El Cazador, capítulo 15 parte 2: no está

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá.  

El martes a la tarde ya tenía todo cerrado: el verso que utilizaría Valentín para subirlo a la camioneta, el día señalado, la navaja a punto y los elementos para ocultarme a la vista de Matías una vez que este se subiera a la Kangoo.

-Sos el mejor, Santopietro. El uno, el mejor organizador de juego que vi en toda mi vida –me felicité, sentado en el rincón más oscuro del bar, con Marito asintiendo desde la barra–. ¿Estás para un chinchón, pescado?

-Sí, cómo no.

  Pegué una ronda de mensajes.

  El gobernado de Juan estaba en San Bernardo y me mandó una selfie con la señora y los pendejos que me extirpó la primera sonrisa del día. El Gordo Leandro estaba haciendo una mudanza grande: un divorcio con cinco hijos en el medio.

-Vos sí que vivís de la desgracia ajena… –reflexioné, antes de apretar el micrófono para enviarle un audio–. Perfecto, Gordo. Laburá, laburá que este país sale adelante con laburo, viejo. Y fijate si te podés manotear un jarrón o alguna gilada para decorar el antro.  

  El paspado no aparecía en línea desde el domingo a la mañana. Al Equi ni le pregunté, seguramente debía estar con las dos manos ocupadas en la lata. Fabricio estaba sin un peso y sin ganas de venirse.

-Yo me tengo que buscar amigos nuevos, Marito. Gente como vos, siempre al pie del cañón.

-Si no jugamos un ajedrez, Manuel.

-¡Ja!

  Me quedaba intentar con el último orejón del tarro.

  “Caigo en quince. Prepará la cola”. 

-Ya te la preparo, zángano –murmuré, dejando el teléfono sobre la mesa–. Ahí cayó un pichón, Marito. Se viene el Mosca.

-¿El mosquito? Excelente –festejó, largando una carcajada maléfica. 

-Acordate. Vos tirá copa y espada, copa y espada.

-Copa y espada, sí.

-Eso mismo. Y en el segundo oro y basto.

  A las siete de la mañana del lunes arrancamos a cabalgar sin apuro rumbo al monte, con el mate y unas galletas en un bolso y los fierros en otro. Yo tenía una resaca viscosa e implacable, estaba para quedarme en la catrera hasta el mediodía, y en cambio Ricky, menos pecho frío y con alma de zaguero central de los recios, emanaba la vitalidad y el vigor de los dos caballos juntos.

-¿Qué mierda son estos, Ricky?

-Dos bayitos.    

  Eran tres kilómetros de camino despejado pero irregular. Todavía no había empezado a hacer calor, soplaba un viento del norte que según mi primo anunciaba días sin una gota de lluvia, y en el primer trayecto ninguno de los dos había hecho referencia al tenso diálogo vivido en el crepúsculo anterior. Después de haber elogiado un sector del campo vecino, mi primo rompió el hielo con lo que mejor sabía hacer: contar historias de su pueblo.

-Acá por culpa del Topo tuvimos un lindo entrevero el año pasado.

-¿Ah, sí?

  Resulta que habían caído al pueblo cinco tipos que, según las viejas que los habían visto, tenían pinta de porteños malandras. Ya en las primeras horas posteriores a su llegada, se había echado a correr el rumor de que estaban prófugos de la Federal, aunque se mostraban a la luz del día como si no tuvieran nada que esconder, lo cual era cierto. Y mi primo el Topo, con su amigo Miguelito, no había tenido mejor idea que ir a truquear al bar de Doña Alcira, mamarse e invitarlos a pelear porque sí, porque eran porteños, porque había un Fabricio en cada rama de los Rodríguez.

-Los dos cobraron como perros. Pero eran cinco contra dos, primo, eso no se hace. Por más que sea el Topo y te den ganas de matarlo, es desparejo. ¿O no es desparejo?

-Sí, Ricky.  

  A la mañana siguiente, la bola de nieve ya había crecido de campo en campo y los porteños eran narcotraficantes, estaban armados con fusiles y a punto de reanudar la fuga hacia el Paraguay.  

-Y ahí los fuimos a buscar. Ellos eran cinco, eh… –y se detuvo, mirándome para que valorara la hidalguía de los suyos– Nosotros podríamos haber juntado veinte, pero lo mismo, fuimos cinco nomás.  

-Todos calzados.

-Todos, primo, parecía que estábamos filmando un capítulo de Bonanza. Averiguamos dónde paraban, que estaban ahí del viejo Elio, fuimos, golpeamos las manos, nos bajamos de la chata… “Ah, sí, ¿qué tal? Acá con los amigos venimos a arreglar el asunto de ayer”. Unas caripelas, primo, que te digo, no me parecían de gente pesada.

-¿Ah, no?

-No me dieron esa sensación ¿viste?, pero… Por ahí se armaba en cualquier momento. “Sí, sí. Ese que está ahí nos agredió primero. ¿Pero cómo lo quieren arreglar?”, titubeó el vaguito que hacía de vocero, viendo que estábamos enchumbados. “Como vos prefieras. O los dos que se engancharon primero salen, y lo arreglan acá en la calle como hombres, a los puñetes, o nos vamos a tener que agarrar a los tiros todos contra todos y que sea lo que sea”.

-¿Y ahí?

-No, no te quiero contar más. Cada vez que me acuerdo me da un veneno, no sé… Unas ganas de… El Topo es lo más boludo que hay –masculló.

-Pero contame el final, ahora.

-Los porteños eran músicos.

-¿Cómo músicos?

-Músicos de rock, primo, tenían los bracitos de alambre así, todos finitos. Es más: creo que ni comían los vagos, si venían haciendo dedo desde allá y tenían que llegar a Corrientes… No, lo del Topo es una cosa única. Él y el otro pajuerano del Miguelito, otra vez sopa.

-¿Cobraron otra vez?

-Peor, primo. Peor que en el boliche de la Alcira. Y yo no pude hacer nada, ¿qué iba a hacer, meterme? Si me metía creo que lo corría al porteño para sacudirlo yo, al pelotudo del Topo.   

  Atamos los caballos a un centenar de pasos de nuestro destino, un apartado y espeso monte de dos hectáreas que quedaba en los límites de la propiedad.

-Si no al primer cuetazo se rajan para la casa estos dos.

  Ni contesté. Estaba serio, tenso, ansioso. Mientras nos internábamos entre las sombras del monte, ensimismado con lo que venía arrastrando desde hacía apenas una semana, me pregunté por los demás… Docabo, el Chelo, los de Las Tunas, Sánchez Morando, los Solís, Equi Cóceres… Equi Cóceres suelto, preguntándome si había leído tal o cual libro, metido en el corazón de la Agrupación como un tumor. 

-Ese chabón…

  Ese turro era un problema que había que resolver con urgencia, pero ya iba a tener la chance de encararlo, así que lo alejé de mi cabeza como si fuera uno de los tábanos que me estaban rompiendo las pelotas, y retomé lo anterior. ¿Los otros también se estarían preparando para la guerra como yo?

  De a ratos tenía claro que podían pasar cosas duras, que Almafuerte estaba comenzando a levantar temperatura y que cabía la chance de que todo volara por los aires, que lo de Dardo apenas había sido el comienzo y que el segundo paso para contribuir a esa explosión dependía de lo que hiciéramos el Santo y yo, con Matías Paz o con el siguiente.

  Me tranquilizó estar sumergido en ese oscuro nido, caminando concentrado y silencioso, preparándome para lo que se podría llegar a venir. La paranoia me estaba deteriorando poco a poco, ya había tenido dos o tres episodios de vértigo y pánico difíciles de manejar, pero si habían matado a Dardo para evitar que yo me presentara a las elecciones, también existía la chance de que vinieran a buscarme a mí.

-No te traje el 22 que hablamos ayer.

-¿No?

  Se frenó.

-Acá estamos bien, más allá hay una lomada y de ahí no pasa –dijo, viendo en esa dirección pero relojeándome.

-Como vos digas. 

  Apoyó el bolso en un tronco que tenía huellas de haber sido utilizado previamente, se prendió un cigarro y sacó un gastado 38 con la culata negra y el caño gris.

-Este es lo más confiable que hay, primo. Con que le metás un solo escupitajo de este guanaco al otro, te olvidás del asunto. Tomá y decime cómo lo sentís.

  Lo pude agarrar con firmeza, pero el resto del cuerpo me temblaba ligeramente.  

-Tengo algunas balas de punta hueca, serán unas cinco o seis, pero a menos que quieras asaltar un banco o darle al Íncreíble Hulk, con estas vas a andar bien –seguía Ricky con su lección, y me obligué a olvidarme de todo lo demás–. Sí, sí, vamos a andar bien –reflexionó, manejando con soltura chumbos y balas como si me estuviera enseñando a usar un joystick de la PlayStation.

-Perfecto, Ricky.

  Se quedó en cuero y lo imité. Se sentó a tomar un mate, mientras sacaba del bolso una carabina negra, y me senté junto a él. Prendió un cigarro y con una sacudida en el atado dejó asomado otro, para que se lo extirpe.

-Gracias.  

-Pero vos ya tiraste, primo –comentó, arrimándome la llama del encendedor.

-Ajá. La última vez que vine.

-Y estás medio cagado ¿o no?

-¿Medio, Ricky?

  Cabeceó un par de veces, primero en señal de afirmación y luego como negando los pensamientos que cruzaban por su cabeza.   

-No te vas a cagar encima, mirá que eso no es una manera de decir. Si las papas queman, te cagás en la ropa de verdad, eh, te entra a correr la mierda por los tobillos.

-Sí, no es joda –dije, por decir algo.

  Miró la ceniza colgada en la punta de su cigarro, la sacó con un suave movimiento de su pulgar, me alcanzó el mate y comenzó a rascarse la espalda con parsimonia.

-Quedate tranquilo, hermano, que me voy a poner nervioso yo y nos vamos a terminar mandando una cagada. Escuchá: ahora voy a poner unas latas que traje, y hasta que no las bajés consecutivas no nos vamos a ir de acá.

  Dije que sí con la cabeza, cerrando los ojos.

-Pero mañana volvemos. Y pasado también vamos a volver.

-¿Posta?

-¿Sabés qué vamos a hacer, no? Nos vamos a traer una cañita, nos la vamos a chupar tranquilos, y mientras vamos a seguir tirando… Creo que no te lo conté recién, pero yo nunca, digamos, nunca maté a nadie, ni tampoco tuve las ganas. Sí, lo habré dicho alguna vez, pero de ahí a hacerlo…

-Claro, es otra cosa.

-Por eso –liquidó el cigarro y lo aplastó con un violento taconazo–. El día que fuimos a buscar a estos porteñitos, no fuimos sobrios, no te creas… Somos gente de bien, normal, como la mayoría bah, y jamás se nos cruzó por la cabeza andar matando, andar a los tiros. Eso ni en pedo, primo, ni a un animal –me alcanzó otro mate, fuerte y espumoso–. Pero esa tarde fue otra cosa, para nosotros eran malandras y estábamos yendo a ciegas, con esa, con esa inquietud podemos decir… Así que mientras íbamos… Entre que juntábamos la gente, preparábamos las máquinas, íbamos de camino… Trago y trago. Pero trago de verdad, al punto que llegamos todos mamados o por ahí nomás. Y yo lo que vi es esto, lo aprendí ahí esa tarde… Si no estás medio mamado no das el primer paso, sin ese fuego en la tripa ¿viste?… No es que te parás y decís, bueno, voy a pasar a valores a aquel. ¿Con jermu, con hijas como tengo yo?

-No salís, Ricky –dije, alcanzándole el mate.

-No salís de tu casa. Entonces vamos a tener que hacer eso, porque yo mamado o sobrio tiro más o menos igual, desde los siete que ando tirando. Pero vos no, entonces es importante eso, que aprendás a defenderte más o menos copeteado.

-Está bien.

-Te lo dice un gil –le dio una larga chupada al mate y lo dejó a un costado. Se puso de pie.  

-Te creo, Ricky. Te creo, vamos con esa.

-Bueno. Vení, dameló que te empiezo a mostrar.

  Sentados en el centro del bar, con la barra a mi derecha, ya le habíamos desplumado tres gambas al pobre Mosca y estábamos jugando el primer partido sin trampa. La tarde comenzaba a caer detrás de las vidrieras del tugurio, que al igual que la calle estaba tranquilo, silencioso, sin una mínima señal de que algo importante podía llegar a ocurrir. Después de varios días agobiantes, la temperatura no pasaba de los veinte grados y hasta se esperaban lluvias para los próximos días. En el interior estábamos nosotros tres, y Nicolás Alfonso y Panchito Perizzo, dos amigos de la casa que se atendían solos, jugando al pool; en la vereda, el flaco de los libros, otro que no necesitaba de nuestros servicios para ser feliz. Por pedido de Marito, sonaban Los Rodríguez al mango: Sin documentos, A los ojos, Buena suerte, La mirada del adiós.    

-Menos diez –dijo el Mosca, con una sonrisa despedazada de sufrimiento.

-Anotame veintiséis –se acopló Marito, intentando meter las cartas en el mazo.

-Yo te anoto lo que tengás. A ver.

  Tenía un juego de tres 6. Después se había comido dos caballos, un 3 y un 5.

-Treinta, chamuyero.

  Escuché el tintineo de la campanita de la puerta y me di vuelta por reflejo. Volví a las cartas, anoté mis quince puntos y escuché que el Mosca susurraba algo.

-¿Bustos, no? –murmuré.

  Escuché los pasos firmes, los zapatos pegando con contundencia contra el piso de madera. De mínima, supe que venía decidido.

-¿Pero cómo anda el Teniente Dan?

  Era el Viejo Bustos, jugando fuerte de entrada y sentándose a mi lado sin pedir permiso. Los labios finos y crueles, el pelo gris, la sonrisita de compadrón, el caño a la vista, la indumentaria oficial de vigilante retirado: jeans genérico, camisa blanca adentro del pantalón y mocasines marrones.

-Acá, con ganas de culearme a un viejo preguntón.

  Marito se tentó de los nervios. El Mosca se quedó con el cigarro colgado de los labios como si fuera una estatua, en una postal en la que hasta el humo se había detenido. 

-Andá a traerme una cerveza, Forest –le ordenó a Marito, como si fuera un subalterno–. Y bajá el volumen de la música.  

-Está ocupado. Andá a buscártela vos si querés tomar algo –redoblé la apuesta, porque no me quedaba otra.

-Si me paro, vuelvo y te la parto en la cabeza por bocasucia.

  Cabeceé en dirección a las heladeras, autorizando a Marito, que a los quince segundos ya estaba de vuelta con un porrón de Budweiser, y frené la música desde mi teléfono.   

-Arrancó caliente la cosa –dijo el Viejo, con una voz tétrica, mientras se limpiaba la boca con un pulgar–. Un gusto, Oscar Bustos –se presentó ante el Mosca mientras le extendía la mano, aunque era probable que ya lo conociera–.

-Diego –tartamudeó el Mosca.

-¿Diego qué?

-Diego Hernán Rosl.

-Vamos a hacer de cuenta que no pasó nada, Teniente –dijo, palmeándome el apoyabrazos de la silla–. No vengo por el bar, porque además no hay mucho para hablar. Vengo por otra cosa.

-Decime.

  El Viejo Bustos era el dueño de cinco bares en Almafuerte, la mayoría ubicados cerca del centro, y tenía para todos los gustos: uno para el caretaje, otro para los putañeros, uno para los faloperos de baja estofa, que a su vez formaban un circuito que un mismo cliente podía recorrer en la misma noche; otro bien paradito, para los piojos santurrones, y uno más, que abrió a dos cuadras del mío y lo llenó de mesas de pool, metegoles y promociones de cerveza barata. El testaferro de los últimos dos era Cuco González, un vigilante al que le podía llegar a aceptar eso, pero no que no haya frenado a los de Control Urbano, mandados por el Viejo y por gente de Mateo Casares, para que me clausuraran el bar durante todo el 2017, es decir, que permitiera que los barras del Atlético Almafuerte, con el Pocho Gamarra dirigiendo la repartición municipal, me pasaran la pija por la cara y me arruinaran económicamente.

-Bah, como quieras. Si querés me meto a la cocina y me pongo a cazar cucarachas. 

-Aflojá que soy un pobre inválido, dale.

-Por eso, Teniente, por eso. Vamos a lo que me trae: ¿dónde está tu amigo?

-¿Qué amigo?

-El más pelotudo –aclaró, luego de haber prendido un Parissienes, largándome el humo en la jeta. 

-Ah. No está.

  Sonrió con malicia.

-¿Viste cómo te diste cuenta de quién estaba hablando? Qué tipo pelotudo ese Rodríguez, por favor.

-¿Para qué lo querés ver?

-Tengo que hablar con él. Pero… Sí, les puedo decir a ustedes. Hernancito –le habló al Mosca, que seguía con la garrotera–, ¿vos también sos amigote del otro boludo?

-Sí, jefe. Yo soy Diego, eh.

-No, pibe. Diego hay uno solo. Vos sos Hernancito –le explicó, consolándolo con una caricia en la nuca–. Escuchame, y vos también –le ordenó a Marito, que abrió los ojos como dos platos–: no se junten más con ese pelotudo, ya están grandes para seguir yéndole detrás como si fuera el Pipa Benedetto. Háganme caso, es un pánfilo que si le sacás esos golcitos que hizo en su momento no existe… Pero ustedes le deben dar letra y pasa lo que pasa, se agranda y sale a cocorear, a romperle los huevos a la gente.

-¿Qué querés, Viejo? Dale que estamos timbeando sin joder a nadie, no nos vengás a forrear al pedo que no hicimos nada –le rogué.

-No, ustedes no. ¿Quién dijo que ustedes hicieron algo malo? ¿Sabés cuál es el problema? Vos, Hernancito, ¿sabés qué me pasa? Que viene este pelotudo del orto del mundo, se junta con el gordo Lozano y lo vuelve loco. ¿Y después quién paga los platos rotos? Yo, Oscar. ¿Me entendés? No puedo así, no puedo… Vos no sabés cómo se puso el gordo después que lo vio. No, no sabés. Porque este pavo de Rodríguez tiene el don de engranarlo, en eso es peor que la jermu, no sé qué carajo le habrá dicho pero lo dejó con el culo dado vuelta.

-Pero Valentín es más bueno que el pan, Viejo, no empecemos a hablar de cosas que sabemos que no son ciertas.

-No, pero vos se ve que no estás captando, Teniente. Atendeme lo que te digo, hacé el favor… Ahora el gordo por suerte se rajó al mar, ojalá que allá se calme y vuelva tranquilo, porque si no me va a conocer. Pero el tema es que no quiero que le pase otra vez, ¿me entendés? No quiero que ese jeropa vuelva a aparecer cerca del Chelo. Deciseló, no hace falta que se lo diga yo. Si vuelve a llamar al Chelo, o lo vuelve a citar para hablar de pelotudeces, decile que va a tener problemas conmigo. Así deciseló, anotá: “Dijo el Viejo Bustos que si volvés a molestar a Marcelo vas a tener problemas con él”.

-Le digo –respondí, con la garganta seca.

-¿Le vas a decir? No, te dije que anotes. Anotá, dale –me ordenó, pasándome la lapicera con la que estábamos marcando el tanteador del chinchón, y comenzó a dictarme con los labios rozándome la oreja–. “Dijo… el Viejo Bustos… que si volvés a molestar a Marcelo vas a tener problemas con él”.   

-Listo.

-¿Listo? Perfecto –cabeceó, mirando el papel, y apagó el cigarrillo–. Los tres, diganseló los tres así le queda bien clarito. Yo ya sé que es buena gente el Cazador, pero también sé que es medio pelotudo ¿viste? Así que hablenmeló porque si no va a terminar con la escopeta metida en el ojete. 

-Le hablamos –dijo Marito.

  El Viejo se puso de pie.

-Anotame la cervecita que después paso y te la pago, Teniente. Chau, muchachos. Que les garúe finito. 

  Dos días después, cortando el campo al tranco en un atardecer limpio y de colores suaves, y tan borrachos que si queríamos tocábamos las nubes con las manos, pegamos la última vuelta. 

-Gracias, chabón –repetía una y otra vez.

-Primo, vos sabés –era la única respuesta de Ricky.

  Llegamos a la casa, nos pegamos una ducha para aterrizar y fuimos al encuentro de los viejos, que le estaban dando duro y parejo a la vida bajo la parra.

-¿Cómo anduvo Butch Cassidy? –preguntó Totó, con un pucho en la mano.

-Bien, tío, al pelo… Tiene soltura de cuerpo, no es una estatua. Eso es bueno.

-¿Hay bronca allá en Buenos Aires, sobrino? –alcanzó a balbucear Patricio, casi dormido por la borrachera.

-Sí –intercedió Totó, que estaba comprando los últimos números de la rifa para quedarse varado en Entre Ríos–. Le comieron la mina y anda embroncado.

-Ah, me parece muy bien entonces… Con la mujer ajena no se jode, y ahora hay que bancarse la que venga… No como el gorreado este –cabeceó el tío, en dirección a Ricky–, que ahí anda nomás, paseando las guampas por todo el pueblo.

  Ricky sonrió y me guiñó un ojo. No hacía falta más.

  El jueves a la tarde, luego de cinco días sin haber tenido noticias suyas, me llamó el paspado.

-Por fin, tragasable. 

-¿Santo? –preguntó con la voz resbaladiza.

-No, tu hermana la Rosario. 

-Choqué la chata, boludo. Estoy en la salita, me corté una mano.    

  No entendí lo que me quiso decir. No me entró en la cabeza.

-¿Que hiciste qué?

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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