Marcelo y Leo

Con la confirmación del traspaso de “Trapito” al Burgos español, se reencuentran después de varios años, dos figuras clave de la primera parte de La Era Gallardo: Pisculichi y Barovero. La historia de dos futbolistas que no tenían destino de ídolos y un partido los terminó consagrando. Escribe Santiago Núñez.

La noticia del traspaso de Marcelo Barovero al Burgos de la Segunda División “B” de España generó interés por varias razones. Antes que nada, por tratarse de la primera excursión europea del arquero. A su vez, resonó en varios medios de comunicación la significativa rebaja (entre el 85% y el 90%) que “Trapito” tendrá en su salario, algo que Barovero aceptó en pos de vivir su primera experiencia del otro lado del océano Atlántico. 

Por último, otra de las causas que le dieron difusión al hecho fue el próximo reencuentro que Barovero tendrá con un viejo conocido: Leonardo Pisculichi. El ex compañero de “Trapito” en River se encuentra jugando en el Burgos FC desde junio del 2019. Más de una persona podría preguntarse: ¿Por qué esto es noticia? Que algunas preguntas no tengan respuesta no quiere decir que el interrogante carezca de importancia.

Al ritmo del Muñeco  

Barovero y Pisculichi solamente coincidieron, entre 2014 y 2016, en River, lugar en el que solamente fueron dirigidos por Marcelo Gallardo. Juntos fueron parte de un ciclo sumamente exitoso. Ganaron una Copa Sudamericana, una Libertadores, una “Suruga Bank”, una Recopa y llegaron a ser subcampeones del mundo del Barcelona de Messi. 

A su vez, formaron parte de los inicios de un grupo que llegaría a la gloria máxima, ganándole a Boca, su eterno rival, una final de Copa LIbertadores en Madrid. Fueron, ambos en el equipo titular, iniciadores de una locomotora que llevó a River y a su gente a conseguir galardones que más de une ni siquiera había soñado. 

Pero al margen de las copas, Barovero y Pisculichi estaban (y están) hechos a la medida del River de Gallardo, caracterizado por hacer que brillen jugadores que no estaban ni por asomo llamados a tener el nivel que finalmente mostraron. Esto no implica desprecio sino lo contrario: es el conjunto el que potenció la individualidad, es el todo el que formó todas y cada una de sus partes. 

El River de Gallardo no tuvo ni Betos ni Enzos, ni Máquinas ni burritos, pero es, posiblemente, el mejor River de todos los tiempos. Gallardo, su cuerpo técnico y su grupo hicieron de esa forma de vida casi una filosofía futbolística. El Muñeco fue un gran escritor de guiones extraordinarios que fueron brillantemente puestos en escena por actores secundarios.

Tanto Barovero como Pisculichi bailaron al compás de ese tango barrial, humilde y espectacular. Fueron algo así como escritores que solamente podían expresarse por Twitter: pequeños pero eficaces destellos sin las grandes luminarias de quienes con perfil alto ostentan presencia en los medios de comunicación. Un Maradona y un Fillol de los potreros de Rafael Castillo y de los pagos de San Justo (Córdoba).

“Trapito” venía de 9 años de carrera entre intrascendente y buena, de menor a mayor en reconocimiento. Es cierto que su pase provenía de Vélez, club en el que tuvo una excelente actuación en un equipo que fue campeón en más de una oportunidad y que estuvo a un penal (errado) de jugar la final de América. No obstante, nadie hubiera imaginado que ese muchacho serio, con más pinta de “oficinista que de jugador de futbol”, llegaría a tocarles la puerta de la idolatría a Amadeo y a Fillol, que se convertiría en capitán de River y que se convertiría en el primer y único arquero de la institución en levantar una Copa Libertadores. La diferencia es sustancial.

Lo de Pisculichi es más profundo aún. Lejos de aquel joven que había brillado en Argentinos 10 años atrás, el enganche venía de varios sinsabores. Tuvo una mala incursión en Europa para luego irse al fútbol de Arabia y China. La vuelta, en diciembre del 2013, al club de La Paternal lejos estuvo de ser la mejor: un rendimiento futbolístico regular con descenso incluido. Nadie (absolutamente nadie) más que Gallardo podía ver en él un 10 titular en un River que venía de ser campeón y que se preparaba para algo más grande aún. Nadie (absolutamente nadie) podía prever que sería la figura indiscutible de una Copa Internacional que River ganaría luego de 17 años sin preseas fuera de las fronteras. Nadie (absolutamente nadie) podía pensar que Piscu sería el autor de al menos uno de los 20 goles más importantes de la historia del club de Núñez y que al día de hoy no hay hincha que lo olvide.

Además del sendero común, la vida los juntó al menos dos veces en momentos cúlmines. Una vez enfrentados y otra en el mismo equipo. La resolución de ambas situaciones podría haber cambiado la Historia y la vida de cada uno de ellos. Podría haber modificado la suerte de River y la alegría de millones de hinchas. A veces los caminos se cruzan y con que alguien mire hacia otro lado basta y sobra para que todo sea diferente. Pero, por suerte, otras veces todo cierra.

La cancha siguió abierta

El 11 de mayo del 2014 por la noche, llovía en Juan A. García y Boyacá. De un lado estaba un Argentinos descendido, que se empezaba a despedir de la Primera División. Del otro, el River de Ramón Díaz que, tras la derrota de Gimnasia (La Plata), podía por primera vez en todo el torneo ponerse puntero y llegar a la fecha final como líder.

No se sacaban diferencias en un partido chato, con más tensión y aburrimiento que fútbol. Pero, en el minuto 11, del segundo tiempo, Matías Kranevitter dio de forma errónea un pase hacia atrás para el “Lobo” Ledesma, que quedó a contrapierna unos metros por detrás del círculo central. 

Leonardo Pisculichi ya tenía visto que el arquero de River estaba adelantado y, sin pensarlo mucho, metió un pelotazo de cuarenta metros con rosca para dejarlo mal parado. Marcelo Barovero retrocedió con una rapidez inusitada y colocó la mano (sin despegarse mucho del cuerpo). La pelota se fue al córner del arco que da a la calle San Blas, para golpear con los carteles luminosos que decían “Urribarri”, pero no en alusión a Bruno (jugador del plantel de River) sino de su padre Sergio, que quería competir en la interna presidencial del Frente para la Victoria.

Si ese pelotazo hubiera sido gol, la vida habría cambiado muchísimo. River tenía muchas chances de perder ese partido y, con él, todo ese torneo, porque quedaba debajo de Gimnasia y de Estudiantes. Ramón quizás no renunciaba, porque no se iba a ir sin ser campeón y eso retrasaría la llegada de Gallardo. Los programas de TV berretas habrían pasado una y mil veces la repetición de la jugada, y una cantidad de analistas fracasados se habrían sentado en una infinidad de programas de televisión para decir que Barovero estaba mal parado, que en River el buen arquero era Chichizola, y que la penuria de River no cambiaría más. Pisculichi, quizás recordado como ese que le “cagó el campeonato” a River, quizás nunca habría llegado al club del Bajo Belgrano.

Pero no. Barovero la mandó al córner y minutos después Gabriel Mercado, primero, y Teófilo Gutiérrez, después, le darían la victoria al futuro campeón. Un relator, apenas “Trapito” sacó un gol casi consumado dijo: “Era para cerrar el estadio eh”. Pero no. La cancha siguió abierta.

Doce minutos y cuarenta y seis segundos

¿Puede una historia durar poco menos que un cuarto de hora? Los relatos son, en realidad, una construcción arbitraria, recortada con animosidad por parte de quien sea portavoz de los mismos. Entonces la respuesta es sí.

Hubo dos momentos, dos hechos, dos circunstancias que en un mismo día y en un mismo partido cambiaron para siempre la Historia de River. Uno fue protagonizado por Barovero y, el otro, por Pisculichi. Lo curioso es que ambos fueron separados por un rango temporal de 12 minutos y 46 segundos. 

Cuando Barovero atajó, a los 3:11 del primer tiempo, con su mano derecha el penal ejecutado por Emmanuel Gigliotti, le dio un rumbo a la Historia que podría haber tomado otro camino de manera drástica. En efecto, si Boca hacía un gol antes de los 5 minutos de juego era un mazazo porque obligaba a River a convertir dos tantos para clasificar a la final de la Copa. Diez años antes en ese mismo arco (el de Figueroa Alcorta) Boca había eliminado a River por penales en otra semifinal. Un gol, más que un “1 a 0 desde el vestuario”, era el fantasma de que la derrota sideral, constante e inevitable estaba, otra vez, a la vuelta de la esquina. Barovero es eternidad por una jugada que cambió el rumbo del universo riverplatense.

Pero aquella instancia que alineó los planetas en otra dirección del sistema solar, del universo y de la vía láctea se completó, como ha sido dicho, a los 15:57 de ese mismo primer tiempo, en el otro arco. Cuando Leonel Vangioni le pegó al arco mal y el balón solamente podía terminar en el lateral. Una suerte de parábola sin lógica pero con pasión quiso que el mundo enrocara, y que la pelota sea direccionada al palo más lejano de Agustín Orión. Eso solamente fue posible porque Pisculichi apoyó el borde interno de su pie izquierdo y acarició el balón hacia el otro lado, como el pintor que apoya el pincel con el lienzo. La red se infló y ya nada fue igual.

Una mezcla de dos instancias inolvidables e inigualables permitió que River eliminara a Boca y empiece a torcer un rumbo esquivo en los superclásicos y en la vida futbolística en general. 

Eso fue posible por dos personas que dieron la lección de que la gente más o menos común puede cambiarnos la vida para siempre. Con una atajada y un gol. Con un buzo verde y una banda roja. Con un penal y una jugada. Marcelo y Leo. Trapito y Piscu. Barovero y Pisculichi. Historia. River. 

2 de junio del 2020

Marcelo Barovero anuncia su salida del futbol mexicano para arribar al Burgos español. Será su primera experiencia europea. Se reencontrará con su viejo amigo y compañero Leonardo Pisculichi, con quien compartió sus mejores momentos en el inicio del mejor River de la Historia. Pero más que nada, con quien pudo demostrar que en el deporte más lindo del mundo no está todo inventado y que las epopeyas no son solamente para las grandes estrellas. La perfección no siempre es la que juega de local. Veremos que depara el reencuentro de estos dos caminos.

Santiago Núñez

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