Verano del 92. La fiesta inolvidable de Dinamarca

El deporte es una gran herramienta para contar historias. Y así lo entienden cada vez más desde el plano audiovisual, bajo un estilo de ficción – generalmente basada en la realidad – o como versión documental. En tiempos de Netflix, la expansión se da a pasos agigantados. Así que pensamos en aprovechar las horas frente a la pantalla y ponernos a indagar qué nos trae el streaming tan de moda en su sección Deportes. Para luego escribir y recomendar (o no).

Damos el puntapié inicial en Lástima a Nadie Maestro con “Verano del 92” (dirigida por Kasper Barfoed),  el retrato de la gran hazaña del fútbol danés al quedarse de manera sorpresiva e inesperada con la Eurocopa de dicho año.

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El 13 de Noviembre de 1991, la Selección de Dinamarca quedó afuera de la Eurocopa que se iba a disputar al año siguiente. En ese entonces – y sería la última edición así – el máximo torneo de selecciones de Europa era disputado por 8 equipos. La eliminatoria constó de 7 grupos cuyos ganadores se sumarían al anfitrión de aquella cita, Suecia. Los daneses fueron parte del grupo que fue ganado por Yugoslavia por un punto de ventaja. Un empate contra Irlanda del Norte como visitante terminó siendo la condena ya que con los yugoslavos hubo un triunfo por lado y en el medio hubo victorias relativamente cómodas ante Austria e Islas Feroe. Los sueños de Richard Moller Nielsen, el gran protagonista de nuestro film, se desvanecieron. Cuestionado prácticamente desde su asunción en 1990, el entrenador estaba en el ojo de la tormenta. Suena natural y conocido en el mundo del fútbol, pero veamos un por qué más específico.

El fútbol danés había tenido unos dorados años 80 de la mano del entrenador alemán Sepp Piontek. Era un equipo sumamente atractivo de ver que tuvo muy buenos resultados esencialmente en la primera mitad de esa década. Llegó a semifinales de la Eurocopa 84 donde perdió por penales ante España e hizo su primera aparición en un Mundial, en México 86, en el cual arrasó en primera ronda ganando sus 3 partidos: a Escocia, a Alemania – otrora finalista – y una épica goleada a Uruguay por 6 a 1. Otra vez España le pondría límites a las ilusiones danesas, pero de manera más oprobiosa que 2 años atrás: un 5 a 1 letal con 4 goles de Emilio Butragueño. Aún así, las sensaciones eran bárbaras en aquel equipo que conducía dentro de la cancha un joven Michael Laudrup. Y la mirada del planeta fútbol en general era de admiración.

Sin embargo, los últimos capítulos del ciclo Piontek serían decepcionantes en cuanto a los resultados: perdió sus 3 partidos en la Euro 88 y no clasificó al Mundial de Italia 90. Tras 11 años, el alemán se despidió y se abrieron todas las incógnitas.

Flotando entre rechazos

 

Richard Moller Nielsen fue durante muchos años entrenador de las selecciones juveniles de Dinamarca y ayudante de campo de Piontek. Tras la renuncia de éste, él creía que era el reemplazo natural, pero  la Federación Danesa tenía otros planes y pretendía otro DT, preferentemente extranjero porque manejaban la hipótesis – y esto se ve en una escena tan antológica como aborrecible – de que los éxitos daneses se debían a esa característica de Piontek y de los que debían venir. Luego del agradecimiento por los servicios prestados, los dirigentes se encuentran con diferentes rechazos y, cerca del comienzo de las Eliminatorias, imponen la lógica del descarte: mejor “malo conocido” que bueno por conocer y lo llaman a Moller, mientras ya la prensa empieza a burlarse de él y su mujer no comprende porque agarra un cargo para el que no lo querían. Pero Moller se tenía una fe bárbara, inquebrantable.

Los primeros problemas de Moller surgieron por una combinación entre el estilo de fútbol que proponía – daba una vuelta de página al espíritu ofensivo de los 80 planteando esquemas más rígidos y defensivos – y una exasperante distancia emocional con los jugadores, de quienes parecía alejarse en cada paso que daba. El choque más fuerte lo tendría con los hermanos Laudrup que se bajaron de la Selección entre críticas y miradas socarronas al estilo y la personalidad del entrenador, que los medios retroalimentaban.

Se podría decir, en nuestro lenguaje contemporáneo, que Moller no les llegaba a los jugadores, aunque tampoco parecía intentarlo demasiado: “Juegan ante 40.000 espectadores y con la camiseta de su país. ¿Necesitan que yo les hable para motivarse?”, le dice a su ayudante de campo Kaj Johansen que lo mira extrañado. Respecto a lo futbolístico partía de una definición “bilardista”: el jogo bonito de los 80 no había generado resultados. Y él quería ganar y tenía una receta para ello. Pero no salió. Al menos hasta ese llamado inesperado.

El inicio de la denominada Guerra de los Balcanes que sería el principio del fin para lo que supimos conocer como República Federativa Socialista de Yugoslavia generó una consecuencia en el plano deportivo. El bloqueo promovido por la ONU incluyó la prohibición de participar en competencias internacionales y, a sólo 10 días de empezar la Eurocopa, Yugoslavia se vio imposibilitada de jugarla. El plantel ya estaba en Estocolmo, una de las sedes suecas del torneo, y tuvo que emprender el triste camino de regreso. La organización decidió que el reemplazo debía ser el equipo que había salido en segundo lugar del grupo ganado por los yugoslavos. ¿Quién? Dinamarca.

dinamarca

De las vacaciones a la gloria

 

Prácticamente todos los jugadores que fueron convocados de apuro para irse a Suecia estaban de vacaciones. Todos desarmaron su descanso y se prepararon para una competencia en la que tenían nulas expectativas. No sólo desde la mirada ajena, sino ellos mismos que, por ejemplo, le anuncian a sus mujeres que “jugamos 3 partidos y nos volvemos”. Hubo una sorpresa: el retorno de Brian Laudrup a la Selección. No sería cualquier retorno.

El inicio de la competencia fue acorde a esa visión: empate en 0 contra Inglaterra y derrota con el local Suecia (¡ay, ese equipazo que iba a ser tercero en EEUU 94). Había que ganar o ganar… ante Francia. La desesperanza era la sensación predominante en el plantel.

En el medio la transformación. El “entrenador brillante pero pésimo líder”, como le dice Johansen a Nielsen va entendiendo que su rol es más que tácticas puntuales. Es interpretar el sentir de los jugadores, hacerlos sentir cómodos no sólo adentro sino afuera de la cancha. Los jugadores que empiezan a hermanarse detrás de una idea y asumir el respeto por alguien a quien varios no respetaban. El 2 a 1 a Francia ya es gloria. Pero faltaba lo mejor.

En las semis tocaba la Holanda campeona de la última edición en el 88. Henrik Larsen anotó temprano, empató un tal Dennis Bergkamp y luego el propio Larsen – todo en el primer tiempo – pondría el 2 a 1. Cuando parecía que los daneses se llevaban el pase a la final apareció Rijkaard y consiguió el empate a 4 minutos del final. En los penales, tras el alargue de 30 minutos, el héroe sería Peter Schmeichel, un arquero que empezaba a convertirse en leyenda. Le atajó el último remate a Marco Van Basten y Dinamarca – creer o reventar – estaba en la final.

El clima era de algarabía y distensión. La comunión entre entrenador y jugadores era total y aunque había una sensación de estar hechos, también todos sabían lo cerca que estaban de una hazaña increíble. Y la iban a lograr. “La noche antes de la final, nos acostamos como si siguiéramos de vacaciones”, dijo Jensen, el autor del primer gol en el duelo decisivo. La Alemania campeona del mundo iba a sucumbir en Gotemburgo ante un equipo inigualable. Kim Vilfort – protagonista de una historia conmovedora en el medio del torneo con su hija enferma, quien pocos días después del título fallecería de leucemia – iba a convertir el segundo a doce minutos del final.

Sin Michael Laudrup – el mejor jugador de la historia del fútbol danés -, Dinamarca escribía la página más gloriosa de su historia. Brian fue el mejor jugador del torneo y a fin de año Moller Nielsen iba a ser elegido el mejor DT de 1992 a nivel mundial (e increíblemente no lo sería en su país).

Verano del 92 es una historia bien contada. Quizás con actuaciones dispares refleja acertadamente las tensiones existentes y, aunque ya sabemos el final de la película, seguir el trayecto nos va inmiscuyendo en un clima que se va transformando partido a partido. La similitud de algunos actores con los jugadores o la combinación entre el partido ficcionado y las imágenes de archivo le dan un plus recomendable a esa hora y media donde el fútbol, como diría Dante Panzeri, es la dinámica de lo impensado.

Sebastián Tafuro

 

 

 

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