Hace dos semanas, el destino cruzó en la instancia decisiva de la Copa Entre Ríos a dos equipos de la misma Liga, la de Gualeguaychú: Central Larroque y Deportivo Urdinarrain. El clásico del interior del departamento y un desenlace de antología, de cuento de Fontanarrosa. Escribe Facundo Paredes.

Pablo Steiner era, de todos los suplentes de Central Larroque, el que menos chances tenía de ingresar. Porque su equipo necesitaba goles (perdía 2 a 1 desde los 7’ del segundo tiempo, resultado adverso que se sumaba al 0-1 de la final de ida disputada en casa). Y, además, porque es arquero. La cancha estaba rápida, por el aporte de una persistente llovizna, pero el juego se cocinaba a paso lento, por la lógica voluntad de Deportivo Urdinarrain de ganarle al reloj, ya que jugó con dos hombres menos los últimos quince.

La ansiedad de los Rojos (que a los 33’ alcanzaron el empate, aún insuficiente) por jugar rápido no encontró en el cuarto árbitro la misma actitud a la hora de alcanzar las pelotas, que para los 40’ de la etapa final, ya escaseaban. “Nosotros teníamos una igual, de la misma marca, que habíamos llevado porque era lógico que eso iba a pasar si ellos iban ganando”, revela Steiner.

La primera final del Mundial de Fútbol se disputó en 1930 en el estadio Centenario de Uruguay, entre el anfitrión y la Argentina. Un desacuerdo entre capitanes obligó al árbitro belga a jugar ese clásico rioplatense con dos pelotas distintas: el primer tiempo, con la fabricada por la industria argentina, y el segundo, con la uruguaya. Casualidad o no, la Albiceleste se fue al descanso 2 a 1 arriba, y la Celeste transformó el complemento en un 4 a 2.

Pablo Steiner desconocía ese dato cuando a los 42’ buscó apurar un tiro de esquina mandando a la cancha la pelota propia. “Con esta vamos a meter el gol”, le dijo al recientemente reemplazado José Joaquín Badini, que quiso advertirle el «error». Córner corto, gol y a penales. Sonriente de satisfacción, con cara de “te dije, te dije”, Steiner tampoco sabía que a su predicción aún le faltaba un último capítulo.

Foto: Cristal Urdi

Le salió redonda

El torneo organizado por la Federación Entrerriana de Fútbol reunió para esta última edición a 44 equipos, desparramados por toda la provincia. La Liga de Gualeguaychú aportó tres clubes, todos del interior, ninguno de la ciudad cabecera del departamento. Central Larroque fue uno de los tres segundos en la fase de grupos que avanzó a los playoffs, junto con los primeros de todas las zonas. Y por eso siempre definió de visitante. La serie decisiva, capricho del destino, quiso que sea ante su clásico rival: Deportivo Urdinarrain, al mismo que había amargado sobre la hora en la final de 2019 de la liga local. El certamen parecía guionado, de película de suspenso. La derrota 0-1 en el Fortín obligaba al Rojo a ganar la revancha, al menos por la mínima para forzar los penales.

En la vuelta, la cosa arrancó torcida para los dirigidos por Matías Marchesini (ex Boca y Juventud Unida de Gualeguaychú, primo del Víctor Hugo que jugó en Ferro) en el repleto estadio Teodoro Treise, donde a los 16’ ya perdían. Sobre el final del primer tiempo (43’) alcanzó el empate, pero en el inicio del segundo (7’) volvió a estar en desventaja. “No te olvidés, no te olvidés, lo que pasó la última vez”, cantaba –con más furor que esperanzas concretas– La 24, la barra roja, en alusión a la final de tres años atrás. Pero la ilusión comenzó a tener sustento a los 26’, con la primera expulsión de la noche, y se incrementó a los 33’ con el empate de penal, y una nueva roja para los dueños de casa.

Desde los 42’ en adelante –con el gol del 3 a 2 incluido–, el clásico se jugó con la pelota blanca que tenía la insignia CCL (de Club Central Larroque) en uno de sus gajos, la misma que había mandado a la cancha Pablo Steiner hacía segundos, y cuya actitud le valió una amarilla, porque “el partido se juega con la pelota del local”, según la explicación arbitral.

Parece que en el final…

El minuto 27 del segundo tiempo es una pieza suelta del rompecabezas. A esa hora no hubo goles, ni expulsiones, ni polémicas. Tampoco hubo jugadas claras, ni lindas gambetas, ni faltas fuertes. Hubo apenas un cambio. El cartel electrónico (porque el poderoso equipo de Urdinarrain tiene cartel electrónico) marcó en verde el número 18, y en rojo el 4: adentro el delantero Walter Virué, afuera el defensor José Joaquín Badini.

La pieza empezó a encajar a los 42’, cuando la pelota –la misma que mandó al verde césped Pablo Steiner– terminó en la cabeza de “Wawi”, el recién ingresado, que la empujó casi arriba de la línea.

Un reloj en cuenta regresiva dirá que faltaban 12’ segundos. Un cronómetro marcará 49’48’’. La hora en el celular señalaba las 21.02 del domingo 3 de abril. La pelota larroquense –que, porfiada, tenía decidido quedarse hasta el cierre, soportando rechazos que no lograron sacarla por encima del tejido– volvió a cruzarse en el camino de Virué, que con nervios de acero, la tocó suave en el momento justo en que los corazones, de propios y extraños, dejaron de latir.

Cuando la sangre retomó su circulación habitual por los cuerpos, con el 4 a 2 consumado, el arquero Gonzalo Pérez Romani ya atenazaba el balón entre sus manos, y descubría el secreto que sólo atesoraban hasta el momento Steiner y Badini: “Cuando vi que decía CCL, no entendía nada”, confesó luego el 1. Pero la historia no terminó con el partido: el árbitro pitó el final tras un rechazo de Lautaro Viale (elegido mejor jugador del torneo), y la pelota aterrizó en las manos de su padre, Pablo, también dirigente y fotógrafo ocasional, lo que le valió el privilegio de estar entre la línea de cal y el alambrado. “Yo no estaba ni enterado que era nuestra”, confiesa.

Pablo Viale es un histórico del club. Fue jugador en épocas pasadas, y tuvo a su cargo las divisiones inferiores por un largo período. Es padre de Lauti, y tío de Lucas, el lateral izquierdo. En su cabeza ya maquinaba la idea de hacerse de la pelota en caso de campeonar. Ver el partido desde adentro le significaba una ventaja. “Pensaba pedírsela a los de Deportivo, y después les compraba otra”. Pero le cayó el regalo del cielo. “La agarré y se la di a mi cuñado, que estaba afuera”. Todo esto, desconociendo que lo que había caído en sus manos, tras el rechazo de su hijo, era la pelota propia. “Es un trofeo de guerra”, la define. Ahora reposa en un mueble de su casa. Las firmas de todo el plantel rodean la divisa CCL.

En el emblema de los cuentos futboleros, 19 de diciembre de 1971, Roberto Fontanarrosa escribe sobre el Viejo Casale, muerto en la cancha de River luego del sufrido triunfo de Central ante Newell’s: “¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo esa, hermano!”. A duras penas, los corazones rojos gambetearon el infarto que el viejo Canaya no pudo evitar. Pero si tuvieran que elegir una manera de salir campeones, elegirían esa, hermano.

El arquero de la suerte

Pablo Steiner tiene 43 años, pero los 44 ya le pisan los talones. Por eso, el fútbol ya se terminó para él con la obtención de la Copa Entre Ríos, en la que sólo atajó un partido, el último de la zona, cuando el equipo ya tenía asegurada la clasificación. “Estaré en el banco, a lo sumo, unos partidos más, para dar una mano, hasta que se recupere de una lesión el chico de inferiores”, dice.

Nacido en Gualeguaychú, fue adoptado por la familia roja en 2012, justo en la temporada en la que Central Larroque cortó la sequía de 6 años sin títulos. De la primera de sus tres etapas se despidió también con un campeonato local, el de 2014. Su condición de amuleto, de talismán, se acrecentó en su regreso a la entidad, en 2019, año en el que levantó la Copa Gualeguaychú. “Después dejé de jugar y me llamaron de vuelta porque no tenían arquero suplente, había muchos chicos, que para un torneo provincial quizá no estaban tan preparados”, confiesa. Su gauchada se convirtió en premio.

Contagiados de Virue(la)

Walter Virué venía sumando pocos minutos en el certamen, por eso no se sorprendió cuando el entrenador Matías Marchesini lo dejó afuera del banco en la semifinal de vuelta ante Ferro, en Concordia. Sí puso cara de pocos amigos cuando el DT repitió la decisión en la primera final. “Ah, pensé que ahora iba a estar”, le dijo, con una mezcla de asombro y amargura. “Lo importante de las historias no son como empiezan, sino cómo terminan”, lo tranquilizó el técnico.

Foto: Cristal Urdi

Wawi, o Bocho, como lo llaman en su Larroque natal, creyó que lo mejor que le podía pasar en lo personal en la revancha era estar entre los que firmaron planilla. Como “Matías no es de hacer muchos cambios”, jamás imaginó que sería la primera opción para ingresar. Pero en el entretiempo, Víctor Cafferata –ayudante de campo e ídolo del club– le aceleró el corazón: “Mirá que vas a entrar, y vas a ser importante”. 

Virué debutó en la Primera de Central con apenas 15 años, el 30 de octubre de 2005, en la tarde que Diego Maradona celebraba un nuevo cumpleaños. Su gol más importante, dice, fue dos años más tarde, ante Belgrano de Paraná: “Porque era el Federal C, tenía 17 años y fue en cancha de Patronato”. De otra manera no se explica, porque aquella vez, el rojo perdió 5 a 1. Ahora tiene mayores argumentos, porque el doblete del pasado domingo pasará a la posteridad como los dos goles más gritados del club en su historia.

Tal como Rosario Central emula cada año la Palomita de Poy, y Racing ha hecho lo propio con el gol del Chango Cárdenas, el Rojo también recrea los goles de campeonato, pero horas después de conseguirlo y en su cancha, con su gente. En esta ocasión, el protagonista fue Wawi, aunque en el primer intento, sin marca y sin arquero, no tuvo la misma sangre fría que en el gol real, cuando moría la final: “En la imitación la tiré al palo”. A este cronista le corre un escalofrío por el cuerpo de sólo imaginar la posibilidad que esa falta de eficacia en el delantero hubiese ocurrido a 12’ segundos del final, o a los 49’48’’. O a las 21.02 del domingo 3 de abril.

Facundo Paredes

Twitter: @ParedesFacundo

Publicado originalmente en Redacción Rosario

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