“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada semana un capítulo nuevo. Escribe Lucas Bauzá. 

“¡¿Cuántas veces te dije que a ese lo tenías que marcar vos, Rodríguez?! ¡¿Cuantás, eh?! ¡¡Un millón de veces te lo dije!! ¡Dos millones! Ahora el lunes vas a correr veinte kilómetros por pelotudo. Y no te cago a trompadas porque no sé, porque estoy operado de la rodilla y la tengo media mocha. Pero te cagaría a trompadas, ¿sabés cuántos giles curé así? ¡¿Sabés cuántos?!“ 

Mario “Topo” Daniele, Ferrocarril San Martín 1 – Muñiz 1 (2006)

  Si todo salía como habíamos calculado a lo largo de la campaña, el lunes 2 de diciembre, a las ocho de la mañana, Fabricio y el Mosca, como dirigentes, y Cucho como coordinador general, me presentarían a los pibes de la Novena como el nuevo director técnico. Al mediodía, tenía pensado acompañarlo al flaco para estar presente en su asunción como DT de la Primera del Ferrocarril San Martín. Y a la tarde, ya habíamos quedado con el Santo para darnos una vuelta por la sede y sentarnos a tomar una birra en el despacho del Bebi, que ya estaría ocupado por el Equi Cóceres.

  Si todo salía como habíamos calculado, estaba a menos de treinta y seis horas de estar parado frente a veinticinco pibitos de catorce años. Por eso, estaba viendo en Youtube un ejercicio para trabajar la salida desde el fondo con juveniles. Por eso tenía doscientas pestañas abiertas en la computadora, tres cuadernos con anotaciones y poco apetito. Por eso, también, había decidido quedarme en casa todo el viernes y sábado a preparar la semana de trabajo, mientras los pibes de la Agrupación encaraban la recta final de la campaña, que había durado todo el mes de noviembre. Porque descontábamos el triunfo. Equi había descollado en los discursos, en las redes sociales, en las mesas chicas y grandes. Los pibes se habían deslomado en el trabajo de hormiga, en el boca a boca, en convencer a los socios del fútbol para sumar los votos necesarios para hacerle frente a los de la sede, histórico reducto de los Solís. Y Lozano, por si las moscas, había arrimado un poquito de su artillería del aparato municipal para hacer el resto.

-Flaco, golpean las manos –me avisó Totó.

-Voy.

  Me acerqué hasta la puerta y miré por la mirilla. Era el Equi Cóceres. Lo había visto esa misma tarde, porque pasaron con Fabricio para que yo grabara un video de treinta segundos, y lo vería a la mañana siguiente, en la sede, para ponerle la frutilla al postre y ganarle la elección al Bebi. Sonreí, contento de verlo, abrí la puerta y caminé hasta la reja que nos separaba. Estaba apenas cubierto por un short del Furgón, y descalzo, pero ya estábamos en confianza.

-Eh, chabón. ¿Todo bien?

-Sí, sí –me respondió, con las manos en los bolsillos de su bermuda.

  Al escucharle la voz, y caer en la cuenta de que eran las once de la noche, apenas siete horas antes de tener que vernos en persona, supe que pasaba algo.

-¿Pasás, boludo? –le pregunté, poniendo la llave en la reja.

-No, es cortito, no hace falta. Escuchame una cosa: vengo a decirte que le digas a los pibes que no hagan boludeces.

-¿Boludeces de qué?

-Boludeces. Ya te vas a dar cuenta. Que no hagan locuras, que no hagan cagadas, porque están todos agarrados de los huevos.

-Pará, pará. ¿Qué? ¿Saltó algo?

  Sonrió. Con esa sonrisita de canchero pelotudo que había escondido durante un tiempo, sonrió y prendió un cigarro. Yo había dejado los míos en el escritorio.

-Pasame uno –le pedí, pero se guardó el paquete. Y yo entendí todo.

-Te quedan bien las rejas, che –me dijo, antes de darme la espalda.

  Puse la llave en la cerradura para salir a la vereda y darle la cagada a trompadas que me había pedido desde la noche que volví a Almafuerte, pero se volvió a dar vuelta para mirarme y yo me frené.

-No –me explicó–. No podés, no seas pajero.

  El matón que Lozano había llevado a “Doha” aquella vez surgió de las sombras de la vereda y no le hizo falta ni mirarme. Simplemente se dejó ver.

-Nos cagaste –le dije, chocándome los dientes, olvidándome del otro.

-Deciles a los pibes que no hagan boludeces, nada más.

-¿Desde cuándo estás con Lozano? Por favor, decime desde cuándo.

  Se acercó.

-Desde que vos y el otro paralítico me forrearon gratuitamente acá. Chau, gil.

  Una pregunta que siempre había estado ahí, pero que jamás me había hecho, nació en ese momento, frente a él.

-¿Vos lo mandaste al Dengue a matarlo a Dardo? 

  Volvió a sonreír. Apreté un barrote de la reja con fuerza. Si lo admitía, yo iba a salir a la vereda. El matón, divertido por la escena, miró a Cóceres.   

-No seas gil, Rodríguez –respondió, pero a mí no me alcanzaba.

  Estaba a un paso de salir a la vereda, sabiendo lo que me esperaba. Pero Cóceres se apiadó. Yo estaba tan a flor de piel, que inmediatamente me di cuenta de que me estaba diciendo la verdad.  

-No, loco. No lo mandé yo al Dengue. Quedate tranquilo, y no la hagamos peor de lo que es. Deciles a los pibes esto, que no hagan boludeces, y nada más. Yo tampoco voy a hacer boludeces. Andá y acostate a dormir, que mañana ya cerramos este tema y el lunes agarrás a los pibes. Andá.

  Me quedé inmóvil, viendo la retirada triunfal y definitiva de Cóceres.  

-Tomá, amigo –me habló el matón, ofreciéndome un cigarro entre las rejas.

  Estiré una mano y lo agarré. Vi la llama y acerqué la cara.

-Gracias.

-No, de nada. Menos mal que no saliste, flaca, porque ando medio engripado, ¿viste esos chuchos de frío que te dan?

-Sí –respondí.

-Así todo el día estuve. Y a mí me pagan igual, reparta o no. Pero mejor si zafaste. ¿O no?

  Lo miré. Era capaz de desarmarme a golpes hasta en su lecho de muerte.

-Olvidate, grandote. 

  Levantó un hombro con humildad, agradecido por el reconocimiento pero tristón, como si todavía se estuviera arrepintiendo de no haberle hecho caso a su abuela cuando le aconsejaba sobre las malas juntas del barrio, y cabeceó con suavidad para indicarme que se despedía.

  Yo me quedé a terminar el cigarro, a mitad de camino entre la casa y la calle, entre la razón y la locura, entre la paz y la guerra, entre la duda y la certeza, entre la vida y la muerte, entre el cielo y el infierno, entre la carcajada y el llanto.

Lucas Bauzá

Twitter: @rayuelascometas

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

Ilustraciones en el texto por Nach.

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