El partido de tu vida. Haciendo goles con Evo Morales

Guillermo es invitado a jugar un partido con el ex presidente de Bolivia refugiado en Argentina. En un principio no lo cree y va vestido para cenar. Él no lo sabe, pero ese domingo va a jugar el partido de su vida.

Hasta pasado el mediodía, ese había sido simplemente un domingo de diciembre en su natal Buenos Aires, casi como cualquier otro. Hasta que un llamado telefónico (a través de internet, no vaya a creer usted que esta historia es tan vetusta) irrumpió en la pasmosa normalidad.


-Oye Guille, ya sé que es domingo pero ¿estás para jugar esta noche un “partidito” con el Evo?
-Sí claro, ¿dónde?
-Ahora te paso la dirección por escrito. Mira que hoy te tienes que poner la 10 eh, ¿cómo te ves?
-Jaja dale, ningún problema.


Qué emoción pensó Guillermo, tendría una reunión de trabajo nada menos que con Evo Morales, primer presidente indígena de Bolivia. Como aún restaban varias horas para las 20 intentó no desenfocarse demasiado de lo que estaba haciendo, pues se encontraba trabajando en su proyecto de tesis de maestría, el cual debía entregar al día siguiente.


Horas más tarde, luego de emprolijarse la barba, bañarse y vestirse, con camisa y pantalones acordes a la ocasión (inclusive dicen que se puso perfume) salió un tanto apurado hacia el lugar en que lo habían citado.
Puntual como era su característica, arribó al sitio (el cual desde un principio ya le pareció algo extraño) y preguntó por quién lo había invitado. Le respondieron que no conocían a esa persona pero lo convidaron a pasar. Se trataba de un restaurante, un lugar impropio para tener una reunión con un ex presidente, pensó, pero dado que no contaba con ningún comensal quizás se habría reservado exclusivamente para la cita. Sin embargo, todo cobró sentido aterradoramente en cuanto uno de los empleados, tal vez viéndolo un poco desconcertado, le preguntó ¿venís a jugar?


En ese momento a Guillermo le cayeron todas las fichas juntas. Lo que él había creído era un convite a una reunión de trabajo, que en su cabeza había tomado un tono poético al plantearse como un encuentro futbolístico, no era en verdad tal cosa. Era lisa y llanamente, ni más ni menos que un partido con todas las letras. Las comillas y el sentido metafórico habían sido otorgados erróneamente, por alguien que no creyó en la brutal literalidad de la invitación.


Un poco asustado por no haberse presentado en condiciones, salió apresurado a llamar a su compañera, buscando un consejo frente a tamaño equívoco. ¿Era mejor irse dado que todavía no lo habían visto e inventar cualquier excusa, o por el contrario quedarse para afrontar la situación, henchido de vergüenza como se encontraba? Para colmo de males no le atendían el llamado, debiendo entonces tomar la decisión en absoluta soledad.


Finalmente optó por la cordura e ingresó nuevamente. Ya eran cerca de las 20 y la cancha se iba llenando de gente, tanto dentro como a su alrededor. De momento Guillermo se encontraba del lado de afuera, aguardando la aparición de quién lo había convocado para intentar saldar el embrollo. Cuando éste llegó, ya vestido de futbolista como no podía ser de otra forma, comenzó a preguntar desde el verde césped mientras realizaban la entrada en calor: ¿Y Guille? ¿Dónde está Guille?


Guille, muerto de pudor, se acercó al alambrado y lo llamó a un costado.
-Aquí estás, oye cámbiate y entra.
-Che, no me vas a creer pero cuando me dijiste lo del partidito pensé que era una metáfora y que veníamos a una reunión de trabajo. No traje ropa de fútbol.
-No me jodas.
-Sí, igual no pasa nada, conseguime un corto y juego.


No apareció en escena un short pero sí un jogging que brindara la suficiente comodidad, junto a una camiseta de Paraguay con el número 9. Ni siquiera había entrado en calor asique le tocó empezar afuera (jugaban 6 vs. 6 y cada equipo contaba con 2 cambios). El partido arrancó parejo, tardaron cerca de 10 minutos en romper el cero.

Cuando eso ocurrió, el equipo de Evo realizó las 2 modificaciones y el inesperado protagonista saltó a la cancha. Jugó arriba, compartiendo dupla de ataque con quien llevaba la 10 de Bolivia. En su primera jugada, recibió un pase en profundidad del ex mandatario para probar un disparo al arco, con tanta violencia que al ser bloqueado por un rival hizo saltar a “la número 5” por encima del enrejado. Ganas sobraban.


Como no podía ser de otra forma, fue Evo quien abrió el marcador para su equipo, dando el empate transitorio en 1. En ese primer tiempo Guillermo no se encontró muy cómodo en la cancha, sufriendo en buena medida la desgracia de no haber llevado botines. Únicamente se las ingenió para, luego de haber dejado en el camino a un rival con un regate largo hacia el costado, sacar un tiro rasante que ingresó junto al palo. Fue el segundo empate parcial para un primer acto que terminaría con su equipo cayendo por 3 tantos contra los 2 mencionados.


Luego de un breve entretiempo para refrescarse y tomarse alguna foto de equipo, las acciones se reanudaron. Guillermo jugó el complemento con mayor soltura, especialmente luego de su segundo gol personal al conectar una pelota que había quedado boyando, que bien podría haber ido a parar a cualquier lado pero llamativamente se clavó en un ángulo. Sin embargo, el equipo de Evo se encontró abajo en el score durante todo el cotejo, diferencia que además se iba acrecentando con el correr de los minutos. El partido parecía ya perdido e inclusive se producían cambios que mermaban cada vez más las posibilidades, ingresando a jugar algunos de los compatriotas que habían acudido para vivar a su líder. Pero el fútbol es magia en estado puro, algo más tenía que pasar.


Faltando 5 minutos Guillermo apretó en la salida, robando el balón y convirtiendo un nuevo descuento para achicar la distancia a la mínima. Los bolivianos que alentaban desde fuera de la reja festejaban y gritaban “es por un gol, vamos”. Exactamente 30 segundos más tarde (existe material fílmico para los más descreídos) Guillermo intercepta un pase generando que la pelota se eleve unos 2 metros del suelo, y antes que vuelva a tocar el piso, ejecuta un remate que termina en el fondo de la red. Era el empate en 6, la hinchada se encontraba exultante y el árbitro avisaba que restaban 4 minutos. El réferi, designado en los momentos de calentamiento previo con total y absoluta informalidad, continuó dando partes respecto al tiempo. 2 minutos. 1 minuto. 30 segundos.


Parecía que terminaría en un empate, el cual no hubiese estado nada mal por lo épico de la remontada. Pero exactamente cuando el partido moría, en la última jugada Guillermo se transformaría en el héroe de la jornada. No de la reunión que finalmente no era tal y en la que su aporte seguramente hubiese sido insignificante, sino de un nuevo capítulo del deporte más lindo del mundo. Fue así como nuevamente interceptó un pase y, tomando por sorpresa al arquero con una veloz repentización, cacheteó el balón con cara externa para estampar el 7-6 definitivo.


Pitazo final, abrazos y festejos para una historia que bien podría haber sido insumo de un cuento de Fontanarrosa (con mayor gracia desde luego). Pero que cuenta con un elemento distintivo, el encanto de haber sido verídica. Aquella noche Guillermo, jugó el partido de su vida.

Guillermo Mustaine

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