Una noche en un bar de Brujas, Bélgica, un argentino se cruza con el mítico Jean Marc Bosman, aquel que a través de la Ley Bosman cambió para siempre la historia del fútbol. Escribe Juan Stanisci.

Los bartenders, todos saben mi nombre
Y me agarran cuando ando roto

Fumblin’ with the blues – Tom Waits

– Si no paga lo que consumió, no le podemos seguir sirviendo – tradujo mi cerebro del francés al español, no sin alguna dificultad.

– Sírvame otra copa y cuando decida irme le pago. Como todo el mundo. En las otras mesas usted no cobra cada media hora – respondió, también en francés y con firmeza, un hombre con más calvicie que pelo.

La escena me atrajo. No era la primera vez que presenciaba una pelea entre un barman y un borracho. Pero estaba solo en Brujas, Bélgica, metido en el mismo bar desde hacía no sabía cuántas horas, a esa altura cualquier contacto con otra persona podía ser atractivo. Hasta hacía unos minutos, estaba mirando la repetición de un partido entre el Anderlecht y el Standard Lieja.

Además, siempre me atrajeron los borrachos. Quizás tenga que ver con que me crié escuchando Tom Waits. Siempre esperé cruzarme con alguno de sus personajes. Intenté ser uno, pero con el tiempo me di cuenta que no tenían nada de gracioso ni interesante. No hay nada bueno en un borracho. Pero cada vez que puedo, me acerco y charlamos. A ellos les sirve que alguien le pague unas copas, mientras que para mí ayudarlos aunque sea a seguir hundiéndose en la ebriedad, es como purgar alguna culpa.

– Señor, le vamos a pedir que se retire – el barman se había retirado y había vuelto acompañado de un tipo enorme. Él era quien ahora llevaba adelante la negociación. O por lo menos lo que quedaba de ella.

El borracho tomó un trago y se dio vuelta. Detuvo los ojos en el piso. Siguió por las pocas sillas y mesas. Ninguno de los presentes le devolvió la mirada. Lo ignoraban, como si lo conocieran. Toda la madera de aquel bar en Bruselas ignoró al borracho que intentaba desafiar a un tipo enorme, aun sabiendo que perdería. Cuando digo toda la madera, es porque el bar era todo madera. El parqué del piso, el techo, las columnas, las mesas, las sillas, la barra y la puerta. Los únicos objetos que no eran hijos de los árboles, eran las botellas, los espejos, las dos ventanas que flanqueaban la puerta y los almohadones verdes cocidos a las sillas. La mirada del tipo se clavó en mí. Instintivamente levanté vaso y lo saludé inclinando la cabeza. Él respondió con una sonrisa.

– No hay problema, señores, el hombre bebe a cuenta mía – dije mientras me levantaba, como si estuviera en alguna película yanqui.

No tuve respuesta. De fondo, algún murmullo en las mesas que iba dejando atrás. El barman y el tipo enorme que amenazó al borracho se miraron levantando los hombros y siguieron con sus tareas. El barman sirvió un whisky, mientras que el tipo enorme se fue por una puerta que hasta ese momento no había visto.

Me senté al lado de mi nuevo amigo sin saber que decir. No hizo falta. El borracho me agarró del hombro y me dio unas palmadas. Brindamos. Pedí que llenen los vasos. Cuando el barman se alejó, el hombre me habló por primera vez.

– Tu francés es bastante malo ¿En qué país enseñan tan mal nuestro idioma? – me preguntó serio.

– Que yo sepa el idioma no es suyo, lo tomaron de los franceses – era más gordo y pelado de lo que había visto. La charla había empezado mal, pero peor era estar mirando las repeticiones de la Liga de Bélgica. El tipo me miró y se empezó a reír a carcajadas. Me palmeó el hombro de nuevo y casi me tira por arriba de la barra.

– En serio ¿De dónde sos? – me preguntó ahora amablemente.

Ya sabía lo que venía. Un ping pong aburrido de preguntas y respuestas. Argentina. Maradona. Asado. Tango. Si la persona era más joven, entonces Messi. Alguna pregunta sobre las condiciones alucinógenas del mate.

– Argentina – dije resignado.

– ¡Maradona! – no se hizo esperar, pero siguió – yo lo conocí hace años. Diego se portó muy bien conmigo.

Esa no la esperaba. Que un belga conozca a Diego, puede suceder. Ahora, que Diego conozco a ese belga es más difícil. Que ese belga sea un alcohólico, pelado y excedido de peso, ya vuelve al asunto un poco exagerado. Y que ese belga, gordo, pelado y con pasión por empinar el codo, este sentado enfrente mío en un bar de Brujas, ya es como para empezar a sospechar.

La segunda carcajada del hombre me devolvió al bar. El tipo se reía de mi cara de desconcierto.

– Claro que lo conozco a Diego ¿Le gusta el fútbol? – el tipo alternaba entre tutearme y tratarme de usted.

– Recién estaba mirando la repetición del partido de ayer entre Anderlecht y Standard Lieja, así que supongo que la respuesta es sí.

– Standard Lieja, manga de idiotas – una sombra se posó delante de los ojos del hombre que ya tenía toda mi atención. – Ojalá hayan perdido. ¿Cómo salieron?

– Ganó el Anderlecht 3 a 1.

– Gracias a Dios. Brindemos por eso. ¡Bartender!

El barman se acercó despacio. Tomó nuestros vasos y los llenó. En ningún momento me pidió que pagara por las bebidas. Mi invitado agarró su vaso y lo levantó, me hizo un gesto con la cabeza para que lo imitara. Brindamos tan fuerte que de los vasos se volcó bastante líquido y en las mesas, se dieron vuelta para ver que había generado ese ruido.

– ¿Y cómo lo conoció a Maradona? – pregunté para recuperar el hilo de la charla. El tipo me miró intrigado.

– ¿Te gusta el fútbol y no me reconocés?

Debería ser una vieja figura del fútbol belga. Pensé en Scifo, aquel gran jugador de la década del ochenta, pero no me quedó claro como podía haber terminado así. Tampoco me resultó parecido a Pfaff, el arquero de la selección que jugó con argentina en los mundiales 82 y 86. La expresión de mi cara debió responder su pregunta.

– Yo fui el jugador más importante del siglo veinte. Cambié el fútbol para siempre – dijo sin ningún tipo de humildad. Yo seguía sin reconocerlo. El tipo volvió a lanzar una de sus carcajadas. Se dio vuelta como si estuviera en un teatro y preguntó a todos los presentes.

– ¡Escuchen! ¡Escuchen todos!

Nadie le hizo caso.

– Escuchen, este hombre amable que me está invitando unos tragos viene de argentina. ¡Y no sabe quién soy!

Todos lo ignoraron forzadamente. Los pocos clientes que quedaban intentaron seguir con sus charlas como si nada pasara.

– ¡Son todos unos envidiosos! – les gritó ofendido.

– Basta Jean-Marc – de la nada había aparecido el tipo enorme que un rato antes lo había querido sacar del bar. Me miró pidiéndome disculpas – Discúlpelo señor, siempre hace lo mismo.

– ¿Que siempre hago lo mismo? Lo único que estoy pidiendo es que le digan a este buen señor, quien soy yo – le dijo al grandote.

– Este hombre al que usted amablemente le está invitando unas copas, se llama Jean Marc Bosman. Vive en el pasado. En ese pasado fue un futbolista con un gran futuro, pero se metió con los tipos equivocados y acá lo ve. Emborrachándose a costa de otros.

Jean Marc Bosman. No me sonaba.

– Veo que sigue sin reconocerlo. Pero quizás si cambio su nombre por una palabra, entonces sepa de quien le hablo. Se llama Jean Marc, pero es más conocido como Ley Bosman.

Como un rayo la verdad se reveló ante mí. Enfrente mío estaba el culpable de la mercantilización del fútbol mundial. Gracias a él, nuestro fútbol se había precarizado y cualquier proyecto de futbolista medianamente digno se iba antes de tener diez partidos en primera a Europa.

– Así que usted es Bosman. Su nombre aparece cada tanto en la televisión de mi país. Más que nada cuando quedamos afuera de un mundial. Usted nos hizo mucho daño – el alcohol me había soltado la lengua más de lo deseable.

– Yo no hice ningún daño. El daño me lo hicieron a mí. Yo solo reclamé lo que me correspondía.

Lo estaba insultando sin saber. Salvo alguna mención en los medios de comunicación, desconocía la historia de ese hombre.

– Si nos sirven otra copa le cuento.

Pensé en la plata que me quedaba en el hotel. Hice un cálculo rápido. Conocer la historia de Bosman, podía dejarme comiendo sanguchitos por lo que quedaba de mi estadía en Bélgica.

– Señor – llamé al barman – no nos sirva otra copa, deje la botella – siempre había querido decir eso.

Bosman tomó la botella y se sirvió hasta el borde. Lo mismo hizo con mi vaso. La dejó más cerca suyo que mío.

– ¿Usted fuma? Siempre es bueno fumar un cigarrillo antes de una buena historia.

Me quedaban unos Gauloises franceses. Me paré y enfilé para la puerta. Bosman me detuvo y me indicó la otra puerta, esa por la que entraba y salía el grandote que lo había querido echar.

Atravesamos la puerta y entramos en una cocina apagada. Seguimos caminando, Bosman abrió otra puerta y salimos a un pequeño patio. A pesar del frío, el grandote y dos tipos más, jugaban a las cartas en una mesita. Siguieron jugando como si nada. Sacó un paquete de cigarrillos, pero le ofrecí un Gauloise. Aceptó y fumamos en silencio. El frío exageraba el humo que largábamos por la boca. Apagamos las colillas y volvimos a entrar. Nos sentamos cada uno en su lugar. Bosman bebió un trago largo. Me miró y sonrió.

– Ahora sí. Todo comenzó y terminó en mi pueblo: Lieja. Jugué en los dos clubes más importantes y los odio a los dos por igual. En 1984 la palabra futuro para mí tenía un solo significado: éxito. Era la principal promesa de mi país. Estaba llamado a ser mejor que Enzo Scifo. ¿Conoce a Scifo, no? Claro, a él sí lo conoce. Jugó contra tu selección. Yo tenía que ser mejor que Scifo, el es dos años menor que yo. Pero Dios no quiso. Dios, el diablo o quien sea, prefirió guardarme un papel más grande en la historia del fútbol profesional.

Hizo una pausa y miró para un costado. Movió la mano como si quisiera ahuyentar moscas o fantasmas. Tomó un trago y siguió.

– Usted interrúmpame, así esto no parece un monólogo. En 1982 yo era la figura de la selección sub 21 de Bélgica. Scifo todavía no había aparecido. Tenía 18 años cuando una tarde dos compañeros míos en el odioso Standard Lieja, golpearon la puerta del presidente del club y le dijeron ‘la próxima temporada, nuestro amigo juega todos los partidos.’ No era por una cuestión de amistad, yo era bueno de verdad. Jugaba en el mediocampo, tenía buen olfato para llegar al área, recuperaba muchas pelotas y todas se las daba a mis compañeros. Pero terminando la temporada, al imbécil del presidente se le ocurrió comprar un partido.

– ¿Cómo comprar un partido? – lo interrumpí.

– Habíamos llegado a la final de la Recopa de Europa sin perder un solo partido. Del otro lado estaba el Barcelona. Tres días antes teníamos que jugar por la liga belga y el presidente del club no tuvo mejor idea que sobornar al otro equipo para dejarse perder. Así los titulares descansarían. No confiaban en nosotros, los chicos del club. El soborno se descubrió y el presidente, en vez de hacerse cargo, le echó la culpa a mis compañeros. Los echaron a todos. Quedamos los chicos del club. Teníamos que levantar el nombre manchado del Standard Lieja. La cosa empezó a funcionar, pero a la temporada siguiente trajeron otros jugadores en reemplazo de los que habíamos jugado cuando nadie quería ponerse la camiseta del Standard.

Me miró como dándome el pie para otra pregunta. No se me ocurría nada. Tome un trago para ganar tiempo.

– ¿Y ahí usted quiso buscar otro club?

– Claro, cualquiera hubiera hecho lo mismo. Mi tío Robert Waseige, que después dirigió a la selección, era el manager del otro equipo de la ciudad: el Royall Lieja. Me ofreció jugar ahí. Acepté pensando que iba a tener posibilidades. El problema estaba en que mi primo, su hijo, un imbécil que no sabía si la pelota era redonda o cuadrada, jugaba en mi misma posición. El idiota de mi tío no me ponía. Entonces un día fui y le dije que era un hijo de puta. Me suspendieron por seis meses. Mientras estaba suspendido, el club salió campeón de la Copa de Bélgica. Ellos habían ganado la guerra, no tuve otra opción que volver a buscarme club.

Volvió a mirar para un costado y a espantar algunos recuerdos con la mano. Aproveché para volver a llenar los vasos.

– Apareció la oportunidad de irme a Francia al Dunkerke. Futbolísticamente no era lo mejor, el club estaba en la segunda división, pero era una posibilidad para relanzar mi carrera. Les dije a los dirigentes del Dunkerke que sí. Además ya estaba harto de Lieja. La pelea con mi primo y mi tío se había vuelto una cuestión pública en la ciudad. Necesitaba irme.

– Pero no te dejaron – lo interrumpí para no dejarlo hablando solo.

– No. Mi contrato con el Lieja había terminado y creí que podía negociar con el club que quisiera, pero no era así. En esa época, por más que el contrato estuviera finalizado, el club dueño del pase podía exigirle dinero a quien quisiera llevarme. En principio el Dunkerke estaba dispuesto a pagar para tenerme en el club. Hasta llegué a mudarme a Francia. Pero el Royall Lieja pidió más dinero. Entonces los franceses dijeron que no y tuve que volver. Pero la cosa no terminó ahí. El Royall, con el hijo de puta de mi tío a la cabeza, me ofreció un nuevo contrato. Querían recortarme el 75 por ciento del sueldo y dejarme sin mis primas. Básicamente querían que muera de hambre. Para colmo sin saber si iba a jugar. Me lo hacían a propósito.

Bosman se tomó de un trago todo el contenido del vaso. Cualquiera que hubiera vaciado ese vaso de un golpe, habría terminado en el piso vomitando. El bar estaba vacío, salvo por nosotros y una mesa en un rincón.

– Un día volví a mi casa. Estaba triste y enojado, quería mandar a todos a la mierda. Le conté a un vecino lo que estaba pasando y me dijo que conocía un estudio de abogados que me podía ayudar. Ni lo pensé, al día siguiente fui a hablar con ellos. Les conté la situación. Me explicaron que nunca habían trabajado con un futbolista, que en general esa clase de problemas se resuelven en la justicia deportiva. Les dije que había ha ido a la Federación de Fútbol y lo único que había obtenido era la suspensión para seguir jugando. Estaba desesperado. Me dijeron que el conflicto podía demorarse un año y medio. Casi que tuve que convencerlos a ellos para que se pusieran al frente de mi demanda.

Los integrantes de la mesa del rincón pagaron y se fueron. Quedamos nosotros dos, el bartender y los tres del patio que jugaban a las cartas desafiando al frío. Bosman se prendió un cigarrillo sin preguntar. Lo imité. Empezaba a dudar de la escena original. ¿Harían eso cada noche para que alguien le pague tragos al ex futbolista?

– Enviamos telegramas al club y a la federación. Nada. No había respuesta. Bueno, en realidad sí hubo respuesta. Se me reían en la cara. Entonces hablé con el abogado, Jean Lois Dupont, otro reverendo sorete que terminó trabajando para los dueños del fútbol, y fuimos al juez. A la justicia ordinaria. Y fue el comienzo del fin, mío y del fútbol tal y como lo conocimos.

Como pudo Bosman se paró. Cordialmente me pidió permiso para ir al baño. Estaba encendiendo el último Gauloise, cuando escuché un sonido que me era familiar. Habían cambiado la música. De fondo se escuchaba Edmundo Rivero. Ahora sí que no me la cree nadie, pensé.

– Dugante muchos años viví en Aggentina – me dijo alguien, cambiando las R por G. Era el bartender, que se estaba preparando un Fernet con Coca. Lo miré sorprendido.

– Estuve casado con una chica hegmosa de El Palomag. Me la pasaba tomando Fegnet y escuchando tangos. Amo a Edmundo Guivego. ¿Ya le contó el encuentro con Magadona?

El último comentario confirmó mis sospechas. Se estaban aprovechando de mi curiosidad. El barman debería estar calculando cuánto faltaba según lo que me había contado Bosman. No los podía culpar, la historia era muy buena. Valía todos y cada uno de los Euros que pagaría por la botella.

– Cuando vuelva a Buenos Aires y cuente que estuve en un bar en Bélgica escuchando Edmundo Rivero y charlando con Bosman, nadie me lo va a creer – le respondí.

– Es muy linda Buenos Aigges, aunque muchas palomas.

Bosman no volvía y la charla se estaba yendo a cualquier parte.

– Ahora pusieron unos pájaros, como águilas pero más chicas, a que se las coman. Se comen hasta los perros, pero a las palomas ni las molestan.

El barman se alejó cantando “la ñata contra el vidrio” y volvió Bosman. Continuó la historia como si fuese un libreto.

– Cinco años estuvimos en juicio. La Unión Europea tomó el tema de los contratos y la libertad de acción, pero agregó otro ítem: los pasaportes comunitarios. Un día me llamó Dupont y me dijo que la UEFA quería negociar. Doscientos mil euros me ofrecían. Lo único que había que hacer era retirar la demanda. Si hubiera sabido lo que vendría, hubiera aceptado con los ojos cerrados. Hasta ese momento las federaciones de futbolistas me daban algo de plata. Se intentaron organizar partidos para recaudar fondos. Pero tenía el orgullo herido y quise ir hasta el final. El resto es conocido. El quince de diciembre de 1995 el tribunal de Unión Europea me dio la razón. A partir de ese momento los jugadores que finalizaran sus contratos podían negociar libremente. Pero la Unión Europea no se quedó ahí, desde ese día quienes tuvieran pasaporte comunitario europeo, no ocuparían cupo de extranjero en sus clubes. ¿Sabe cuántos jugadores no españoles tenía el Barcelona al año siguiente?

– La verdad no lo sé.

– Diez. Una vez la selección holandesa me dio las primas que habían ganado por un partido. Les agradecí y Frank De Boer me contestó ‘nosotros te tenemos que dar las gracias. Sin ti yo no estaría en el Barcelona’, ahí no supe si darle una trompada o tomar el dinero.

Me reí. El hizo tronar su carcajada. Afuera amanecía. Por la puerta que estaba atrás de la barra, salieron los tres tipos que estaban afuera. Saludaron con la cabeza. Esperé ver si entre Bosman y el grandote había alguna seña, pero no pasó nada. Bosman estaba empeñado en sacar algo de un bolsillo, pero la cosa no quería salir. Al fin sacó una billetera y de adentro unos papeles. Eran fotos. Me las fue pasando. Era él con distintos futbolistas famosos: De Boer, Maradona, Clarence Seedorf, Genaro Gattuso, Erik Cantona, Zlatan Ibrahimovic o Lorenzo Insigne.

– A ese – me dijo señalando la foto con Insigne – me lo crucé una vez en una gala de Fifpro, la Federación de Futbolistas Profesionales ¿A usted le parece? No me conocía el napolitano ignorante. Tendrían que enseñarles un poco de historia. Ibrahimovic pudo pasar gratis entre clubes gracias a mí, Andrea Pirlo también. ¿Se imagina los millones que ganaron los clubes gracias a mí?

Intenté calcularlo pero me resultó imposible. Bosman había servido como chivo expiatorio para el mercantilismo que se estaba gestando en Europa.

– ¿Le agradan las estadísticas?

– No mucho – confesé.

– Estas le van a interesar. Después de diciembre de 1995 solo tres seleccionados no europeos llegaron a la final de un mundial. En cuanto a clubes, los sudamericanos habían ganado más Copas Intercontinentales que los europeos: 20 contra 14. Después de mí ley, los europeos ganaron 19 y los sudamericanos solo 6.

El hombre de verdad vivía en el pasado. Memorizar esos números avivaba la llama de su rencor.

– ¿Y usted no intentó volver a jugar? – pregunté para sacarlo de ese oscuro lugar.

– Durante los años que duró el juicio pasé por varios clubes, pero no llegué a jugar treinta partidos en cinco temporadas. Cuando el juicio terminó, mi nombre era veneno. Nadie me quería contratar. Me cerraron todas las puertas.

– ¿Y a Maradona como lo conoció? – le pregunté volviendo al principio.

– En 1997 Diego quiso armar un sindicato paralelo de futbolistas. Estaban los mejores de la época. Cantoná, Suker, George Weah, que después fue presidente de su país, Stoichkov, Gianluca Vialli, Laudrup, Valderrama y bueno, un servidor. Acá está la foto – me dijo señalando una imagen de él y Diego, los dos de traje, corbata y unas gorritas que decían AIFP.

– ¿Y hablaron? ¿Qué le dijo? – pregunté interesado por escuchar alguna anécdota con Diego.

– ¿Qué si hablamos? ¡Claro que hablamos! Él me agradeció por lo que había hecho. Me dijo que nunca nadie se había plantado de esa manera contra la FIFA y la UEFA. Después no sé por qué lo del sindicato no prosperó. Hicieron un partido, pero creo que con el mundial de Francia la mayoría de los futbolistas prefirieron jugar antes que pelearse con la FIFA.

La botella estaba dando lo último que tenía, yo me sentía igual.

– ¿Y usted que hizo después?

– Me pasó de todo. Mi mujer me dejó. Estuve preso, me dediqué a la bebida. Porque usted ahora me ve tomando y debe pensar que soy un borracho que vive de contar sus historias, pero no es así. Aprendí a dejar el pasado atrás.

Decidí que era hora de emprender, como pudiera, el camino de vuelta al hotel.

– Le agradezco mucho esta charla, Bosman. Pero es hora de irme.

– No tiene por qué agradecerme. ¿No quiere que lo acompañemos al hotel? A estas horas puede ser peligroso, ustedes los sudamericanos piensan que los delincuentes no existen acá en Europa, pero créame que hay y muchos.

¿Acompañarme al hotel? De pronto entendí todo. Bosman, el barman, el grandote y los otros dos, eran parte de una banda que se dedicaba a robarles a los turistas. Bosman nos distraía con sus anécdotas mientras las copas pasaban. En un momento nos llevaba a la parte de atrás para que los otros tres nos vieran y así quedábamos marcados. Tenía que encontrar una forma de escaparme.

– Le agradezco, pero no creo que haga falta. Puedo tomar un taxi.

– ¿Un taxi? Este quiere tomar un taxi – le dijo al barman que se hacía el distraído – No, señor, a esta hora por acá no pasan taxis. Déjeme que lo acompañe.

Intenté ponerme de pie, pero las piernas no ayudaron. Tuve que apoyarme en la barra. Bosman amagó a pararse para ayudarme, pero le hice una seña para que no lo hiciera.

– Mire, amigo, lo mejor va a ser que lo acompañemos – me dijo en un tono más serio.

No tenía escapatoria ¿A dónde iba a ir? Seguro los otros tres me estaban esperando en la esquina. Quizás podía salir con ellos e intentar escapar. Bosman se paró y me agarró del brazo.

– Yo ya sé lo que hacen ustedes, así que mejor me vas soltando – le dije en un francés mezclado con alcohol.

Bosman se detuvo y me miró sin entender.

– Sí, no me mirés con esa cara pedazo de belga ladrón. Vos y ese que está atrás de la barra haciéndose el boludo ¿Qué se piensan que soy tarado? Ya me di cuenta de todo. Ahora cuando salgamos, van a estar los otros tres, esos que estaban atrás, y me van a llevar al hotel para robarme. Pero yo ya me fijé. Acá hay policías en todas las esquinas, así que si intentan algo raro, voy a contarles lo que está pasando – les grité en el tono más amenazante que pude. Bosman me miraba sin entender.

– No señor, usted está pensando cualquier cosa – intentó explicarme Bosman.

Como pude me paré y encaré para la puerta. Estaba a punto de lograrlo cuando me tropecé con una silla y terminé desparramado en el piso. Bosman quiso venir a levantarme.

– ¡Ni se te ocurra moverte! – le grité.

– ¡Señor, se está yendo sin pagar! – gritaba el barman desesperado.

Saqué algunos billetes del bolsillo y los tiré al piso. Salí como pude de ese antro de mala muerte. Llegué a la esquina mirando para atrás. Nadie me seguía. A las pocas cuadras pude conseguir un taxi. Había conseguido salvarme de la banda de Jean Marc Bosman.

Juan Stanisci

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