Expulsado en 1982, rey del mundo en 1986, héroe herido en 1990 y ángel caído en 1994; Diego Armando Maradona siempre fue protagonista en los Mundiales que le tocó vivir como futbolista, incluso del que fue excluido en 1978. Pero había un capítulo más por escribir, uno que tuvo su primera página en el Ellis Park de Johannesburgo en 2010 y para el que se vistió de gala. Escribe Sebastián Chittadini. 

¿Qué imagen tenemos de un hombre de traje gris? Seguramente la de uno de esos que si les tiran una pelota la devuelven con la mano -Maradona dixit- o la de aquellos de vida tranquila y en apariencia perfecta, con un buen trabajo en alguna corporación y una linda familia. La novela de 1955 El hombre del traje gris retrata el estilo de vida de la clase media-alta norteamericana de los años cincuenta, en la que todos los hombres tienen vidas similares simbolizadas en esa prenda que los uniformiza. Tom Rath, el protagonista, es un veterano de guerra que intenta encontrarle el sentido a la vida mientras escapa a los recuerdos que lo atormentan. Tiene un corte de pelo igual al de todos sus vecinos, se toma el tren todos los días a la misma hora, cena todos los días puntualmente.

Ese “hombre del traje gris” también es mencionado por Joaquín Sabina en su disco de 1988 que lleva el mismo nombre. Incluso aparece en una canción, “¿Quién me ha robado el mes de abril?”, como un hombre triste que se hace una serie de preguntas sin respuesta y está atado a los recuerdos mientras enfrenta a los avatares de la vida moderna.

Dicen que, en 2010, a 24 años de la mano de Dios y el gol del siglo; nuestro hombre escapó de un sueño, pero ya no con su mejor gambeta. Ya no llevaba como arma el 10 en la camiseta, sino un fino traje gris confeccionado en tela italiana. Con ese refinado ropaje y sin ninguna careta, llegó a Sudáfrica un hombre elegante que no trataba de escapar de sus recuerdos, sino de seguir haciendo historia. No era un burócrata y su vida no se parecía a la de nadie, tampoco su corte de pelo. Tenía un reloj en cada muñeca y estaba decidido a disfrutar su tiempo y su lugar donde quería estar, donde era feliz, donde éramos felices con él.

“Yo soy blanco o negro, gris no voy a ser (nunca) en mi vida”

Junto con el de “La Noche del 10”, aquel era uno los mejores Diegos, uno de los más icónicos, acaso su última gran versión no futbolista. De riguroso traje de sastre, el ídolo se preparaba para su fiesta dispuesto a desempolvar los calendarios de décadas pasadas. Nadie le iba a poder decir que no estaba vestido para la ocasión. Aunque apenas tenía 23 partidos de experiencia profesional antes de ponerse el buzo de la AFA en 2008 para reemplazar a Alfio Basile, ver a Maradona de nuevo en un Mundial eclipsaba todo lo demás, incluso a Messi.

A su manera, como siempre, Diego estaba convencido de poder conducir a su selección a ganar la Copa del Mundo por tercera vez. Más allá del traje gris y los zapatos lustrados, había un hombre de 49 años que buscaba revivir su juventud de héroe sin miedo a nada. Lógicamente, la vestimenta no lo iba a privar de dominar y devolver con el pie alguna pelota desprevenida que se arrimara buscándolo al borde de la cancha. Como le dijo alguna vez a Jorge Valdano, incluso si estuviera de smoking en la casa del Presidente de la Nación y le llegara una pelota embarrada, la pararía con el pecho y la devolvería con el pie, como Dios (o D10S) manda.  

El mundo sabía que ese hombre que había preparado todos los detalles para brillar iba a brillar y a ser protagonista. Los aros en las orejas, el pelo, la barba y el físico dejaban claro que no había detalle librado al azar. Así, a fuerza de elegancia, durante ese Mundial se iba a convertir en un ícono de la moda mientras su traje gris era récord de ventas. La gente iba a los locales de la marca que lo vestía y pedía el conjunto completo que usaba Diego en los partidos, incluyendo la corbata plateada, el cinturón, los zapatos y la camisa blanca. Así como antes hacían cola para comprar la 10 de Argentina, muchos hombres querían el traje gris de la vida perfecta para ser iguales a su ídolo.

Controversial, con la popularidad intacta y vestido para matar; Maradona en Sudáfrica era un imán que atraía mucho más que Messi, Cristiano Ronaldo o Kaká, tres de las máximas figuras del momento. Dieciséis años después de que le cortaran las piernas en el Soldier Field de Dallas, Diego volvía al patio de su casa en el rol de DT. Durante veintiún días declaró, disfrutó, gritó, sufrió, festejó, ordenó, se quejó y rezó; casi como cuando jugaba. De gris, solo tenía el traje.

No nos comamos el chamuyo de Alemania”

Encandilando desde su apariencia, Maradona sorprendió a propios y extraños y calló bocas desde lo deportivo cuando su selección ganó los tres partidos de su serie y resolvió con autoridad el cruce de Octavos de Final. Aquellas voces que dudaban de la capacidad de alcanzar el mismo éxito como DT que el que había alcanzado gracias a su pierna izquierda se aquietaron cuando Argentina mostró ser uno de los equipos que mejor jugaba en el torneo. Después de haber sufrido en las Eliminatorias y de no haber llegado a Sudáfrica con los mejores augurios, la gente volvía a poner a su héroe en el pedestal y algunos críticos empezaban a darse vuelta en el aire.

Casi como uno de los tantos guiños del destino en una vida de película, el primer rival en Sudáfrica iba a ser el mismo que había tenido enfrente en su último partido mundialista en 1994: Nigeria. Un gol de Gabriel Heinze a los seis minutos iba a darle la victoria a Argentina, que encontró al arquero nigeriano en una buena tarde y no pudo ampliar el resultado. Sería diferente la cosa en el segundo partido, un 4-1 contra Corea del Sur –otro rival que tuvo en su trayectoria mundialista, en 1986- con Hat Trick de Gonzalo Higuaín y un gol en contra. La fase de grupos ideal se cerraría enfrentando a Grecia –imposible olvidar el día de 1994 en el que Víctor Hugo gritó que Gardel estaba vivo- con un momento emotivo incluido.

Martín Demichelis abriría el tanteador que completaría Martín Palermo en su debut mundialista, con el abrazo de gol posterior con Diego, su gran artífice. Ese día, Argentina tuvo un porcentaje de posesión del 67%. En Octavos le tocaba enfrentar a México, partido que se resolvió por 3-1 con dos goles de Carlos Tevez y otro de Gonzalo Higuaín, sin demasiado sufrimiento. Maradona seguía viviendo los partidos como el futbolista que nunca dejó de ser, los 90 minutos discutiendo con el cuarto árbitro, arengando a sus jugadores, pidiendo tarjetas para los rivales y sufriendo con cada jugada. Hasta ahí, era todo alegría.

El rival en Cuartos era nada menos que Alemania, el rival de dos finales del mundo, que había ganado su grupo con complicaciones antes de despachar a Inglaterra en Octavos por un contundente 4-1. Ese día, Diego relativizó la goleada y al potencial alemán.  “Inglaterra les facilitó los caminos, no nos comamos el chamuyo de Alemania”, dijo el día anterior a la goleada con la que “Die Mannschaft” dejó a Argentina fuera del Mundial. Fueron cuatro cachetadas al corazón de un hombre que había puesto en cancha a un equipo que demostraba no tener término medio, por lo que podía pasar lo que pasó frente a una selección como la alemana. De la mano con las críticas a la falta de planificación estratégica, llegó el final de Diego al frente de la selección. Terminaba una historia que lo había vuelto a poner en lo más alto en cada rincón del mundo, siendo una vez más un fenómeno que superaba a lo futbolístico. Fue la única vez que un hombre de traje era el personaje elegido por la gente que miraba un Mundial.

 “Es una trompada de Muhammad Ali, no tengo fuerzas para nada”

Siempre contundente al declarar, expresaba de esa forma tan gráfica lo que sentía tras la eliminación. Según dijo, ese golpe era lo más duro que le había tocado vivir, por estar al frente de tantos grandes jugadores y buenas personas. Aunque todavía iba a haber una reunión con Julio Grondona -quien le iba a vetar a siete colaboradores sabiendo que no iba a aceptar seguir-, el ciclo estaba terminado después de 25 partidos (18 victorias y 7 derrotas con 49 goles a favor y 31 en contra).

Cuando Diego Armando Maradona se quedó sin Mundial, el Mundial perdió a su hombre show. Ya no iba a haber goles de tiro libre en los entrenamientos ni ilusión de eterno niño Cebollita para disfrutar; tampoco bromas a los periodistas, críticas a los árbitros o chicanas a Pelé. El espectáculo lo había dado él, incluso resistiendo al huracán de goles alemanes y a las críticas. Pocos lo dijeron, pero Argentina terminó en el 5to puesto en Sudáfrica; superando el 6to puesto logrado por Daniel Passarella en 1998, el 18vo de la selección de Marcelo Bielsa en 2002 y el 6to de la de José Pekerman en 2006.

Y cuando por la calle pasa

La vida como un huracán

El hombre del traje gris

Saca un sucio calendario del bolsillo

Y grita

¿Quién me ha robado el mes de abril?

¿Cómo pudo sucederme a mí?

¿Pero quién me ha robado el mes de abril?

Lo guardaba en el cajón

Donde guardo el corazón

Joaquín Sabina – Quién me ha robado el mes de abril

Triste y abatido, ya con el nudo de la corbata flojo, juró no ver nunca más el partido que lo puso en el paredón en el que los cuatro goles de Alemania quedaron escritos con tinta roja en el traje gris del ayer. ¿Dónde iba a estar su arrabal? ¿Quién se había llevado su niñez? ¿En qué rincón iba a volcar como entonces su clara alegría? El hombre del traje gris no pudo subir al balcón de la Casa Rosada con la Copa del Mundo en brazos, ni tampoco pudo responder quién le había robado aquel mes en Sudáfrica. Ya era tarde y sabía que los calendarios amarillentos habían quedado en el bolsillo del saco sin la posibilidad de cambiar la historia. Su fiesta había terminado.

Sebastián Chittadini

Twitter: @SebaChittadini

Ilustración de Gonzalo Martin Lanzilotta.

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