El desarraigo

Para sentir el desarraigo no es necesario viajar mil kilómetros ni cruzar una frontera. El desarraigo, más precisamente romper con las raíces, es perder amores, olores, canciones, esquinas. De esta manera un pibe que pasa de la zona sur de la provincia de Buenos Aires a la Capital, se puede sentir hermano de un chico peruano que mira fotos de su selección en un 126 antes de un partido de Copa América.

El día del muchacho arranca tan cotidiano que congela sentimientos, tan rutinario que automatiza movimientos. Por ese sendero delimitadamente cercado transitan los minutos, que se acumulan hasta formar horas, que a su vez se juntan en una esquina hasta formar un atardecer, ambos verán triplicar la gente arriba de los bondis, harán inventario de auriculares salvadores entornando oídos y serán testigos de todo lo visible así como cómplices, sin saberlo, de lo invisible.

El muchacho es testigo y cómplice, a veces (como ahora) declara y otras calla, mitad por cansancio y mitad por evitar situaciones forzadas. Hace algunos meses cambió su vida, su estadía, ganó tiempo, perdió calidez, duerme más, disfruta menos, sus piernas están más descansadas, su cabeza está agotada. En el partido de su cabeza hay algo que le revienta el travesaño y hace revolcar a su arquero: el desarraigo.

Entonces aprovecha los viajes, que ahora son más cortos, para descifrar miradas que denoten que esa persona está ahí, pero no es de ahí, no es de ese subte, de ese colectivo o tren, no es de ese barrio, provincia o país. Este último casillero del desarraigo es el favorito del muchacho que ahora deja pasar 1, 2, 3 bondis para viajar más cómodo y antes volvía a su casa en modo pogo de Ji Ji Ji empujando y corriendo para ganar minutos.

La noche anterior a esta tarde, el muchacho aprovechó el insomnio para escribir en su cabeza un lema a implementar al día siguiente: “Angustiarse menos, emocionarse más”. Como si las emociones fueran un colectivo de la línea 37 y pasaran cada 5 minutos por nuestra cuadra o como si fueran algo que se pide para acompañar el café con leche.

Quizás lo tinado sería que el cometido fuera: “prestarle atención a las cosas que te emocionan y emocionarse cuando suceden”. Al muchacho lo emociona cuando se exterioriza el desarraigo y más cuando está a muchos kilómetros de distancia. Recuerda un fragmento del libro que más lo marcó en su vida, “Cristo con un ´fusil al hombro”, del periodista polaco Ryszard Kapuscinski:

“El fedayín que está sentado junto a nosotros se ha presentado del siguiente modo:

-Ahmad Shury de Bet Shemesh, a veinticinco kilómetros de Jerusalén.

Ahmed tiene diecinueve años, nació en un campo del Líbano y nunca ha pisado Bet Shemesh. Pero se presenta de esta manera, porque así se lo ha enseñado su padre. Ahmed lo sabe todo de Bet Shemesh. (…) Sólo la unión del nombre de la persona con el de su tierra constituye una presentación plena y digna.”

Mientras piensa en el sentido de pertenencia de los palestinos despojados de sus tierras, deja subir a una señora mayor al 126, él lo hace después, baja la mochila a la altura de las rodillas y busca huecos en el colectivo, que a esa altura de la tarde no escasean.

Jugar a ser Iniesta en un bondi es uno de los juegos que más lo divierten desde que los distintos trabajos lo llevaron a recorrer todo el conurbano bonaerense y la Capital Federal. El juego consiste en adivinar las caras de los que están próximos a bajar. Como en el fútbol este juego requiere de espacios para llevar bien a cabo la idea táctica. Pero a las 6 y media de la tarde los espacios escasean como en un partido contra Olimpo en el Carminatti con el local ganando 1 a 0.

Sin embargo agarra la lanza (o la mochila) y va, pasa a 1, 2, esquiva un codazo de uno que justo se le dio por rascarse la espalda, sube 2 escalones y encuentra un hueco minúsculo entre 2 señoras. Una tiene 2 bolsones grandes cargados con frutas y verduras, que acomoda con los tobillos mientras lee el último libro de Víctor Hugo Morales. A la otra, quizás menos habituada a viajar en colectivo en estos horarios, se la nota molesta, empuja, se mueve, no encuentra su posición en la cancha ante la marca pegajosa.

El muchacho observa todo, no le da la energía para ponerse a leer el libro que tiene en su mochila y a su celular no le queda batería para darle música. El que sí tiene carga en su celu es un pibe que está justo frente a él y revisa varias páginas de Facebook, la mayoría con un tema en común: el partido de Eliminatorias que jugarán en unas horas Chile y Perú.

Por la cantidad de fotos de Paolo Guerrero que Me Gustea, el muchacho intuye que el pibe es peruano. En cada click abraza a su abuelo que está en Lima, juega con sus primos de Cuzco a los que no conoce más que por fotos y sueña con que ese 126 no termine en el Cementerio de Villegas sino en la vieja casa de su padre en Villa El Salvador, donde termina el Metro de Lima.

El pibe enloquece de tanto soñar, imagina un festejo con sus compañeritos de escuela al otro día por un triunfo de su selección y no las cargadas que sufre a diario en el primario al que asiste en San Telmo. Cada tanto sonríe solo, escribe puteadas a Arturo Vidal en un foro y sentencia “Vamos Perú, a estos p… les tenemos que ganar”.

El muchacho que está próximo a bajar, tiene ganas de decirle alguna frase futbolera al pibe que contenga los jugadores Farfán, Galliquio y Flavio Maestri, pero no se anima y desciende del colectivo en pleno barrio de Boedo.

Antes de ingresar al departamento pasa por el supermercado asiático de la esquina donde va siempre cabeza gacha y entra y sale en tiempo récord. Pero hoy no, hoy está sensibilizado, más de la común, escucha música japonesa sonar de un parlante pequeño, alguien atiende comiendo comida enlatada, no logra ver que hay adentro pero sí que las letras de la lata están escritas en letras chinas, japonesas, o vaya a saber de dónde.

El oriental que atiende casi ni mira, ni escucha al cliente, su vista está mitad en la lata y mitad en el celular en el que está viendo un video, su oído es todo de la música de su país. El que hoy oficia de cajero tendrá unos 40 años, tiene una hermana que tendrá la mitad, cuando cambia la persona que está cobrando cambia la música. La hermana con vergüenza como quien sabe que está cometiendo una deshonra para la familia pone Ricky Martin o Enrique Iglesias cada vez que se queda sola, no se anima a demostrarle a sus parientes que a ella el desarraigo no le sienta tan mal.

Hay cambios externos que cambian a algunas personas, las mejoran y hay otros que las mejoran por fuera y las entristecen por dentro o las empeoran en todas sus facetas. Hoy el muchacho tardó más en agarrar su bidón de agua, pagar e irse. Sin embargo ahora ya cruza la calle y se dispone a entrar al edificio.

Ya no tiene que recorrer más un pasillo largo para llegar a su casa, ahora toca un botón, aparece un ascensor y en segundos ya está dentro de su hogar. Entonces ingresa con la cabeza en cualquier lado, movilizado por lo visto, sin poder explicarlo en palabras. Pone música y el aleatorio en este caso le tira un centro a la cabeza, “avanzar difícil de tiempos modernos, siempre el mismo fuego nos trae el calor, mostrando ilusiones dormimos mejor,juego mi cabeza, me voy caminando hacia el barrio del sur”, cada frase de “Apago la luz” de La Covacha que suena le genera un collage de imágenes, un sin fin de emociones.

Como si fuera un sueño cierra los ojos, piensa para atrás en el camino recorrido, se emociona y llora, llora como hace tiempo no lo hacía. Cada lágrima que cae es un gramo de desarraigo que se acumulaba en la panza, en el pecho o donde encuentre lugar.

Piensa qué es esa palabra que ahora lo hace llorar y deja de hablar en tercera persona:

“El desarraigo es una forma de vida que llevas cuando te vas de tu sitio de origen, es una manera de vestirse, es como caminas, los adjetivos que utilizas para demostrar alegrías, las puteadas que más usas en momentos de bronca, es el chiste que te hace reír, es aquel que no entendés, es una remera de tu club, un tatuaje, una renguera y una zapatilla apenas atada, es un Me Gusta a una foto de Paolo Guerrero, un arroz enlatado en el horario de la merienda, una música desconocida para el de al lado que te moviliza solo a vos, es una lágrima que cae, otra que no cae y se oxida por dentro, es una mirada perdida en el medio del caos y es todo aquello que sos cuando descansas en un lado mientras en el barrio vive“la nostalgia del que fui y ya no seré”.

Lucas Jiménez

Publicado originalmente en Conurbano eterno

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