Aquellas pequeñas cosas

Volvió Fernando Gago. Un nuevo capítulo de un futbolista diferente adentro y afuera de la cancha. Escribe Juan Stanisci.

Recién son las nueve de la mañana y el sol de diciembre ya pega como defensor enojado. Casa amarilla, La Boca, Argentina. Mientras los titulares hacen trabajos regenerativos, los suplentes y algunos pibes de la reserva juegan un picado. El preparador físico pega un grito, frenan para pasar a otra fase. El Chino Benítez se acerca a un joven de pelo largo que estaba jugando de cinco para los suplentes. Le pregunta si está preparado para jugar. “Sí” contesta despacio, como si tratara de no romper un equilibrio que sólo él conoce. “Perfecto, porque vas a ser titular.” 

Gago había bajado a jugar con la quinta el fin de semana anterior. El equipo necesitaba ganar para salir campeón. Por esas cosas del exitismo, en vez de afrontar el partido con algún pibe del plantel, prefirieron llamar a uno que hacía tiempo entrenaba con la primera. En una jugada recibe un codazo en la cabeza: traumatismo de cráneo con pérdida de conocimiento. Dos semanas afuera. 

El médico de Boca se acerca a Gago. “No podés jugar, tenés que esperar dos semanas.” El problema es que en dos semanas ya no habrá competencia, entonces el debut tendrá que esperar. “Dejame de joder, puedo jugar. Estoy bien.”  La cabeza del futbolista está diseñada para llevar su físico a situaciones límite. Está mal visto dejar pasar la chance de debutar en primera por una lesión que te permite correr tranquilo, lo mismo si fuera un clásico o una final. “No seas boludo Fernando, mirá si te golpean de nuevo. Te podés hacer mal y ahí te cagás la carrera. Esperaste años, podés esperar dos semanas.” Gago lo conoce y sabe que lo puede convencer. “Te juro que no voy a cabecear en el córner, pero dejame jugar.” 

El cinco de diciembre de 2004, mientras los titulares se guardaban para la primera final de la Copa Sudamericana contra Bolívar, Gago debutaba en primera contra Quilmes.  Pero no era solo un pibe que había jugado en Parque y hecho todas las inferiores en el club, el que estaba mostrándose por primera vez, era nueva forma de ser el cinco de Boca.

Jugar a la pelota

La mayor virtud de Gago no tiene que ver con ser un buen pasador ni con ver lo que la inmensa mayoría ignora. Eso lo hacen y lo hicieron muchos jugadores de fútbol. La mayor virtud de Gago es que no juega al fútbol: juega a la pelota. “Yo disfruto jugar a la pelota. Es algo que siempre hice y no va a cambiar. Obviamente que después de muchos años, fue una profesión. Algo que tomé como parte de mi vida el fútbol y la profesión de jugar. Pero lo que a mí más me divierte es volver a la cancha a jugar a la pelota. A tratar de meter un pase gol o de jugar bien. A mí me gusta que los equipos jueguen bien, más por la posición donde yo ocupo la cancha. Siempre dije que yo juego a la pelota, el fútbol es más el ambiente o lo que se genera alrededor de lo que es realmente correr atrás de una pelota.” Le dijo a Juan Pablo Varsky.

Gago siempre tuvo un rol importante dentro de la cancha. Los equipos que lo incluyen en su formación titular no suelen ser ajenos a su presencia. No se puede jugar igual con o sin Gago. Aunque de afuera muchas veces se nos pasa por alto como espectadores, Gago siempre es parte del juego. “Si el rival te hace una marca más personal, el espacio lo tiene que tener un compañero, entonces tengo que evitar jugar para que juegue mi compañero.”  A veces la mejor forma de jugar es no jugar.

 Pero con el tiempo aprendimos a verlo. Porque Fernando o Pintita, como le decían en sus inicios, nos fue educando el ojo. Así como con la música uno va entrenando la oreja para distinguir un bajo de una guitarra y poder escuchar el sonido del hi hat sabiendo que no es un crash o un ride; de la misma manera que con los años nos damos cuenta que no es lo mismo un saxo tocado por John Coltrane que por Coleman Hawkins; o que los colores no son los mismos si la cámara la pone Leonardo Favio; exactamente así aprendimos que no es lo mismo que los pases los de Fernando Gago. Gago fue un pedagogo. Nos enseñó a muchos y muchas hinchas a mirar fútbol, que detrás de esos veintidós tipos corriendo atrás de la pelota, hay líneas geométricas que se van dibujando. Y que solamente un botín con cualidades de cirujano, puede hacer pasar la pelota por ahí. 

Son aquellas pequeñas cosas las que Gago deja a la vista. No necesita hacer goles, correr hasta el fin del mundo a un rival o gambetear, aunque también lo hace si es necesario, sino que fue logrando que los detalles queden a la vista de la hinchada. Entonces un cambio de frente o un pase entre líneas se volvieron acciones que terminaban en una ovación. 

Pero también Gago marca. Sin hacer de la barrida algo espectacular como un choque de locomotoras, roba la pelota como el mejor estafador, sin que nadie se dé cuenta. Cada vez que va al piso el rival no cae, sigue corriendo, solo que ahora sin el balón. Y después de robar, Gago no se la saca de encima. Construye una especie de tela de araña. Toca y se acerca al compañero para que se la devuelva. Y la lleva para el otro lado. Así va formando una red de pases hasta que en algún momento con el cuerpo indica una cosa, pero su botín pareciera decir un segundo antes de soltar la pelota: “no, mejor por ahí no” y juega la pelota para un lugar que nadie había visto. Esos pases rompen las mejores defensas. “Lo que yo tengo que hacer es tratar de moverlo al rival para generar el espacio para un compañero. Y capaz que ese partido yo toco tres pelotas.” 

El pase puede ser una forma de tener la pelota. Si mi equipo la tiene entonces el rival no me puede hacer un gol. Pero hay pases que se filtran entre las líneas de mediocampistas que dejan a los delanteros mano a mano contra los defensores. Esos pases son puñales que se clavan entre las costillas defensivas. 

Lo que puede un cuerpo

A Gago el único límite se lo puso Gago. Durante gran parte de su carrera sus enojos lo bloqueaban durante los partidos. Errar un pase que él consideraba fácil, significaba no poder reaccionar para ir a recuperar la pelota. Con el correr de los años fue aprendiendo a controlar su cabeza, pero el verdadero problema vino cuando el rival fue su propio cuerpo. 

Del físico de Gago se habló hasta el hartazgo. Algunas personas querían analizarlo desde lo mental, entonces, decían que en ciertos partidos trascendentales se rompía. Otras directamente se dedicaban a hacer memes y exponer al mundo su propio patetismo a través de las redes sociales. 

No es normal que un futbolista tenga tantas lesiones. Pero quizás la respuesta no está en el físico de Gago, sino en el simple hecho de que otros cuelgan los botines antes. La mayoría, no digo de futbolistas sino de seres humanos, hubiera dejado de intentarlo hace mucho tiempo. El tipo ya había sido campeón no sé cuantas veces, jugó en el Real Madrid más de cien partidos, fue campeón del mundo sub veinte, campeón olímpico y sub campeón en un mundial, no había necesidad de seguir intentándolo. Pero Gago sigue adelante sin importar la lógica de lo que haría el común de la gente. “El día que no tenga más ganas, lo quiero decidir yo” dijo hace poco en una entrevista en Fox Sports Radio. 

Esta actitud frente a la adversidad generó que mucha gente que antes se reía de él, empiece a tenerle respeto. Pero él no lo hace para ganarse la admiración del resto sino por una cuestión interna. Gago no busca demostrarle nada a nadie, sino ser fiel a sí mismo. 

Desde que el ser humano que arribó a la actual etapa evolutiva, fue probando y forzando las posibilidades de su corporalidad. Pensando a la humanidad como especie, esta actitud generó, por ejemplo, el pulgar con el que pulso la barra espaciadora. Pero si vamos al plano individual nos solemos manejar bajo las reglas que nuestro cuerpo marca. El principal rival de un futbolista, se suele decir, es el tiempo. En el caso de Gago es su propio cuerpo. Pareciera que Gago intenta domesticar a su cuerpo. El tiempo dirá quién es el vencedor. Aunque como decía un viejo spot de campaña política, Gago ya ganó. 

Juan Stanisci

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