Los primeros minutos de la eternidad

Si a las 17:51 del domingo un alma iracunda y poco amistosa hubiera preguntado si queríamos que la vida terminara o al menos se postergase allí, alguna de las personas que estaba con un nudo enorme en la garganta en suelo madrileño, o alguna de las más de 66.000 almas que fueron dos veces a Núñez soñando con ver una final de cerca pero que en ese instante estaban a más de 12.000 km de lo que sucedía, o alguno de los 17 millones de hinchas de River que hay en el país, habría dicho que sí. Sería imposible dilucidar si muchas, pocas o algunas, pero seguro que alguien en alguna de esas situaciones de impotencia ante cada ataque que no era ataque, habría afirmado frente a dicho interrogante.

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Seguramente no por una situación terminal, sino por comprender que detrás de cada centro mal tirado, de cada saque de arco de Andrada o calambre de algún jugador de Boca, estaba el mal del pasado. Como si un susurro diabólico se parase en los hombros de los millones de cuerpos hipnotizados ante el ritual futbolero más largo y tedioso de todos los tiempos, y le dijera al oído, en voz baja, que la fiesta se había terminado, que había vuelto ese espíritu del no-se-que para siempre ordenar los astros a favor de ellos (como cuando aparecía un “nucazo”, un “muletazo” o algún otro “azo” que hacía que siempre Boca sobreviviera), que a la primavera se le habían caído las hojas en pleno diciembre y que lo nuestro, eso que igual estamos orgullosos de que nos identifique, era solo pelearla y remar, porque para festejar siempre están ellos. Y si están cerca de no festejar, aparece algún alineamiento extraño pero efectivo de los planetas, que mandan a River a jugar dos partidos de visitante en una final o algo por el estilo.

¿Cómo abstraerse del pasado? Como no volver, cuando en el partido no pasaba absolutamente nada, a los tiempos peores y más oscuros, esos en los cuales nada nos salía bien y perdíamos contra equipos remotos con nombres de ballena o colectivo de larga distancia.

Pero a las 17:52 el destino se encargó de terminar de cambiarnos la vida para siempre, y en el “para siempre” es difícil estar escribiendo y no llorar. Porque cuando Nacho Fernández, aquel zurdo que juega por la derecha con una capacidad interminable de cambiar en 10 segundos más de 60 minutos de puteadas y malos augurios y pagar su pase para toda la vida, tiró una pared con la Historia para enterrar en velocidad el pie en el verde césped casi divino de la Casa Blanca, para dejar solo a aquel número nueve cuestionado por caro y carencia de gol, Neptuno y Marte empezaron a moverse y a unirse en una banda roja eterna y galáctica. La demostración en pocos segundos del futbol total de la casa riverplatense, que es lo mismo que decir nuestro ADN, nos salvaba de las eternas penurias del ocaso, para ponernos otra vez en el partido que ni nosotros sabíamos que habíamos esperado para toda la vida.

Y entonces parecía que todo era nuestro, que el horizonte nos marcaba adelante que esta vez, le ganábamos a la Historia. Que solamente teníamos que ir a buscarla y agarrarla con la mano, o, y es claramente mejor la segunda opción, podíamos triangular la pelota de lado a lado sin importar el cansancio del tiempo suplementario, para jugar de a tres como en el papi futbol de los polideportivos de abajo de la autopista, y meter un zurdazo de afuera del área que le quede en la retina por los siglos de los siglos a los que lo vieron en la cancha, a los que lo observaron por televisión, a los que lo gritaron, a los que lo sufrieron, a los que no lo pudieron gritar porque del iris empezaba a salir esa  sustancia líquida llamada lágrima, que hace pensar que uno está feliz pero de tan feliz que está no le queda otra que llorar. Juan Fernando Quinteros no sabía en ese momento, ni cuando llegó a River, y quizás no lo sabe aún, que esa obra de arte contemporánea quedará en el cuadro más glorioso de la Historia de River, quizás más que los goles de Alzamendi o de Crespo. Ahí sólo ganábamos, y no era poco, pero esto significaba vencer al destino, significaba la proeza imposible del país del Nunca Jamás, significaba en la realidad real el final feliz de una ficción que no hubiera podido ser ni siquiera imaginada por los mejores escritores de todos los tiempos.

 

River se ponía por primera vez luego de 200 minutos arriba en la serie contra Boca, y sólo lo mantendría los necesarios 10 minutos restantes. River coronaba un record tan histórico como insólito, de haber ganado la misma cantidad de Copas Libertadores en los últimos 4 años que en los 64 anteriores en las cuales el certamen se disputó. Llegaba, a su vez, a su sexto título internacional del 2014 para acá, es decir, uno más que en los 103 años anteriores.

Y Marcelo Daniel Gallardo, que hoy ya sin dudas es lo mismo que decir el mejor técnico de la Historia de River, terminaba de moldear al que ya es, también sin estupor de decirlo, el mejor River de todos los tiempos.copa 1

Y siempre presentes y jamás abandonando estaban, uno en el banco y otro en el verde césped, Leonardo Ponzio y Jonathan Maidana, esos que hace 6 años y 6 meses (dicen que el 6 tiene algo que ver con el diablo, que dicho sea de paso está contento de que la única “séptima de Boca” sea esa que juega los sábados a la mañana luego del “preinfantiles”) jugaban para hacer volver a River a primera, y que ahora trababan con la cabeza para llevar al club de sus amores a la gloria eterna.

Tanto ellos como el “Pity” Martínez (Qué loco que está) se estiran hasta el último de los esfuerzos para tocarle la puerta a ese cuarto de ídolos que parecía intocable. Dirán lo que quieran aquellos elitistas que solamente ven el fútbol como algo idílico del pasado. Empiezan a quedar grabados los ídolos de hoy, los que levantaron a River del ocaso, los que le tocan la puerta del club de los “para siempre” al Beto, al Enzo, al Burro, a Gallardo, a Ramón y compañía.

Encima el Pity ahora va de arco a arco, de área a área y mientras el balón gira sin parar hacia el arco vacío del Bernabéu, Martínez empieza su heroico y novelesco camino hacia la eternidad. 48269311_310288489697354_8736557242112802816_nMientras sentencia la Historia, el cielo anaranjado del ya épico atardecer porteño regala una postal inigualable cuando un arcoíris se ensalza en el cielo y cierra su figura detrás del Monumental. Cuenta la leyenda, que al final de la figura mágica de los 7 colores, hay un reloj que usaba un tal Bernardo para cortar el tiempo. Como una metáfora inusual de la naturaleza, Martínez y River empezaban a quedar grabados en esos instantes en donde todo se detiene, y no hay nada más que la felicidad. Son los primeros minutos de la eternidad.

A nada más de 50 cuadras del arcoíris, las calles empiezan su desfile rojo y blanco, que esta vez es más grande que nunca. La avenida del glamour y los teatros se rinde a los pies de las familias que vienen, simplemente a ser felices. Están los abuelos que vieron a Pedernera y Labruna y los pibes que saben que las cargadas de la primaria o del secundario terminaron, porque cada vez que ahora les escriban River con “B”, les harán acordar a los otros que con “B” se escribe también “Bernabeu”.

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Y si algún alma preguntaba, en ese momento, a alguna de las personas que estaban allí, si querían que todo terminara en ese instante, quizás también, uno, alguno o varios hubieran respondido que sí, pero no por querer que todo finalice, sino por anhelar que la vida se reduzca a miles de banderas, un par de repiques brillando, un par de bombos latiendo, un obelisco, un par de cervezas de fiesta, y una multitud interminable gritando que River salió campeón. O quizás por rendirse ante la evidencia de que un pueblo que supo lo que era llorar, ahora sonreía. Ese día y para siempre.

Santiago Núñez

 

 

2 comentarios en “Los primeros minutos de la eternidad

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