En los últimos tiempos Óscar Washington Tabárez ha sido muy criticado. Dicen que no juega bien y que es mezquino. Pero si se mira la historia, quizás estas acusaciones sean solo una falacia. Escribe Santiago Díaz.

En los últimos quince años, o sea durante el llamado proceso Tabárez, hemos escuchado enfoques de todo tipo. Algunos críticos, otros elogiosos. Algunos racionales, otros no tanto. Algunos bien intencionados, otros no.

Sin embargo, se ha explorado muy poco sobre un componente esencial para abordar cualquier discusión de estas características: el histórico.

El objetivo es refrescar de dónde venimos para entender quiénes somos, porque es imposible valorar el presente sin saber qué sucedió en el pasado. ¿Cómo entender dónde estamos si perdimos de vista el punto de partida?

Detengámonos en lo histórico. Aquí no hay opiniones subjetivas, sino datos de la realidad. A Uruguay siempre le costó mucho clasificar a los mundiales. De hecho, solo ocho años después de Maracaná, la Celeste desbarrancó en la primera eliminatoria de la historia, quedando afuera de Suecia ’58 e incluso cayendo goleado penosamente en Paraguay.

Luego clasificó a cuatro mundiales de corrido, es verdad, pero después de eso las decepciones han sido muy frecuentes. Fueron cinco eliminaciones en diez mundiales disputados (’78, ’82, ’94, ’98 y ’06).

De hecho, esta fue la primera vez que Uruguay concurrió a tres mundiales consecutivos desde 1974. Y en caso de clasificar a Qatar, igualará la marca de las décadas del 60 y 70. Es decir, clasificar a un Mundial debería ser valorado como algo grandioso y no como algo rutinario, simplemente porque nunca fue rutinario, sino todo lo contrario.

Incluso, podríamos agregar que el grado de dificultad es mucho mayor ahora que hace unos 20 años atrás, dado que el nivel de las selecciones sudamericanas ha crecido enormemente en los últimos tiempos. Hoy Colombia siempre tiene buenos jugadores, Chile se metió en la elite, Ecuador ha ido a tres mundiales y Venezuela hace años que dejó de ser la cenicienta (aquella de «te queremos ver rival» que cantaba la BCG).

Alguien podría argumentar que antes iban menos equipos a los mundiales y que ahora van cinco selecciones de Sudamerica, o sea la mitad del total. Es verdad, pero Uruguay supo quedar afuera en una serie en la que únicamente estaban Venezuela y Bolivia (1977) y también en una serie en la que clasificaban dos y estaban Brasil, Bolivia, Ecuador y Venezuela (1993). Y no olvidemos que en el ’97, ya con el nuevo formato de todos contra todos, Uruguay, que venía de ser campeón de América, terminó séptimo en nueve equipos (Brasil ya estaba clasificado por haber sido campeón del mundo en 1994).

En otras palabras, no parece demasiado sensato tildar de conformista a un tipo que festeja una clasificación, como si para Uruguay la Eliminatoria fuera un paseo de salud en el que los rivales son Chipre, Canadá y Arabia Saudita. O sea, es mucho más sensato el que festeja y valora que el que critica por festejar y valorar.

Por otra parte, el tema del estilo de juego me resulta particularmente interesante y también merece una ponderación histórica.

El equipo de propuesta o de respuesta, jugar bien o jugar mal, ser ofensivo o defensivo y todas esas cuestiones han sido últimamente habituales en las mesas informáticas (ya no tanto de café). En realidad, si uno analiza los últimos 35 o 40 años se va a encontrar con que Uruguay nunca fue vistoso, nunca fue demasiado ofensivo, ni nunca fue un equipo de posesión de pelota.

Sí hubo algunos momentos de ese tipo en selecciones juveniles (Malasia ’97, por ejemplo), pero esa, por diversas razones, es una historia totalmente diferente.

Fuera de eso, en ese corte de las últimas tres o cuatro décadas, ha habido momentos en los que la selección mayor fue más competitiva o menos competitiva, pero en general el estilo de juego ha variado muy poco. A decir verdad, a Uruguay le ha ido bien -o relativamente bien- cuando ha logrado maximizar sus mejores características históricas: compromiso, intensidad, solidez defensiva y contundencia.

Si repasamos las diferentes selecciones de los últimos tiempos, difícilmente encontremos equipos ofensivos, de posesión, vistosos, etc. ¿El del 86 lo era? No. Hizo un muy buen partido contra Alemania, aunque sin ser ofensivo y sin tener la pelota. Se defendió bien, aprovechó un error y estuvo a punto de ganar. Mejor no recordar lo que pasó después.

Un año después, el técnico Roberto Fleitas ganó la Copa América de Argentina, nada menos que derrotando en la semifinales al local y Campeón del Mundo vigente. El mérito es impresionante, pero el equipo uruguayo no fue ofensivo, ni mucho menos, sino que hizo un gol de contra y luego se defendió con uñas y dientes.

En el ’91, la AUF contrató a Cubilla porque era un ganador empedernido, pero su selección no ganó mucho y nunca fue atractiva (con o sin «reptriados»). La eliminatoria del ’93 la terminó Ildo Maneiro, un tipo merecidamente asociado al buen fútbol, que ganó un partido en Guayaquil pasando todo tipo de necesidades y perdió otro en Brasil, sin pasar la mitad de la cancha.

El Pichón Núñez se manejó muy bien, construyó un buen bloque y ganó una Copa América. ¿Pero ese era un equipo atildado o más bien era directo, contundente y capaz de maximizar sus grandes individualidades?

Ahuntchain, que venía de dirigir a un Defensor particularmente vistoso (esto no es irónico), no logró trasladar eso al nivel más alto, al menos no con consistencia.

Cuando llegó Daniel Passarella, la idea era que nos hiciera jugar mejor. En el primer partido amistoso, el argentino hizo especial hincapié en que sus jugadores salieran desde el fondo tocando en lugar de tirar pelotazos. Uruguay le ganó 5-4 a Costa Rica en el Centenario y un par de los goles ticos fueron producto de errores en la salida. La etapa passarelliana terminó poco después, con el affaire Vicente Sánchez y con un equipo que jugaba como siempre, era un Uruguay muy parecido a sí mismo.

Más allá del mérito de la clasificación al Mundial del 2002, la historia con Víctor Púa fue muy similar, al menos en cuanto a la manera de jugar. Aún recuerdo las críticas porque Uruguay no arriesgó lo suficiente en el segundo partido ante Francia, pese a haber jugado con un hombre de más casi 60 minutos.

SUWON, REPUBLIC OF KOREA: Uruguayan forward Diego Forlan (R) is congratulated by teammate Alvaro Recoba after scoring his team’s second goal against Senegal in their Group A match at the 2002 FIFA World Cup Korea/Japan in Suwon, 11 June 2002. The match was tied 3-3 as play continues in the second half. AFP PHOTO/CHOI Jae-ku (Photo credit should read CHOI JAE-KU/AFP/Getty Images)

Luego vino Carrasco, con su discurso rupturista y su propuesta innovadora. Hubo mucha ilusión y muy lindas señales, pero en definitiva fueron unos pocos partidos oficiales y una decepción enorme. Seguramente, varios de los que insultaban a JR tras aquella goleada ante Venezuela, hoy piden más ataque y protagonismo.

Fossatti es un buen entrenador, se revolvió en un momento difícil y logró que el equipo hiciera muy buenos partidos (el 1-1 con Brasil acá, por ejemplo), pero al final del día, cuando solo había que ir a Australia a hacer un gol para clasificar a Alemania, no se pudo. No hubo protagonismo, no hubo ocasiones, no hubo nada. Perdimos.

Dejé a un costado a la selección dirigida por Tabárez en su primera etapa (88-90), que tampoco era un equipo demasiado ofensivo, pero tenía jugadores de gran técnica y era muy peligroso en las transiciones ofensivas. Con todo, empatando, perdiendo o ganando, fue protagonista en tres de los cuatro partidos que jugó en Italia 90 (España, Bélgica y Corea). Esa selección terminó siendo muy criticada, porque a nadie le importa el afán ofensivo, si Bélgica te agarra mal parado y te clava tres pepinos.

En resumidas cuentas, durante los últimos 35 años (y podríamos ir más allá) no hubo casi selecciones mayores de tenencia de pelota, de protagonismo y de futbol vistoso. En general, Uruguay no ha estado lejos de los lujos, ha tenido la pelota menos que su rival y solo ha sido protagonista ante rivales más débiles o cuando tuvo necesidad de serlo.

Aún así, sí hubo buenos equipos, capaces de disimular sus carencias, maximizar virtudes e imponer las condiciones. Porque jugar bien es eso y no necesariamente ser ofensivo, ni tener la pelota.

Lógicamente, si un equipo maneja esas variantes tendrá un activo interesante y si no las maneja tendrá una carencia, que deberá intentar disimular. Pero la pregunta es: ¿la falta de posesión, de ataque o de creación es únicamente responsabilidad del técnico de turno o, en realidad, es algo mucho más profundo que atañe a nuestra estructura, cultura e identidad?

Naturalmente, mejorar las carencias históricas es un objetivo ineludible (a largo plazo), pero aprovechar al máximo las virtudes de siempre es una necesidad, al menos si la intención es mantener la competitividad en el fútbol de elite.

Cada equipo termina jugando como más le conviene, termina haciendo lo que le va a dar más oportunidades de ganar, simplemente porque de eso se trata. En menor o mayor grado, todos tienen sus ángeles y demonios.

Por ejemplo, a mi me encantaría que Uruguay moviera la pelota como Perú, pero les aseguro que los peruanos amarían tener la concentración de los uruguayos. El tema es quién impone lo suyo, quién explota sus ángeles y expone los demonios del adversario.

En gustos es todo tan válido como subjetivo. Pero lo que no es subjetivo sino un dato de la realidad -que surge del repaso de las competiciones oficiales y del ranking de la FIFA- es que este Uruguay ha logrado dar la talla. Y eso, cuando se extiende durante una década, no es fruto de la casualidad ni de la suerte, sino de la buena ejecución de un plan. No se puede estar diez años peleando y complicando a cualquiera jugando mal. Eso no existe.

El lector podrá disentir y decir, por ejemplo, que Uruguay «debería jugar mejor con la pelota porque tiene a Suárez y a Cavani», dos delanteros de primer nivel, que han sido «desperdiciados por una propuesta mezquina».

Sin embargo, debemos recordar que estos dos jugadores son los máximos goleadores históricos de la selección e hicieron toda su carrera con Tabárez como técnico. Podríamos agregar que Forlán llegó a ser el goleador histórico de la selección con el actual entrenador, con quien, además, obtuvo el Balón de Oro en una Copa del Mundo.

No parece justo echarle la culpa al técnico cuando los delanteros no hacen goles, pero no asignarle ninguna responsabilidad cuando sí los hacen. Por otra parte, no son los delanteros los que definen un equipo ofensivo y protagonista, ni mucho menos un juego de posesión.

En cuanto a la perspectiva histórica, sería bueno refrescar que Uruguay quedó afuera del Mundial de Estados Unidos, pese a contar con Sosa, Francescoli, Fonseca y Aguilera en el mismo plantel. Ellos confromaban la legión extranjera más goleadora de la liga italiana, que en ese entonces era la mejor del mundo.

Algo bastante similar pasó en 1998 y también sería bueno recordar que Uruguay quedó afuera de Alemania 2006, contando con Forlán, Recoba, Zalayeta y Montero. ¿Aquellos equipos jugaban mejor que este? ¿Eran más ofensivos? ¿Tenían más la pelota? Nada de eso.

Cavani y Suárez pueden jugar su cuarto mundial (uno quedaron en octavos, mordida mediante, otro en cuartos contra el campeón, en el restante semifinales jugando todos los partidos y además ganaron una Copa América), mientras que Fonseca, O’Neill, Recoba y Montero apenas disputaron uno. ¿Será tan cierto que hemos desaprovechado a Suárez y a Cavani?

Pero hay otra pregunta interesante. ¿Qué hubiera pasado con Suárez y Cavani si en lugar de integrar esta selección, hubieran integrado otra en el pasado?

Claro que es imposible de saber, pero me inclino a pensar que muy posiblemente hubieran terminado como otros futbolistas talentosos de otras épocas: criticados, poco queridos y lejos del potencial mostrado en sus clubes.

Hay miles de ejemplos uruguayos, pero solo los invito a mirar hacia Argentina para que vean lo que ocurre con Agüero, Higuaín, Di María y…¡hasta con Messi!
Los jugadores necesitan un ámbito sano y organizado para desarrollarse y rendir en función de su real potencial.

No olvidemos que Diego Forlán supo renunciar a la selección cuando dirigía Fossatti, quien en el comienzo de su ciclo no lo ponía como titular. Esta situación se dio en el año 2004, cuando Forlán ya la rompía en el Villarreal.

El propio Cachavacha dijo que su charla con Tabárez luego de un partido en Venezuela (un 2-2 por la Eliminatoria rumbo a Sudáfrica), lo ayudó mucho para convertirse en jugador-líder de la selección

Y Cavani ha dicho en innumerables ocasiones que su experiencia en la selección, y especialmente en el Mundial de Sudáfrica, cambió su carrera para siempre. De hecho, dio un notorio salto de calidad a partir de ese momento.

Paolo Montero, capitán de Uruguay durante muchos años, declaró miles de veces que le hubiera encantado jugar en la selección actual, porque «Tabárez brindó un orden y una organización que antes no existían».

Fonseca dijo hace poco que en el ’92 y en el ’94 tenía «el mundo a sus pies». No sé si sería para tanto, pero la realidad es que Fonseca era un crack, una verdadera estrella en la mejor liga del mundo. En el ’92 no jugaba en la selección porque a alguien se le ocurrió que había que poner a los de acá, en tanto que en el ’94 no pudo jugar el Mundial de ese año porque Uruguay perdió la clasificación a manos de Bolivia.

Suárez y Cavani son producto de su talento y esfuerzo, claro que sí, pero su altísimo rendimiento en la selección es también consecuencia de la estructura, el orden y el liderazgo con que se encontraron.

Lo mismo podríamos decir de Godín, Muslera y Cáceres (también jugadores de elite) y de otros futbolistas complementarios (desde Maxi Pereira a Matías Vecino). El plan de Tabárez no se reduce solo a la selección mayor. Los Bentancur, Valverde, Torreira, Vecino, Araujo, De La Cruz, fueron parte de un proceso que comenzó con las juveniles. Si hoy son fundamentales, es gracias a que existe un proyecto.

Cuando Tabárez tomó la selección en 2006, algunos jugadores no le atendieron el teléfono, sencillamente porque no querían ser convocados. Estar en la selección era un dolor de cabeza, porque en cierto punto, la selección estaba mal vista y los futbolistas no se sentían valorados, respetados ni queridos.

Hoy, se matan por venir, rechazan convocatorias de otras selecciones (caso Vecino) y quieren jugar hasta lesionados (como el demente de Suárez). Hoy, las entradas (que son mucho más costosas que antes) se agotan varios meses antes de los partidos, ya que hay un grupo grande de uruguayos que adora a su selección, fundamentalmente porque cree en ella, incluso mucho más allá de sus resultados.

La perspectiva histórica indica que Uruguay siempre tuvo excelentes jugadores, pese a lo cual nunca ha sido especialmente vistoso, ni un equipo de propuesta, ni de posesión.

Eso no ha cambiado demasiado en la última década. Lo que sí ha cambiado es que Uruguay ha logrado mejores resultados, obviamente porque ha jugado mejor que antes, aún sin ser más ofensivo ni tener mayor posesión. También ha logrado un mayor compromiso de sus componentes, una mejor imagen y el respeto unánime del mundo futbolero.

Todo esto no quiere decir que no se pueda aspirar a jugar más vistoso. Claro que se puede. Vienen surgiendo algunos jugadores de gran potencial, que si evolucionan y logran coincidir temporalmente con Cavani y Suárez (todavía tienen algunos años a gran nivel), podrían generar un equipo diferente.

Pero este equipo, el actual, no lo ha hecho nada mal, sino más bien todo lo contrario. ¿Tiene carencias? Miles. ¿El técnico comete errores? Obvio. Pero es un bloque que no se rinde nunca, que sabe sufrir y superar obstáculos. Es un grupo que cree y está convencido de que puede conseguir cosas. Es un plantel comprometido, intenso y sólido. Y todo eso se traslada a la cancha a la hora de ejecutar el plan y conseguir puntos.

Santiago Díaz

Twitter: @SantiDiaz7

Publicado originalmente en Zona Mixta.

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1 Comment

  1. Muy buen reporte. Necesitamos una persona como el Maestro Tabarez. Como lo era Griguol, Sabella, o un Carlo Ancelotti en la AFA. Que su sabiduría enriqezca al cuerpo técnico de turno. La experiencia da sabiduría, y es lo que ha faltado últimamente.

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