Último tranvía al Parque Central

La historia de Abdón Porte, el único futbolista en dar la vida por su club. Escribe Juan Stanisci.

Hace rato que no pasa el tranvía que va para la Unión. Lo bueno de que no haya nadie en las calles, es que lo va a escuchar cuando esté a unas diez cuadras. La brisa que viene del puerto trae un poco de alivio a su cuerpo arropado apenas con un traje y un sombrero, junto con los gritos de las gaviotas y los teros que buscan alimento, los barcos que anuncian llegadas y partidas y los cantos de alguna taberna de marineros borrachos que ya olvidaron si están en el puerto de Amsterdam, el Cabo de Buena Esperanza o Nueva York.

El motorman del tranvía sabe que ese es el mejor horario. Nada de andar llevando pasajeros que cuelgan como racimos del estribo, ni peleas por algún pícaro que no quiere pagar. A esa hora puede prender un cigarro, manejar despacio, disfrutar de la brisa portuaria y de la noche que todavía es de verano, pero que ya se cruza con el otoño. Cuando esté llegando a la Unión lo empezarán a molestar los mosquitos camperos, pero también será el final del recorrido, el último de su turno.

Mientras espera, el tipo de traje y sombrero, piensa que quizá debería haberse quedado festejando con los muchachos. Sabe que su partida en el medio de los festejos por haberle ganado 3 a 1 a Charley, va a preocupar a más de uno. Él siempre era el primero en arengar a la tropa y el último en irse zigzagueando por las veredas. Trata de alejar esos pensamientos como si fueran moscas diciéndose que, en un rato, el vino les hará olvidar su ausencia. Mete la mano en el bolsillo izquierdo de su saco, las dos notas escritas esa mañana están en su lugar.

La bocina del tranvía lo distrae de sus pensamientos. “Ahí viene”, dice como si hubiera alguien más. Escucha el traqueteo de las ruedas entre los adoquines. Ojalá no haya nadie, ruega.

Hacía rato que el motorman no usaba los frenos. El recorrido en esa noche montevideana era un paseo solitario. Entre la bruma distingue una figura que le hace señas. Despacio va frenando para que suba el hombre. “Don Abdón, ¿cómo dice que le va? ¿Qué anda haciendo por acá a estas horas?” El hombre de saco y sombrero se sobresalta ante las preguntas, no había pensado en tener que dar explicaciones. “Buenas noches. Resulta que olvidé mi bolso en el Parque Central, así que nos dirigimos para aquellos pagos”. Se tranquiliza al ver que su respuesta tuvo la misma firmeza con la que, hasta hace poco tiempo, cruzaba los ataques rivales y levantaba a la gente de las tribunas. “Disculpe si le resulto un poco entrometido, pero ¿por qué no las va a buscar mañana? Vaya y festeje con la muchachada del Club Nacional de Football. Dicen que usted disputó un grandísimo match esta tarde.”

Es cierto que el hombre de saco y sombrero jugó un gran partido esa misma tarde. Pero también es cierto que los dirigentes consideran que su tiempo ya pasó y que decidieron traerle un reemplazo. “Sucede que en el bolso tengo las llaves de mi casa y no quisiera importunar a mi esposa a estas horas golpeando la puerta”. Sabe que acaba de mentir. Todavía no se casó, aunque la fecha pautada es en menos de treinta días. También sabe que el casamiento no se concretará.

Y pensar que hace seis meses era campeón sudamericano. Seis meses nomás pasaron de la foto en la que el hombre de traje y sombrero, está besando la copa después de ganarles a los argentinos 1 a 0 en el último partido en el Parque Pereira por el sudamericano. Él pensó que con eso los silbidos y las dudas serían cosa del pasado, que los aplausos volverían a tronar ante cada quite. Pero no, para esta temporada la comisión directiva había decidido traer a Zibechi, del Wanderers.

“¿Y Don Abdón, cómo nos ve para esta temporada?”. La voz del motorman borra por un segundo a Alfredo Zibechi, su reemplazante como centrehalf titular. “Vamos a andar bien. Si Dios quiere, campeonamos por cuarta vez consecutiva”. La firmeza de la voz de su capitán deja tranquilo al motorman. Pobre Alfredito, espero que no se eche la culpa, el hombre de traje y sombrero sigue pensando en Zibechi. Sin darse cuenta mete la mano en el bolsillo para asegurarse de que los papeles estén en su lugar. El motorman vuelve a la carga: “No quiero sonar maleducado ni entrometido, Don Abdón, pero sepa que yo nunca lo silbé ni lo haría. Desde mi humilde opinión el titular indiscutido debe ser usted. Y me animo a afirmar que no soy el único hincha del glorioso Club Nacional de Football que ve el fóbal de esta manera”. El hombre de saco y sombrero intenta sonreír, pero no le sale. No es la primera vez que un hincha le dice algo similar, el problema es que luego en la cancha parecen olvidarse y al primer error comienzan los murmullos. “Le agradezco las palabras”. El motorman lo está mirando por el espejo. “Usted tiene que prometer que no se va a ir de Nacional, por nada ni nadie”. En esto, el hombre no duda: “De eso se puede quedar tranquilo, yo voy a ser Nacional para toda la vida. Ni la muerte nos va a separar”. Ni bien termina de pronunciar la frase, se levanta del asiento y camina hacia la puerta. “Estamos llegando al glorioso Parque Central” dice el motorman por cortesía. “Le agradezco. Fue una linda charla.” Responde y se baja.

Todos los estadios son imponentes en el medio de la oscuridad. Como si en los tablones quedaran los rumores de tardes de gloria y las tristezas de días olvidables, y todo eso junto se le fuera encima a quien se acerca en medio de  la noche. Al hombre de traje y sombrero los recuerdos lo arrastran como un alud: la tarde de la reinauguración en 1911, los campeonatos del 15, el 16 y el 17, luego los silbidos, los abucheos, para pasar una vez más a las felicitaciones y los hurras.

Entra deseando que el perrito de Severino Castillo, el canchero, no empiece a ladrar. Si Severino se levantara, no sabría qué decirle. Camina en puntas de pie, como si flotara. No le faltan muchos pasos para llegar al field. La mano entra en el bolsillo del saco una vez más, los papeles siguen ahí. Por primera vez palpa el otro bolsillo, el revolver también se encuentra en su debido lugar.

La primera vez que la idea se le vino a la cabeza se asustó como si hubiera visto un fantasma. Le pareció una locura, al punto tal de dejar el vaso de vino a medio tomar por miedo a que el alcohol le estuviera haciendo pensar cosas raras. Fue después de un partido donde no paró a nadie. La gente no entendía que los silbidos y los insultos eran puñales que se clavaban en su corazón. Por un tiempo, logró borrarse de la mente la idea del suicidio. Pero domingo a domingo la pena crecía. El campeonato sudamericano ganado el año anterior, mandó a mudar por un rato a la idea. Pero cuando se enteró de que los dirigentes habían ido a buscar a Zibechi se le vino todo abajo de nuevo. Y ahí no hubo vinos, ni goles, ni caricias que lo hicieran pensar en otra cosa.

Había tomado la decisión: si no podía jugar en Nacional, entonces pa’ qué vivir. También decidió dónde lo haría. Pero no quería irse sin antes despedirse de su gente como se debe. Empezó a entrenar como nunca antes. Se preparó para que todos vieran su mejor versión.

Como un espectro confundido con los ecos de las voces de la hinchada que unas horas antes había alentado a Nacional y aplaudido sus recuperaciones y cabezazos, llegó al field del Parque Central. El perrito de Severino no lo había oído ni olfateado.

Palpó por última vez los dos bolsillos. Todo seguía en su lugar. Pisó el césped como la tarde anterior. Esta vez el cuerpo le pesaba menos, pero los nervios le acalambraban músculos que ni sabía que existían. Cuando entró al campo de juego para disputar el match contra Charley, no había presión ni nada que se le pareciera. Era el joven Abdón pateando una pelota como en su infancia en Durazno. Un juego y solo un juego. Tratar de meter esa cosa redonda en el rectángulo que defiende el golero rival y que no los hagan en el que defiende el nuestro. Como diría el motorman del tranvía, esa tarde la rompió. La gente que miraba el partido olvidó los silbidos y los cambió por un enjambre de aplausos.

Por la tarde el juego era solo un juego, pero a la noche un paso no es solo un paso. Caminó lento, como recibiendo la última ovación. Quizás fuera el viento que hacía chocar las ramas de los árboles, pero él escuchaba aplausos y gritos de una multitud pasada pero eterna. El viejo molino lo miraba hacer, llegar despacio pero decidido al círculo central.

Su mano entró primero en el bolsillo izquierdo. Dos papeles salieron aprisionados por sus dedos. Se sacó el sombrero y lo llenó con las notas que había escrito esa mañana. Una dirigida a la familia y otra a la dirigencia de Nacional y sus compañeros. Lo apoyó en el pasto. Su mano entró esta vez en el bolsillo derecho, el del revólver.

Imposible saber si la noche se detuvo; si la brisa del puerto dejó de traer por un instante más largo que cualquier instante, los cantos de los marineros o el graznido de las gaviotas y los teros; si el motorman tardó un tiempo más en arrancar o encender el último cigarrillo de su turno. Habrá habido un silencio entre canción y canción, en el boliche donde sus compañeros continuaban celebrando. Lo cierto es que hubo un disparo que nadie escuchó. Entonces los marineros siguieron cantando; se pudo escuchar otra vez el graznido de las gaviotas y los teros; el motorman arrancó o encendió el cigarrillo; la canción volvió a sonar y sus compañeros continuaron festejando.

Mientras el corazón de Abdón regaba el pasto del Parque Central con su sangre, las tribunas vacías se llenaron para corear su nombre. Hubo homenajes y banderas. Hasta una tribuna con su nombre. Todo silbido se transformó en amor incondicional. Abdón entendió, mejor que nadie, que para ser querido tenía que morir.  

Juan Stanisci

El Podcast fue realizado por Juan Stanisci, Lucas Jimenez y Constanza Lacambra en marzo de este año durante el programa que realizábamos en Urbana BA hasta el arribo del Covid-19.

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