No hay estadística que explique lo que Lucas Pratto ha generado en su paso por River. Escribe Santiago Núñez.

En los instantes posteriores al  gol más importante de su vida, Lucas Pratto decidió que iba a interrumpir su corrida para hacer el festejo que le había prometido a su hija. Entendía que tenía que hacer la postura que Pía le había pedido luego de dar un pase a la red, algo que se había olvidado en tantos anteriores. El centrodelantero logró, entre la algarabía del empate de un Superclásico en una final de Copa Libertadores en el Santiago Bernabéu, esperar. Paró el tiempo para inmortalizar una figura icónica, en la que una escultura viviente de brazos cruzados mira al horizonte.

Con las manos escondidas en el cuerpo y una postura de mirada altiva, el delantero de River mostraba su capacidad de aguantar la parada, de bajar los decibeles, de mostrarse tranquilo en tiempos difíciles.  Los “brazos cruzados” suelen mostrar espera en signo negativo. La frase “quedarse de brazos cruzados a esperar” tiene impronta peyorativa, signo de negación, de buscar no hacerse cargo de los problemas. 

Pero para Pratto no. Esperar es mantener la calma. Sostener la frescura en momentos calientes. Ganarle a la presión permanente.

El pase más barato de la historia

Pensar a Pratto con River (porque Lucas es River) implica trazar una relación de altibajos, glorias inimaginables, presiones y esperas. El “Oso”, bautizado con ese apodo por el periodista partidario de Vélez Pato Mahón en su estadía en Liniers, llegó al conjunto “Millonario” en enero del 2018. Tenía la presión de ser el pase más caro de la historia de River, valuado en 11 millones y medio de dólares (hasta ese momento la compra más ostentosa había sido la compra de Teófilo Gutiérrez al Cruz Azul mexicano por menos de la mitad) y la segunda adquisición más pudiente de todo el fútbol argentino (la primera es, al día de hoy, el fichaje de Boca a Riquelme, proveniente del Villarreal, en 2008).

Eso implicaba tener todos los focos puestos en su figura. Pratto, a su vez, arribaba luego de un 2017 marcado por una derrota contundente e insólita ante Lanús por las Semifinales de la Libertadores y de la salida desprolija en plena competencia del goleador Lucas Alario, héroe en la Copa del 2015. Pratto llegaba como una suerte de reemplazante tardío de la ex figura millonaria, para acompañar a Rafael Borré o a  Ignacio Scocco.

Para colmo de males, ni Pratto arrancó bien en River ni River empezó bien su 2018. Una victoria, tres empates e igual cantidad de derrotas fueron los primeros siete encuentros oficiales del año.  Recién despegó el equipo en una victoria de casualidad en Paraná contra Patronato para luego ganarle la Supercopa Argentina a Boca, en la segunda final de la historia entre los dos más grandes del fútbol argentino. Pratto, como todo River, mejoró luego del encuentro del 14 de marzo, metió en concreto 2 goles en sus primeros 14 partidos y convirtió 5 goles en todo el semestre.

A contramano del gobierno de turno, Pratto sí tuvo su “segundo semestre”. Arrancó derecho con dos goles por Copa Argentina, contra Central Norte y Villa Dálmine y el golazo a Racing por los octavos de final de Copa. Comenzó a amoldarse al equipo con la potencia de un 9 goleador pero también la colaboración en la dinámica de juego y el pique corto que demostró, por ejemplo, en la final en la Bombonera.  De allí hasta los goles heroicos de la final de Madrid, momento en el que inmortalizó el festejo que repetiría en la Recopa frente a Paranaense y que se convertiría en una imagen sagrada, pseudo-divina, de un Pratto sonriente y de un River en “Modo Oso”. Pratto consagraba un año y medio que, más allá de las dificultades del principio, se mostraba no solamente exitoso sino digno de elevación al olimpo riverplatense, explotando las mejores características del goleador riverplatense. Pratto salió 14 palos pero hizo feliz de por vida a 17 millones de hinchas. Eso no tiene precio.

“Te amamos oso”

Las segundas partes, dicen, no son buenas. Al hombre de brazos cruzados la espera no le trajo cosas buenas. Un cóctel de lesiones, dificultades para jugar (además de la mejora de nivel notoria de Rafael Santos Borré y la llegada de Matías Suarez) relegaron a Pratto. Estuvo, pandemia mediante, 481 días sin hacer un gol. Recién lo logró el último 23 de septiembre en la victoria frente a Binacional de Perú por la fecha 4 de la Fase de Grupos de la Libertadores.

En esa misma ciudad, Lima, Pratto tuvo su peor recuerdo en River. El “Oso” perdió la pelota que derivaría en el empate de Gabriel Barbosa para Flamengo en la final del 2019. El delantero lloró por el balón y la final perdida. Solamente sintió algún consuelo cuando vio a la gente de River en el hotel, alentando al equipo. “No te reproches nada, errás porque intentás”, le dijo Marcelo Gallardo, mientras la gente de River armaba una campaña mediática para contrarrestar los ataques de la prensa al delantero de River. Vía Twitter, los hinchas hicieron tendencia al hashtag “Te Amamos Oso”.

Una bandera que diga Lucas David

El amor incondicional de la gente, mostrado en los peores momentos del paso de Pratto por River, muestran que en el balance no hay siquiera un claroscuro. El delantero generó en cada simpatizante riverplatense lo que ninguna estadística puede hacer ver. El amor incondicional de quien está cuando hay que estar, de quien no abandona. El que con su pie, su magia, su esfuerzo, logra concretar sueños que ni siquiera los hinchas sabían que tenían.

Pratto no son ni 26 goles, ni 19 asistencias, ni 109 partidos. Ni siquiera es el gol de Madrid. Ni una Copa Libertadores, una Recopa o una Copa o Supercopa Argentina.

Es un tipo que cuando vas perdiendo en Porto Alegre una semifinal baja, agarra la pelota y acelera para adelantar al equipo.  O uno que cuando vas ganando un partido increíble la saca de chilena en el área propia. Uno que hizo un gol sacando del medio. Uno que acarició con la suela el verde césped de la Casa Blanca para ganarle al destino.  Uno que hizo que generaciones enteras de niños y adolescentes puedan vivir felices y en paz el amor de su banda roja.

Los errores, ante semejante prontuario, son insignificantes. Pratto por lugar en el mundo, vocación personal y esfuerzo colectivo merece un lugar en la historia de River a la altura de los grandes. Si bien las comparaciones son odiosas, Lucas David pintó su cara en la bandera de los ídolos, posiblemente por encima de Aimar, D´Alessandro, Saviola, Ángel, Morete, Onega, Pinino, Funes y tantos otros que pintaron de gloria el Bajo Belgrano. La generación que hace feliz a su gente exige que se rompa ese parámetro común en el que los ídolos solamente pueden ser del pasado. Presente y gloria.

Pratto es un homenaje a dejar todo y a saber esperar el momento indicado para las cosas. El que nos enseñó a cruzar los brazos. Pero también a nunca bajarlos.

Santiago Núñez

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