A partir de un recital en el Gran Rex donde Sabina invitó a cantar a Diego viajamos en el tiempo para hablar sobre la noche en la que el cantante le tiró una molotov a un banco. De ahí a la Noche del 10 donde se juntaron: Diego, Sabina y Charly. Escribe Juan Stanisci.

No fue en un pueblo con mar, sino en una ciudad con río. Tampoco ocurrió después de un concierto, sino durante el transcurso de uno. No habían dado las diez. Eran las doce. La medianoche de un sábado, se sabe, es un momento donde cualquier cosa puede ocurrir. Como por ejemplo, que Joaquín Sabina en su primera gira después de una gran depresión, llame a un tal Diego Maradona para cantar juntos en el Gran Rex. No a cualquier Diego, al de la resurrección de la Noche del 10. Como no podía ser de otra forma, la canción elegida fue aquella que sin querer nombra Diego en su título: Y nos dieron las 10.

La canción, uno de los mayores éxitos en la carrera de Sabina, vio la luz dentro del disco Física y Química en 1992. Al mismo tiempo que el álbum aparecía en las disquerías, Diego jugaba sus últimos partidos en tierras españolas. Era la época del Sevilla con Bilardo y Simeone, después del primer dóping. Ambos volvían con ciertas dudas: Diego tras haber dejado Nápoles y por la sanción que le prohibió jugar profesionalmente durante quince meses; Sabina porque su disco anterior había sido fuertemente criticado, al punto de hacerlo dudar sobre sus capacidades como compositor.

Y nos dieron las diez, es de alguna manera la historia de un malentendido. No solo por lo que ocurre dentro de la canción, sino por lo que sucedió a partir de ella. Cuenta la leyenda que una noche madrileña Sabina estaba, no esperen originalidad, en un bar. En eso apareció el también músico Enrique Urquijo. Como venía algo falto de inspiración, Sabina le ofreció unas estrofas que había escrito. Urquijo se las anotó. Es probable que Sabina después de esa noche haya olvidado el evento. Y que al tiempo se viera sorprendido por la aparición de una canción de Urquijo que empezaba con su letra.

Tanto Ojos de gata, la canción de Urquijo, como Y nos dieron las diez, la de Sabina, comparten la escena inicial. Esa que transcurre “en un pueblo con mar una noche después de un concierto”. Hay una moza que es ama y señora de la barra del último bar abierto.  A partir de la segunda estrofa la historia, o al menos su narración, empieza a variar. Hasta desembocar en ríos diferentes.

En el caso de Y nos dieron las diez, Sabina relata la vuelta al pueblo al siguiente verano. Solo que en lugar del bar se encuentra con la sucursal de un banco. Le han preguntado a Sabina por la muchacha y el pueblo infinidad de veces. Se desconoce la identidad de ella, pero se sabe que el pueblo era Lanzarote, en las Islas Canarias. Lo que no le han preguntado es sobre lo que sucede después de encontrar el banco en el lugar donde estaba el bar.

“Tu memoria vengué a pedradas contra los cristales”, dice la canción. Algo que Sabina conoció en carne propia. No por el desamor sino por la militancia política. Corría el año 1970. España vivía bajo la sombra del dictador Francisco Franco. La dictadura había comenzado cuando Mussolini gobernaba Italia y Hitler Alemania, Brasil no había sido campeón del mundo, Stábile era técnico de la selección argentina y nadie sabía lo que era una bomba atómica, un disco de vinilo, una guitarra eléctrica o un televisor, ni en blanco y negro ni a color. O lo que es lo mismo la dictadura de Francisco Franco había comenzado en 1939.

El régimen franquista estaba llegando a su fin, pero eso nadie lo sabía allá por 1970. Sabina tenía entonces 21 años y había llegado desde Úbeda, su pueblo natal, a Granada para estudiar Lenguas Románicas. Empezó a juntarse con militantes del Partido Comunista Español, por entonces proscripto, y de la ETA (Euskadi Ta Askatasuna o País Vasco y Libertad, en castellano).

Una noche de 1970 no vengó la memoria de una mujer, sino la de dieciséis miembros de ETA. Y no utilizó piedras sino una bomba molotov. El joven Sabina de 21 años tiró una botella de vidrio rellena con nafta y un trapo con fuego contra el Banco de Bilbao. Los dieciséis miembros de ETA estaban involucrados en el Juicio de Burgos, donde se juzgó y condenó a nueve de ellos por el asesinato de tres personas. El gobierno de Franco había ordenado la pena de muerte. Algunas protestas generaron algo menos brutal pero con igual resultado: 500 años de cárcel para cada uno (no, no sobra ningún cero).

Sabina no fue detenido por municipales como dice la canción. Tampoco alegó en su declaración que llevaba tres copas. Se ocultó durante días hasta que una noche en un bar, dónde sino, conoció a un tipo. Se llamaba Mariano Zugasti. Era la primera vez que se veían. Después de varias copas Zugasti le ofreció su pasaporte para salir del país. No volvieron a verse. “Cada vez que necesito creer en el género humano, pienso en el acto de Mariano Zugasti”, recuerda Sabina.

Es imposible determinarlo, a menos que él algún día lo niegue o lo afirme, pero es muy probable que la escena del banco apedreado se haya basado en aquella con otro banco y una molotov. Hay que aceptar que el relato de la canción no hubiera sido muy coherente si en lugar de “tu memoria vengué a pedradas contra los cristales” dijera “la memoria de dieciséis compañeros vengué tirando una molotov contra el Banco de Bilbao”.

En la entrevista donde se refiere a Mariano Zugasti dice que este era un “inconsciente”. “Por eso yo quiero pasar la vida con inconscientes, que hacen cosas tan solidarias como impresionantes”, dijo en el 2000 a la versión española de la revista Rolling Stone. Un año después amanecería con medio cuerpo entumecido por un ictus en el cerebro. Esto lo llevaría, luego de la recuperación, a una profunda depresión. Encerrado se alejó de los escenarios. Vomitaba cada vez que se acercaba a uno. Esto duró cuatro años.

Para octubre de 2005 hacía más de dos años que Sabina no pisaba Buenos Aires. La reclusión voluntaria lo había alejado de los viajes y las giras. Llegó a Buenos Aires recuperado, con la idea de empezar a presentar su disco Alivio de luto. Después de una conferencia de prensa, fue invitado al programa más visto de la época: La noche del 10. Un Diego recuperado, tras la internación y el cinturón gástrico en 2004 y un Sabina también mejorado tras el ictus cerebral. Dos inconscientes se reecontraban.

“Vengo a celebrar que tu y yo estamos vivos y flacos”, le dijo Joaquín a Diego ni bien entró al estudio televisivo. De fondo sonaba una canción que decía: “más de cien palabras, más de cien motivos / para no cortarse de un tajo las venas”. En épocas donde la salud mental no era mencionada en televisión, Sabina habló abiertamente de su depresión. Cuando Diego le preguntó si haría una gira por Argentina, Sabina le respondió que sí y que esperaba verlo ahí. “¿No vas a cantar solo con Los Piojos, no?”, le repreguntó. A Diego le costó unos segundos agarrar la propuesta. Cuando entendió abrió grandes los ojos y se arrodilló. “Te pido por favor cantar con vos”.

Cuando le acercaron una guitarra, Sabina no cantó ninguna de sus canciones más conocidas. Eligió una que había terminado de componer ese día con una pequeña ayuda de Juan Carlos Baglietto. “Un bluesesito muy breve”, según le explicó a Diego. Decía: “Maldito sea el séquito la historia, que disloca la coca de los pibes / Gozar era rodar de feria en feria, cagarla un cero a uno contra River / Maldita burocracia desalmada, que te cobró un penal letal e injusto / Maldita sed, maldita madrugada, no te nos mueras más, pucha que susto / Pelusa, hincha pelotas, guerrillero / Sobrino de Fidel, hermano mío / Nápoles, Cebollita, Barcelona / Los tacos de tus botas son el suero / Que abriga a los bosteros contra el frío /  Diez era Dios bendito Maradona / En vos confío”.

Diego le dijo que le tenía un regalo más. Uno personal. Entonces apareció una gran caja roja en pleno estudio. La música de fondo se apagó y empezó a sonar un piano. Un teclado, más precisamente. Levantaron la caja y apareció, con un antifaz, el tercero de los inconscientes. El tercer muerto vivo: Charly García.

“Grande García, que guapo estás”, lo saludó Sabina. “Hola Flaco”, le dijo Diego. En el tumulto Sabina preguntó: “¿Cómo habéis conseguido meterlo en la cajita?”. Para mantener la sorpresa y por lo impredecible de García, la mesa no estaba armada para recibir un nuevo invitado. Mientras le buscaban una silla Charly se burló de la situación: “Nunca falta alguien que sobra”. “¿Cómo estás flaco? Cada vez mejor, eh”, le comentó Diego. “Y sí, así es la muerte”, otra vez el humor de García. Mientras, como si estuvieran invocando un espíritu, los tres se tomaban las manos.

Seis meses más tarde Sabina volvió a Buenos Aires. Las fechas en el Gran Rex se agotaban una tras otras. La gira ultramarina era un éxito. El sábado 18 de marzo el recital estaba llegando a su fin. “Yo realmente y de todo corazón no sé cómo decirlo – empezó Sabina antes de la última canción – porque hay veces en estos oficios de locos, a veces muy duros y a veces muy mágicos, en que pasan cosas que uno ni en sus sueños más locos habría soñado. Porque no es solo los pies, no es solo la cabeza, no es solo ese corazón que no le cabe en el pecho. No es solo lo que representa para este país y para el mundo entero. No es solo lo bien que bailaba en Italia sino que además va a cantar ahora: Diego Maradona”.

Les dieron las diez. Y las once. Las doce. La una. Las dos. Y las tres. Diego se tomó en serio su rol de cantante y se adueñó de la canción. “No me dejó colar ni un verso”, recordó Sabina. Y nos dieron las diez había cobrado un nuevo sentido, en una ciudad con río, una noche durante un concierto.

Juan Stanisci
Twitter: @juanstanisci

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