Recordarlo con alegría

El dolor por la muerte de Diego. El miedo de llorar frente a los hijos, de no poder volver a ver sus goles sin derramar lágrimas. Escribe Esteban Bedriñan.

Lo primero que puedo decir sobre la muerte de Diego es que tuve miedo. Durante toda la tarde del miércoles fui experimentando distintas variantes de esa sensación que no supe o no quise explicármelos. Mientras con mi mujer estábamos poniendo la mesa para almorzar y llamábamos a los chicos, me empezó a sonar el teléfono con notificaciones de varios grupos de WhatsApp donde preguntaban entre ellos si era verdad el rumor que ya se comenzaba a confirmar en los distintos medios. Opté por no darles pelota pero debo admitir que comí poco a causa de ello. Y comí con miedo.

Una vez levantado de la mesa, celular en mano, el rumor ya era una confirmación. Diego había muerto. Y volví a tener miedo. ¿Cómo iba a ponerme a llorar delante de mis hijos sin explicarles el por qué? El baño fue el mejor escondite donde largar las primeras lágrimas que derramé en mi vida ante el fallecimiento de una persona que no fuera un familiar o un amigo. Y cuando salí tuve miedo de que fueran a verme con los ojos rojos de tanto llorar, entonces me puse a ordenar cosas en la casa para disimular. Y tuve miedo otra vez. Se lo comenté a un amigo y me dijo que no tenga reparos en hacerlo frente a ellos. “Que tus hijos sepan quién fue ese hombre en la vida, que te vean llorar” creo que fueron más o menos sus palabras.

Sin embargo, y con ellos muy entretenidos en sus juegos y dibujos, seguí enganchado con las redes sociales y ahí me volvió a asaltar un nuevo miedo. A cada video del gol a los ingleses (cualquiera de los dos, no importa), al relato de Víctor Hugo, el baile del “Live is Life” de Opus en la entrada en calor de la copa UEFA del 89, el pase a Cani ante Brasil en Italia 90, el gol a Grecia en su regreso y varios más, me era inevitable ponerme a llorar. ¿Y si a partir de ahora no voy a poder mirar más todos los videos de Diego y me perderé la oportunidad de disfrutarlos como lo hice hasta ayer? La idea me dio muchísimo más miedo aún. De solo pensar que, a partir de ayer, no iba a poder conectarme más con Diego como lo hice durante mis 41 años de vida, me estremecía.

Al salir una vez más del baño, junté valor, sequé mis lágrimas y encaré a mis hijos. Haciéndole caso a mi amigo, les conté quién fue Diego en mi vida, lo que hizo con una pelota y todo lo que un niño de 4 y una nena de 6 pueden llegar a entender a esas edades. Les dije que todos en el país estábamos un poco tristes porque ese señor, que jugaba tan bien al fútbol y nos hizo muy felices dentro y fuera de la cancha, se había muerto hoy. Que era un día muy triste para todos. Y que no se asustaran si por ahí me veían llorar.

La respuesta de mi hija, tan maradoneana en su inocencia como en su sabiduría, me hizo perder hasta la última gota de miedo que fui acumulando a lo largo de este miércoles de mierda y me sirvió para entender cómo debo (debemos) recordarlo siempre: “Pobrecito ese señor que se murió papá, pero no importa, vos recordalo con alegría.”

Esteban Bedriñan

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