El Cazador, capítulo 22: el reencuentro

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

 “¡Furgoné, Furgoné, Furgoné…! ¡Ponga huevo que no ha pasado nada…! ¡Lo dice esta hinchada, que está descontrolada, Furgonero tenemos que ganar!

Popular del Ferrocarril San Martín   

  En la fría tarde del lunes 18, hasta ahí lánguida e intrascendente, apareció sin previo aviso por el bar. Habían pasado ocho días de su resurrección. A primera vista daba la sensación de que ya había superado lo peor y que lo próximo sería más fácil de sobrellevar.  

-Manu.

-Paspado. ¿Qué se cuenta?

-Todo en orden. ¿Qué onda?

-¿Vos qué onda? Cuéntame cómo has estado, hoy aquí está nublado, vos sabés cómo te extraño parece que llueve dentro de mí…  

-Dale, boludo, te hablo en serio.

-Pareciera que son años, todo el tiempo que ha pasado, no te escucho aún y no sé si algún día cariño vendrás a mí…  

-Manuel.

-Muero por tiiii, duele estar sin tiiii…

-Me voy a casa, gil de mierda.  

-Vení, quedate. Bien, bien, todo bien por acá.    

  Sonrió, mirándome con la serenidad de un viejo sabio que había vuelto del infierno.    

-Me alegro.  

-Ni te sientes –lo atajé. 

  Diez minutos después estábamos en el patio con la pelota y una cerveza.   

  Comenzamos a jugar en silencio, concentrados en el juego, sabiendo que era más importante el gesto de su aparición que lo que pudiéramos decir en ese reencuentro. Además no hacía falta hablar mucho: con  la pelota picando contra las baldosas y la música de los uruguayos Eté & Los Problems que llegaba desde el salón era suficiente para que nos sintiéramos bien.

-¿Cómo va esto?

-Diecisiete iguales, Manu.  

-Ya te lo finiquito.  

  Estaba a casi cuatro metros del aro, cerca de la puerta. Era un tiro bastante boludo, pero lo erré. Valentín, con esfuerzo, tomó el rebote desde la izquierda, se acomodó y la embocó.

-¡Vamos! Uno arriba.   

-Pasan las horas, como si pasaran semanas, tal vez han pasado semanas… ¿Cómo saberlo? –canté con la voz grave sobre la voz del uruguayo Ernesto Tabárez, mientras me preparaba psicológicamente para asimilar la dura derrota.

-¿Te levantaste en Pavarotti hoy?

-Siempre. En cualquier momento organizo una noche de karaoke y me canso de cortar tickets.

-Ahí cantame la de Dalila de recién.

-Sí, seguro. Lo primero que hago es dedicarte “Deja de llorar”.

  Se colocó para el lanzamiento del libre. Como venía con la mano caliente, decidí no gastar energía hasta el siguiente tiro.

-Diecinueve a diecisiete, gato –dijo luego de facturar, con la pelota nuevamente en sus manos.

  Tenía un revólver apuntándome a la cabeza. Mi idea era moverme para capturar un posible rebote, pero de repente tenía un revólver apuntándome a la cabeza.

-Calladito. Y quietito ahí.

  Valentín, de espaldas, no lo había visto. Sin saber lo que estaba pasando a pocos pasos, picó la pelota tres veces y tiró. El otro también.

  Me desperté con el comienzo de un capítulo de Cien años de soledad instalado en mi cabeza, todavía tibio sobre mi boca porque lo había pronunciado en un sueño. Era sábado al mediodía y supe, todavía desde la cama, que el Santo no estaba en la casa.

-El Coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos –repetí de memoria la oración que había escrito con tiza en una pared de mi pieza de adolescente–. Qué hermoso hijo de puta.  

  Cargué el teléfono. Sábado 9 de febrero, 14: 32 horas. Entré al Whatsapp, obvié todos los mensajes y le pedí prestado el libro a Pucho.

  Apagué el teléfono y me volví a acostar.

  Pero no me pude dormir. Seguí pensando en las sirenas que habían sonado a lo largo de esos días, en lo distinto que me afectaban cuando cruzaban por la ciudad, como si Almafuerte se hubiera convertido en una pantalla de Pacman y cada sirena aproximándose viniera directamente a nosotros; en Dardo, en el Dardo persona, en el Dardo hincha, en el Dardo que indudablemente había llegado a saber la verdad antes de morir; en el auto que nos había seguido… ¿Los de Docabo? ¿Los de Las Tunas? ¿El Chelo y el Viejo Bustos? ¿Algún desconocido esbirro de los Solís? ¿Quién? ¿Thiago Solís? ¿Tute Sánchez Morando? ¿Thiago y Tute en compañía de la banda de Docabo? ¿Quién? ¿Alguno de la Agrupación? ¿Juan y el Gordo Leandro?; pensé en la falta de testigos, de sospechosos, de pruebas, de pistas, de consecuencias, de novedades, que conformaban otro grotesco “Aquí no ha pasado nada”, el segundo en menos de un mes; en lo que le había vivido Paz una vez abandonado frente a la zanja, un lugar que ya no podía recrear en mi mente, lo mismo que me pasaba con la cara de Jazmín; y también pensé en Jazmín, en su cara completamente olvidada; en el Furgón, jugándose la pilcha a dos cuadras; en mi tobillo derecho mal curado, en la tendinitis del Aquiles, en la artrosis crónica, en los puntazos de dolor que me acechaban en el paso menos pensado.    

  El Santo volvió a las cuatro para echarse una siesta. Se despertó a las cinco, y antes de irse pasó por la pieza.

-Ganó el Furgón, che. Cuatro a uno.

  Solo había escuchado dos gritos de gol de manera clara, y luego un bullicio indefinido, alguna que otra canción para levantar a los muchachos, aplausos y chiflidos ocasionales.  

  Salí de la cama cuando la casa ya estaba nuevamente vacía. Estaba desbordado de energía, ansioso, sediento de luz. 

  Con el equipo de mate suplente del Santo debajo del brazo, saqué el parlantito al jardín trasero y me acomodé en una reposera de cara al sol. Elegí Time fate love, disco solista de Luca Prodan, prendí el primer Chesterfield que fumé con placer en días, y le di un par de mimos a Mal Llevado, erguido a mi lado con una fidelidad inédita.

  Las ganas de seguir adelante, como un ensangrentado pájaro cubierto de cenizas que levanta la cabeza en una ciudad arrasada por el fuego, por fin estaban ahí. Había columnas de humo, silencio, un perro mirando al cielo, escombros, recuerdos nebulosos y punzantes, sangre y dolor. Mucha sangre y mucho dolor. Pero había que seguir.

-Dale, Caza. Dale, papu, dale. Dejate de hinchar los huevos.       

  Al otro día, como Pucho rajaba para Capital y lo del Santo le quedaba de paso, se acercó. Bajó del auto con la novia, a quien ya se le notaba la panza, y nos quedamos hablando de su embarazo por varios minutos.

-Dejé el mío allá en Bariloche y no sabés las ganas que me dieron de leerlo –comenté hacia el final de la charla, casi despidiéndonos, con el libro en la mano.  

-Bien ahí, Lento. Cada tanto hay que darle de nuevo, es infinito este muchacho.

-Infinito, olvidate… Te lo paso esta misma semana. Gracias, chabón, me salvaste.  

-Tranqui, perro.  

  Era una luminosa y potente mañana de domingo, con el cielo más azul en lo que iba del año.

  Ya solo, asomado en la puerta, miré la vereda, la calle, la esquina del Andén a dos cuadras. Era el barrio de siempre, recluido hacia dentro, con el pulso marcado por la bocina del tren San Martín, a la espera de las once de la mañana para salir de la catrera, sacudirse la resaca de los festejos de la noche anterior y exprimir hasta la última gota del día de descanso.

  Nervioso, busqué la tarjeta de débito –engordada cuarenta y ocho horas atrás– y me terminé de vestir.

  Salí a la calle con un extraño cosquilleo que no era miedo, sí quizás cierta sensación de desamparo, pero la primera cuadra, amena y silenciosa, casi una extensión de mi propia casa, fue un adelanto del resto del trayecto. Pasé por la panadería, y después me animé a ir hasta la estación de servicio de la avenida Irigoyen.

-¡Oh oh! ¡Oh oh! ¡Hay que alentar al Cazador! –me gritó desde una Honda CG un hincha al que no pude reconocer.

  Se me puso la piel de gallina como si me hubiera gritado una popular entera, y lo correspondí con un chiflido, un brazo en alto y una sonrisa. Pero me costó entender lo que acababa de pasar. Un hincha común y corriente no me lo hubiera creído, pero me había olvidado de esa canción. Comencé a tararearla mentalmente con cierto pudor, una y otra vez, hasta que la saqué completa.  

  <<Hay que alentarlo hasta la muerte, porque yo al Caza lo quiero, porque es un Furgonero y lo lleva en el corazón… Y no me importan lo que digan, esos putos comeanguila la puta que los parió… ¡Oh oh! ¡Oh oh! ¡Hay que alentar al Cazador!>>.

-La concha bien de tu madre –corté de cuajo, cuando la nostalgia de aquellas tardes gloriosas, que en mi nublada memoria eran doradas y verdes, con destellos rojos y amarillos, comenzó a hacerme muy mal.     

  Volví como si estuviera flotando en el aire, con facturas, cigarrillos y la mente despejada por el paseo. Preparé el mate y me senté a leer. De a ratos frenaba porque el deseo de volver a jugar en el Furgón no me dejaba pensar en otra cosa. Un buen rato después se despertó el Santo.

-Hola, Valentín.

-Hola, Manu.

-¿Qué estás leyendo?

  Levanté el libro y le mostré la tapa. Iba por la remota tarde en que José Arcadio llevó a sus hijos a conocer el hielo.    

  A la mañana siguiente, con el cuerpo en Almafuerte pero el alma encallada en una Macondo que acababa de ser arrasada por un viento ciclónico, le mandé un mensaje al Gordo Leandro.

  “Dale. Cabeza. Dejame.que.me.organice.pero sí, salimos.entre.el.jueves.y.el. viernes” fue su respuesta.

-Gracias, Gordo –le respondí por audio–. Y feliz cumpleaños.

  Era la mejor decisión: juntar campamento en Bariloche y pegar la vuelta.

  Mi mayor reparo eran las mesas de febrero. La primera la tenía el lunes siguiente, y luego las otras para el 21, 22 y martes 26 de febrero. Llamé al Consejo Escolar de Bariloche.

  Resolví el tema burocrático una hora después, con siete renuncias enviadas por captura de pantalla para acelerar mis reemplazos, que debido a la excepcionalidad de mi caso se diagramaron para el día siguiente. Pasé al tema ético: llamé a cada Secretaría, y luego a cada preceptora, para avisarles que no volvería a trabajar pero que a más tardar el viernes de esa misma semana andaría por las escuelas para dejar los temas de examen y firmar los respectivos ceses de función. Solo un secretario se quejó por la desprolijidad, pero como no habíamos trabajado juntos a lo largo del año ni me gasté en explicarle que no acostumbraba a actuar así. En relación al trabajo, la última decisión que tomé fue la de no inscribirme en los actos públicos de Almafuerte hasta que no comenzaran las clases, en la segunda semana de marzo; era 11 de febrero, con lo cual tenía poco de un mes para terminar de recuperarme y darme el alta psicológica como para pararme delante de treinta adolescentes. La plata, durante marzo y abril y quizás mayo, no sería problema, porque hasta que el Estado argentino se enterara de que yo había renunciado a mis horas en Río Negro y había vuelto a Buenos Aires pasarían meses en lo que seguiría cobrando mi sueldo como si nada hubiera ocurrido, casi de la misma manera en la que seguía caminando libre luego de haberle disparado a otro ciudadano sin que nadie se inmutara. El hachazo, la deuda con la provincia de Río Negro, habría de aparecer más adelante, en junio, en julio, y para ese entonces quizás ya estaría preso o trabajando de otra cosa.   

  El jueves a la madrugada salimos con el Ford 350 del Gordo Leandro rumbo al Sur.  

-¿Y, desaparecido en acción? ¿Mejor?

-De diez, Lea.

-Me alegro. Armate los mateycos y preparate porque vamos a quedar verdes, mirá que yo me tomo entre siete y ocho termos por día.

-Joya. Te acompaño.

  Almafuerte estaba igual que en mi regreso, un mes atrás: vacía, callada, oscura. Pero, a su vez, era otra ciudad, muy distinta a mis ojos, como si la hubiera visto a trasluz para descubrirle algunos de sus secretos: el más importante de ellos era que detrás de su aura de fortaleza inexpugnable había un resquicio para meterse y hacer daño. Mi aparición había movido la aguja, me había sentado a jugar por los porotos en algunas mesas calientes y sin embargo estaba ahí, vivito y fumando, sacando la cabeza por la ventanilla del camión como un perro para recibir el frío aire de frente y saborear el infinito amanecer que otro ya no podía ver.    

  Ante la culpa, ante la angustia de saber que había sido responsable indirecto de la muerte de Paz, tenía dos opciones: ponerme a hablar con el fantasma o entender que estaba en una guerra. Después de la primera semana, que pasé con el corazón roto de tristeza y la cabeza extraviada de locura y de terror, me fui volcando hacia la segunda vía. Y cuando me saludó el hincha en la avenida Irigoyen, en mi primera salida a la calle, mandé a cagar el fantasma del muerto, le dije “Jodete por hijo de puta” y volví a pensar en el futuro inmediato del Furgón. Era lo más sagrado que teníamos, porque era nuestro lugar en el mundo, y había que defenderlo a muerte. Así de simple.

-Pongo La Nueva Luna, cabeza. ¿Te va?

-Como ñapi.  

  El Gordo me palmeó la rodilla y me miró como si supiera lo que estaba pensando. Era una mirada de alma a alma. Desde que tuve uso de razón, supe que con el Gordo Leandro y mi primo Juan como generales, y con el resto de nosotros como carne rasa de cañón, iba a la guerra. Y estábamos yendo. Al igual que en los picados que jugábamos de pibes en el campito de la Roxana, estábamos yendo a la guerra: “El Barrio Ferrioviario contra todos los que se vengan”.

-¿La seguimo haciendo bien o qué…? ¡Mueva! Yo quise darte todo, todo de mi vida… Saqué de mis adentros lo que ahí decía… Una obsesión inmensa por hacerte mía… ¡Una voz en mi pecho que no me mentíííaaa! ¡Mueva! –cantó el Gordo, bailando con el swing de un caleño, dando un par de aplausos que sin dudas habrían despertado a más de un viejo, y llevándose la vida por delante con la misma potencia con que su 350 se devoraba las últimas calles del barrio.

  El Barrio Ferrioviario contra todos los que se vengan… Eran una banda todos los que se nos estaban viniendo y a la mayoría los estaba recibiendo yo, pero lo había sabido llevar mejor de lo que había imaginado. 

  Ya me había cruzado con varias sotas anónimas y con el rey de cartón pintado de Lozano. Me había cagado a trompadas en una esquina y no había sido la gran cosa. Un 7 de los bravos, el Viejos Bustos, me había amenazado sin que eso me sacara el sueño. Me había animado a dispararle en la rodilla a un conocido y con el Santo les habíamos mandado un mensaje a los que lo habían comprado. Sabía que el ancho falso del Bebi y su nieto tenían el culo sucio. Y también había alcanzado a descubrir, aunque difusamente, que los anchos de verdad, los Driscoll, los Sánchez Morando, los Milman y algún que otro hijo de puta más entre los que descontaba al Chelo Lozano, estaban detrás de la muerte de Dardo y de la venta del Andén. ¿Quiénes, exactamente, y en qué medida? Todavía no podía precisarlo. Pero estaba más cerca de la verdad que un mes atrás.

-¿En qué carajo pensás tanto? Hablemos que si no el viaje va a ser un embole, cabeza.

-Tenés razón, Gordo. Disculpá.

-¿Del Bola no supiste más?

-No, boludo. No sé ni dónde vive, nada.

-Mal ahí, cabeza.

  Ya eran poco más de las nueve de la mañana y nos habíamos bajado dos termos de agua, medio atado de cigarros cada uno y una docena de medialunas. Desde el cielo nublado, pálido, insípido, caía un aire caliente y pegajoso que nos había obligado a sacarnos las remeras. Estábamos en el comienzo de la famosa Ruta del desierto, y teníamos por delante doscientos kilómetros de recta sin un pueblo alrededor.

  En algún punto de ese paisaje hipnótico, enloquecedor, salió el tema de Paz.

-Yo me hacía otra película, qué sé yo… Corte que si te secuestran alguien tiene que haber visto algo. Un tiro en la pierna izquierda, varias trompadas, signos de que hubo una lucha, que se defendió a las piñas, y después tres guascazos más, ahí en la vereda, corte los perros.

-Yo no quise saber mucho, Lea. ¿Pero qué onda? ¿No se llevaron a nadie por las dudas, nada? ¿No hay sospechosos?

-Nada, cabeza. Nadie vio nada, nadie escuchó nada. Nadie nada. Hasta lo que supimos por Román, no. Como con Dardo, así, lo mismo. Y tampoco es que vamos a ir hasta Lourdes nosotros, se está encargando la familia, si además ya era casi uno menos.

-Ni pintaba.

-Nah. Ese mismo día salió de la nada a preguntar si iba con nosotros ¿viste? Como si no sé, como si no estuviera borrado como por dos meses, tres meses. Así. “¿Eh, cómo anda todo? ¿Mañana vamos al Andén?”.

-¿Vos pensás que estaba con ellos, que se vendió?

-Ni idea. Puede que sí o que no.

-¿Y Román?

-No, de Román no me quedan dudas que sí, que algo raro… ¿viste? No sé cómo explicarte. Pero estaba raro, más allá del hermano, yo lo vi raro. Frío. Así: ido, en otra galaxia.

-Qué raro, Gordo. ¿Y quién carajo lo pudo haber comprado? A mí se me ocurre el viejo Gianetti con el laburito que le tiró en la zapatería. Y si está Gianetti tiene que estar el Bebi.

-El Bebi, sí –cabeceó el Gordo.

-¿Pero buscando qué? Ahí está la onda ¿no? ¿Por qué se vendieron? Mirá si estos hijos de puta están buscando algo más.

-¿Algo como qué?

-Algo… No sé, quebrar el club, venderlo, vender la sede, no sé… Algo, algo más. ¿No se te ocurre nada, no viste nada raro?

-¿Yo qué raro voy a ver? No tengo tiempo, si estoy todo el puto día arriba de esta verga. Si están en algo raro, como decís, ya nos vamos a enterar. ¿O no? Y ahí que se agarren los calzones, porque con el club no se jode.

-Ni en pedo.

-Ya demasiado que nos comimos esto de darle la llave del club a un grupo de afuera… Esa fue la cagada que nos mandamos, cabeza, cuando los dejamos entrar. Ahí les dimos los votos.

-Y ahí pudo haber estado la vendida. El que tocó a Román lo tocó para eso, para que los dos levanten la barrera y dejen que se nos meta este pendejo hijo de puta de Sánchez Morando.

-A mí nunca me gustó ese chetito. Nunca.

-No, a mí tampoco. Todavía no lo vi, pero no me cabe un carajo lo que está haciendo y no tengo ganas de que siga dando vueltas en el club.

-A nadie.

-Hay que ir a las elecciones, romperles bien el orto a todos y ahí darle un voleo en el ojete al pendejo y a toda la runfla de siempre. Jugaremos con los pibes.

-Tenés que estar con vos si querés que peleemos las elecciones, fantasma.

-Vamos a ver… Por ahí estoy.

-Y más vale que tener que estar, cabeza de verga. ¿Qué ponés en duda?

  Fue una operación relámpago. Llegamos a casa de madrugada, y así como llegamos nos acostamos a dormir un par de horas. A las siete de la mañana ya estábamos arriba, tomando unos mates a la orilla del Gutiérrez. De ocho a diez, con la ayuda de un pibito de la cuadra, cargamos los bártulos en el camión. A las once arranqué con la Kawasaki rumbo a las escuelas. A las tres me junté con los viejos que me habían alquilado la casita y en quince minutos firmamos la rescisión del contrato. Me despedí de ellos con un abrazo y un largo silencio, y ahí caí en la cuenta de que la aventura barilochense se había terminado con algo de pena y algo de gloria, porque varias clases habían salido buenas, porque la quincena en la que me visitaron Manu, Dardo, Fabricio, y el Mosca había sido inolvidable, porque había conocido algunas personas y lugares increíbles. A las cuatro desperté a Leandro de la siesta. A las cinco estábamos dejando atrás las últimas casas de la segunda ciudad más hermosa del país, y nos encaminábamos rumbo a la más linda de todas: Almafuerte.

-Dormite, cabeza, que a la noche manejás vos.

-Dale, en un rato.

  Tomé la posta en la entrada de Cipoletti. Ya en el volante, mientras me amigaba con la palanca de cambios, prendí un cigarro y pensé unos segundos en la respuesta que el Gordo estaba esperando.

-Mandá Alta suciedad.  

-¿Eh? Te vas a cagar durmiendo, cabeza.

-No, boludo.

  Jazmín. De noche y con trescientos kilómetros de ruta por delante, solo podía pensar en Jazmín. Tenía que escribirle, negar lo de la libreta, invitarla a salir. Eso: tenía que animarme a invitarla a salir.

  Cinco años seguidos de soltería eran demasiado. Había estado bueno al principio, cuando la fugaz Natalie, luego de haberse rendido tratando de arreglar algo que todavía se estaba rompiendo, pasó a la galería de ex novias junto a Fátima, y por fin me quedé con el pase en mi poder para encarar los últimos años de universidad sin tener que darle explicaciones a nadie y poder agarrar las distintas ofertas, ya sean para jugar en la Champions o en el Federal C, pero la tarde amarilla y melancólica con Jazmín me había pegado fuerte en un momento en el que venía con ganas de que algo me pegara fuerte.

  Ahí estaba, donde quería estar, hecho un tarado, derretido por una mujer que sabía que me estaba esperando, cruzando el país a cien kilómetros por hora en una cabina oscura para llegar y escribirle, con el Gordo roncando a mi lado, algunas remeras presentables en la caja trasera y un dedo de perfume que pensaba gastarme en esa primera salida, que imaginaba tan cercana como inevitable.   

  Terminamos de bajar la última caja de libros a las cinco de la tarde del sábado. Parecíamos los únicos seres vivos del barrio, porque el calor era descomunal, insano, y para colmo en el cielo no había una sola nube para hacerle fuerza al reverendo turro del sol, y menos que menos una gota de viento para mitigar el suplicio.

-Cuarenta y dos de térmica –informó Fabricio, como si fuera mi culpa.  

  Contentos porque el laburo ya estaba hecho, percibiendo por el rabillo de la garganta que estaba todo dado para agarrarnos un escabio escandaloso, nos sentamos a la sombra. Fabri y el Gordo en la borde de la caja del 350, el viejo Totó en un banquito que había arrimado horas atrás y yo en el cordón de la calle. Uno escupió, otro me mandó a la concha de mi madre por tantos libros y el último prendió un cigarro y me alcanzó la botella de agua que venía girando.   

-Andá comprate unas frescas, Fabri. Tomá.

-¿Y envases tenés?

-Paso al baño, don Totó.

-Decile que los anote, que es para nosotros.

-Pasá, Gordo, pasá.

  Nos quedamos los dos solos con el viejo. Lo miré. Me miró. Casi que no cruzábamos palabra desde el quilombo contra el Gordo Corsa.

-¿Alguna novedad, viejo?

-Nada, nene.

  Tenía ganas de pararme a darle un abrazo. Estaba grande el viejo. Y estaba solo, sin la mujer ni uno de los hijos, peleado con una hija, y con su nieta preferida y su bisnieto en Barcelona. Hacía lo que podía, como todos. 

-Hoy juega el Ciclón, ¿no? 

-Sí, acá –se entusiasmó–. Voy a gritar los goles de Ñuls así se va este Almirón de una vez.

-¿Viene mal?

-¿Mal? Todavía no ganó. Siete ocho partidos y todavía no ganó.

-Nah, entonces que se vaya al carajo. Bueno, pedimos una pizza y lo vemos juntos.

-Pero creo que era ahora el partido, cinco y media –aclaró, mirando su reloj.   

-Ah. Bueno, fue.

-Si no vemos el de la noche… Juega Defensa y Justicia, que viene bien, peleando mano a mano con Racing.  

-¿Ah, sí? Dale –le mentí, y me pregunté si el viejo estaba para cambiar de pastillas o efectivamente Defensa y Racing eran los animadores del torneo–. Si no mañana, metemos maratón.         

  Un par de horas después, la vereda era un desconche que se nos había ido de las manos. Con la cumbia y el cuarteto al palo, teníamos birra para tirar al techo y el mionca del Gordo para parapetarnos debajo de su generosa sombra. También habían aparecido Fontana, que se mandó a la casa ver fútbol con Totó, Juan y su hijo más grande, el Mosca, el Chino Brizuela, volante por derecha de la Sexta del Furgón que vio luz y entró, mi prima Caro con una amiga que tenía toda la onda, y mi compañero de escuela Angelito Martínez con su reciente novia, que venían de dar un formal paseo por la plaza de Almafuerte y a los veinte minutos ya estaban escabiando como si estuvieran en la barra del Tropitango.    

-Cómo falta Dardo acá, la reconcha de la madre –me dijo en un momento el Mosca, que no podía evitar los pedos tristes, y sentí que se me arrugaba el corazón.  

  A los que habíamos dado el puntapié inicial, las birras de arranque con el sol dándonos en la jeta nos habían remontado hasta la estratósfera, fuimos felices con una ferocidad de precolombinos, pero lentamente percibí que comenzábamos a imitar su cansina declinación, su falta de ímpetu, su despedida hasta nuevo aviso, o eso al menos era lo que yo sentía.  

-Me voy a dormir –trastabillé con la lengua, con el cuerpo pesado como si me lo hubieran llenado de cemento–. Gordo, vení que te pago.

-No seas cortamambo, cabeza –me atajó.  

-No doy más, boludo. No sé cómo aguantás, chabón.

-Si ni arranqué todavía –se jactó, dando una carcajada, agarrado a una Quilmes como si fuera una mamadera. Tenía unas ojeras que se veían a través de sus gafas y cada medio minuto daba un bostezo, pero le creí.  

-Dale, que ya viene el Santo y volvés a arrancar –me animó el Mosca con una mentira.  

-Una más –murmuré, poniéndome de pie y dándole la espalda a la calle.

-Una más y nos vamos es verso –dijo Juan, envenenado de euforia, a unos pasos.  

-¡¡Puto!! –gritó Fabricio de la nada. Me frené. No era para mí. 

-¡Vení tomate una birra con los pibes, duraznito!

-¡Mamadera!

-¡La concha de tu madre, Cuco rastrero de mierda!

-¡Rastrero!

  Me di vuelta.

-¿Era Cuco? –le pregunté a Brizuelita, que se estaba agarrando la chota en dirección a la Irigoyen.  

-Sí, pasó, se ve que viene de la cancha.

-Ah, pedazo de pancho…

  Entré al comedor a los tumbos. Totó y Fontana estaban mirando Defensa y Justicia contra Gimnasia.

-¿Ese rubio quién es?

-Becaccece, boludo –respondió Fontana.

-¿Y quién carajo es Becaccece? 

  Volví con una botella de Brahma congelada y la plata para pagarle al Gordo. No lo tendría que haber hecho. Cuando me quise dar cuenta, tenía adentro dos horas más de escabio, de baranda, de barriletear hasta el borde del vómito, y estaba hablando con Jazmín en la vereda, a unos metros de lo que ya era un pandemónium que nunca había dejado de crecer en cantidad y calidad.   

  Había ido con la prima a buscar unas empanadas y pasó por la puerta de casa de casualidad. En la reconstrucción de los hechos que intenté al día siguiente, me recordé cantando una canción del Furgón abrazado a Brizuelita, hablando de jugador a jugador, seguramente diciéndonos una gansada tras otra, algo de poner el pecho por esta gente, loco, vos dalo todo que ellos te lo van a agradecer, loco, encima tuvimos el orto de que somos hinchas, loco, somos re hinchas del Furgón, chabón. Cuando la vi venir por la vereda, me olvidé del Ferrocarril, de Brizuelita, y le salí al cruce como un cuatrero surgido de un western. Y así, en frío, con quince personas pendientes de ese extraño movimiento, bañado de transpiración, con la lengua hecha una esponja de bacha del bar más vil, le habría hecho la invitación.

-No, Valentín.

  Eso lo recordaba bien.

-No, Valentín. Disculpame pero… Eh… No. Creo que no da.

-Creo que no da… –la cité una y otra vez, veinticuatro horas después, sentado en el patio con la mirada perdida en las baldosas roídas, a apenas unos metros del escenario del crimen–. Más vale que no da, la concha de la lora.  

  Al rato apareció Totó en el marco de la puerta de la cocina.  

-Ya arranca Paso a Paso, che. ¿Venís?

-Voy, viejito, voy.

  Lancé un escupitajo lleno de bronca, me enganché el moribundo atado de cigarros entre el short y los calzones y entré. 

  Al otro día, con las cosas de la mudanza más o menos acomodadas, me pegué un baño y arranqué para el bar.

  Iba 19 a 17 arriba, a dos pasos de por fin ganarle un veintiuno al cornudo de Santopietro. Piqué la pelota una, dos, tres veces. Miré el aro. Y tiré.

  La detonación y algo que silbó sobre mi cabeza con la potencia de un misil ocurrieron al mismo tiempo.  

-¡Nooo!

-¡¡Ay, la reconcha!!

  La pelota explotó en un estruendo menor y quedó descuajeringada, como si fueran las cáscaras de una naranja gigante.   

  Me tiré cuerpo a tierra, grité, me cubrí la cabeza y giré. Todo en una milésima de segundo. Me puse de pie con lentitud, mirando la boca del cañón con las manos en alto, pegadas al pecho. Temblaba como un arbolito en el medio de un huracán, con las rodillas flojas, los músculos de los brazos contraídos y los pelos de la nuca erizados por el espanto. 

  El Viejo Bustos, a quien no veía desde una década atrás, me estaba apuntando al pecho con un revólver de dimensiones grotescas.  

-Quietito, Teniente, bien –dijo, y le palmeó la nuca al Santo, boquiabierto y pálido. Luego bajó el revólver cromado, largo, cuyo humo me hipnotizó.

-O. O…sca –trató de suplicar Manuel.

-Ch, ch. Calladito la boca, usted, que el tema es el amigo –dijo, y se agachó para susurrarle algo al oído–. ¿Te mostró la nota, querido? –me preguntó sonriente, todavía inclinado ligeramente a centímetros del Santo y con las manos apoyadas en las rodillas. 

-Sí, me la mostró. Yo cumplí.

  Lanzó una risita que era como un chaparrón. Se incorporó con lentitud.   

-Nadie dijo que no. Pero quería venir a decírtelo en persona, por las dudas, porque parece que el guiso se está poniendo más espeso de lo que calculaba. ¿Viste lo de este otro, del Paz ese?

-¿Y qué tiene que ver con nosotros?

-No te culpés que nadie te señaló, Teniente. Y nadie te va a señalar tampoco.  

  Sacó un Parissienes del bolsillo de su campera color mostaza, arrojó el fósforo todavía prendido con desdén sobre el Santo y decidió que había llegado el momento de ponerle seriedad al asunto. Hasta ahí había actuado como el clown de un circo de provincia, para el Viejo una apurada a dos giles debía ser un asunto de rutina, pero cuando vino por más, siempre con el pucho en la boca, se le transformó la cara en la de un lobo desbordado de sadismo, martilló el revólver y me apuntó de tal manera a la cabeza que no tuve ninguna duda de que me mataría ahí mismo. No había manera de que mirara sus ojos; lo único a lo que atinaba era a mirar la boca de ese túnel entre las lágrimas que invadían mis ojos, aunque lo que menos sentía eran ganas de llorar. Instintivamente, retrocedí un par de pasos.   

-Ahora el aviso corre para los dos. El Chelo Lozano no existe más para ustedes. Ni el Chelo, ni Cuco, ni los… Vamos a llamarlos hinchas caracterizados, total ya saben de quiénes hablo. ¿Hace falta que dé nombres? Son los muchachos.

  Cabeceé negativamente. El Viejo volvió a bajar el revólver, cambiándolo de mano para sostener el cigarro con la derecha.  

–Macanudo. No valen ni la saliva que estoy gastando, pero para ustedes no existen más. Volvamos al Chelo, ese sí que es pollo de mi huevo y me toca velar por su salud. Si lo llaman, si lo ven, si se lo cruzan por la calle con la rueda pinchada y se paran a ayudarlo, yo vengo y los mato. Muchachos, la pura verdad es que ustedes me caen mil puntos, así que se los canto sin vueltas. Vengo y los mato. Si me entero que te acercás vos, lo mato a él –llevó el revólver y lo apuntó vagamente hacia la silla del Santo–. Y si me entero que el que se acercó al Gordo Lozano sos vos, Teniente, voy y se la pongo en la frente a tu amiguito el Cazador –cambió el revólver de mano, se puso la colilla consumida entre los labios y volvió a apuntarme–. A ver si te cazás esta, che –me distrajo, llevándose la mano izquierda al bulto, pero lo que importaba estaba en su otra mano.

  Disparó a centímetros mis pies cuando menos lo esperaba.

-Que les garúe finito –se despidió, abriéndose la campera para guardar el revólver.

  Me desmoroné por el miedo. Ante el segundo disparo de la tarde, no lo pude evitar y me caí como si no tuviera piernas. Ya no me importó el llanto involuntario que se me había escapado un momento atrás, porque ahora estaba llorando de felicidad, de una sucia felicidad. El Santo se acercó, lastimoso y con la velocidad de un caracol, y se quedó un rato a mi lado. No nos tocamos, no nos miramos, no nos dijimos nada por varios minutos.

  Cuando se animó a hacer algo, el Santo sacó dos cigarros del bolsillo.  

-Si no me tomo una fresca ya mismo creo que me voy a morir, Manu.

-Traé, traé que le damos masa. Traé diez.

-Casi escupo el corazón, chabón. Te juro que casi lo escupo –intenté explicar con lentitud, saboreando cada palabra, cada letra. Me toqué las piernas para ver si me respondían.

-Es una serpiente este viejo hijo de puta. Boludo, estaba así, qué sé yo, y cuando hago tac… se apagó la música y tenía el chumbo a medio centímetro de la frente.  

  Me puse de pie, con un agotamiento infinito. El cielo estaba alucinante y raro, había cambiado abruptamente de colores luego de la visita del Viejo Bustos, como si este hubiera actuado sobre el ambiente con un hechizo.    

-Saco Heineken. ¿Vamos con una copada?

-Saques la que saques, va a ser la más rica que tomes en tu vida –murmuró el Santo, mirándose las piernas inertes con tristeza–. En qué quilombo que nos metimos, loco…

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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