El 17 de enero del 82 nos dejaba el mítico entrenador del fútbol argentino Osvaldo Zubeldía. En nuestro libro «Fuegos de Junio» jugamos a escribir estas Cartas de él a un joven DT. Basadas en las cartas de Ernesto Sábato a un joven escritor que salieron publicadas en la novela Abaddón el exterminador. Los dos vinculados a Estudiantes de La Plata y al 24 de Junio. Escribe Lucho Bauzá.

Querido y remoto muchacho:

Me pedís consejos, pero no te los puedo dar en una simple carta, ni siquiera con los videos de mis partidos, que no corresponden tanto a lo que verdaderamente quise que pasara sino a lo que terminó pasando. No te puedo ayudar con esos solos videos, bamboleantes como esas bochas aladas en las áreas sacudidas por la furia de un botín a pierna cambiada. Más bien podría ayudarte (y quizá lo he hecho) con esa mezcla de ideas con halfs derechos vociferantes o silenciosos que salieron de mi interior en los partidos, que se odian o se aman, se apoyan o se destruyen, apoyándome y destruyéndome a mí mismo.

No rehúyo darte la mano que desde tan lejos me pedís. Pero lo que puedo decirte en una carta vale muy poco, a veces menos que lo que podría animarte con una mirada, con un café que tomáramos juntos, con alguna caminata en este laberinto de La Plata.

Te desanimás porque no sé quién te dijo no sé qué. Pero ese amigo o conocido (¡qué palabra más falaz!) está demasiado cerca para juzgarte, se siente inclinado a pensar que porque comés como él es tu igual; o, ya que te niega, de alguna manera es superior a vos. Es una tentación comprensible: si uno come como un hombre que ganó tres copas Libertadores, observando con suficiencia la forma en que toma el cuchillo, uno incurre en la tentación de considerarse su igual o superior, olvidando (tratando de olvidar) que lo que está en juego para ese juicio es la Libertadores, no la comida. Tendrás infinidad de veces que perdonar ese género de insolencia.

La verdadera justicia solo la recibirás de seres excepcionales, dotados de modestia y sensibilidad, de lucidez y generosa comprensión. Cuando aquel resentido de Garpani afirmó que jamás ese payaso de Bilardo ganaría el Mundial, Víctor Hugo Morales dijo lo contrario. Pero es natural: Víctor Hugo estaba a días de inmortalizar el Barrilete Cósmico y Garpani escribía unos artículos cuyos nombres no recuerdo. De Griguol se rieron gentes semejantes a Garpani: ¿cómo ese tobogán de piojos iba a hacer algo importante? Hugo Lobo sentenció en el estreno de la cuarta fecha de un Nacional que quedaría en manos de Ferrocarril Oeste: “Nunca antes en un partido lo aburrido, lo defensivo y lo antifútbol estuvieron más presentes. El arte de jugar sin ideas ni inspiración ha encontrado en Timoteo su digno representante”.

Mientras que Juvenal, el maravilloso Juvenal, el dichosísimo Juvenal, afirmó que ese campeonato que ganó Ferro era un triunfo rotundo del fútbol que nos gusta a todos. Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad contemporánea que es el extranjero. La gente que está lejos. La que no ve cómo tomás el café o cómo te vestís. Si eso le pasó a Bilardo y Griguol, ¿cómo podés desanimarte por lo que diga un simple conocido que vive al lado de tu casa? Recordá que la superación es el mandato de la juventud.

Texto incluido en nuestro segundo libro, conseguilo acá

Cuando apareció el San Lorenzo de Bauza, un cierto Henri Huevón escribió que ese director técnico se había “encarnizado en hacer lo que es propiamente lo contrario de un equipo de fútbol, formando un 4-2-3-1 bien paradito, con un 5 de marca y otro de juego, dos rapiditos a los costados, en un cuadro sucesivo, jamás de conjunto, nunca entero, de transiciones ofensivas y defensivas, pelotazos al 9 y un puñado de almas encendidas peleando la segunda pelota”. Es decir, ese presuntuoso criticaba casi lo que es la esencia del genio patonista.

¿En qué Banco de la Justicia Universal se pagará a Carlos Bilardo el dolor que sintió, que inevitablemente hubo de sentir aquella noche en que él mismo veía su primer equipo formado con líbero y dos stoppers? ¿Cuándo lo silbaron y le arrojaron basura? No ya Bilardo… Detrás de un solo y modesto 4-4-2 del mejor Ricardo Caruso Lombardi, cuánto dolor hay, cuánta tristeza acumulada, cuánta desolación.

Me basta ver uno de tus partidos. Sí, ya lo creo que un día podés llegar a hacer algo grande. ¿Pero estás dispuesto a sufrir todos esos horrores? Mirá que a la gloria no se llega por un camino de rosas.Me decís que estás perdido, vacilante, que no sabés a quién poner, que yo tengo la obligación de decirte una palabra.

¡Una palabra! Tendría que callarme, lo que podrías interpretar como una atroz indiferencia, o tendría que hablarte durante días, o vivir con vos durante años, y a veces hablar y a veces callar o caminar juntos por ahí sin decirnos nada, como cuando pierde alguien que queremos mucho y cuando comprendemos que las palabras son irrisorias o torpemente ineficaces. Sólo el fútbol de los otros directores técnicos te salva en esos momentos, te consuela, te ayuda. Sólo te es útil (¡qué espanto!) el padecimiento de los seres grandes que te han precedido en ese calvario bien llamado “silla eléctrica”.

En entonces cuando además del talento o del genio necesitarás de otros atributos espirituales: el coraje para bancar a ese 5 picapiedras, la tenacidad para seguir con esos 4 matungos en el fondo, una curiosa mezcla de fe en lo que tenés que decir y de reiterado descreimiento en tus fuerzas, una combinación de modestia ante los gigantes como el Manchester United y de arrogancia ante los imbéciles con micrófono, una necesidad de afecto y una valentía para estar solo, para rehuir la tentación pero también el peligro de los grupitos, de las galerías de espejos. En esos instantes te ayudará el recuerdo de los que estuvieron solos: en las sierras de Córdoba, como Ricardo Zielinski; en el cemento de Madrid, como el Cholo Simeone; en el desierto de Arabia, como Miguel Ángel Russo.

Si estás dispuesto a sufrir, a desgarrarte, a pelarte el orto, a soportar la mezquindad y la malevolencia, la incomprensión y la estupidez, el resentimiento y la infinita soledad, entonces sí, querido B., estás preparado para parar tu 4-4-2 en cualquier campo de juego. Pero, para colmo, nadie te podrá garantizar lo porvenir, porvenir que en cualquier caso es triste: si fracasás, porque el fracaso es siempre penoso y, en el director técnico, es trágico; si triunfás, porque el triunfo es siempre una especie de vulgaridad, una suma de malentendidos, un manoseo; convirtiéndote en esa asquerosidad que se llama un hombre público, y con derecho (¿con derecho?) un chico mismo como vos eras al comienzo te podrá escupir, tirarte un encendedor por la cabeza y mandarte a la concha de tu madre.

Y también deberás aguantar esa injusticia, agachar el lomo y seguir preparando a tu equipo, como quien levanta una estatua en un chiquero. Leé a Pavese: “Haberte vaciado por entero de vos mismo, porque no sólo has volcado en el pizarrón lo que sabés de los tuyos sino también de lo que sospechás y suponés que va a pasar en el partido, así como tus estremecimientos, tus cagazos, tus fantasmas, tu vida inconsciente. Y haberlo hecho con sostenida fatiga y tensión, con cautela y temblor, con descubrimientos y fracasos hecho un ojeroso estropajo de tabaco, yerba y clonazepam.

Haberlo hecho de modo que toda tu puta vida se concentrara en esa pelota, y advertir que es como nada si no entra y no viene el grito de gol, el calor humano. Y morir de frío, con la espalda llena de escupitajos, hablando en el desierto, habiéndote perdido todos los nacimientos todos los bautismos todos los cumpleaños todos los casamientos todos los entierros, estar solo día y noche como un muerto, como un paria”.

Pero sí, oirás de pronto esa palabra –como ahora, donde esté Pavese oye la nuestra–, sentirás la anhelada presencia, el esperado signo de un ser que desde la otra área oye tus gritos, tus indicaciones, alguien que entenderá tus gestos, que será capaz de descifrar tu clave y perfilarse bien para rechazarla a la segunda bandeja. Y entonces tendrás fuerzas para seguir adelante, por un momento no sentirás el gruñido de los cerdos. Aunque sea por un fugitivo instante, verás la eternidad.

No sé cuándo, en qué momento de desilusión, Mourinho hizo sonar esas melancólicas trompas que oímos en el primer movimiento de su primera sinfonía, ese Porto del año 2002/2003. Quizá no tuvo fe en sus respuestas, porque tardó trece años (¡trece años!) en largarse a dirigir como DT principal. Habría perdido la esperanza, habría sido escupido por alguien, habría oído risas a sus espaldas, habría creído advertir equívocas miradas por su rústica táctica y su primitiva estrategia. Pero aquel llamado de las trompas atravesó los tiempos y de pronto, vos o yo, abatidos por la pesadumbre, las vimos, las oímos, y comprendemos que, por deber hacia aquel desdichado tenemos que responder con algún signo que le indique que lo comprendimos. Estoy mal, ahora. Mañana, o dentro de un tiempo seguiré.  

Sábado

Me hablás de eso que salió en la revista colombiana. Es el género de calamidades que un día te harán caer los brazos con desaliento o gritar con indignación. Son los escombros de la entrevista. Extirpada la más importante parte de mis ideas, nada tiene que ver conmigo. ¿Sabés lo que hicimos una vez con mi amigo Victorio Spinetto? Una refutación de Sampaoli con frases de Sampaoli. 

Por lo que veo, estás atravesando una crisis por cuestiones que hoy se plantea el fútbol latinoamericano. Y, ya que me preguntás, debo rectificar las casi cómicas afirmaciones que allí aparezco balbuceando. He dicho siempre que las novedades de forma no son indispensables para una obra futbolísticamente revolucionaria, como lo demuestra el ejemplo de Klopp; y que tampoco bastan, como lo demuestra tanta cosa cometida por manipuladores de interiores y técnicas de basculación. Quizá no sea desacertado comparar al fútbol con el ajedrez: con las remanidas piezas de siempre, un genio lo renueva. Es la obra entera de Klopp lo que constituye un nuevo fútbol, no su clásico sistema 4-3-3 y su desapacible sintaxis.

¿Leíste el libro de Janouch? Deberías leerlo, porque en épocas de charlatanismo como esta conviene volver de vez en cuando la mirada a santos como Klopp o Van Gogh: no te engañarán nunca, te ayudarán a enderezar tu rumbo, te obligarán (moralmente) a retomar una actitud grave. En una de esas conversaciones, Klopp le habla a Janouch del virtuoso, que se eleva por encima del tema con facilidad de prestidigitador.

Pero el genuino equipo de fútbol, le advierte, no es un acto de virtuosismo sino un nacimiento. ¿Y cómo podría hablarse de una parturienta que pare con virtuosismo? Eso es patrimonio de periodistas, que parten del punto en que el verdadero director técnico se detiene. Esos individuos (los periodistas), sostiene, conjuran con palabras una magia de salón, te arman el equipo desde un café; mientras que un gran director técnico no trafica con las emociones: sufre la visionaria tensión del hombre con esa pelota que entra o no entra por centímetros.

Estas advertencias son aún más convenientes para nosotros, los españoles y los latinoamericanos, siempre propensos al verbalismo y al macaneo, al chamuyo, a las palabras raras. ¿Recordás cuando el Ruso Zielinski ironiza sobre “las buenas declaraciones y el marketing, el decir lo que todo el mundo quiere escuchar”? Ahora suelen reaparecer con el verso de la vanguardia. El Virrey, que por haber trabajado en un puesto de diarios no puede ser sospechado de desdeñar el idioma, dice de Sampaoli que “su genio fue eminentemente verbal”, y el contexto revela el sentido peyorativo de esa valoración.

Y de Mariano Soso, que fue “el más grande artífice de la lengua”, para agregar “Pero el Tolo Gallego…”, así, con tres melancólicos puntos suspensivos. Si tenés presente que él, Bianchi, ha buscado durante días el epíteto óptimo (lo ha declarado), concluirás conmigo que en esas confutaciones hay mucho de velada crítica al preciosismo de los detés de verba florida que no ganaron nada. Es que un gran director técnico no es un artífice de la palabra sino un gran hombre que entrena, para en cancha a un equipo bien equilibrado y él lo sabe. Si no… ¿Cómo no preferir el bárbaro Gallego al virtuoso pero chamuyero Sampaoli? Me quedo toda la vida con el Tolo Gallego.

Lucas Berni admiró en su hora a Marcelo Bielsa, al que calificó de maestro incomparable de la forma, para años después llamarlo “gran director técnico y gran corruptor”, por la nefasta influencia que tuvo sobre los papanatas que sólo mostraron y multiplicaron sus defectos. Hasta llegar al frenesí verbal, a la hinchazón grotesca y a la caricatura: que es el castigo que el dios del fútbol tiene para esos escolares. El problema, querido y remoto muchacho, no es Bielsa: son algunos bielsistas. Pensá en Sampaoli, en su delirante esquema contra Francia en el Mundial de Rusia: el descendiente tarado de un fundador de dinastía como lo fue el gran Marcelo Bielsa.

Hay una reiterada dialéctica entre la vida y el fútbol, entre la verdad y el artificio. Una manifestación de aquella enantiodromia de Heráclito: todo marcha hacia su contrario en el mundo del espíritu. Y cuando el fútbol se vuelve peligrosamente hablado y no jugado, cuando los grandes estrategas son suplantados por manipuladores de vocablos, cuando la gran magia se convierte en magia de music-hall, sobreviene un impulso vital que lo salva de la muerte. Cada vez que Bizancio amenaza terminar con el fútbol por exceso de sofisticación, son los bárbaros los que vienen en su ayuda: los del Ascenso, como el Ruso Zielinski, o los de Selección, como el Cholo Simeone: tipos que entran a caballo, con las lanzas ensangrentadas, en los salones donde marqueses empolvados bailan el minué.

No. ¿Cómo habría podido cometer las precariedades de ese reportaje? No negué la renovación del fútbol: dije que debemos ponernos en guardia contra varias falacias, y sobre todo contra el calificativo de “nuevo”, probablemente el que más semantemas falsos acarrea. En el fútbol no hay progreso en el sentido que existe para la ciencia. Nuestra matemática es superior a la de Pitágoras, pero nuestra manera de defender no es “mejor” que la de Helenio Herrera. Proust hace una caricatura de un boludo que de puro avanzado consideraba que Guardiola era mejor que Arrigo Sacchi, nada más que porque llegó después.

En el fútbol no hay tanto progreso como ciclos, ciclos que responden a una concepción del mundo y de la existencia, o como se diría hoy, al zeitgeist. El Milan de Sacchi no jugaba a ser una maquinaria perfecta porque fueran incapaces de dejar todo librado a la improvisación de sus cracks; es que ellos, caído el Muro de Berlín, manifestaban con ferocidad y competitividad lo arrollador del capitalismo, donde el tiempo y los errores se pagan caro, y lo que más se parece a la eternidad y a no perdonar es ganar una final de Champions League por 4 a 0.

Imaginá el momento en que Pep Guardiola introduce el falso nueve: no es un “progreso” respecto al 9 tipo tanque: es nada más que la manifestación del espíritu de la posverdad, donde a nadie le importan las posiciones fijas ni las fuertes convicciones, el espíritu de gente que cree más en lo liviano que lo pesado, en lo efímero, como una aparición de Messi, que en lo perpetuo, como Palermo esperando un centro en el segundo palo.     

De ahí el peligro de la palabra “vanguardia” en el fútbol, sobre todo cuando se aplica a estrictos problemas de forma. ¿Qué sentido tiene decir que la defensa de los griegos en la Eurocopa del 2000 es un progreso respecto a aquel catenaccio de Helenio Herrera? Por el contrario, en el fútbol suele darse que lo antiguo resulta de pronto revolucionario, como pasó con los laterales jugando de interiores que Guardiola le copió a Bilardo.

Atención, pues, con ese fetichismo de lo “nuevo”. Cada cultura tiene un sentido de la realidad, y dentro de ese ciclo cultural, cada artista, cada DT. Lo nuevo para el Mourinho no es lo que por nuevo entendía Fabio Capello. Cada director técnico debe buscar y encontrar su propio esquema, el que le permite decir realmente su verdad, su visión del mundo y del fútbol. Y aunque inevitablemente todo equipo se construye sobre el fútbol que lo ha precedido, si el director técnico es genuino hará lo que le es propio, a veces con empecinamiento casi risible para los que siguen las modas. No te hagás mala sangre: eso rige para vestidos o peinados, no para novelas, catedrales o equipos de fútbol. Sucede, también, que es más fácil advertir lo novedoso en lo externo. Pero, como te dije, es el equipo entero de Klopp lo que constituyó un nuevo lenguaje.

Ya en aquel romanticismo alemán hubo un teólogo llamado Schleiermacher, que consideraba la adivinación del conjunto como previa al examen de las partes, que es más o menos lo que hace un tiempo dijeron los estructuralistas. Es la totalidad lo que le confiere un sentido nuevo a cada puesto y hasta a cada movimiento.

Alguien observó que cuando Mourinho jugó con Samuel Eto´o de doble lateral derecho en la mítica semifinal que enfrentó al Inter y al Barcelona, disposición táctica que podría ser considerada una burrada, es finalmente valorizada por el aura estilística de la obra entera: un polvazo de aquellos. Y en cuanto a Klopp, basta pensar en las infinitas reverberaciones metafísicas y teológicas que hace emanar cuando manda a Alexander-Arnold a atacar desde un lugar tan desgastado, de un rincón de la cancha tan desdeñado, el “lateral derecho”…

No es entonces que no acepte las novedades: no acepto que me chamuyen, que no es lo mismo. Y además sucede que cada día menos soporto la frivolidad en el fútbol, y sobre todo cuando se mezcla con la Revolución. (Observá, de paso, que las palabras suelen empezar en mayúscula, la triste experiencia las rebaja a la minúscula, para terminar finalmente, a más tristes experiencias, entre comillas.) Que una mujer esté a la moda, es natural; que lo haga un DT, es abominable.

Ya ves contra qué clase de novedades hablé con ese señor de la entrevista. Creyó que era reaccionario porque tenía ganas de vomitar. Pero es frente a esta Academia del Tiki Tiki cuando necesitarás recurrir de nuevo a ese coraje de que te hablé desde el comienzo, fortaleciéndote con el recuerdo de los grandes desventurados del banco, como Lechuga Alfaro, que sufrieron el castigo de la soledad por su rebeldía mientras estos pseudo rebeldes son mimados por las revistas especializadas, viven fastuosamente a costa del pobre hincha que desprecian y fomentados por esa sociedad resultadista que pretenden combatir y de la que terminan siendo sus máximos exponentes, porque cuando ganan tres partidos seguidos, agarrate con sus conferencias de prensa…

Entonces se reirán de vos. Pero vos mantenete firme y recordá que “ce quiparaitrabientot le plus vieuxc´estquid´abord aura paru le plus moderne” (lo que pronto parecerá lo más antiguo es lo que primero habrá parecido lo más moderno).

De este modo quizá no seas un director técnico de tu tiempito, pero serás un director técnico de tu Tiempo, del apocalipsis del que de alguna manera deberás dejar tu testimonio, para salvar tu culo.

El equipo de fútbol replegado, cauteloso, físico y astuto se sitúa entre el comienzo de los tiempos modernos y su fin, corriendo paralelamente a la creciente profanación de la criatura humana, a este pavoroso momento de desmitificación del mundo. Y por eso terminan en la esterilidad los intentos de juzgar esos equipos de hoy en términos estrictamente formales: hay que situarlos en esta formidable crisis del hombre, en función de este gigantesco arco que empieza con la profesionalización del deporte.

Porque sin la profesionalización no habría existido la conciencia intranquila, el desvelo, la ansiedad; sin la técnica que caracteriza a estos tiempos modernos no habría habido ni cámaras hiperbáricas ni videoanálisis ni inseguridad cósmica ni soledad ni alienación. De este modo, Europa inyectó en el fútbol primitivo o en la simple aventura de un wing pegado a la raya la inquietud psicólogica y metafísica, para producir un fútbol nuevo al cual nosotros le agregamos dos cosas: la garra y el espíritu competitivo a ultranza.

Dijo Jaspers que los grandes dramaturgos griegos ofrecían un saber trágico, que no sólo emocionaba a los espectadores, sino que los transformaba, convirtiéndose así en educadores de su pueblo. Pero luego, sostiene, ese saber trágico se transmutó en fenómeno estético, y tanto el poeta como su auditorio abandonaron su grave actitud primigenia para proporcionar imágenes sin sangre. Esto no es cierto, porque una obra como El Proceso no es menos grave que Edipo Rey.

Pero es cierto, en cambio, para el fútbol, que en cada momento de refinamiento se convirtió en simple manifestación del esteticismo y del bizantinismo, y ahora cualquier boludo cree que jugar bien y (¡y que jugar lindo!) es salir jugando de abajo con un 5 metido entre dos matungos, arriba dos “extremos” abriendo extremadamente la cancha para “fijar” mientras se fijan y esperan una pelota que, fija, jamás les va a llegar, y en el medio un par de zánganos flotando a ¡distintas alturas!de la cancha, zánganos que tienen una vista privilegiada para ver cómo la pelota viaja por el medio del área chica esperando que un 9 medianamente despierto la mande a guardar. Mirá: 0 a 1 abajo.

El fútbol es simple, querido y remoto muchacho: “La única verdad es ganar. ‘Lo importante es competir’ es una frase hecha para los otarios y creada por los perdedores”. Hasta luego. Y recordalo siempre: “A equipos iguales, gana el que más trabaja y el que está más organizado”.

Lunes de mañana

Estuve en el jardín, empezaba a aclarar. Ese silencio de la madrugada me hace bien: el amistoso compañerismo de los cipreses, de la araucaria; aunque de pronto me entristece ver a ese gigante aquí, como un gran león en una jaula, cuando debería estar en las grandes montañas de la Patagonia, en la noble y solitaria frontera con Chile. Releo lo que te escribí hace un tiempo y me avergüenzo un poco del patetismo. Pero así me salió y así lo dejo, pibe. También releo las cartas que me enviaste en este lapso, los pedidos de auxilio. “No sé bien a qué carajo quiero que jueguen mis equipos”. ¿Y quién lo sabe, de antemano? Y aun después. Delacroix decía que el fútbol se asemeja a la contemplación mística, que va desde la confusa plegaria a un Dios invisible hasta las precisas visiones de los momentos teopáticos.

Partís de una intuición global, pero no sabés lo que realmente querés hasta que concluís, y a veces ni siquiera entonces. En la medida en que partís de esa intuición, la idea de juego precede a los jugadores. Pero al ir avanzando verás cómo los entrenamientos la enriquecen, crea a su vez la idea de juego, hasta que, al concluir, es imposible separarlos. Y cuando se lo intenta, cuando se busca poner a los jugadores sobre la idea, o viceversa, o hay fulbito o hay improvisación. Dos calamidades. ¿Qué sentido tiene escindir la idea de los jugadores en el Tigre bicampeón de Caruso Lombardi? Caruso elegía a sus jugadores de equipos de tercer orden. ¿A qué jugaba? El Tigre de Caruso Lombardi jugaba a ganar.

Que no seas capaz, como me decís, de dejar todo librado al azar siguiendo la falsa premisa de que el fútbol es la dinámica de lo impensado, es un buen indicio, no un motivo de desaliento. No creas en los directores técnicos que juegan de distintas maneras dependiendo de los jugadores en cuestión y que agarran cualquier oferta. Las obsesiones tácticas y estratégicas tienen sus raíces muy profundas, y cuando más profundas menos numerosas son. Y la más profunda de todas es quizá la más oscura pero también la única y todopoderosa raíz de las demás, la que reaparece a lo largo de todos los equipos de un director técnico verdadero: porque no te estoy hablando de los fabricantes de equipitos, de los “fecundos” técnicos que llegan con quince jugadores del mismo representante, esas prostitutas del fútbol.

Ellos sí pueden agarrar cualquier grupo y cualquier equipo en cualquier momento. Pero cuando se dirige en serio, es al revés: es el sistema de juego y el club el que lo elige a uno. Y no debés diagramar ni un ejercicio que no sea sobre esa obsesión que te acosa, que te persigue desde las más oscuras regiones, a veces durante años. Resistí, esperá, poné a prueba esta tentación; no vaya a ser una tentación de la facilidad, la más peligrosa de todas las que deberás rechazar.

Un pintor tiene lo que se llama “facilidad” para pintar, como un director técnico para dirigir. Cuidado con ceder. Dirigí cuando no soportés más, cuando comprendas que te podés volver loco. Y entonces volvé a dirigir un equipo que juegue a “lo mismo”, quiero decir volvé a indagar, por otro camino, con recursos más poderosos, con mayor experiencia y desesperación, en lo mismo de siempre. Porque, como decía Proust, el fútbol es un amor desdichado que fatalmente presagia otros. Los fantasmas que suben desde nuestros antros subterráneos, tarde o temprano se presentarán de nuevo, y no es difícil que consigan un trabajo más adecuado para sus condiciones. Y los planes abandonados, las jugadas de pelota parada abortadas, volverán para encarnarse menos defectuosamente.

Y no te preocupés por lo que te puedan decir los astutos, los que se pasan de inteligentes: que tus equipos siempre juegan a lo mismo. ¡Claro que sí! Es lo que hicieron Mourinho y Helenio Herrera y todos los que deben importar, los severos (pero cariñosos) padres que cuidan de tu alma. Los equipos sucesivos resultan así como las ciudades que se levantan sobre las ruinas de las anteriores: aunque nuevos, materializan cierta inmortalidad, asegurada por antiguas leyendas, por hombres de la misma raza, por crepúsculos y amaneceres semejantes, por ojos, rostros y jugadas que retornan, ancestralmente. Ahí lo tenés a Cappa. El patrono de la creatividad, del lirismo.

Y te ruego, dicho sea de paso, que no vuelvas a mencionar esa palabra: más o menos como venir a hablarme de que importa más jugar lindo que ganar. Tené el orgullo de pertenecer a un continente que en países tan pequeños y desvalidos, como Costa Rica y Perú, ha dado futbolistas tan ganadores como Keylor Navas y Paolo Guerrero. ¡De una vez por todas, seamos nosotros mismos! Ganar, ganar y ganar, como dice el amigo de Juan Pablo Varsky que pasó a la posteridad. Que el señor MisterChip no nos venga a decir cómo hay que hacer jugar a un equipo. Que nos deje en paz.

Y, sobre todo, que chicos de talento como vos dejen de una vez de escuchar con respeto sagrado lo que nos ordena esta cruza de bizantinos y terroristas. Si los bárbaros tuvieron tan grandes directores técnicos fue precisamente porque estaban lejos de esas cortes de exquisitos: pensá en los portugueses, en los yoruguas, en los yugoslavos. Olvidate, pues, de esas órdenes que vienen desde Catalunya, vinculadas a perfumes y modas en la vestimenta.

¡Jugar lindo es mejor que ganar! ¡Se me ríen las bolas! Si la ciencia y el arte pueden y deben prescindir del resultado, el fútbol no puede hacerlo, y es inútil que se lo proponga como un deber. Esa “impotencia” es precisamente su virtud. Fichte decía que los goles son orgasmos, y Baudelaire consideraba al fútbol como una magia en la que solo importa el resultado. Es así de simple. Y como solo importa el resultado, hay que trabajar, trabajar mucho. Y olvidarse de los que nos critican. Ellos son los que durante la semana lo único que hacen es un partidito entre reserva y primera, y con eso pretenden formar un equipo. Hasta pronto, querido y remoto muchacho. 

Lucas Bauzá
Twitter: @rayuelascometas

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