Hoy comienza el Mundial de vóley masculino. Mañana debuta la selección argentina. Para hablar del pasado y presente fuimos a buscar a Waldo Kantor. Entrevista con el histórico jugador de la selección, que habla de deporte, política, historia y presente. Escribe Santiago Núñez.

Waldo Kantor llega al bar Le Bleu en Dorrego 999 (esquina Vera) con la puntualidad con la que levantaba pelotas para los remates. Faltan minutos para las 14 hs. del viernes.

-Estoy acá cerca

El actual técnico de vóley hace referencia al barrio de Chacarita, pero lo cierto es que vive dividido entre dos lugares del mundo. En unos días viajará a Europa para encarar la temporada del Farmitalia Saturnia, club que dirige, que arrancará en octubre. “Estoy a la expectativa de otra temporada en Italia. La A3 italiana, que es un campeonato bajo la órbita de la Serie A. Haber vuelto a Italia fue muy interesante y desafiante en cuanto a lo que significa laburar allá”, indica. Ese rol lo comparte con la Selección Argentina Universitaria.

A Kantor le gusta hablar de sus pasiones. Marcar que jugó 350 partidos con la Selección Argentina o que fue considerado entre los 25 mejores jugadores de la historia es simplemente citar cifras. Por momentos, números sueltos. Convertirá Waldo en palabras conceptos relacionados al deporte, a la historia, a su historia, a la política, a su manera de ver la política, al pasado, al presente y al futuro. Decir que habla de lo suyo sería meter un saque a la red. Hace más que charlar sobre vóley. Es vóley.

-Un café cortito, mitad de taza

Como con la mano

“Si le sacás el puesto a uno de los nuestros te cago a trompadas”. Waldo tiene menos de catorce años y juega de volante por derecha en All Boys. Varios en séptima y octava división no ven con buenos ojos que un pibe de novena les robe el puesto.

No necesariamente fue un momento ameno, pero fue uno de los puntos que indujo al jugador a buscar otras vías deportivas. “Todos en el Peretz de Villa Lynch, lugar en el que comencé mi vida social y deportiva, hacían fútbol, básquet y de todo. En All Boys sufría un poco la dinámica del apriete. En esa época yo tenía trece años o catorce. En el Peretz era diferente. Me llevó la cuestión más social, del entramado de los amigos y del club que me vio nacer, a estar ahí. Empecé a jugar al vóley y tuve una clara visión de que me gustaba y que, por ende, quería jugar bien y llegar a algo importante con ese deporte”.

Entiende Kantor que sus inicios también tienen algo “de genética”: “Mi papá jugaba al vóley”. Ameritan una confesión: “Si me preguntás, hubiese elegido ser jugador de la selección de fútbol”. Kantor recuerda que hace poco aprendió que la palabra “volante”, en el balompié, viene por Carlos Volante, ex jugador de Lanús, Flamengo y otros clubes. También sonríe cuando recuerda que siempre usó el dorsal N° 8, su posición en el fútbol.

1982: Razones de un bronce no tan anunciado

Una de las primeras cosas importantes fue el Mundial 1982. Es claro que hay muchas historias sobre ese torneo. Alguna vez Hugo Conte habló sobre la gira previa al certamen, en la que perdían casi todos los partidos ¿Cómo viviste eso y la relación con el “excéntrico” entrenador Young Wan Sohn?

-En 1980 salimos campeones juveniles en Chile, eso fue un punto de partida para lo del 1982, porque era casi el mismo equipo. Fue la primera vez que se le ganó a Brasil, fuimos campeones sudamericanos. Todo era impensado. En las giras previas de 1980, 1981, 1982 perdíamos siempre. Perdíamos con equipos que veíamos jugando un “picadito” de fútbol desde la ventana del micro, llegando a la cancha. Nos dábamos cuenta porque cuando entraban tenían el verde del pasto en el short. Pero había una convicción de parte del coreano, de Julio Velasco, de (Enrique) Martínez Granados, el cuerpo técnico de ese momento, de que en el Mundial iba a ser diferente. Firmábamos el octavo puesto, igualmente. Pero con el correr del tiempo sí las cosas se fueron encuadrando: nosotros íbamos jugando mejor, al punto de que ganamos un amistoso con Corea que era un muy buen equipo. Ganamos contra Cuba en La Plata. Empezaba a crearse una mística, una convicción. Los jugadores empezaban a tener posibilidades.

-¿Qué razones principales permitieron esa medalla?

-Había talento y mucho laburo. Cuando se habla de esos procesos se recuerda que éramos todos talentosos. No era así. Se laburó mucho. Todos nos hemos formado. Mucha planificación, dos o tres veces por día de trabajo.  No es mi objetivo decir que “si trabajás duro, llegás” porque a veces puede no ocurrir, pero no era solo talento, había mucho trabajo. Cuando llegamos al Mundial, llegamos a Rosario, no lo podíamos creer. La cola de gente que había para entrar era muy grande. Yo pensé que jugaban Newell´s-Central. “¿Qué pasa? ¿Justo juegan hoy?”. De repente el estadio estaba lleno. Con mucha gente que no sabía nada de vóley y gritaba “Argentina, Argentina”. Tan así era que nos pasaba lo siguiente: quizás perdíamos tres puntos, que en el vóley no es nada, los recuperás rápido, y nos puteaban. No entendían la dinámica. Pero había mucho papelito y mística. Algo hermoso. El equipo iba jugando cada vez mejor. Pasamos la primera ronda y nos vinimos para el Luna Park. Esa fue otra apoteosis.

-El deporte no son números, pero el salto, en cifras, es muy alto. Argentina había participado desde 1949 en dos Mundiales: salió 19° en 1960 y 22° en 1978. Es muy grande el progreso.

-Y en cuatro años llegamos al tercer puesto. Hubo un ojo muy importante del coreano. Que dijo “este, este, este”, aún con jugadores que no éramos confiables en el mundo del voley. Yo hacía uno o dos años que competía en Primera, nada más. El coreano me mataba, me maltrataba bastante. Hacíamos las entradas en calor jugando al fútbol. Yo jugaba bien y era petiso. Entonces él me decía: “Usted vaya a fútbol”, como diciendo, “si jugás así andate y no juegues al vóley”. Yo me moría, no quería jugar al fútbol en la entrada en calor para que el coreano no me diga eso. Pero bueno, hubo una selección muy importante y hubo un laburo muy importante. Hubo talento y muchos partidos, una cantidad infinita. Nosotros más que nadie teníamos que jugar y jugar. Jugar en casa, de locales, es otro de los factores que no hay que minimizar. El mejor fixture lo tenés, los mejores partidos. Aún así, tuvimos un partido contra México en la zona, en Rosario, que lo ganamos por muy poco. Si no ganábamos nos íbamos a competir por el 12° puesto. Ahí clasificamos entre los dos primeros, perdimos contra Japón en el grupo. Luego, en la segunda fase, ganamos contra Alemania Oriental un partido que estaba 14-11 en el cuarto set, y ya íbamos 2 a 1 abajo. Ahí si perdíamos pasábamos al 9° puesto, en Catamarca. Entonces, resumiendo: elección de jugadores, laburo, cantidad de competencia previa que tuvimos, la localía, y que el equipo jugaba cada vez mejor y con más convicción. Eso es lo más importante.

El que no salta

Kantor hace ejercicio junto a su amigo Julio Velasco en un gimnasio de la zona del centro porteño, en la parte de atrás del actual Café Tortoni. Es 30 de marzo de 1982. La CGT-Brasil convocó un paro y movilización contra la dictadura dirigida por Leopoldo Fortunato Galtieri. De repente, ambos ven las corridas de la gente, dispersada por la represión, en las cercanías a la Plaza de Mayo. La atención se les dispara. Pero la sorpresa no estaba ahí: del otro lado del vidrio ven a Fernando Spiner, que tenía 23 años y no era el documentalista exitoso que es hoy, pero era su amigo y estaba en peligro. Finalmente Fernando escapó, pero la secuencia quedó en la mente de Waldo.

“Alejandro Agresti no lo podría haber hecho mejor en esas películas en las que plantea coincidencias. Parece tremendo, en una ciudad de cuatro millones de habitantes. Él dudó de meterse en el gimnasio pero salió corriendo. Con Julio no lo podíamos creer”, dice hoy. Aquellos años de lucha y expresión de descontento contra un régimen militar represor y genocida atravesaron la carrera de Kantor y esa gran Copa del Mundo que jugó Argentina en 1982.  Su Mundial fue la primera cancha deportiva que cantó explícitamente contra el gobierno de facto. “La gente salió por Corrientes caminando en malón y cantando contra la dictadura. Fue emocionante, reconfortante y reivindicativo”.

Waldo viene de familia comunista. Su madre militó en el PC y con su amigo Julio Velasco, militante por aquellos años del Partido Comunista Revolucionario (PCR), hablaban mucho. Expresó su sorpresa cuando en una gira por Europa oriental las cartas de sus familias le llegaron abiertas. Pero su desconfianza ante la explotación y las injusticias siguieron intactas. “No me como ninguna con el capitalismo ni nada. No es que edulcoré esta sociedad viendo eso, nada que ver”.

Waldo Kantor recién termina de armar para el remate de su compañero.

-¿Hoy cómo te definís políticamente?

-Como un tipo de izquierda, progresista, muy abierto a entender el mundo. Tratando de entenderlo.

Waldo Kantor ya tiene una medalla de bronce. El presidente de facto Reynaldo Bignone espera a los jugadores para la coronación. Waldo por momentos piensa en un acto de rebeldía: no asistir. “Era imposible. De hecho, me dijeron ´no podés no ir´. Estaba acongojado, no me interesaba. Había pasado por otros momentos mucho más detestables por el hecho de haber jugado en dictadura: saludos, estrechada de manos con personajes siniestros. Ya estaba cansado, me pasaba eso, no quería. Pero bueno, fui y estaba triste”, confiesa hoy. El colectivo 105, de Plaza de Mayo a Devoto, lo ve apoyando los rulos con el vidrio. No es lo que quiere.

Tal vez, en ese momento prefirió volver unos días atrás. No necesariamente al partido que le ganan a Japón para lograr un lugar del tercer puesto del podio. Sino a la previa. Waldo y sus compañeros están en el gimnasio del Luna Park, precalentando. Escuchan, como si fuera del cielo, un grito de las gradas que guardará Kantor para siempre, emocionado: “El que no salta es militar”.

1988: Los pibes del vóley ya no “casi”

“Mucho más”. Eso responde el ex armador cuando le preguntan si la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 es más relevante que el tercer puesto de 1982. “Los JJOO son más importantes que un Mundial. Subir a un podio olímpico es otra cosa”, dice. Los resultados de Argentina lo comprueban: tiene un 4° puesto, tres 5tos y dos bronces (3°) en las citas Olímpicas, mientras que en Copas del Mundo la única vez que terminó entre los cinco primeros fue en 1982. Los partidos contra Brasil también lo ilustran. Así lo cuenta Kantor: “Argentina en los Juegos Olímpicos tuvo siempre una presencia muy importante, de pararse mejor que en los Mundiales. Es así. Es más, vamos a la cuenta de los partidos contra Brasil, al que no le ganamos nunca. A veces le ganamos en mayores, pero con una supremacía que es 90-10 o 95-5. En JJOO, sin embargo, les ganamos tres veces (1988, 2000, 2021) y ellos dos (1984, 1996). Después jugamos miles de Sudamericanos y no ganamos nunca”.

-Dijiste recién que ya en 1987 ustedes se perfilaban para ganar. ¿Cómo se construyó esa confianza?

-Hay varias aristas para poder entenderlo. Sin 1982 no hubiese habido 1988, es importante decirlo. Pero lo que produjo el Mundial en nosotros se condensó cinco años, seis años más tarde. En 1987 ya empezábamos con esa impronta de poder llegar a una medalla. En el Preolímpico salimos campeones y le ganamos a Brasil y Cuba. Después no me acuerdo si fue en 1986 o a principios de 1987, pero tuvimos una reunión del grupo, nos miramos y dijimos: “Muchachos, vamos por algo importante”. Nosotros éramos “los chicos del vóley”, me acuerdo de esa frase. Antes de Seúl. “Los chicos del vóley, muy buena performance, pero otra vez perdieron contra tal o cual”. “Los chicos del vóley, casi casi”. Era frustrante. Dijimos vamos por algo, estamos para eso. Todos jugábamos en la A1 de Italia, nuestro prestigio era visible, en los equipos que jugábamos éramos caudillos y jugadores importantes. Podíamos hacer algo más que pensar que “los chicos del vóley casi casi”. Esa reunión fue empoderadora, por usar términos de ahora. Y hubo algo más que sucedió, que no fue poca cosa: en 1986 a nosotros nos retienen a todos en Argentina, no nos dejan ir al exterior. El gobierno de Raúl Alfonsín con (Domingo) O’Reilly como Secretario de Deportes, arman para el vóley una repatriada para jugar la Liga Nacional. Volvimos de nuestros clubes de Europa y cada uno fue a un lugar: yo a Córdoba, otro a Mendoza, alguno se quedó acá, otro fue a San Nicolás, en provincia de Buenos Aires. Estaban los de San Juan. Nos repartimos y jugamos la Liga Nacional 86/87. Entonces, ya en febrero de 1987 nosotros empezamos todos juntos a trabajar con la selección. Eso fue muy importante. Y ganábamos los cuadrangulares. Esa es otra de las muestras para pensar que podíamos ganar. Y en Seúl teníamos mucho mejor juego, con otro vóley, jugábamos cada vez mejor. Había una convicción. El partido contra Brasil no lo íbamos a perder nunca.

-¿Sentís que es lo mejor que te pasó como deportista?

-Absolutamente

Crédito: cuenta «amor por el vóley» en Twitter.

Tokio queda cerca de Seúl

-¿Cuántas veces se te pasó por la cabeza Seúl 88 mirando el partido contra Brasil en Tokio 2020?

-Lo seguí todos los partidos, a cualquier hora. Cuando se ganó la medalla estaba eufórico.

Kantor empieza a explicar el proceso actual del vóley argentino (que va a encarar en estos días otro Mundial) sacando de abajo. Los pibes, los clubes, los profes. “Hay un quiebre en el 2006, cuando se decide que la selección menor participe en el torneo de A2 de la Liga Nacional. Entonces, desde octubre/noviembre hasta marzo/abril los pibes estaban todos juntos y entrenando. También hay que remontarse mucho antes y ver los profes de los clubes con los mini, infantiles, cadetes, juveniles. Hay mucho vóley y competencia para los chicos chiquitos y en los clubes. En cualquier parte de la Argentina. Eso hace que los pibes cuando juegan en la selección se encuentren con rivales que tienen menos cantidad de pelotas tocadas”. Waldo no se la juega a la hora de dar pronósticos para la Copa, pero cree que el formato actual que habilita con mayor facilidad los partidos de eliminación directa (“mata-mata”) puede beneficiar al equipo argentino.

-¿Qué pensás que explica la medalla?

-Todo lo que hemos hablado tiene que ver con este proceso y resultado. Si queremos hacer una comparación entre la última medalla y esta medalla, lo explicas más por el proceso que yo te acabo de decir que lo que nos pasó a nosotros, que estábamos jugando en los mejores equipos del mundo. A este plantel eso no le pasa. Había tres jugadores muy por encima del resto que jugaron impresionante: De Cecco, Conte y Solé. Pero en los demás había pibes que no habían salido de la Argentina o que no jugaban en una liga importante. Hubo mucho, entonces, de germen interno, más que el crecimiento de la competencia internacional. Son más hijos de la competencia local. También creo que hubo un gran convencimiento del equipo. Ir sumando de a poquito y aprovechar las falencias del resto y meterse. Colarse y colarse. Con Brasil estaba ese convencimiento.

Kantor tiene, como no podía ser de otra manera, una debilidad. La que tenemos todos cuando vemos al seleccionado.

Junto a su amigo Hugo Conte, padre de Facundo medallista de bronce en Tokio 2020.

-¿A Luciano De Cecco cómo lo analizás?

-Es un fenómeno.

Kantor piensa que el deporte no es política de Estado. Menos que menos el vóley. Dice que al torneo nacional le faltan recursos y que la Liga no tiene un buen armado: “El nivel es bajo. Muchos jugadores se fueron, hoy es muy difícil competir contra 800 o 1000 euros, que no es nada para Europa. Hay que pensar en una Liga de jerarquía. Diferente a meter seis equipos en una “burbuja” para que jueguen en tres días porque no hay recursos para que viajen. No es la mejor forma para una preparación y un desarrollo. Ninguna Liga se juega así”. Piensa que el valor del vóley tiene un núcleo importante: “El laburo de los entrenadores de base y los clubes es importantísimo, es lo que sostiene esa continuidad histórica”.

Pero son pocas las palabras que usa para explicar cómo un país que no tiene el nivel de desarrollo adecuado compite sistemáticamente contra selecciones de nivel, gana medallas, construye hazañas, gana partidos imposibles.

-Hay algunas cosas que el milagro del vóley argentino produce.

Santiago Núñez
Twitter: @SantiNunez

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