El 24 de junio de 1989, en pleno estallido social, Patricio Rey y sus redonditos de ricota tocaron en el Microestadio de Gimnasia y Esgrima La Plata. Un recital ricotero que se tiñó de blanco y azul con banderas y cantos para el Lobo. Un texto de Fuegos de Junio. Escribe Juan Stanisci.

Un trapo azul y blanco flota sobre un mar de cabezas. Aunque conociendo la multitud de cabezas que en poco tiempo conformarán esa marea, correspondería hablar de una laguna. Aunque lo que más se ajuste, por su cercanía con el bosque, sea un lago. Un trapo azul y blanco sobre un lago de cabezas. En otro momento resultaría lógico ver una bandera con esos colores en ese lugar. Pero esa noche había un recital de rock. Y el rock todavía no tenía un vínculo claro con la zona más tribal del fútbol. No había mástiles cerca del escenario ni banderas levantadas para que el cantante de turno las leyera. Incluso ese trapo azul y blanco impedía a quienes estaban debajo, ver lo que pasaba arriba del escenario. Eso para lo que habían pagado una entrada. Y es que, en algún punto, no importaba. Ese trapo y esa banda de rock sintetizaban, a finales de la década del 80, una forma de estar y de sentir.

Si pensamos las relaciones entre dos partes, en este caso un club de fútbol y una banda de rock, como puntos que se atraen hasta un cierto momento para después comenzar el camino inverso, la noche del 24 de junio de 1989 es uno de los grandes acercamientos entre el mundo tripero y el mundo ricotero. Mientras las fogatas de San Juan se encendían, quizás como un reflejo de la realidad social del país, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota daban uno de sus últimos recitales en La Plata. Fue en el Polideportivo Víctor Nethol de Gimnasia y Esgrima La Plata. Dos cosmovisiones que hasta ese momento podían ser una: ser tripero y ricotero. Dos puntos que empezaban a separarse.

La bestia pop

Cuenta la leyenda que El Negro José Luis no necesitó ni trompadas, ni armas, ni cuchillos para ser el líder de la Barra Brava de Gimnasia y Esgrima La Plata. Que, a pesar de sus visibles músculos, fue su ingenio el que lo hizo famoso entre la tripereada. Fue una tarde en el Bosque. Se jugaba un clásico entre Gimnasia y Estudiantes. La hinchada pincha empezó a cantar contra su clásico rival mostrando que, para ellos, las diferencias entre ambos eran más que futbolísticas. “Para ser hincha del Lobo/ dos cosas hay que tener/ una casilla en Berisso/ y un longplay de chamamé”.

El Negro José Luis no cruzó el estadio para hacer justicia con sus puños. Tampoco buscó piedras con la mirada. Se subió a codazos al paravalanchas y, entre las puteadas de sus compañeros de tribuna, empezó a cantar: “Seremos negros/ seremos basureros/ pero en La Plata/ mandamos los triperos”. Pero para ser líder de una barra no solo hace falta ingenio. Lo que se dice hay que defenderlo en la acción. Y en eso, cuentan, el Negro José Luis era mandado a hacer.

Además de tripero era rockero. Como un superhéroe de los bajos fondos, iba a los recitales enfundado en una bandera azul y blanca como si fuera una capa. En todo aparecía Gimnasia. Esa forma de llevar al Lobo como bandera a todos lados lo convirtió en un personaje popular para quienes iban a la cancha en el Bosque. Si bien gran parte del público venía de los barrios bajos de la periferia platense, también se acercaban estudiantes llegados de otras ciudades para estudiar, universitarios y artistas locales. Todos lo conocían. Eduardo Beilinson, un guitarrista hijo de un empresario, y Carmen Castro, su compañera, también conocían al Negro José Luis.

Con el tiempo él también comenzó a saber sobre ellos. Y empezó a seguirlos. Cuando Patricio Rey y su redonditos de ricota dejaron de ser un secreto de intelectuales, parte de su público empezó a brotar desde la periferia platense. Entre ellos el Negro José Luis, siempre enfundado en una bandera azul y blanca.

Sobre un mito se construyó la identidad ricotera: Patricio Rey, una entidad omnipresente que era el motor espiritual de la banda. A medida que la popularidad del grupo crecía, dejando atrás el formato varieté de sus inicios, aumentaban también las leyendas en torno a ellos. La poca cantidad de notas otorgadas a la prensa, sumado a lo críptico de algunas de sus letras y al hecho de no aparecer en las tapas de sus discos, eran tierra fértil para historias incomprobables. Y para que muchos se adjudicaran ser inspiradores de algunos personajes.

Entre estos mitos aparece el Negro José Luis. Como en toda leyenda, existen versiones pero no acuerdos. La más nombrada es aquella que dice que él es la verdadera Bestia Pop. El que “enciende en sueños la vigilia”. Y que está “grogui sin destilar”. El Negro Luis decía tener una cinta con una grabación en la que el Indio Solari aseguraba que él era la Bestia Pop. Pero en Recuerdos que mienten un poco, el libro en donde el Indio cuenta aspectos de su vida y sus letras, lo relaciona con otra canción. Claro, en Masacre en el puticlub¸ aparece “El Negro Cañón”. Un tipo que es protagonista en el quilombo narrado en la canción. El Indio tampoco asegura que el Negro José Luis sea “El Negro Cañón”, pero le tira un centro: “de todos los candidatos posibles, el Negro José Luis, es el que más se merecería el apodo”.

Rocambole registró parte de ese recital en este documental.

La noche y las fogatas

El 24 de junio de 1989 Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota dieron uno de sus recitales más grandes en La Plata. A pesar de la crisis económica, llenaron el Polideportivo de Gimnasia y Esgrima. En medio de la hiperinflación, Los Redondos crecían y seguían editando discos. Siempre apostando a la autogestión.

Un mes antes, el fracaso político, social y económico del gobierno de Raúl Alfonsín, se había materializado en una ola de saqueos en Rosario. El 24 de mayo grupos de familias ingresaron a la fuerza en supermercados del Gran Rosario en busca de alimentos. Los saqueos se trasladaron a todas las grandes urbes: Córdoba, Tucumán, Buenos Aires, Entre Ríos y Mendoza. En mayo, la inflación alcanzó el 79%. El litro de leche que en mayo de 1988 valía 2 australes, un año después costaba 28.

El 14 de mayo había sido electo Carlos Saúl Menem como presidente. Debía asumir su cargo casi cinco meses más tarde, el 10 de diciembre de 1989. Ante el estallido social, el 30 de mayo Raúl Alfonsín decretó el Estado de Sitio por un mes. La falta de legitimidad del gobierno hizo que no se cumpliera.

El 12 de junio por la noche Alfonsín dio un discurso a través de cadena nacional donde anunciaba: “he resuelto resignar, a partir del 30 de junio de 1989, el cargo de Presidente de la Nación Argentina”. Finalmente Carlos Menem asumiría como presidente el 8 de julio de ese año.

Mucha tropa riendo en las calles / con sus muecas rotas cromadas / y por las carreteras valladas / escuchás caer tus lágrimas”, cantó el Indio Solari en la novena canción del recital en el Polideportivo en la noche del 24 de junio. No hizo falta bajar línea entre canción y canción. La propia Nuestro amo juega al esclavo describía la situación. “Nuestro amo juega al esclavo / de esta tierra que es una herida / que se abre todos los días / a pura muerte, a todo gramo / violencia es mentir”.

San Patricio y el Lobo

La relación entre la Barra de Gimnasia y Esgrima La Plata y los recitales de Patricio Rey y sus redonditos de ricota, estaba llegando a su punto más estrecho. Cada vez que terminaba un tema podía escucharse “Dale lo / Dale lo / Dale Lobo / Dale Lo”. Mientras un enorme trapo azul y blanco se desplegaba y surcaba el lago de cabezas hasta acercarse al escenario.

Algunos, quizás hinchas de Estudiantes, intentaban tapar el canto tripero por uno con la misma melodía pero dedicado a la banda: “los redó / los redondos / los redó”. Pero entre tema y tema, siempre volvía a la carga la arenga por Gimnasia.

Ese recital empezaría una despedida. Solo tocarían dos veces más en La Plata. Los últimos dos conciertos en la ciudad de las diagonales serían el 11 y 12 de mayo en el Club Atenas. En una de esas noches el Negro José Luis, junto a otros, se subieron al escenario y sin querer desconectaron parte de los equipos. “Vamos a aclarar un poco esto. Suben acá y no nos dejan tocar más… desenganchan todo, ¡es un quilombo! Ponchen ahí y tratemos de nosotros ser la música de fondo de ustedes. Sino no podemos curtir”, pidió el Indio desde el escenario.

En el recital del 12 de mayo la policía ingresó al Club Atenas y empezó a llevarse detenidos a los pibes que habían ido a ver a los Redondos. Entraron con gases lacrimógenos. El concierto se detuvo hasta que Skay Beilinson empezó un solo de guitarra para tratar de calmar a los ricoteros. Al finalizar el Indio le pidió al público: “No alimentemos la mierda que se nos viene encima. Estamos solos, no sé si se dieron cuenta, estamos solos. No sean boludos, estamos solos, cuídense, cuídense”. Sería el último encuentro con parte del público que los vio nacer.

Seis meses antes habían tocado por primera vez en Obras Sanitarias. Tras llenar dos fechas en el estadio cerrado, agregaron una en la cancha de hockey para más de veinticinco mil personas. Como un efecto dominó o una profecía, el canto de los ricoteros de la época se iba cumpliendo: “Ya copamos Satisfaction / Cemento y Obras también / no nos rompan las pelotas / que copamos River Plate”.   

El inició de la década del noventa fue un salto hacia los grandes estadios. Primero Huracán, luego River y Racing. Las banderas con colores de los equipos argentinos fueron copando las “misas ricoteras” en todo el país. Ya no eran propiedad exclusiva tripera. Como si cantaran: “Esto es efímero / ahora efímero / como corre el tiempo”,Los Redondos no regresarían a su ciudad en la caja de un camión. Aunque las estrellas siguieran ahí nomás. A su alcance. Frías.

Este texto forma parte de Fuegos Junio, nuestro último libro. Podés comprarlo acá.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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