El cazador. Capítulo 1: El apodo

“El Cazador”, un melancólico ex delantero del Ferrocarril San Martín, recibe la noticia del asesinato de un joven fanático del club. Shockeado, lo primero que se le viene a la mente es que a ese hincha le debía su apodo. Novela por entregas, cada martes un capítulo nuevo. Escribe Luciano Bauzá.

“¡Alguna vez tenemos que ser inteligentes, viejo! Estamos con uno menos y el turro del referí que nos está inclinando la cancha y nosotros haciéndonos los líricos, los pija fina que salen jugando de abajo… Amuremos los cantos atrás, dos líneas de cuatro bien cerraditas y apostemos a la contra con Valentín que alguna le va a quedar. Eu, Valentín, está especial para que te hagás el héroe como te gusta a vos. Donde te quede el hueco mandale el guachazo que el arquero es horrible, pobrecito… ¡Y atrás basta, viejo! Basta de hacerse los Piqué que somos de madera, muchachos.”

Mario “Topo” Daniele, Entretiempo de Leandro N. Alem 4 – Ferrocarril 0 (2006)

  Le debía el apodo. Dardo, con apenas doce años, fue quien había escrito la crónica del Muñiz 1 – Ferrocarril San Martín 3 en la revistita del club que los pibes de la Subcomisión de Fútbol regalaban antes de los partidos. Y ahí, en esas dos fotocopias mal abrochadas, se había animado a acompañar mi nombre con un apodo que rápidamente prendió en la gente, en el vestuario e incluso en la gente de prensa que cubría el Ascenso del fútbol argentino.

  Cuando comencé a leer los mensajes de mi hermano Fabricio, de mi amigo Santopietro y de otra gente del club con la que seguía en contacto –en mi colapsado Whatsapp también había un inquietante audio de Dardo que no quería escuchar–, lo primero que recordé fue lo del apodo, es decir, cuando me enteré de la existencia de un chico del club que increíblemente me tenía de ídolo a mí, un centrodelantero que recién comenzaba a asentarme dentro del once inicial del Furgón.

  ¿Cuántos años habían pasado de aquello? ¿Diez, doce, quince años? Me acordé de ese primer encuentro: cuarenta minutos después de haberle ganado 1 a 0 a Centro Español, ya bañado y de la mano de Fátima, mi viejo me comentó del apodo y del chico que había escrito la crónica. El grueso del público, unas trescientas personas, ya se habían retirado del Andén; apenas quedaban algunos familiares nuestros, tres o cuatro dirigentes con el sorete de Lozano a la cabeza, un puñado de canas y otro de hinchas, entre los que estaba mi hermano pero también Dardo, el Mosca, Juan, el Gordo Leandro, los Paz y el resto de pibes que conformaban la Agrupación “Unidos por el Furgón”. Me acerqué al buffet, lo invité con un vaso de Coca y le pregunté por el apodo.

-Porque nadie te ve venir, Valentín. No estás en la cancha, pero cuando se quieren acordar ya los embocaste –me respondió, con los ojos encandilados.

-¿O sea que para vos no participo del juego? –lo apuré en chiste.

-Es que vos no jugás, vos hacés otra cosa… Ahí, al acecho, como si no estuvieras… Por fin hay un técnico que te entendió y te banca, porque los partidos se ganan con goles.

  Sonreí en ese momento y también al recordarlo. Pude precisar la fecha: marzo del 2007. Doce años atrás.

-Esperame acá un minuto, pibe.

  Volví al vestuario y le pregunté al Pichi, histórico utilero del club, si me podía llevar el short que había usado en el partido. En circunstancias normales Pichi me hubiera sacado cagando con el pedido, más acorde a la categoría superior del fútbol argentino que a la Primera D, pero sabía que esa tarde habíamos usado un juego de ropa inusual y a mí me había tocado un pantaloncito único, blanco con el 9 de color rojo, distinto a los del resto de mis compañeros, blancos con los números en amarillo.

-Mirá que este no lo tiene nadie, pichi. Llevalo nomás, va de premio por el golazo que te mandaste.

-Gracias, Pichi. Es para un pibito de la Subcomisión.

-¿Para quién, pichi?

-Dardo.

-Ah, sí. Buen pibe el diarierito, pichi.

  A ese buen pibe, con quien luego entablaríamos una profunda relación, lo habían asesinado de dos balazos en su casa de Almafuerte, en el Noroeste del Gran Buenos Aires.

  Según lo que indicaban los mensajes que se fueron acumulando en mi teléfono durante treinta y seis horas, todo había ocurrido en la madrugada del sábado 4 de enero, aproximadamente cuando yo salía de mi casa, en la periferia de Bariloche, rumbo al refugio del Cerro López.

  Fabricio, entre el diluvio de puteadas ante mi falta de respuestas, me había detallado dos circunstancias que me impactaron mucho más de lo que me hubiera gustado: una era que la familia de Dardo, sus padres y su hermana Jazmín, habían decidido estirar el velorio hasta el lunes a las ocho de la mañana para que pudiéramos estar presentes tanto Ezequiel Cóceres, un miembro de la Agrupación que se encontraba en Camboriú, como yo; el otro detalle era que en el momento de ser asesinado Dardo llevaba puesta una camiseta del Ferrocarril y que así sería velado, con otra camiseta roja y amarilla a bastones, el 9 en la espalda y mi apellido debajo.

-Pero la concha de tu madre, Fabricio.  

  Miré la hora: eran las once de la mañana de un domingo cálido y luminoso. Podía sacar un pasaje a Buenos Aires y estar en Almafuerte a las seis de la tarde, dar el pésame a la familia, acompañar a los pibes de la Agrupación, contar algún lindo recuerdo, reírse de alguna anécdota, rezar un Padrenuestro junto al cajón, acariciarle la frente al pibe que se iría bajo tierra con una camiseta mía. Pero también podía destapar un vino, dos, tres, despedazar dos atados de Chesterfield y que todos se fueran bien a la mierda: los pibes de Unidos por el Furgón, el Bebi Solís, Cuco, Lozano, los barras…

-Chúpenme la chota.

  Busqué en el teléfono el audio que empezaba a enloquecerme con siniestra insistencia, como si fuera el corazón delator del cuento de Poe. Se me cruzó por la cabeza eliminarlo y listo. Eliminarlo, apretar el tachito de basura que aparecía en el extremo superior de la pantalla y hacer de cuenta que no había pasado nada. Eliminarlo como venía intentando hacer los últimos dos años con cada palabra, recuerdo y pensamiento que estuviera relacionado con el Ferrocarril San Martín. Eliminarlo como había eliminado los sueños que Dardo me había planteado diez atrás, cuando lo vi con vida por última vez en un encuentro que no terminó de la mejor manera. Quizá por esto último no quería escucharlo, porque sospechaba que no tendría un contenido muy amistoso y no estaba en condiciones de recibir los reproches de alguien que ya estaba muerto, alguien a quien quería mucho, alguien con quien habíamos pasado muchas aventuras juntos a lo largo y a lo ancho de la provincia de Buenos Aires defendiendo los colores del Ferrocarril.

  Miré su foto de perfil. Posaba junto al escudo del club en el portón de acceso al Andén. “En la puerta del paraíso” rezaba un mensaje al pie.

-Me cago en vos, Dardo. Me cago en vos y en ese club de mierda –murmuré, poniéndome de pie para ir a destapar un vino.

Lucas Bauzá

Diseño de imagen por Lucas Vega, pueden encontrar más sobre él en Estudio Bosnia.

El próximo martes estará disponible el segundo capítulo.

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