Reflexiones sueltas de un hincha sobre el partido del último miércoles. Los superhéroes siempre ganan aunque parezca todo perdido. Escribe Santiago Núñez.

Es martes a las dos de la tarde, todavía Junior no le ganó a Fluminense y siento miedo. El temor no está ligado, como cualquier sospecharía, a una derrota bastante posible siendo hincha de un equipo que va a jugar en condiciones precarias. La sensación es un interrogante puntual: “¿Y si Gallardo se vuelve normal?”. O peor: “¿Y si nuestra vida como hinchas se vuelve normal?”

El sentimiento, desde que Gallardo es Gallardo, refiere a una seguridad implacable: cualquier situación adversa puede revertirse y eso no es sólo posible sino también probable. Es como ver una película de Batman: no hay forma de que el hombre de negro no salve a Ciudad Gótica, ya sea con un heroísmo consecuente o con un artilugio bastante mentiroso de su cinturón multifacético.

 -¿Pero si esta vez no?

Pasó más de un día. Junior ya le ganó a Fluminense en el Maracaná cuando necesitábamos obviamente lo contrario. River está segundo solamente por un gol, por lo que una derrota lo deja tercero, a una fecha del final. El partido se va a jugar con un arquero que es mediocampista y está lesionado, sin suplentes, y con dos debutantes de la Reserva. Los pronosticadores de la televisión vaticinan una goleada y marcan en su mayoría la imposibilidad de una victoria. Incluso un ex lateral derecho de River sostiene al aire que la hazaña le parece imposible.

Algunos hablan de épica, más como hinchas que comunicadores. Los fanáticos nos juntamos en cada audio o grupo de whatsapp para sufrir. Para bancar. Nos imaginamos un Monumental repleto que no va a existir, pero que va a cantar, prender bengalas, silbar rivales, hacer goles. Un lúcido twittero se fija que el clima requiere una mirada cinematográfica y le pide por las redes a Steven Spielberg que se acerque con su lente. Se jugará el partido más desnaturalizado del mundo. Y encima llueve.

Claves para una alegría

¿Cómo hizo River para ganar el miércoles un partido literalmente imposible? La respuesta exacta no existe, pero hay algunos elementos fundamentales que nos pueden acercar a ella. Una mezcla de corazón inmenso, táctica eficaz, talento individual y esfuerzo colectivo.

1-Una esperanza inacabada. Difícil pensar cómo lo hace pero Gallardo convence a los suyos de jugar concientes contra la Naranja Mecánica de 1974 o de vender arena en el desierto del Sahara. La convicción intratable de lograr el objetivo se plasma en la concentración y en el seguimiento sin corrimientos de un plan para ganar. Si algo le faltaba, River ni hizo tiempo, ni simuló, ni se tiró al piso nunca. Mentalidad triunfadora.

2-Ataque directo. Los dos goles de River mostraron una tendencia al ataque vertical. El primero, buscando rápido a Fontana con un pase largo (de cabeza). El segundo, con un tiro libre cerca de la mitad de la cancha que fue casi teledirigido para una definición perfecta de Julián Álvarez, que se coló detrás de los centrales en modo Batistuta.  De hecho, Independiente Santa Fe ganó ampliamente el duelo de posesión de pelota (69,3% a 30.7%). Gallardo entendió que no había condiciones para garantizar una tenencia alta y sí para lastimar en ataques directos contra los centrales (uno de los puntos más flojos del equipo colombiano). Otro dato que ilustra esta situación son los disparos recibidos (22, River; 9, Independiente), lo que expresa que hubo menos ataques de lo normal por parte del conjunto de Nuñez. Pero con mayor eficacia.

Robos e intercepciones de balón de River (ataca de arriba hacia abajo).

3-Solidez defensiva. River se resignó a no imponer condiciones. Jugó más cerca de su arco por la necesidad imperiosa de defender a Enzo Pérez y de no quedar mal parado: recuperó 22 veces la pelota en su campo (10 de la medialuna para atrás) y solamente 7 de mitad de cancha hacia adelante. Lo hizo con enorme efectividad, ya que de los 22 disparos del rival bloqueó 7 y 10 de ellos no generaron peligro. Solamente 5 fueron hacia el arco (4 atajadas de Enzo, que no fueron muy claras, y un gol). A su vez, lo realizó con un esfuerzo magnífico: 6 jugadores llegaron o superaron los 11 kilómetros recorridos, algo que en general es difícil que sea alcanzado incluso por uno de ellos. El partido enorme de Maidana y Martínez es una expresión de esto. Corazón puro.

4-Definición de cantera. La actuación de Tomás Lecanda y de Felipe Peña Biafore muestra la hidalguía y el buen trabajo de la gestión Gallardo en inferiores, formando jugadores que están preparados para jugar incluso en las peores condiciones. Posiblemente hayan sido los debuts más elocuentes, pero entre los 41 juveniles que el Muñeco llevó a la Primera están casos como el de Leo Díaz en la Bombonera, Julián Álvarez en Madrid y tantos otros. Siempre listos.

5-Desempeños individuales sobresalientes. El amor propio de Enzo Pérez, la solidez invaluable de Maidana y de Martínez, la prestancia de Lecanda, Angileri (con vocación goleadora incluida) y Casco, la distribución elegante de Peña Biafore, el buen juego de Paradela, la brillantez exquisita de Álvarez, el digno segundo tiempo de Carrascal (con altibajos) y el esfuerzo valiosísimo de Fontana (aun con problemas de definición) fueron la clave de un equipo que quedó en el recuerdo de cientos o miles que los recordarán por siempre.

Mapa de calor de River (ataca de izquierda a derecha).

Otro tipo de Enzo

Pérez se llama Enzo por Francescoli y juega en River porque es hincha. Ese amor hizo que levante la mano sin dudar apenas Gallardo preguntó quién se animaba a atajar el martes pasado en el entrenamiento. El mediocampista ilustra una nueva forma de ser de los emblemas riverplatenses.

Hoy en día, los ídolos del club no son necesariamente Burritos de gambetas endiabladas, Ángeles que hacen goles con delanteras imborrables, Betos de conducción y zurdas divinas o Botijas de piruetas infalibles y lugares de élite.

Las banderas del presente son muchachos que parecen tener caras normales, capaces de ir al piso a trabar con hemorroides o calzarse el buzo de arquero solamente por amor al club. Hinchas que dejan la vida sin trapos y sin alambrado, como si se pudiera alentar en el verde césped.

Y esto no baja ningún precio. No hay ninguna duda de que la carrera de Enzo Pérez lo coloca como uno de los jugadores más destacados del fútbol argentino. Salió campeón de América con Estudiantes, jugó el Mundial de Clubes con el Pincha y también con River, fue parte de una final del mundo con la selección, triunfó en Portugal y España, ganó en Madrid. Pero su esencia de ídolo se ve en el barro, en la lucha, en pensar que no hay nada más importante que River. Son ídolos individuales porque hicieron grandes a lo colectivo.

Su representante y amigo Juan Pablo Rossi recordó en las últimas horas una frase que le dijo en la intimidad cuando jugar con la banda roja es un anhelo y no todavía una realidad. “Con tal de ir a River-le dijo Enzo- voy al arco”. Y cumplió.

Sueños, lágrimas y risas

No termino de admitir mi locura hasta que le digo por audio a un amigo que si hubiera gente ganámos sin dudarlo, como aquella noche contra Jorge Wilstermann y, sin cortar el mensaje, me pongo a cantar “River mi buen amigo” con entonación de cancha (casi que sólo diciendo las vocales).

La primera jugada me encuentra ansioso porque no se cómo va a ser. ¿Y si nos roban la pelota y nos atacan de entrada? ¿Y si no sabemos qué hacer? La realidad me da una bofetada rápido: salimos jugando casi como siempre. Me sorprende que no nos metamos atrás. Dale Fontana. Noo. ¿Cómo vas a definir así? Qué difícil. Dale Fontana de nuevo. No. Sí Turco. Goooooool. Vamos carajo vamos.

Hay que aguantar. Que buen negocio es el uno a cero. Gallardo grita “Dale Juli” Ahí va. Gooooooool. Golazo Juli. Que golazo. Vamos vamos vamos. Igual falta un montón.

Estamos bien. Aguantamos. Ellos meten al área todas las pelotas. Va arriba Enzo y la saca como pelota de Voley. Me río. Ahí le pegan de vuelta los colombianos. Enzo se tira al piso y la manda al córner. Carrascal no anda, no hay vuelta. Ahí va, dale Juli. No, lo que se perdió. Volvamos rápido. El primer tiempo termina y es la primera vez que tengo el corazón en la garganta sin que nos hayan llegado y por un partido de segunda fecha de fase de grupos. Por quince minutos puedo respirar.

La segunda cerveza se pone al lado de la primera lata arrugada. Ya no queda más queso, más por ansiedad que por hambre. Sonrío cuando el notero del campo de juego dice: “Mariano no hace falta que te diga que en River no hay cambios”.  Cada córner desde la izquierda es un sufrimiento porque vienen cerrados. Desde el otro lado no: se ve que no tienen buenos pateadores zurdos. Nos queda poca nafta. Ya no llegamos, sólo corremos. Dale Carrascal, no podés perder todas. Casco falló, gol de ellos. Ahora se vienen. Pienso que si nos llegan a meter otro en los próximos cinco minutos, nos comemos tres o cuatro. Carrascal que no corre va de nueve. Mejor. Fontana no le hace un gol a nadie pero corre. Corre mucho. Deja la vida.

Vamos al descuento, parece que se nos va a dar pero en cualquier pelotazo ellos pueden llegar. Carrascal pifia un mano a mano. Hagamos tiempo muchachos, por favor. Hagamos tiempo.Terminó. No puedo creer el partido que acabamos de ganar. Las lágrimas se mezclan con la risa.

Faltan pocos minutos para las once. Fiebre de miércoles por la noche. Gallardo salva a Ciudad Gótica, como siempre. Los superhéroes nunca pierden incluso cuando tienen alguna derrota circunstancial.  Su principal virtud, aunque sorprenda, no es cumplir todos nuestros sueños, sino lograr que cada vez que su equipo salga a la cancha, empecemos a soñar de nuevo.

Santiago Núñez

Twitter: @SantiNunez

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