cuerdas. La triple salvada de Lloris y sus mariscales en el primer tiempo le mostró a Polonia que podía. Pero creyeron que no. Se frustraron. Porque el gol de Giroud llegó en un momento muy poco recomendable para cualquier partido y más para uno de mano a mano, es cierto. Pero quedaba todo un segundo tiempo para seguir haciendo las cosas como Polonia las estaba haciendo, para que si se tenían que ir, lo hagan de una manera digna de recuerdo.

Claro que existía la posibilidad de comerse una goleada que de todos modos sucedió. Pero la sonrisa de Lewandowski al convertir finalmente su penal y las sonrisas de sus compañeros cuando el partido terminó, hablan de un equipo que nunca pensó ni sintió que podía ser más que una anécdota.

Francia es una selección infernal e incontenible, pero que tiene grises como cualquiera, que también siente preocupación y presión y que tiene hilos que Polonia puso al descubierto con solamente un poco de voluntad. Los polacos aman el drama, pero Francia también puede sufrir. Este campeón no tiene miedo de esperar ni miedo de pegar, pero no le gusta mucho romperse las manos cuando tiene que jugar.

Nicolás Moretti

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